Publicado en línea el Jueves 24 de junio de 2021, por Martina Neyra

En su lugar, defiende “la energía expansiva” de los hombres que, con hacha en mano, hicieron a Estados Unidos gracias a “la hombría esencial del carácter estadounidense”. Los discursos que equiparan la masculinidad al imperialismo abundan y resuenan en los rincones más débiles de la psicología de los votantes. ¿Y qué mejor que la guerra para probar a un hombre?

En 1897, apenas nombrado secretario adjunto de la marina por el presidente McKinley, Roosevelt le escribió a un amigo: “estoy a favor de casi cualquier guerra, y creo que este país necesita una”. Roosevelt es otro aristócrata que nunca superó el trauma de que sus padres hayan pagado a otro para que fuese a la Guerra Civil en su lugar. En sus años de Harvard se dedicó al boxeo, pero no fue suficiente para calmar sus complejos de macho blanco. Antes de llegar a la Casa Blanca como presidente, solía posar disfrazado de Daniel Boone en los estudios de Nueva York y repetía, día por medio, que quienes no se atrevían a ir a la guerra en tierras lejanas no eran hombres ni le hacían honor a la raza teutónica.

En 1898, como consecuencia de la invasión a Cuba y Filipinas, la mujer más reconocida de Estados Unidos, Jane Addams, había ingresado a Liga antiimperialista. Las historietas a favor de Roosevelt comenzaron a representar a los antiimperialistas vestidos de mujer. Las historietas en contra de la nueva fiebre (como la de Grant Hamilton) representan a Roosevelt como un imperialista con sombrero tejano y una espada entre las piernas que se parece más a un pene erecto que a cualquier espada conocida. Como otros antiimperialistas de la época, Addams luchará también por los derechos de las clases trabajadoras de Estados Unidos y por la igualdad de derechos de las mujeres.

También las minorías habían tomado partido contra el imperialismo. En 1898, en un discurso multitudinario en Ashfield, Massachusetts, el maestro y líder negro más influyente de la época, Booker Taliaferro Washington, se había negado a aceptar las nuevas aventuras colonialistas bajo una feroz conciencia que será pronto olvidada: “Fuimos a las Islas Sándwich (Hawái) con una biblia en la mano para ganarnos el alma de los nativos y terminamos quedándonos con su país sin otorgarles el derecho de decir si estaban de acuerdo o no”.

Pero el senador Henry Cabot Lodge, el principal aliado de Theodore Roosevelt, descalificó estas críticas por inconsistentes. El 7 de marzo de 1900 tomó la palabra en el Congreso para refrescar la memoria histórica de sus poderosos colegas: “Se ha dicho una y otra vez, hasta el hastío, que hemos hecho mal en apropiarnos de esas islas sin el consentimiento de sus pobladores, ya que el principio de justicia de Estados Unidos no lo permite. ¡El consentimiento de los gobernados!”Un apasionado Lodge le recordó a sus colegas de la Cámara alta que la Declaratoria de Independencia no se realizó con el consentimiento de los gobernados y continuó: “¿Le pedimos opinión a los negros? ¿A las mujeres?” No. Luego, fulminó: “tomamos Luisiana sin consultar a sus habitantes y la gobernamos sin su consentimiento mientras lo consideramos necesario… Luego vino la Guerra contra México y, por el tratado de Guadalupe Hidalgo, nos hicimos de una gran parte del territorio de ese país… Había muchos mexicanos viviendo en esos territorios y nunca le pedimos su consentimiento para gobernarlos… Estados Unidos tiene una gran misión en el mundo. Una misión por el bien y por la libertad. La misión de cumplir con el Destino manifiesto”.

En sus últimos años, Theodore Roosevelt tendrá un ataque de conciencia ideológica y se pasará a las causas de la izquierda. Fundará el Partido Progresista y tanto Booker Washington como Jane Addams apoyarán su candidatura. Naturalmente, esta vez Roosevelt perderá las elecciones de 1912, porque no son lo hombres, por machos que sean, los que deciden la suerte de una nación y la historia de todas las demás naciones del mundo.

JM, de La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina.


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