Publicado en línea el Lunes 8 de marzo de 2021, por JDF

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Un día especial, a finales de verano, en el municipio de Rosales de la Sierra. Los vecinos asisten a la iglesia para escuchar la misa y despedirse de la Virgen. Todos quieren ser los primeros y, en medio del silencio, se escuchan algunos sollozos, suspiros y los lamentos de dolor de los penitentes, que avanzan con pies desnudos, de rodillas o arrastran las cadenas. Los fieles piden milagros a Nuestra Señora. Quienes no caben en el templo, abarrotado, esperan en la plaza bostezando, tosiendo y orando. La gente se amontona para ver a la Señora de la Sierra; mientras, como trasfondo del griterío y los lloros, tañían las campanas, sonaba la Marcha Real y explotaban miles de cohetes. “Virgen del Cielo, salva a mi hijo”; “¡Viva la Virgen!… ¡Viva!…”, exclamaba el pueblo.

Don Clímaco es el capellán de Rosales de la Sierra. Tiene a su servicio a la Rubia, joven casada de aire resignado y madre de dos hijos a quienes el religioso alimenta. El sacerdote se dirige a la Rubia con ofensas. “Eres más ruin que Don Clímaco”, solían decir los aldeanos. El capellán se dedica a las tareas del culto y al laboreo de los campos escasos y aledaños al santuario. Una muestra de su insensibilidad artística es que, dos décadas atrás, arrancó los azulejos árabes del santuario y los arrojó por los cerros para renovar la iglesia. Una noche, empinando la bota de vino rancio y dejando entrever sus dos dientes y medio, contó el gran secreto: el templo le rendía 4.000 pesetas anuales. Pero se lo ocultaba al obispo, fingiendo ser pobre, para que no le relevara del cargo.

Don Manuel es un caballero rico, de unos sesenta años y exmilitar carlista. Pero curtido por los años y los viajes fue cambiando el punto de vista, de modo que se le consideraba casi un demagogo: defendía –a grandes rasgos- una doctrina mixta que permitiera transitar de la propiedad individual a la colectiva. Además era un aficionado a las bromas y las mujeres. Hubiera dado cualquier cosa por el patrimonio artístico que malbarató el cura.

Tiene su punto de contraste en don Pedro, un maestro apocado y santurrón que, mientras don Manuel admira la belleza “egipcia” de la Virgen, le reprocha: “¡Calle esa boca! ¡Usted ha perdido el juicio, o Satanás le ha tentado!” Don Manuel pellizca los muslos de la Rubia y ciñe la cintura de la joven mientras ésta reza con el maestro; en otro pasaje, el caballero intenta acceder –de noche y a tientas- a la cama de la muchacha.

Se trata de ambientes y personajes que aparecen en las primeras páginas de La Romería, una de las novelas iniciales del escritor, periodista, traductor y político republicano Manuel Ciges Aparicio (Enguera, Valencia, 1873-Ávila, 1936), publicada en mayo de 2020 por la editorial Dyskolo. La obra de 228 páginas se sitúa “a medio camino entre Goya y Buñuel a la hora de describir las grotescas y crueles fiestas religiosas”, apunta la editorial sin ánimo de lucro en la presentación. En 2018 Dyskolo editó Los vencedores, del mismo autor.

En la introducción a La Romería (Viamonte, 1996), el catedrático de Literatura Española jubilado, José Carlos Mainer, califica a Ciges Aparicio como “escritor de combate” y discrepa con su inclusión entre las llamadas “figuras menores” de la Generación del 98, como si se tratara de comparsas de Unamuno, Valle-Inclán, Baroja y Azorín. Recuerda que la primera edición de La Romería fue publicada en 1910 por la editorial valenciana Sempere y Compañía. Rosales de la Sierra es un trasunto del municipio de Quesada (Jaén), y tanto los festejos religiosos como los personajes tienen su correlato real. “Más allá del tono jocoso, Ciges no pierde nunca de vista la voluntad de denunciar la espesa trama de prejuicios en que coinciden las fuerzas vivas –caciques, propietarios distinguidos, clérigos- y el lamentable, crédulo y aborregado pueblo llano”, explica Mainer (el libro vio la luz en el periodo de la Restauración, entre 1874 y 1923).

El historiador y crítico literario añade que, más que con una trama argumental, La Romería se presenta al lector como una “superposición de cuadros” –la “técnica de viñetas sueltas”-, con “tipos de poderosos rasgos caricaturescos”. En el introito a la edición de Viamonte también se refiere a los antecedentes: “Nos hallamos –como en el arte de Valle-Inclán y, más lejos, como en el de Cervantes- con una tendencia natural a la enfatización escénica, con una subordinación de la palabra al efecto plástico”. Mainer subraya, asimismo, que el autor de La Romería conoce los mecanismos de la exageración y la sátira, entendida como “antítesis violenta, hipérbole y la sorpresa casi guiñolesca”. La obra es, en resumen, “una verdadera traca de hipocresías, violencias e intereses”.

En el artículo Manuel Ciges Aparicio: el precio del compromiso (Biblioteca Cervantes Virtual, 2017), el ensayista Jesús Arribas rastrea los orígenes de La Romería: dos artículos publicados en 1908 en el periódico El Imparcial, Fiestas populares: la Virgen de viaje y Fiestas populares: entre los riscos. Pero lo que en estos textos eran folclore y costumbrismo amable, en el libro de 1910 se convierte en una denuncia de la irracionalidad y el exacerbamiento religioso; por ejemplo, señala Arribas, “el sermón de don Clímaco en la fiesta religiosa es un milagro de Berceo a lo chusco: el cura coloca a todos sus feligreses en las nubes mientras la Señora sonríe primero y termina riéndose a carcajada limpia”.

Autor de Ciges Aparicio: la narrativa de testimonio y denuncia (Novecientos, 1984), Jesús Arribas resalta otra novela que surge de la estancia en Quesada: Villavieja, de 1914, una crítica al caciquismo y los poderes fácticos de la Restauración. Fueron años convulsos en la vida de Manuel Ciges; así, los artículos antimilitaristas publicados en el periódico republicano El Pueblo -respecto al fusilamiento del pedagogo libertario Ferrer Guardia en 1909- le condujeron al exilio en París.

También en 1909 Ciges ingresa en el PSOE; y al año siguiente huye por segunda vez a la capital francesa, perseguido por los artículos que denunciaban la actuación del ejército español en Marruecos; la recopilación de estos textos cobró forma de libro en Entre la paz y la guerra. Marruecos (1912). A caballo entre el periodismo y la literatura, Ciges Aparicio fue “un escritor que subordina el género y el soporte a los objetivos de fidelidad y coherencia respecto a sus ideas republicanas y, en alguna etapa de su vida, también socialistas”, resume Arribas.

El Ayuntamiento de Enguera organizó en 1998, con motivo del 125 aniversario del nacimiento de Ciges, la exposición A Contracorriente. Manuel Ciges Aparicio. 1998-1898. Los textos de Cecilio Alonso (autor de la tesis doctoral Vida y obra de Manuel Ciges Aparicio) y Virgilio Tortosa (comisario de la muestra) informan que el escritor vivió su primera experiencia como soldado en Melilla, en 1893. Destinado en Cuba entre 1896 y 1898, participó en los combates y estuvo más de dos años en prisión –en el castillo habanero de La Cabaña-, por denunciar los métodos brutales del general Weyler contra los independentistas cubanos; en Del Cautiverio (1903) y El libro de la crueldad: del cuartel y de la guerra (1906) dejó testimonio de los hechos.

En 1903 el periodista se traslada a Zaragoza donde dirige un nuevo diario republicano, El Progreso. Tres años después ingresó en el diario nocturno España Nueva, fundado por el periodista y dirigente republicano Rodrigo Soriano. Además, el autor de La Romería se desplazó en 1907 a Asturias para investigar las consecuencias de “la huelgona” minera de Mieres (un paro de más de dos meses en 1906); la Exposición subraya que la tarea se concretó en una serie de artículos bajo el título de Feudalismo Industrial y en un libro, Los Vencedores (1908), que tuvo su prolongación en Los Vencidos (1910). De las condiciones laborales en las minas de Riotinto (Huelva), Manuel Ciges informó en 18 crónicas para el diario El Mundo, en 1908. Antes había publicado Del periódico y de la política. El libro de la decadencia (1907).

Una vez proclamada la II República, el periodista y político milita en el partido Izquierda Republicana de Manuel Azaña. Ejerce como gobernador civil en Baleares, Santander (tras la victoria electoral del Frente Popular, en febrero de 1936), y en Ávila cuando se produce la sublevación fascista de julio. Según el Catálogo de la Exposición de Enguera, el cadáver de Ciges Aparicio aparece con un disparo en la cabeza en el camino del cementerio de Ávila; “según versiones orales, junto a él yace el cuerpo de un maestro de escuela apellidado Zapata. Son las primeras ejecuciones ilegales en Ávila”. Y el punto de partida de la violencia represiva. De este modo, “moría asesinado el más sincero y comprometido escritor del 98”, remata Jesús Arribas.


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