Publicado en línea el Viernes 5 de febrero de 2021, por Admin2

En una comunidad rural de Ruanda, las mujeres me comparten su almuerzo tradicional, compuesto de yuca, fréjol, maíz y aguacate. En ese pan de cada día, con sabores y modos muy suyos de prepararlos, hay tres cultivos que vinieron de América, hace tanto tiempo ya, que no cabe duda que son fréjoles y maíces y aguacates ruandeses. En una huerta vasca me sorprenden con uvillas. Siempre pensé que estas frutas, tan endémicas de las regiones andino-amazónicas, y criadas “naturalmente” entre las chacras, no crecerían como cultivos y no resistirían los rigores de un invierno septentrional; pero ahí estaba, esa planta perenne, transformada en cultivo de estación.

De vez en cuando pienso en los monasterios rusos creando el vodka con ese nuevo cultivo venido de las Américas al que llaman patata. Oleadas de irlandeses migraron a Estados Unidos azotados por una hambruna que, entre una mezcla de injusticias y desazones, incluyó la pérdida total de las cosechas de papa. O, ¿qué sería de Argentina sin trigo o de Chile sin vides?

Durante la conquista, los europeos infestaron de especies externas todos los ecosistemas americanos. Sin duda causaron estragos y modificaciones definitivas en la biodiversidad local; en Ecuador, por ejemplo, las ovejas desplazaron completamente a las alpacas. Pero el caso es que ahí están: vacas, burros, caballos, gallinas, cerdos venidos de Europa, muchos de ellos, a su vez, fueron traídos del medio y extremo oriente. Con el paso de los siglos, pasaron a ser parte de la vida campesina.

Esa larga y accidentada historia migratoria de plantas, animales, e incluso microorganismos, está estrechamente imbricada con la historia humana. No existe entorno natural que no haya sido retocado por la mano humana, desde la selva amazónica hasta el desierto de Gobi, cada lugar tiene una huella de uso y crianza mutua. Durante milenios, las personas hemos sido corresponsables -junto con aves, insectos y otros seres-, de la movilidad y multiplicación de especies en diversos lugares. Como parte de esa naturaleza que ahora miramos con extrañamiento, compartimos las tareas sistémicas del orden natural donde todo tiene que ver con todo.

Esta constatación, simple como es, resulta ahora de difícil comprensión. “La razón natural no pide fuerza”, decían nuestras abuelas cuando queremos impacientes, forzar las cosas, los tiempos, los ciclos. Esa razón natural tristemente fue silenciada por la razón iluminada; esa sí, impositiva y forzadora, arrogante y mono-causal, que ahora es el sustento de tanto atropello a la vida y que, en su cara amable, se erige adalid de la conservación.

¿Quién define lo que es una plaga, o una especie invasora, o una maleza? En la razón natural no caben esos términos y no porque no se reconozcan los desequilibrios y disrupciones en los órdenes que la naturaleza va estableciendo y acomodando, sino porque también forman parte del sistema de la vida. Es la razón iluminada, ajena a la interacción compleja de todo con todo, la que se ocupa de esos temas.

Galápagos, santuario natural, es también, si alguien quiere mirar mejor, un laboratorio social de la razón iluminada, solo así se entiende que se hayan implantado el uso de glifosato como estrategia de conservación para erradicar especies invasivas de plantas que desplazan a las endémicas, o el uso recurrente de raticidas para su erradicación en áreas protegidas y en fincas, Esas acciones poco razonables, con el pasar de los años han mostrado resultados menos que mediocres en su objetivo, dejando en cambio una estela absurda de contaminación innecesaria en el entorno natural que se pretendía cuidar e instaurando su uso para fines agrícolas.

Pero encontrarle explicación al despropósito resulta de todos modos difícil; ¿cómo se puede construir una estructura de pensamiento y acción, más si se trata de la naturaleza, que no entienda la interacción sistémica de todos los elementos que participan en los ecosistemas?; ¿cómo es posible que se pretenda actuar sobre el entorno prescindiendo de la presencia humana que no le hace menos “natural” al entorno?; ¿cómo se puede lograr un discurso de conservación que excluya a las personas que viven de y con ese entorno?

En Galápagos, grupos humanos han estado presentes mucho antes de que Darwin contara al mundo su gran hallazgo, así como migraron los animales, han migrado también las personas, y fueron tejiendo los saberes traídos de sus lugares de origen con los aprendizajes que les proporcionaron los elementos de su nuevo lugar. Se fueron criando mutuamente, y esa crianza mutua fue mostrando que mientras más usaban (y daban) más conservaban (y recibían).

En las fincas, las especies dejan de ser invasoras, bien sea porque se reproducen menos, bien sea porque se las usa más, bien sea porque adquieren un rol en el contexto de la crianza. En las fincas, por ejemplo, un ave considerada invasora a la que llaman garrapatero, constituye un aliado contra muchos insectos y parásitos de cultivos y animales de traspatio; en cambio, un ave emblemática como el pinzón es un gran propagador de moras silvestres (esas que se combaten con glifosato). En las fincas, las “novelerías” verdes no solo son costosas sino poco útiles para la gestión de cultivos, crianzas y entornos naturales. Bastaría con visitar las fincas para encontrar un acervo impresionante de sistemas tecnológicos de control de plagas, cuyo fomento costaría menos, envenenaría menos, y se multiplicaría muy fácilmente. Es más, invertir en esos pocos cientos de familias campesinas sería una garantía de trabajo digno, suficiencia alimentaria, conservación, usufructo y restauración de áreas naturales; sería la posibilidad de generar circuitos de turismo más vinculados a las gentes de las islas. Sería sin duda una manera autónoma y soberana de gestionar un territorio maravilloso, donde no son únicas solo sus especies animales y vegetales, sino sobre todo, sus campesinas y campesinos.

La entrada Sólo se conserva lo que se cría aparece primero en Desinformémonos .


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