Publicado en línea el Miércoles 10 de febrero de 2021, por Miguel Arróniz

El asesinato planificado e industrializado de aproximadamente seis millones de judíos por los nazis ha recibido distintos nombres. En un primer momento el término corriente era el de genocidio, concepto desarrollado por el jurista polaco Rafael Lemkin en 1944 que tipificó un crimen distinto al simple asesinato múltiple o en masa, incorporando el componente de la motivación racial, étnica, nacional o religiosa como elemento caracterizador.

Sin embargo a mediados de la década de 1980 comenzó a popularizarse la expresión Holocausto para referirse a ese crimen brutal, como un nombre propio, escrito con mayúscula, que designó al crimen masivo contra las personas judías –por identificación religiosa o por descendencia- perpetrado por el régimen nazi a partir de 1942 (o desde su acceso al poder en 1933 si computamos las persecuciones y deportaciones en masa) hasta 1945 cuando se produce su caída. El mismo término en minúscula siguió usándose para crímenes similares, pero la mayúscula dio al genocidio de los judíos de Europa una identidad diferenciada.

Finalmente, la versión hebrea para designar el mismo crimen – la Shoá o Shoah- comenzó a usarse, sin que hasta el momento haya desplazado en el uso corriente la más popularizada de Holocausto[2].

¿Por qué motivo esta palabra desplazó al término genocidio, término que designa un delito penal particular? Recurramos en primer lugar a su etimología. “Holo” es una palabra griega que significa todo y “causto” quemado. Es decir, quemado en su totalidad. Los judíos habrían sido quemados en su totalidad o al menos eso se intentó. De esto no cabe duda ya que el propósito de Hitler era hacerlos desaparecer de la faz de la tierra al considerarlos culpables de todos los males. Sin embargo la palabra holocausto remite a una práctica importante, de larga tradición religiosa que es el sacrificio. En efecto, el holocausto consistía en un sacrificio hecho a los dioses o al dios único de un bien preciado –un buey o un cordero- para obtener de ellos o de él una recompensa[3].

El historiador judío Simón Dubnow, autor de una célebre Historia del pueblo judío-publicado por primera vez en 1925- lo define así:

“El servicio religioso se componía de oraciones y holocaustos. El hombre primitivo aspiraba a conquistarse el beneplácito de Dios mediante rezos y presentes. Entre los judíos (lo mismo que entre los antiguos griegos) los holocaustos encerraban también un significado simbólico: si se incineraba una parte del animal sobre el altar, en aras del Señor, el resto de la carne se tornaba pura y apta para el consumo” [4].

Los ejemplos arquetípicos de holocaustos, incorporados a la literatura épica de griegos y judíos, son la tentativa de asesinato de Isaac por parte de su padre Abraham[5] y el asesinato consumado de Ifigenia por parte de su padre Agamenón[6]. El primero habría tenido por fin obedecer el mandato divino dado por Yahvé, obteniendo de esa forma su favor, el engrandecimiento de su nombre, descendencia y tierra[7]. El segundo, el aplacamiento de los vientos que impedían embarcarse hacia Troya donde el jefe aqueo obtendría la gloria y el castigo de los bárbaros que habían ofendido a Grecia.

En ambos casos el holocausto es un filicidio horrendo, ya sea en grado de tentativa (el de Isaac) o consumado (el de Ifigenia), cuyo propósito esencial es satisfacer a la deidad o deidades rectoras de la comunidad. El filósofo y sacerdote danés Soren Kierkegaard, precursor del existencialismo, dedicó su obra Temor y temblor[8] a tratar de comprender y explicar este pasaje torático[9], a todas luces reñido con la más elemental moral cristiana. Sospechamos que en un religioso como él, el mito de Abraham habrá sido una pesadilla, y que debía por lo tanto entenderlo y finalmente justificarlo, ya que nada puede explicar el asesinato del propio hijo para probar el amor a la deidad suprema.

Pero esta caracterización del crimen brutal cometido contra las comunidades judías de Europa por parte del nazismo como un sacrificio ritual encierra cuatro derivaciones verdaderamente preocupantes: 1) la primera es que todo sacrificio es voluntario: se entrega un bien para obtener algo mayor, más preciado; 2) la segunda consiste en que lo ejecuta una autoridad, en los mitos citados el padre: 3) la tercera es que se le entrega a un ser superior, al que se venera; 4) por último, la cuarta consiste en que, de acuerdo a la definición de Dubnow, la quema era parcial y la parte no quemada, la subsistente, era la mejor.

Si trasladamos estos elementos al crimen padecido por los judíos de Europa no podemos dejar de preocuparnos y alarmarnos por el significado que adopta la palabra en cuestión. La aniquilación de los judíos habría sido un sacrificio –y por ende voluntario- de la peor parte de la comunidad judía mundial para preservar a la mejor u obtener un bien preciado: la fundación del Estado de Israel. Por lo tanto la decisión de Hitler habría beneficiado al judaísmo y él sería su benefactor. La conclusión es horrorosa pero es lo que se desprende del uso de ese término para referirse a un crimen brutal que no tuvo nada de sacrificial. Pero peor aún, si el asesinato colectivo más grande la historia del siglo XX de Europa Occidental –ya que no de la historia mundial[10]– constituyó un sacrificio parangonable al que se intentó con Isaac, qué rol cumplió Adolf Hitler en él. ¿El de Abraham como ejecutor o el de Yahvé como autor intelectual dando la orden? ¿Los judíos asimilan a dicho monstruo con su patriarca o su deidad? La conclusión es inaudita y brutal y no se entiende cómo el uso de dicho término se ha generalizado de tal forma. Simón Dubnow murió en 1941. Si hubiera sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial seguramente no hubiera utilizado ese término o habría modificado la definición.

Ciertamente los judíos no se encaminaron voluntariamente a los campos de concentración donde luego fueron aniquilados en su mayor parte, por lo que su asesinato mal puede considerarse un sacrificio. Ni tampoco puede decirse –lo que sería más brutal- que fue quemado lo peor y que se salvó lo mejor. En efecto, eso implicaría que los judíos de Europa, que no migraron a Palestina, es decir los judíos asimilados a la Europa Occidental que reclamaban su condición de alemanes, austríacos o franceses, y se negaban a dejar su país, los judíos galúticos[11] en la jerga sionista, eran lo peor, mientras que los que lo abandonaban eran los mejores porque llevaban a cabo la aliá o elevación a Eretz Israel[12]. El holocausto habría tenido el mérito de salvar a los mejores.

¿Por qué entonces se ha instalado este término, motorizado indudablemente por los sectores organizados del judaísmo mundial? Advirtamos que su cuestionamiento no es nuevo. Claude Lanzman, creador de la célebre seria televisiva Shoá (1985) afirmaba en una nota periodística que el término holocausto es totalmente inapropiado ya que el sentido literal de esa palabra es un sacrificio ofrecido a un dios[13].

Pese a ello el término se ha impuesto y esto no es ingenuo ni casual. Busquemos el por qué. El holocausto era un sacrificio de naturaleza religiosa. Estaba inscripto en orden de lo sagrado. El genocidio es un delito. Es un crimen profano. El primero proviene de una orden divina o de una voluntad de halagar a las deidades rectoras. El segundo, de la imperfección de los seres humanos. No tiene nada de divino. Es producto del mal, de la ignorancia o del error, cualquiera que se considere la fuente del delito.

La política detrás del término

Es aquí donde debemos apelar a la naturaleza del sionismo, el movimiento político que promovió y finalmente constituyó el Estado de Israel. Pese a ser obra principalmente de judíos laicos europeos –como Leo Pinsker, como Theodor Herzl, como Chaim Weizman, como David Ben Gurion, etc.-, el sionismo apeló al mito religioso para crear la idea de un pueblo milenario existente desde el principio de los tiempos que poseía el derecho de retornar a la tierra prometida por su deidad y de la que habían sido expulsados por los romanos[14], todo ello con el fin de justificar su proyecto de crear un Estado étnico judío en Palestina donde habitaba otro pueblo que pasaba a ser un intruso sin derechos. La Tierra Prometida es justamente la recompensa a Isaac por el sacrificio de su hijo. En consecuencia, el aniquilamiento de millones de judíos europeos ya no es un delito profano cometido por mortales sino un hecho de naturaleza religiosa que sirve al objetivo de refundar el Reino de Israel, el Tercer Reino como lo llamó alguna vez Ben Gurion en preocupante asimilación al Tercer Reich[15]. ¿Cómo es posible que el sionismo y la inmensa mayoría del judaísmo mundial apelen a esta parábola comparativa que termina por disculpar o justificar a Adolf Hitler inspirador y ejecutor de la masacre? La respuesta no es fácil pero sabemos que la razón política o razón de Estado todo lo justifica. De hecho Kierkegaard justifica la tentativa de asesinato de Isaac. Abraham es un caballero de la fe que busca cumplir un designio divino, ubicándose en el plano de lo absoluto. Partiendo de esa premisa exculpa a Abraham de su intento criminal. En cambio Agamenón que sólo busca un fin personal –lo que no surge así del relato de Eurípides- apenas si alcanza la estatura de héroe.

Pero no cesa aquí la justificación del filósofo danés. El acto de Abraham es un acto de fe. Y como tal suspende la moral. Es una suspensión teológica de la moral, se ubica por fuera o por encima del orden moral. Abraham desde un punto de vista moral es un asesino, pero en el orden de lo absoluto es un hombre de fe. Para llevar a cabo el homicidio de su ser más querido habrá de resignarse en forma absoluta. “La resignación infinita es el último estadio precedente a la fe, y nadie alcanza la fe si antes no ha hecho ese movimiento previo, porque es en la resignación infinita donde, ante todo, tomo conciencia de mi valer eterno, y únicamente así puedo entonces alcanzar la vida de este mundo en virtud de la fe”[16]. Abraham cierra los ojos para no ver, se resigna, se somete a su deidad con la que ha hecho una alianza y de esa forma puede ejecutar el más horrible de los crímenes. No es necesario decir que este es el mecanismo utilizado para perpetrar las guerras: el soldado cierra los ojos, obedece una orden, suspende el juicio moral, la responsabilidad no es suya sino del general o presidente que lo manda, el objetivo superior todo lo justifica. La subordinación, la obediencia ciega es el valor principal. Mediante este mecanismo se podrá cometer cualquier fechoría, cualquier crimen, cualquier violación a las leyes de la ética: el genocidio, la guerra de conquista, la limpieza étnica, el asesinato selectivo, la desaparición de personas y tantos otros. En el mito de Abraham se configura la tragedia de la humanidad. En el genocidio de los europeos de religión judía su encarnación real.

En consecuencia, el uso del término holocausto tiene un fin claramente político: se alinea con el objetivo sionista de dar a los hechos que contribuyeron a la creación del Estado de Israel en Palestina –el genocidio no fue determinante pero si contribuyó a su justificación a los ojos occidentales- un significado religioso, alimentando de esta forma el sionismo tanto judío como cristiano. No es una cuestión menor que el sionismo cristiano –fundamentalmente el de las iglesias evangélicas- asocie la fundación del Estado de Israel con el mito de retorno de los judíos a su tierra natal para su posterior conversión al cristianismo y consiguiente redención.

La otra palabra también utilizada pero poco, Shoá o Shoah, significa en cambio “catástrofe”. Es la utilizada por la Declaración de Independencia del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948: “La catástrofe que recientemente azotó al pueblo judío – la masacre de millones de judíos en Europa – fue otra clara demostración de la urgencia por resolver el problema de su falta de hogar, restableciendo en Eretz Israel el Estado Judío, que habrá de abrir las puertas de la patria de par en par a todo judío y conferirle al pueblo judío el status de miembro privilegiado en la familia de las naciones”. Es un término extraído del idioma hebreo, lengua que no hablaban los judíos masacrados por los nazis, los que mayoritariamente utilizaban el idisch o yiddish, lengua de origen germánico con incrustaciones de palabras hebreas y eslavas. Su utilización no está exenta del intento de establecer un vínculo entre los judíos askenazis[17] residentes en Europa Central y Oriental, hablantes de una lengua indoeuropea y probables descendientes de una tribu turcomana, los kházaros o jázaros, con los hebreos del relato bíblico, habitantes de la Tierra de Canaán, más tarde llamada Palestina. Según la ya citada página del Museo del Holocausto de Estados Unidos[18] existe también un término en lengua yiddish para referirse al genocidio, churbn, pero no ha tenido ninguna difusión hasta el momento.

No obstante su procedencia, la palabra Shoá se revela como acertada en su significado literal para designar como nombre propio a una masacre que en realidad fue mucho más que una catástrofe. Otro de sus significados es el de “devastación”, probablemente más certero. No por casualidad el término Nakba, utilizado por los palestinos para referirse a la expulsión de su tierra en 1948 por los sionistas tiene el mismo significado.

Para concluir debemos reafirmar que la masacre colectiva de aproximadamente seis millones de europeos de identidad judía por parte del régimen dictatorial más brutal de la historia europeo-occidental no tuvo ningún carácter religioso. Fue un hecho profano, un hecho de los hombres, con motivaciones múltiples, un crimen de Estado y por lo tanto político, no fue obra de ninguna deidad con un fin superior. Lo contrario nos lleva no sólo a no comprender su naturaleza sino al horror de justificar en forma subliminal su comisión.

[1] Abogado. Licenciado en Historia. Profesor de la Cátedra Libre Edward Said de Estudios Palestinos, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

[2] Sobre el uso de los términos holocausto y shoá puede verse lo informado por la página oficial del Museo del Holocausto de Estados Unidos: https://www.ushmm.org/es/reference/frequently-asked-questions/holocaust.

[3] Sospechamos que la incorporación de una palabra griega en la Biblia hebrea o Tanaj debe tener su origen en la famosa traducción a esa lengua de dicha obra, traducción encargada en el siglo III AEC a setenta sabios griegos de Alejandría y conocida como la Septuaginta. Es la base de la versión de la Biblia hebrea conocida universalmente.

[4] Tomamos la cita del Manuel de la historia judía, del mismo autor,Editorial S. Sigal, Buenos Aires 1955, pag. 131.

[5] Utilizamos la designación adaptada a la lengua latina ya que la voz hebrea YHWH, sin vocales, resulta impronunciable en nuestra lengua. El término Jehová es posterior y de filiación cristiana.

[6] Eurípides, Ifigenia en Áulide.

[7] Génesis, Cap. 22.

[8] Buenos Aires, Editorial Losada, 2003.

[9] Torático, de Toráh o Torá, los cinco primeros libros de la Biblia hebrea.

[10] En efecto, el genocidio del Congo perpetrado por el Reino de Bélgica se estima que superó los ocho millones de personas. El genocidio de los kulaks durante la colectivización forzosa o la hambruna producto del Gran Salto Adelante en la China de Mao alcanzaron también proporciones mayores.

[11] De galut, vida entre extraños.

[12] En hebreo, Tierra de Israel.

[13] New York Times, selección semanal en español del diario Clarín, 15-01-2011.

[14] Véase, Sand, Shlomo, La invención del pueblo judío, Ediciones Akal, Madrid 2011.

[15] Ibidem, p. 123, con cita de Peace, peace, When there is no Peace, A. Israeli, Jerusalén, Bokhan, 1961.

[16] Kierkegaard, op cit, pag. 55.

[17] La palabra askenazi o ashkenazi significa alemán en lengua hebrea y hace referencia a un descendiente del personaje mítico Noé, por vía de uno de sus hijos Japhet que según la leyenda sería el antepasado de los pueblos indoeuropeos, a diferencia de Sem, antepasado de los semitas y de Cam de los pueblos cananeos y africanos.

[18] Ver nota 2.


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