Publicado en línea el Sábado 6 de marzo de 2021, por Martina Neyra

Hace ocho años, a consecuencia de un cáncer prefabricado, de laboratorio, moría el Comandante Hugo Chávez Frías. El imperialismo y sus esbirros celebraron el infausto acontecimiento, al igual que sus repugnantes lacayos regionales. Fieles a sus toscos razonamientos unos y otros pensaron que “muerto el perro, muerta la rabia”.

Se equivocaron: Chávez murió -en realidad fue lentamente asesinado- pero el chavismo sigue vivo porque las condiciones objetivas que hicieron posible el arrollador despliegue de su creatividad política siguen presentes. La insaciable voracidad de dominio del imperio y el menoscabo de la autodeterminación nacional de numerosos países, no sólo en Latinoamérica y el Caribe, nutren la permanente recreación del chavismo y su mensaje. Tal vez bajo nuevas formas, pero se recrea.

Chávez fue un personaje genuinamente excepcional. Ya desde niño, un niño pobre de Barinas, hijo de una pareja de laboriosos maestros rurales, se destacó por encima de sus pares. Culminó el primer año de la escuela primaria como abanderado. Desde ese momento, y a lo largo de toda su vida siempre lo fue: en todos los grados de la primaria, en el liceo y las escuelas militares Chávez era siempre el primero de su promoción. Unía a su extraordinaria inteligencia una férrea disciplina y una asombrosa capacidad de lectura, comprensión y memorización. Lo sabía, pero cuando en una ocasión pude visitarlo en su despacho quedé asombrado al ver los libros que poblaban su escritorio. Allí estaban Mészáros, Chomsky, Dussel, Wallerstein, González Casanova y tantos otros compartiendo su espacio con Bolívar, Martí, los escritos de Fidel y el Che y, por supuesto, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Los libros que yo utilizaba en mis clases eran los mismos que él estaba leyendo, marcando cada página con notas, comentarios e interjecciones hechas con bolígrafos o plumones de distintos colores, todo con una prolijidad digna de un muy aplicado estudiante de posgrado. Corro el riesgo de ser injusto, pero no creo que haya habido en tiempos recientes muchos jefes de estado más cultos y con más amplitud de miras que él. Tal vez Fernando H. Cardoso, en otro andarivel y para desgracia de Brasil y Latinoamérica marchando en la dirección incorrecta; más próximo a Chávez, sin duda, Rafael Correa, ¿pero después quién, salvo Fidel? Y esto no lo digo para demérito de políticos de una conformación más tradicional: pienso en Lula, Dilma, Kirchner, Cristina Fernández, Tabaré, el Pepe, Evo, Lugo, Zelaya, Ortega, López Obrador. Lo digo para señalar que Chávez aparte de ser un gran político era un notable intelectual en el sentido más estricto del término.

Un hombre cuyo cerebro no paraba de pensar, crear, imaginar, proyectar. Recuerdo la frase de aquel infame fiscal italiano que en el proceso que condenaría a Antonio Gramsci a la cárcel de por vida le gritó al juez: «¡Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años!» Lo mismo pensaron los imperialistas cuando se burlaban, al inicio, de la recuperación del legado independentista y antiimperialista de Bolívar que hacía el venezolano. Cuando se desprendieron de su soberbia ya era demasiado tarde: la articulación entre Fidel, el gran estratega antiimperialista; y Chávez, el gran mariscal de campo abriría una nueva etapa en la historia de Nuestra América y el imperio sufriría un duro golpe: la derrota del ALCA, su principal proyecto geopolítico y económico para la región y para todo el siglo veintiuno. Pero además, Chávez y Fidel eran máquinas incansables de generar nuevas ideas y proyectos. A ello el venezolano agregaba una simpatía desbordante y una increíble capacidad de persuasión, que lo llevó a que el mismísimo narcogobernante colombiano Alvaro Uribe firmase la adhesión de la atribulada Colombia a la UNASUR.

Para que Chávez no pensara, como quería aquel fiscal y como también deseaban los buitres y las hienas de Washington, era preciso matarlo. Y lo hicieron, como con tantos otros. La historia criminal de la Casa Blanca sería interminable. Infinidad de intentos, todos fallidos contra Fidel. Pero después tuvieron éxito, con tropa propia o acudiendo a sicarios y mercenarios, en los asesinatos del Che Guevara, Jaime Roldós, Omar Torrijos, Juan José Torres, los generales constitucionalistas chilenos René Schneider y Carlos Prats González, Orlando Letelier en el mismísimo Dupont Circle de Washington, monseñor Oscar Arnulfo Romero, los jesuitas en El Salvador, Maurice Bishop y en África Patrice Lumumba, Thomas Sankara, Samora Machel, Amilcar Cabral; Yasir Arafat en Oriente Medio las más recientes de Saddam Husseim y Muammar El Gadafi y, apenas ayer, el general iraní Qasem Soleimani. Hay quienes aseguran que la larga mano de la CIA puede también haber actuado en el nunca aclarado asesinato de Olof Palme en Suecia. Repito, mismo en el caso de Latinoamérica el listado escrito a corre pluma es muy incompleto.

Lo que quiero marcar es que el ADN del imperio está la “eliminación” de sus enemigos. Lo hicieron con Chávez, pero no pudieron con su legado. Sigue vivo entre nosotros. Por eso hoy los pueblos honran su memoria y la atesoran como fuente inspiradora de sus luchas.


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