Publicado en línea el Jueves 11 de marzo de 2021, por Miguel Arróniz

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Dándole la vuelta a la conocida frase con la que Marx y Engels iniciaban el Manifiesto Comunista, hoy, lamentablemente, podemos decir que “el fantasma del anti-comunismo recorre Europa”. Un anticomunismo que es compartido desde posiciones ultranacionalistas, conservadoras y liberales, pero también, a menudo, desde el campo de la socialdemocracia o el ecologismo. Aunque no es una controversia parlamentaria reciente, seguramente en muy pocas ocasiones se han visualizado de manera tan clara las distintas posturas frente al comunismo como en el debate que tuvo lugar en el Parlamento Europeo en septiembre de 2019, en una propuesta de resolución instada por poco más de 50 eurodiputados, principalmente ultranacionalistas y populares, y en menor medida liberales y socialdemócratas (1). El texto aprobado, bajo el confuso nombre de “Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa” (2), fue un verdadero despropósito de revisionismo histórico.

La resolución empezaba haciendo referencia a la necesidad de una condena internacional de los “crímenes de los regímenes comunistas totalitarios”. Citaba reiteradamente el Pacto Molotov-Ribbentrop, que supuestamente llevó al estallido de la Segunda Guerra Mundial, después de la invasión de Polonia por parte de la Alemania nazi y la URSS y de la entrada de las tropas soviéticas en Finlandia, Rumania y los estados bálticos, haciendo una interpretación histórica absolutamente parcial. Et texto hacía referencia también a que, tras la Segunda Guerra Mundial, “algunos países europeos pudieron reconstruirse y acometer un proceso de reconciliación, pero otros siguieron sometidos a dictaduras, a veces bajo la ocupación o la influencia directa de la Unión Soviética”, tratando por igual a “la tiranía nazi, que condujo al Holocausto, y a la expansión de los regímenes comunistas totalitarios y antidemocráticos en la Europa Central y Oriental”, mientras olvidaba a los gobiernos y movimientos ultranacionalistas aliados de Hitler en diferentes países europeos.

El texto establecía una casi plena equivalencia entre los regímenes nazi y comunista, acusando por igual a ambas ideologías de cometer “asesinatos en masa, genocidios y deportaciones (…) a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad”. Refiriéndose también a “las violaciones masivas de los derechos humanos perpetrados por los regímenes comunista, nazi y otros regímenes totalitarios” sin hacer ninguna referencia a Mussolini, al fascismo italiano ni a los diversos gobiernos o movimientos colaboracionistas del nazismo en muy buena parte de Europa, con el Duce o el Generalísimo Franco entre los más destacados.

Insistía la resolución en los “actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi” y criticaba que hoy día Rusia, que en el fondo es el verdadero “enemigo” y objetivo político del neoliberalismo europeo, siga “encubriendo los crímenes comunistas y ensalzando el régimen totalitario soviético”, recordando finalmente que en algunos países europeos se ha prohibido el uso de símbolos nazis y comunistas (3). El resultado de la votación fue de 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones, con un total de 653 votos válidos. Los únicos votos en contra fueron de los representantes de la Izquierda Unitaria Europea – Izquierda Verde Nórdica (4) y algunos pocos diputados más. Sin duda es interesante conocer la posición de los diferentes grupos parlamentarios (5).

El posicionamiento de los partidos de la derecha europea fue, en general, la de signo más claramente anti-comunista. Para Rasa Juknevičienė, de la Unión Nacional – Demócrata Cristianos Lituanos (TS-LKD), en representación del Grupo del Partido Popular Europeo, “el Pacto Molotov-Ribbentrop y sus protocolos secretos, que los nazis y los comunistas compartían en Europa, llevaron a la Segunda Guerra Mundial”. Para Michal Šimečka, del partido Eslovaquia Progresista (PS), en representación del Grupo Renovar Europa (liberales) “el Pacto Molotov-Ribbentrop (…) puede haber sido el acto más brutal y cínico que jamás haya presenciado Europa, concluido por dos de los regímenes totalitarios más represivos de nuestra historia”.

Para Gilles Lebreton, de la Agrupación Nacional (RN, ex Frente Nacional francés), en representación del Grupo Identidad y Democracia, es decir de la extrema derecha, “hace 80 años la Unión Soviética y la Alemania nazi firmaron el Pacto Molotov-Ribbentrop (…) que allanó el camino para el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Nunca debemos olvidar las atrocidades cometidas por estos dos sistemas totalitarios, comunismo y nazismo”. No muy lejos del anterior, Anna Fotyga, del partido Ley y Justicia (PiS, de Polonia), hablando en nombre del Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ultranacionalistas), insistía también en el “terrible pacto Ribbentrop-Molotov firmado entre la Alemania nazi y la Rusia soviética” como la causa principal de todas las víctimas del totalitarismo.

Lamentablemente, desde los principales ponentes del centro-izquierda se compartieron también buena parte de los argumentos revisionistas. Así, Vilija Blinkevičiūtė, del Partido Socialdemócrata de Lituania (LSDP), hablando en nombre del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, denunció “los intentos de glorificar las acciones de los regímenes comunista, fascista y totalitario y cualquier intento de restar importancia a los crímenes de aquellos regímenes extremadamente brutales”. También estuvo en la misma línea Bronis Ropė, de la Unión de los Campesinos y Verdes Lituanos (LVŽS), hablando en nombre del Grupo de los Verdes – Alianza Libre Europea, afirmando que “los representantes de las dos ideologías criminales (…) allanaron el camino para muertes masivas, genocidio y deportaciones”

Solo algunos eurodiputados socialdemócratas o del grupo verde se distanciaron de las posiciones claramente anticomunistas compartidas por sus respectivos grupos parlamentarios. Fue el caso del europarlamentario Pierfrancesco Majorino, del Partido Democrático italiano y miembro también del grupo socialista, que se refirió básicamente al “valor de la memoria (como) fundamental para fortalecer el proyecto europeo y apostar por el futuro de Europa, especialmente en una época como la actual, marcada hoy por nuevas presiones neo-nacionalistas”, y recordando a la senadora vitalicia italiana Liliana Segre, superviviente de Auschwitz y firmemente “comprometida en contrarrestar el racismo y la deriva neo-nacionalista”. Pero fue la diputada Tatjana Ždanoka, de la Unión Rusa de Letonia (LKS) y miembro del grupo Verde, la que defendió una posición más alejada de la planteada por el ponente de su grupo, cuando afirmó estar totalmente “en contra de (…) equiparar a los nazis con los regímenes comunistas”, afirmando que “solo hay un diablo, el diablo absoluto es la ideología nazi”, y preguntándose finalmente “¿Dónde está Munich? Olvidado. ¿Dónde están los tratados bilaterales, concluidos mucho antes del 23 de agosto de 1939?”

Pero fueron, lógicamente, los grupos de la izquierda comunista y afines los que se opusieron con más firmeza a la resolución: Para George Georgiou, del Partido Progresista del Pueblo Trabajador (AKEL, de Chipre), que habló en representación del Grupo de la Izquierda Unitaria Europea / Izquierda Verde Nórdica “la primera verdad es que el ejército soviético fue el que liberó a los pueblos europeos para que hoy podamos estar aquí. La segunda verdad es que veinte millones de comunistas dieron su vida para hacernos libres hoy. La tercera verdad es que quienes hoy intentan de diversas formas incriminar a los comunistas o proscribir a los partidos comunistas lo hacen (para) destruir cualquier fuerza de resistencia contra el autoritarismo del establishment”. También fue muy crítica con la resoluciónla eurodiputada Sira Rego, de Izquierda Unida (IU) y miembro del mismo grupo, recordando que procedía de España, el segundo país del mundo con más fosas comunes como consecuencia de una dictadura fascista y denunciando que la resolución “instrumentalice la historia y no haga ni una sola mención a lo que sucede aún en España”. Reivindicó además que, “cuando debatamos sobre memoria, también hablemos del papel que jugaron los combatientes republicanos españoles para parar al fascismo en Europa”. Sira Rego aprovechó para exigir una directiva de memoria y reparación que ponga en valor la lucha antifascista y reclamó que “la memoria imprescindible en la Europa de hoy, plagada de nuevos fascismos, es que reconozcamos el papel de quienes se dejaron la vida para combatirlo”.

En la misma línea que sus compañeros de grupo, Sandra Pereira, del Partido Comunista Portugués (PCP), denunció que “el deplorable intento de equiparar fascismo y comunismo absuelve y silencia los crímenes del nazi-fascismo y las responsabilidades conspiradoras de las grandes potencias capitalistas que, con el Tratado de Múnich (…) allanaron el camino para el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de la Unión Soviética”. La diputada lusa recordó una vez más la contribución decisiva de los comunistas en la derrota del nazi-fascismo y la liberación de los pueblos, como en su propio país, donde la Revolución de los Claveles (1974) acabó con el régimen fascista, denunciando finalmente a los que quieren “allanar el camino para legitimar y generalizar la persecución y la prohibición de los partidos comunistas, como ya es el caso en varios estados miembros” mientras se toleran la rehabilitación y el elogio histórico del fascismo. Una de las intervenciones más contundentes fue también la de Lefteris Nikolaou-Alavanos, del Partido Comunista de Grecia (KKE), eurodiputado que no forma parte de ningún grupo parlamentario, y que tachó el debate de ser un “delirio de vulgar anticomunismo”, considerando que la resolución era totalmente contraria a la historia y que se intentaba legitimar “la proscripción de los partidos comunistas, los símbolos comunistas, la ideología comunista”, un objetivo que Nikolaou consideró encabezado “por los países que glorifican y blanquean el nazismo”.

También desde fuera del parlamento europeo, especialmente desde diversos medios de la izquierda, se publicaron reacciones contundentes. Así la escritora, periodista y activista italiana Luciana Castellina expresaba en Il Manifesto, que se trataba de una resolución absolutamente vergonzosa “no sólo porque supone una despreciable distorsión de la historia, sino también porque (…) pone en tela de juicio el prestigio de la institución parlamentaria que lo promulga”. A Castellina apenas le sorprendió el voto favorable de los Verdes pues, afirmó, “su anticomunismo tradicional siempre ha producido una gran cantidad de ambigüedades políticas”. Consideró que la operación descaradamente negacionista tenía el objetivo encubierto de reforzar las sanciones económicas contra Rusia. La veterana activista italiana recordó el apoyo de Gorbachov a una Europa occidental alejada de los bloques militares, una Europa que optó, una vez más, por apoyar a los Estados Unidos y su política de extensión de la OTAN tan al Este “como para colocar sus misiles debajo de la nariz de Moscú” (6).

Por su parte Patrick Le Hyaric, director de L’Humanité, también dedicó un amplio artículo al tema, argumentando que “con el objetivo de trazar una línea de igualdad entre comunismo y nazismo, el texto moviliza consideraciones que son modelos de propaganda y revisionismo histórico”. Según él, la firma del pacto germano-soviético se designaba obsesivamente como la principal causa del estallido de la Segunda Guerra Mundial, mientras no se dedicaba ni una palabra a los Acuerdos de Múnich. Reconocía que el estalinismo fue un “régimen criminal”, pero que es “moral e históricamente inconcebible” equiparar a los comunistas de todos los países, muchas veces decisivos en la lucha de liberación, con los nazis y sus colaboradores. Una odiosa equivalencia entre nazismo y comunismo que, según Le Hyaric, permitía exonerar a los regímenes nacionalistas de inspiración fascista de aquellos años. El texto criticaba también duramente que socialdemócratas y ecologistas apoyaran la resolución, alejándose aún más, según él, de la tradición y la historia del movimiento obrero (7).

Walter Baier y 170 intelectuales europeos de más de 15 países, expresaron su opinión, igualmente muy crítica, a través de una carta abierta publicada en la revista Transform!, considerando que “no corresponde a un organismo institucional o político modificar la historia por decisión mayoritaria”. Criticaron que se pretenda imponer una visión revisionista de los principales acontecimientos del siglo XX, poniendo en evidencia los errores inaceptables, distorsiones y visiones unilaterales del texto, omitiendo cualquier referencia al comportamiento inicialmente favorable de las democracias liberales frente al expansionismo nazi, especialmente en la anexión de Austria por Alemania y la partición de Checoslovaquia entre la propia Alemania, Polonia y Hungría. Baier y el resto de los firmantes cuestionaron que la resolución no mencionara en ningún momento la enorme contribución, tanto de la Unión Soviética como de muchísimos comunistas de otros países a una victoria sobre el nazismo, “decisiva para el destino de Europa y de la humanidad”, así como que hiciera referencia al campo de concentración de Auschwitz sin recordar en ningún momento que “fue el ejército soviético quien liberó el campo y a los prisioneros destinados al exterminio”.

Los firmantes del anterior texto recordaron una vez más que los comunistas fueron el componente principal de la resistencia frente al nazismo y el fascismo en toda Europa, no solo en el Este, contribuyendo en gran medida a su derrota y a la recuperación en muchos países de una democracia constitucional y de las libertades políticas. La carta reconocía que la crítica contundente de la resolución no significaba ignorar y guardar silencio sobre “los errores y horrores del estalinismo”, pero distinguiendo siempre la abismal diferencia entre los ideales del nazismo, que perseguía el exterminio proclamado y planificado en los ámbitos político, religioso, étnico, cultural, y de las minorías sexuales, y los ideales del comunismo, que no tuvieron nada que ver con las graves e inaceptables violaciones de la democracia y la libertad en los regímenes comunistas (8).

En todo caso, hoy podemos recordar nuevamente a líderes comunistas como Rosa Luxemburg o Antonio Gramsci, que sufrieron en carne propia la represión ultranacionalista o fascista, en el caso de Rosa pagándolo con su propia vida. Como podemos reconocer el autoritarismo revolucionario de Lenin que, sin embargo, nada tuvo que ver con el totalitarismo criminal de Stalin. Tampoco se puede olvidar, no solo la condena del estalinismo por parte de Kruschov y del XX Congreso del PCUS, también la via autogestionaria y de gran autonomía para las diferentes nacionalidades encabezada por Josip Brioz, “Tito” en Yugoslavia, sin olvidar el serio intento de iniciar un periodo democratizador tanto en la Unión Soviética como en los países del Este de Europa por parte del ya citado Gorbachov y que, sin embargo, supuso la caída, en la mayoría de los casos pacífica, tanto de los regímenes pro-soviéticos de Polonia, Hungría, Checoslovaquia, la República Democrática Alemana o Bulgaria, como de los partidos comunistas más alejados políticamente de la URSS, como Rumanía, Albania o Yugoslavia

Es evidente que culpabilizar a los comunistas de todos los países y generaciones, de los errores, carencias, falta de democracia, o incluso de la represión en los regímenes del llamado socialismo real, no es más que una simplificación tan injusta como pretender condenar a los cristianos de todo el mundo por los crímenes de la Inquisición durante siglos. Tan injusta como intentar responsabilizar a los liberales e incluso a los demócratas de cualquier país y época por los episodios de terror durante la revolución francesa. En todo caso, son perfectamente admisibles las críticas rigurosas pero honestas que puedan hacer diversos historiadores e intelectuales al marxismo y al comunismo, pero otra muy diferente es aprobar una resolución históricamente revisionista y absolutamente vergonzosa, como la que obtuvo esa amplia mayoría de votos favorables en el Parlamento Europeo.

Notas

1. La propuesta fue avalada por 22 eurodiputados populares, 20 ultranacionalistas, 11 liberales y 4 socialdemócratas https://www.europarl.europa.eu/doceo/document/RC-9-2019-0097_ES.html

2. Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa – 2019/2819(RSP) – https://www.europarl.europa.eu/doceo/document/TA-9-2019-0021_ES.html

3. Más información sobre la prohibición de símbolos o partidos comunistas en diversos estados del Este de Europa en https://es.wikipedia.org/wiki/Prohibici%C3%B3n_de_s%C3%ADmbolos_comunistas

4. Desde enero de 2021, el nombre oficial del grupo es La Izquierda en el Parlamento Europeo – GUE/NGL

5. Intervenciones en representación de los grupos parlamentarios https://www.europarl.europa.eu/doceo/document/CRE-9-2019-09-18-ITM-017_ES.html

6. Luciana Castellina -– Europarlamento assuefatti a una-memoria azzerata (El Parlamento Europeo quiere borrar la memoria) – Il Manifesto – 24/09/2019 – https://ilmanifesto.it/europarlamento-assuefatti-a-una-memoria-azzerata/

7. Patrick Le Hyaric – Révisionnisme historique. Le déshonneur du Parlement européen (Revisionismo histórico. El deshonor del Parlamento Europeo) – L’Humanité – 26/09/2019 – https://www.humanite.fr/revisionnisme-historique-le-deshonneur-du-parlement-europeen-677700

8. Walter Baier y otros – Respect for Historical Memory in Europe (Respeto a la memoria histórica en Europa) – Transform – 09/11/2019 – https://www.transform-network.net/blog/article/respect-for-historical-memory-in-europe-2/


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