Publicado en línea el Sábado 6 de febrero de 2021, por JDF

Pero Yemen es también el escenario de una guerra proxy entre Arabia Saudí e Irán donde intervienen países de varios continentes y potencias occidentales. Un conflicto complejo donde podemos encontrarnos primaveras árabes frustradas, armas con #MarcaEspaña, ecos del emérito Borbón fugado, los restos de Al Qaeda o parte del legado geopolítico last minute de Trump.

Una primavera ahogada con sangre y doctrina wahabí

Para situar lo que ocurre hoy en Yemen debemos remontarnos al menos hasta hace justo ahora una década. En 2011, al calor de las Primaveras Árabes, una revuelta popular que exigía reformas, libertades y justicia social derrocó al autoritario presidente Ali Abdullah Saleh después de 33 años en el poder. El hasta entonces vicepresidente Abdrabbuh Mansour Hadiasumió el mando de un país que rápidamente entró en un periodo de inestabilidad marcado por una combinación de corrupción, inseguridad alimentaria, movimientos separatistas en el sur, atentados yihadistas y el ruido de sables permanente de los militares que se mantenían leales a Saleh.

La prometida transición política se alargó tres años sin avances palpables. Aprovechando la debilidad del nuevo gobierno y la inestable situación, el movimiento hutí, parte de la minoría chiita zaidí de Yemen, tomó el control del norte del país, consiguiendo recoger incluso apoyos entre sectores no chiíes críticos con la deriva del país. A comienzos de 2015, los rebeldes hutíes tomaron la capital Saná y el presidente Hadi se exilió.

Arabia Saudí, que siempre había considerado a Yemen su particular patio trasero y parte irrenunciable de su zona de influencia regional, ya se había encargado de poner todas las trabas posibles a las revueltas de 2011. Como en tantos otros países, la dinastía Al-Saud actuó de principal agente contrarrevolucionario en la región, aplicando en cada caso una mezcla genuina de represión, presión diplomática y apoyo económico a sus aliados locales. El intervencionismo saudí en Yemen fue especialmente proactivo entre 2011 y 2014 dado su carácter limítrofe, pero también por el protagonismo en las revueltas de la rama local de los Hermanos Musulmanes.

Pero con el avance de los rebeldes hutíes, las alarmas se encendieron en Riad. Si Arabia Saudí no pensaba dejar que creciese nada con un mínimo de autonomía en su sombra y se afanaba en combatir a cualquier movimiento laico o reformista que chocase con su doctrina wahabí, bajo ningún concepto iba a permitir en la Península Arábiga un aumento de la influencia chií. Más aún cuando eso podría conllevar, al menos a sus ojos, reforzar en la región a su principal enemigo: Irán.

De esta forma, a comienzos de 2015 Arabia Saudí y otros países del Golfo formaron una coalición internacional respaldada por potencias como EE UU, Francia o Reino Unido, que bombardeó Yemen con el pretexto de restaurar el orden en el país. Seis años después, la guerra no cesa y las consecuencias son alarmantes: hoy el 80% de la población yemení precisa de asistencia internacional para cubrir sus necesidades básicas, mientras la inseguridad alimentaria, las hambrunas y pandemias como el cólera o la covid-19 están fuera de control. Todo esto en una crisis de suministros de petróleo y otros insumos básicos, con una economía destrozada y un Estado fallido en el que los vacíos de poder son golosinas en potencia para los restos del Estado Islámico o para la rama local de Al-Qaeda, considerada la más violenta de las aún activas.

Se estima que desde 2015 130.000 personas han muerto por causa directa de la guerra, si bien las muertes indirectas por la combinación letal de las demás crisis derivadas seguramente multiplique esa cifra. La misma comunidad internacional que considera a Yemen la mayor crisis humanitaria de la actualidad, contribuye a convertirlo en un conflicto enquistado y en otra guerra olvidada. Por enésima vez, los pueblos pagan el precio del cálculo geopolítico.

Trump, Europa y el emérito Borbón visitan la región

Si la situación ya era terrorífica, Yemen apareció en los numerosos servicios de última hora al desorden global que dejó la Administración Trumpcomo legado. Poco antes de abandonar la Casa Blanca, el ya ex-secretario de Estado Mike Pompeo incluyó a Ansar Allahen la lista de Organizaciones Terroristas Internacionales. Ansar Allah, organización chií, es de facto la autoridad en el Norte de Yemen y principal actor en la guerra contra Arabia Saudí y la coalición internacional. La decisión, que entró en vigor el pasado 19 de enero, es el último servicio del trumpismo a su inestimable socio saudí. Porque a fundamentalista aliado no se le mira el diente.

A pesar de que se han establecido algunas excepciones difusas supuestamente orientadas a permitir la llegada de ayuda humanitaria, esta decisión ya ha desalentado a empresas y ONG internacionales a operar en Yemen ante el riesgo de ser sancionado por EE UU por colaborar directa o indirectamente con una organización repentinamente considerada terrorista. En un país con sus capacidades productivas devastadas después de años de guerra, que importa el 80% del combustible, comida y medicinas que consume, y donde las remesas representan el 20% del PIB, esta vuelta de tuerca ha escalado la crisis humanitaria en Yemen a niveles críticos.

Desde Naciones Unidas y la Unión Europea se está presionando a la nueva Administración Biden para que revoque de manera urgente esta decisión. Será una manera de comprobar cuánto hay de cambio en el recambio en la Casa Blanca y hasta qué punto se mantiene aquella máxima del turnismo estadounidense según la cual los Republicanos son quienes hacen que las cosas malas pasen y los Demócratas quienes evitan que las cosas buenas ocurran.

Pero aunque resulte puntualmente efectiva, esta presión diplomática será tan estéril como hipócrita: la UE se ha negado sistemáticamente a aplicar un embargo de armas a Arabia Saudí, mientras varios de sus Estados miembros participan activamente en los bombardeos o, como España, venden a Riad las armas y bombas que luego caen sobre la población civil yemení. Pero, más allá del apoyo militar occidental a Arabia Saudí y a países como Emiratos Árabes, residencia del Borbón fugado, la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales por parte de la comunidad internacional que hoy llora la crisis humanitaria en Yemen, contribuye a blanquear sobre la escena internacional las acciones de teocracias totalitarias, misóginas, violentas y fundamentalistas.

Repolitizar la emergencia para desactivar la excepcionalidad

Los mismos criterios que en otros lugares y conflictos se aplican para criticar, aislar o intervenir países no alineados con las tesis e intereses occidentales, son obviados o abiertamente maquillados cuando el saldo geoestratégico sale a devolver. La impunidad saudí que recubre las bombas que caen en Yemen bebe del silencio cómplice de países que priorizan sus intereses económicos y alianzas geopolíticas sobre los principios que tantas veces se airean como banderas transparentes. Una vieja historia que hoy siembra Yemen de sangre y destrucción como tantas otras veces regó otros lugares.

Es importante situar y reintroducir algunos de estos elementos porque, aunque suelan ser presentados como tales, las crisis humanitarias rara vez son fenómenos meteorológicos, sino la consecuencia de decisiones concretas que responden a intereses concretos. Movidos por la urgencia humanitaria, desde el establishment de la realpolitik se nos invita sistemáticamente a abordar cualquier conflicto desde una óptica desconflictualizada. Esto es, como situaciones de emergencia que gestionar y no como problemas políticos que abordar, con sus causas y sus responsables. Reintroducir en la ecuación los intereses cruzados de cada parte en conflicto es el primer paso para levantar el halo de silencio e impunidad por el que, mal que bien, respiran las guerras enquistadas y se perpetúan los discursos de la gestión de crisis perpetua.

Gonzalo Donaire es militante de Anticapitalistas

Fuente: https://vientosur.info/la-crisis-humanitaria-de-yemen-en-breve-perspectiva-sistemica/


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