Publicado en línea el Miércoles 24 de febrero de 2021, por Bea Morales

10 de octubre de 1940. En la cárcel de Murcia, Ricarda Soba firmaba un documento por el que se hacía cargo de Paquita, la hija recién nacida de su prima Nieves Calvo, de 27 años, ejecutada ese mismo día, para cumplir su última voluntad de entregársela al abuelo, que vivía en Castro Urdiales. Nieves había llegado desde esa localidad cántabra acompañando a su marido, un ferroviario que fue destinado a Caravaca y que luego fue líder comunista, al que también fusilaron; dejaba a cuatro hijos, el mayor de siete años.

Militante en las Juventudes Socialistas Unificadas, se convirtió en la primera concejal del pueblo, nombrada en agosto de 1936. Asumió la difícil y arriesgada tarea de ejercer el poder municipal en el transcurso de la guerra civil, en un momento en el que la participación política e institucional de las mujeres era muy escasa. Solo cinco tenían representación municipal en toda la región entre febrero de ese año y marzo de 1939. Bastaron sus ideas y liderazgo para acusarla de participar en el asalto a la prisión del Castillo de Caravaca. La condenaron basándose en un testigo que creyó oírla. Ni siquiera la vio. Incluso declaró que conocía los hechos por “rumor público y comentario popular”. <https://ctxt.es/get_img?ImageRatio=...> Imagen: Una prima de Nieves Calvo se hace cargo de su hija, cumpliendo con su última voluntad. / Cedida por Rufino Garrido.

Algo similar le ocurrió a la yeclana Eugenia Sánchez. La juzgaron y la fusilaron sin pruebas. El día del crimen que se le imputó estaba sirviendo en una boda. Así consta en su sumario, a tenor de diez testimonios que fueron ignorados por el tribunal militar sin comprobación alguna.

“Los juicios eran una pantomima, sin garantías, burdos montajes construidos sobre supuestos delitos y denuncias falsas e interesadas”, concluye el investigador e historiador Antonio Martínez Ovejero, después de analizar durante años cientos de expedientes.

Las mujeres no suelen formar parte de la historia escrita. Con el objetivo de “hacer más visible el esfuerzo y sacrificio de las murcianas víctimas del franquismo”, Martínez Ovejero ha documentado los casos de 997 represaliadas por su doble condición de ser mujeres y de izquierdas. Los archivos permiten hilar y entretejer los relatos en torno a esas voces dormidas, silenciadas y luego olvidadas. Pero no todo ese castigo del aparato político, jurídico y social franquista consta en los papeles: “Las fuentes documentales y administrativas sobre ellas son mucho más escasas que las de sus compañeros republicanos”, advierte. A lo que se añade la dificultad de una información soslayada por un acceso restringido a los archivos militares. Su apertura es una cuenta pendiente que los colectivos memorialistas esperan que resuelva la futura Ley de Memoria Democrática; para reparar el derecho a la verdad, para que sus nombres no se borren de la historia.

Es una historiografía más compleja y más dura, porque no solo las castigaban con la cárcel, sino también de otras formas: a las torturas, se añadía la violación. Rapadas, humilladas y paseadas públicamente. A veces enterradas como “putas”. A menudo juzgadas en el ámbito moral y privado por su comportamiento social, sexual y religioso. Tachadas de tener “mala conducta” por ser “mujer sexualista”; “marxista, coqueta e inmoral”; “concubina de”; “querida de”…

De Josefa López (50 años), condenada a doce años y un día, dijeron: “Provocativa, va vestida de miliciana con el revólver a la cintura. Portaba la bandera roja en cuantas manifestaciones se organizaban. No faltaba una sola noche a la célula, tratando asiduamente con el secretario del partido. Separada de su esposo, vivía amancebada con un señor de la localidad”.

A Guillermina Fernández, de 27 años, la condenaron a seis años por ser “roja, coqueta e inmoral” y por portar “pancartas y banderas en todas las manifestaciones, excitando el espíritu revolucionario de las hordas marxistas”.

Descritas como ateas, masonas, acérrimas antirreligiosas y anticlericales, enemigas de la Iglesia por no asistir a misa o no cumplir con sus deberes religiosos. Acusadas de saquear templos y profanar imágenes. “En el santuario hizo burla sacrílega, poniéndose sobre los hombros el manto de Nuestra Señora del Castillo, patrona de Yecla”, rezaba el informe de Falange sobre María Rosa Martí, de 48 años, a la que declararon “enemiga del glorioso Movimiento Salvador de España”. Pasó a ser “la mujer marxista más peligrosa”.

Casi le cuesta la vida a la que fue la única de las 36 maestras procesadas condenada a muerte, pena que al final le conmutaron por 30 años de prisión. Mientras la trasladaban a la cárcel de Valencia, supo que habían fusilado a su marido. También perdió a su hijo José Juan Martí, el mayor de seis, voluntario en el ejército republicano. Capturado en Francia por los nazis, murió con 24 años en el campo de exterminio de Gusen, satélite de Mauthausen.

Cuando obtuvo la libertad condicional, tras cinco años, se instaló con sus hijos en Cheste (Valencia), su pueblo natal. “En Yecla no la hubieran dejado vivir”, opina Martínez Ovejero. Porque lo que hacía que mereciera “más castigo que los demás” era que “tomó parte activa en los actos del partido socialista, sin dar la cara, pero organizándolo todo con la cultura propia de su profesión”.

Lo que realmente molestaba era su carrera profesional: “Propagó con la autoridad de maestra las absurdas y ridículas doctrinas del marxismo. En sus clases envenenaba el espíritu de niños inocentes, arrastrándolos hacia una vida de perversión y maldad que tuvo como consecuencia la quema de iglesias y saqueos. No solamente maniobra con niños, sino también con muchachos ya crecidos, a los que arrastraba a las filas del ejército rojo”, describió el aparato falangista en su informe.

Fue expulsada del cuerpo de magisterio. No encajaba en las labores propias de su género ni en esa nueva España que relegaba a la mujer a la reclusión en el sacrosanto ámbito doméstico y familiar. “Contra el feminismo, feminidad” era la consigna que se daba en el 39 en el periódico falangista Arriba.

Rufino Garrido Martínez, investigador y miembro de la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia, recalca que “la situación de la mujer durante el régimen franquista retrocedió radicalmente hasta una posición humillante que la redujo a un ser permanentemente tutelado y supeditado a la voluntad de un hombre”, y recuerda que la Constitución republicana de 1931 había aprobado el sufragio femenino, el divorcio, el matrimonio civil y el aborto, así como otras normas de carácter laboral.

Pero “no sólo había que derogar las leyes republicanas, sino castigar ejemplarmente a aquellas que habían tenido algún tipo de liderazgo o se habían distinguido profesionalmente”, prosigue Martínez Ovejero. Y esta represión afectaba aún más al mundo rural, porque “las mejor situadas escaparon de esta realidad”, explica Pedro María Egea Bruno, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Murcia.

Solían firmar las sentencias con la huella dactilar, porque no sabían leer ni escribir. En aquel momento la mitad de la población era analfabeta. Con la idea de “sembrar España de escuelas”, se había puesto en marcha la reforma educativa como primer paso para la igualdad. Educación para no “vivir siempre esclava” y “lograr la independencia que es propia de nuestro sexo”, promulgaron en Caravaca en 1938 la Agrupación de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo y la Agrupación de Mujeres Libres. “Nuestro lema es el estudio, nuestra casa la escuela y nuestros guías los libros”, decía el manifiesto.

“Libros que nos enseñen a defendernos” era lo que le pedían a María Galindo, secretaria agraria del PCE en Ocaña (Toledo). Desde los 7 años en las tareas del campo, sin tiempo de ir al colegio, por la noche aprendía a leer y escribir. Su padre, propietario de unos pequeños pedazos de tierra, tenía que emplear los brazos de sus hijas, que además trabajaban para terratenientes, de sol a sol y por dos pesetas. Los jornales de todos los miembros de la familia solo daban para pagar los abonos y las semillas.

María sabía de olivares y viñas, y de luchas campesinas: “Llevaba sobre mis lomos lo mismo que un hombre, pero ellos ganaban el doble”, contaba a sus 23 años en el diario Mundo obrero. Algunas veces protestaban y entonces las dejaban en paro. Hasta que la necesidad apretaba de nuevo y volvían a deslomarse.

Con la marcha de los compañeros al frente comenzaron a ocupar los puestos vacantes y a estar en la dirección de las colectividades y los sindicatos: “Las mujeres han cogido la yunta y siguen haciendo el barbecho”, relataba María. Era habitual que los comités de Mujeres Antifascistas se ofrecieran a realizar cualquier trabajo, “sea el que fuere y por rudo que sea”. La guerra truncó sus sueños de estudios y viajes, y luego llegó la cárcel al año de instalarse con su pareja en el municipio murciano de Villanueva del Río Segura. Los dos presos, y los dos indultados tras el decreto de octubre de 1945 para los delitos cometidos antes del 39.

Se reenganchó en la militancia. Solo había transcurrido un año cuando la detuvieron por segunda vez. Estaba embarazada. Después de dar a luz solicitó la libertad condicional porque tenía fiebres puerperales. Se la denegaron. Tras dos intentos frustrados de indulto, salió de la celda en el 54. Tenía 37 años. Fue la que tuvo la condena más larga (38 años) y más tiempo pasó en la cárcel (13). “En Murcia, aunque las sentencias solían ser de 30, casi ningún hombre cumplió más de siete”, apunta Martínez Ovejero.

“No participaron en delitos de sangre, por lo que más bien juzgaban a esa mujer que rompía el esquema del patriarcado”, insiste Egea. “La mayoría tenía un compromiso social, más que político, que en parte era una forma de rebeldía”, añade Martínez Ovejero. Otros delitos recurrentes fueron los de “blasfemar durante todo el periodo rojo” o insultar a derechistas.

Les atribuían culpas por provocar: “Se las calificaba de víboras”, comenta Egea. “Alentaba con sus gritos a los hombres, apelando a su masculinidad, para que asaltaran el cuartel de la guardia civil”, según el expediente de Blasa Herrero, una jornalera de Jumilla de 42 años. La consideraron “la mujer más peligrosa para su pueblo y para la causa nacional”.

A Blasa la iban a ejecutar el 21 de julio de 1942, pero en el último momento su nombre salió del listado de los reclusos que en esa madrugada estarían en las tapias del cementerio de Espinardo frente al pelotón de fusilamiento. Horas antes, el médico había certificado que padecía un cáncer en la matriz en estado avanzado. “Cada vez que la movían se desangraba”, dice Garrido a la luz del expediente penitenciario. Sufría hemorragias copiosas y síncopes intensos; extrema desnutrición, atrofia muscular, fatiga y debilidad. Agonizaba. <https://rebelion.org/wp-content/upl...> Imagen: Certificado médico de Blasa Herrero que indica que padece un cáncer en la matriz. / Cedida por Rufino Garrido.

No obstante, pese al pronóstico del facultativo –“no ha de durar más que poco tiempo”–, el gobernador militar ordenó realizarle un reconocimiento cada ocho días “para una vez restablecida proceder al cumplimiento de la ley”. Una semana más tarde se constató que seguía grave, “en una forma estacionaria, a pesar de su casi completa falta de ingestión de alimentos”. Ya no habría más partes. Murió nueve días después por “un coma acidósico secundario a carcinoma uterino”. <https://ctxt.es/get_img?ImageRatio=...> Imagen: Suspensión de la ejecución de Blasa Herrero por su grave estado de salud. / Cedida por Rufino Garrido. <https://ctxt.es/get_img?ImageRatio=...> Imagen: Defunción de Blasa Herrero por su enfermedad. / Cedida por Rufino Garrido

Los informes de la guardia civil, el alcalde y Falange señalaron que participó “activamente y con extrema crueldad” en una manifestación en la que fueron asesinados dos jóvenes falangistas que habían perpetrado un ataque contra la casa del pueblo, matando a un trabajador socialista e hiriendo a otro.

La procesaron junto con otros trece jumillanos. A pesar de que en el juicio no se pudo demostrar nada, la sentencia llegó seis años después de los sucesos con siete condenas a muerte. “La venganza estaba servida”, continúa Martínez Ovejero. La brutal maquinaria represora que el régimen emprendió tras la guerra estaba en marcha, y todo valía para penalizar aquellas vidas relegadas que chocaban con el nuevo sistema que se pretendía instaurar.

Hay un patrón común de acusaciones por actuaciones de carácter multitudinario donde era difícil saber el grado de implicación, pero “alguien tenía que pagar”, sostiene. Para impartir justicia estaban el alcalde, los jerarcas, las familias de los caídos por Dios y por España, la guardia civil, la policía y la Iglesia, que trataban de conseguir de los tribunales militares el castigo que creían más adecuado para las rojas del pueblo. El historiador lo llama “lobbypolítico vengativo local”.

Esa venganza bíblica del ojo por ojo, que iba más allá de lo cuantitativo, alimentaba un ánimo sancionador por parte del Estado que parecía no tener límites. Al ciezano Antonio Martínez, menor de edad, se le imputó asesinato y fue ajusticiado en uno de los patios de la cárcel mediante garrote vil. Garrido, después de ver miles de expedientes procesales de la prisión provincial, contabilizando 525 ejecuciones de hombres y mujeres, cree que se trataba de seguir castigando a la familia de Josefa Martínez, madre del joven, incluso cinco años después de que la fusilaran.

Según Martínez Ovejero, el carácter familiar de la represión hacía que al menos un 12% de los procesados tuviera algún otro pariente en la misma situación, incluyendo a veces familias completas, como la de Escolástica Gaspar, La Pasionaria murciana, y sus cuatro hijos.

Fueron detenidas por ser madres, hijas, hermanas, novias o esposas de desafectos al régimen, para usarlas como rehenes con el fin de averiguar el paradero del escondido y provocar la entrega del fugado. Así le ocurrió a María Fernández, casada con el alcalde de Alguazas, que, tras entregarse para liberarla, sobrevivió a las torturas, huyó de la cárcel de Mula, y consiguió llegar a Francia a pie después de tres meses. Ocho compañeros quedaron por el camino.

La principal preocupación de las presas era quién cuidaría de sus padres e hijos. En torno a ese sufrimiento se realizaron innumerables peticiones de libertad condicional. Porque antes, como ahora, ellas eran las que sostenían el sistema de cuidados. Cuenta de esa angustia es que Pascuala Marín entregara su bebé a una hija una vez condenada a muerte, pena que al final sorteó. O la última voluntad de Nieves.

Fuente: https://ctxt.es/es/20210201/Politica/35060/mujeres-franquismo-murcia-presas-rufino-garrido.htm


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