Publicado en línea el Sábado 13 de marzo de 2021, por Ernesto

“(…) Entiendo que (JK Rowling) ha tenido una historia traumática, muchos de nosotros la tenemos, es terrible ser sujeto de una agresión sexual para cualquiera. Es absolutamente terrible. Pero eso por sí mismo, no significa que todos los hombres sean violadores o que el pene tenga este poder maligno por sí mismo.

Creo que no ha utilizado bien su posición pública. Que ha adoptado odio e incomprensión y, quizás, capitalizado una historia de trauma sexual para infligir y perseguir a otros, que es algo que suele pasar en personas traumatizadas. Y hay, en general, cierta responsabilidad de no trasladar tu trauma sin tener que perseguir a otros en algo así como una fantasía de venganza por la persecución que una misma ha recibido. (…)”.

Esta respuesta de Judith Butler, en pleno auge del MeToo, probablemente habría generado polémica. Cuesta pensar qué persona tan conocida y mediática como Butler se habría atrevido a acusar a una mujer que comparte una experiencia de violencia de género de “capitalizar” su historia porque, volviendo a las palabras de la filósofa, “es lo que le suele pasar a personas traumatizadas”. El motivo de este ataque por parte de Butler (que se suma a los miles de ataques que JK Rowling recibió con la publicación de la carta) es sencillo: JK Rowling en esa carta mostraba una posición contraria a la conceptualización de género que sostiene el movimiento transactivista.

Comprender la forma en la que este movimiento conceptualiza el “género”, como algo esencial e innato en las personas, no es sencillo. Sobre todo, porque se contrapone a la manera a través de la cual, hasta el momento, habíamos definido y utilizado la palabra “género” desde el feminismo: todos aquellos comportamientos y patrones sociales y culturales que definen y, por tanto, limitan qué es lo femenino y lo masculino en un contexto social y temporal específico.

Esta contraposición de significados para un mismo término plantea conflictos a muchos niveles. Uno de ellos aparece, por ejemplo, a la hora de legislar, como hemos visto en el borrador de la Ley Trans, en el que, directamente, se opta por omitir este conflicto conceptual ya que no se hace una definición de “género” que aclare qué se entiende por este término.

De hecho, para la creación de este borrador no se ha contado con perfiles profesionales de aquellos ámbitos en los que la Ley Trans y su visión (no explicada) del género entra en conflicto con la garantía de derechos sociales de otros grupos sociales (como son los menores de edad o el colectivo transexual) y con los derechos de las mujeres.

Curiosamente, uno de los perfiles menos representados y escuchados desde el Ministerio de Igualdad ha sido el de las llamadas “expertas en género”, que son aquellas profesionales, específicamente formadas en la intervención en ámbitos como la igualdad y la violencia de género, para las que el género sigue perteneciendo a la dimensión social y cultural de las personas, no a una dimensión natural o esencialista como defiende el transactivismo.

Cuando Soledad Murillo en el debate que el programa El Objetivo emitió hace unas semanas, instaba al Ministerio de Igualdad a reunirse con organizaciones feministas (como también lo han solicitado recientemente un grupo de militantes y cargos de Podemos ), se refería no solo a organizaciones de activistas sino a todas aquellas profesionales y equipos de trabajo de entidades sociales y de servicios públicos que trabajan – trabajamos – día a día en la atención directa a mujeres, en labores de sensibilización, en proyectos de investigación social y recursos de intervención, etc. Es decir, lo que en el gremio se llama “expertas en género”.

Hace ya muchos años que en España comenzaron a proliferar los estudios de género en diversos formatos (máster universitario, cursos especializados, jornadas y seminarios), por lo que, actualmente, existe un volumen considerable de personas que están formadas en esta materia y trabajan poniendo en práctica los recursos y herramientas que se han diseñado a partir de la aplicación de una perspectiva crítica con el género.

Las expertas que hemos estudiado el concepto “género” y que lo aplicamos cuando analizamos y trabajamos para reducir su impacto en las vidas de las mujeres, sabemos que el género es, por hablar claro, algo malo, negativo. El género, como imposición social, es un limitador de la libertad individual y colectiva de las mujeres, pero también de los hombres.

La sorpresa (y la decepción) de muchas de las expertas en género cuando se publica (se filtra) el borrador de la Ley Trans ha sido la de encontrarnos con la ausencia de una definición de género que aclarara cómo tenemos que entender conceptos clave de la ley como son la identidad de género o expresión de género. Por deducción, de lo que se indica tanto en el preámbulo como en el articulado, “género” en la Ley Trans no tiene nada que ver con el uso que le damos al mismo concepto las expertas que sí lo utilizamos en nuestro trabajo diario.

Pero nosotras, como profesionales y expertas, sabemos que el género es malo, negativo, el principal limitador y opresor de la libertad y la vida de las mujeres. Lo sabemos porque, día a día, trabajamos intentando reparar el impacto que tienen la discriminación y todos los tipos de violencias machistas en la vida de más del 50% de la población.

Lo sabemos porque día a día trabajamos intentando prevenir el mantenimiento de los roles de género femeninos y masculinos aún vigentes que hacen que, por poner un caso reciente, la mayor carga de los cuidados de la familia y domésticos durante la pandemia, volvieran a recaer en las mujeres.

Lo sabemos porque, como expertas en género, también leímos y estudiamos a Judith Butler que nos enfrentó a una nueva conceptualización del género, que puede ser interesante en el plano teórico de la identidad individual, pero que se ha demostrado inoperativa a la hora de llevarla a la práctica si lo que queremos es, de verdad, luchar por erradicar la violencia machista en todas sus manifestaciones.

Precisamente porque sabemos que el género es malo, negativo y limitador, muchas de nosotras, expertas en género, enviamos aportaciones a la Ley Trans, con las que pensábamos que aportábamos conocimiento y experiencia profesional a una propuesta legislativa que sí entra en conflicto con los derechos de las mujeres.

Pero de nuevo nos sorprendió (y nos decepcionó) que la respuesta del Ministerio de Igualdad fuera una mera contabilización de las aportaciones recibidas en términos de “a favor” y “en contra”, en lugar de hacer una devolución cualitativa en la que se indicara qué expertas y qué grupos profesionales habían aportado, cuáles eran estas aportaciones y cómo se iban a tener en cuenta en la elaboración del borrador de la ley.

Precisamente porque sabemos que el género es malo y, por tanto, algo a abolir (nuestro trabajo como expertas consiste principalmente en eso), también nos sorprende (y nos decepciona) que uno de los ejemplos que se utilicen para acusar a las feministas de transfobia, sea nuestra oposición a la entrada de mujeres transgénero en espacios seguros como son las casas de acogida.

Estas voces críticas se olvidan (o ignoran) que las casas de acogida son un recurso destinado a las víctimas de violencia machista que necesitan de ese espacio para, nada más y nada menos, su supervivencia y la de sus hijas e hijos. No son, desde luego, espacios de privilegio exclusivo de las mujeres a los que prohibir la entrada, como lo eran los casinos de principios del siglo XX. Las casas de acogida, de hecho, más que espacios exclusivos, son recursos que siguen siendo limitados, insuficientes para dar cabida a todas las mujeres que lo necesitan y que no pueden acceder a ellas.

También aquellas de nosotras que sí hemos trabajado con víctimas de violencia sexual sabemos que una intervención adecuada con estos perfiles implica contar con determinadas medidas de seguridad personal. Entre estas medidas, está la no presencia de hombres en ciertos espacios porque, al contrario de lo que piensa Butler, las expertas en género, no pensamos “que todos los hombres sean violadores o que el pene tenga este poder maligno por sí mismo”. Pero sí contamos con datos que confirman que el 99,6% de mujeres que han sido agredidas sexualmente, han sido agredidas por hombres**.

Porque esta violencia que llamamos machista o de género, es el resultado de la reproducción de los roles de dominación y violencia, tradicionalmente asociados a lo masculino, que no son innatos sino aprendidos. Es esta dimensión del género como algo social, externo a las personas y, por tanto, susceptible de ser transformado, lo que nos sigue permitiendo a tantas y tantas expertas en género luchar por erradicar este concepto que sabemos que es malo, negativo, y que es el principal limitador y opresor de la libertad y la vida de las mujeres.

Porque si seguimos los preceptos del transactivismo y entendemos el “género” como algo natural y no socialmente impuesto, podemos perder el horizonte de dónde están realmente los mecanismos de opresión de la desigualdad patriarcal y, de paso, perder también la sensibilidad feminista con aquellas mujeres que han sido y siguen siendo víctimas de violencia de género, como le ocurrió a la misma Butler en la entrevista que le hizo el periodista británico.

Fuente: https://tribunafeminista.elplural.com/2021/03/expertas-en-genero-y-el-borrador-de-la-ley-trans/

*Traducción propia. Este fragmento de la entrevista corresponde al minuto 31:50.

** “El 99,6% de las mujeres que han sufrido violencia sexual experimentaron ésta por parte de un agresor hombre”, resultados de la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2019.


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