Publicado en línea el Sábado 30 de enero de 2021, por Caty R

El cineasta italiano creaba sus historias con retazos de sueños, trucos de magia, recuerdos e invocación de espíritus. Por eso para él el mejor refugio, el lugar donde se sentía más protegido, era el teatro número 5 de Cinecittà, pues cuando dirigía, tenía la sensación de que el tiempo no pasaba, y decía que se olvidaba hasta de la muerte. Allí conseguía recrear un universo propio, y todo cobraba sentido. Sus miedos, sus dudas, sus problemas, sus reflexiones, sus defectos… todo era material para sus historias. Quien quiera encontrar a Fellini, que se sumerja en sus películas llenas de vitalidad. Cuando sufrió una crisis creativa grave, la superó del único modo que sabía: realizó una película sobre lo que le estaba pasando. Y así nació

Fellini, ocho y medio (8½)

(8½,Otto e mezzo, Italia, 1963).

El argumento simple de cuenta las dificultades de un famoso director de cine, Guido Anselmi (Marcello Mastroianni), que tiene una nueva película en marcha, pero no sabe qué contar ni cómo. Se siente tan mal anímicamente que acude a un balneario para hacerse una cura, aunque allí los problemas con los equipos técnico y artístico de la película continúan. Todos quieren saber cómo será la obra cinematográfica en la que están embarcados, ninguno se da por enterado de que Guido no sabe qué dirigir. Por si esto fuera poco, a sus problemas laborales se unen los sentimentales, todas las mujeres que le importan se reúnen con él durante esos días.

Guido, el alter ego de Fellini, se lamenta en un momento dado de que puede que sea «el fin de un mentiroso sin genio ni talento», pero finalmente se da cuenta de que la película que va a rodar tiene que recoger esa confusión que siente y que paraliza su creatividad. Eso mismo es lo que le estaba pasando en la vida real a Federico Fellini, y su cura fue reflejarlo en una película. De hecho, dejó el título provisional,, que se refería al número de largometrajes que había rodado hasta ese momento (el ½ refleja el episodio que acababa de rodar para la película Boccacio 70).

Cuando Federico Fellini fue entrevistado por Joaquín Soler Serrano en A Fondo, en 1977, este le preguntó que qué era para él el cine. Su respuesta fue: «El cine para mí es la forma más natural de realizarme. Soy yo, es mi vida. (…) El cine para mí representa la expresión de una inclinación espontánea…, en definitiva, para realizarme. También es una gran coartada, como dije muchas veces. En el sentido de que, mientras hago películas, me parece que las responsabilidades y los compromisos de tipo social, sentimental, que uno tiene con la vida, con los demás y con uno mismo quedan suspendidos oportunamente porque yo estoy trabajando, así que no puedo ocuparme ni de los impuestos ni de compromisos similares, ni de algunas fidelidades ideológicas. Porque tengo que hacer mi trabajo. Entonces, ese sentido de irresponsabilidad con todas esas obligaciones de la vida me genera un estado de provisionalidad crónica, que ya dura muchos años y me da bastante serenidad. Así que el cine es mi manera de vivir. Es mi manera de resolver cotidianamente los días y de darles un sentido vago e impreciso, pero bastante reconfortante porque es algo congénito en mi vida». Según esta explicación, es Fellini.

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En el interior de su alma

esconde muchas maneras de verla. El espectador se sumerge en un mundo onírico. En el interior mismo del proceso creativo. Por ahí se suceden las aventuras y desventuras de Guido. Lo maravilloso es que es una película que fluye, pero no dibuja una línea divisoria entre el pasado, el presente y el futuro, entre lo imaginado y lo recordado. En hay un tiempo inventado y el espacio se transforma una y otra vez. Guido «flota» en su pequeño universo de creación total. De tal manera, que estamos viendo una película sobre el proceso de creación de la propia película que estamos viendo. Todo tan complicado y tan sencillo a la vez.

Asistimos a un ritual mágico, donde se plasma la confusión de la mente de un artista, explotando en todo su esplendor la espontaneidad de la propuesta. Una espontaneidad muy trabajada, meditada, certera, meticulosa y equilibrada. Cine y vida se cruzan, por lo que implica sumergirse en un Fellini que se asoma al abismo, pero para no caer al vacío. Finalmente, es un autorretrato honesto y valiente, donde no se ocultan las luces y sombras del creador italiano. Para ello, Marcello Mastroianni, con sus gafas, y, sobre todo, su sombrero y sus andares se transformó en un genial Fellini.

El director italiano nos da la clave de cómo entender la película durante una secuencia: el espectáculo de magia en el balneario. De hecho, en un primer visionado puede pasar totalmente desapercibido su significado. Pero después de ver muchas veces la secuencia y de un montón de lecturas para descifrar toda la simbología de , esta se revela con todo su sentido. Un mago con la ayuda de una clarividente se dedica a leer la mente de los presentes, cuando le toca el turno a Guido, la mujer escribe en una pizarra: ASA NISI MASA. Y este sonríe satisfecho, es justo lo que ha pensado. A continuación, en un flashback de su infancia, descubrimos que esas misteriosas palabras pertenecen a un juego infantil, y que pronunciándolas los niños pretenden descubrir qué hay tras la mirada de un cuadro. Es un juego de palabras que conforma una de significado revelador: anima. Fellini, en realidad, nos está ofreciendo un viaje al interior de su alma.

Y el director italiano decide, al final del recorrido, reunir a todos sus fantasmas reales e imaginados para plasmar en imágenes el caos y la confusión de su alma en una alegre danza de la vida, alrededor de unos decorados espectaculares en construcción y siguiendo las vitales melodías de Nino Rota.

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Más allá del neorrealismo

Pero el largometraje también es una reflexión sobre la propia naturaleza del cine de Fellini. Tras el antes y el después que supuso en su carrera La dolce vita (1960), y después del compromiso cumplido al rodar su episodio en la película colectiva, Boccacio, 70 (Le tentazioni del dottor Antonio), se enfrenta a esa crisis creativa que clausuró con . A partir de ese momento su cine transitó por ese universo paralelo y personal sin líneas divisorias, entre lo transgresor y mágico. Un cine independiente de la línea trazada por el neorrealismo, que Fellini acarició en sus principios, como ayudante de dirección de Roberto Rossellini, y del que había cierta huella en sus primeros largometrajes como director.

De alguna manera, esta transición y esa libertad creativa e independiente por la que opta está reflejada en la película a través de la relación de Guido con un crítico de cine que está a su lado, como una sombra. Carini (Jean Rougeul), el intelectual, siempre encuentra motivos para convencerlo de que no debe seguir adelante con una propuesta a la que no ve ni pies ni cabeza, que es confusa, gratuita, porque solo muestra los jirones de su vida, los recuerdos, los sueños, las zonas oscuras del creador… Para Carini, «destruir es mejor que crear cuando no estamos creando esas pocas cosas realmente necesarias». En cierto sentido, Guido-Fellini se rebela y se opone a los postulados del crítico intelectual, los transgrede. Además, en el personaje de Carini puede quizá leerse la escisión de Fellini de los postulados del crítico italiano por excelencia y defensor del neorrealismo, Guido Aristarco, al frente de Cinema Nuovo.

tiene otro momento revelador que plantea el laberinto de una película dentro de otra película, y es cuando el equipo técnico, así como otros personajes fundamentales de la trama, como la esposa del director, Luisa (Anouk Aimée), se reúnen con Guido en una sala de cine enorme para ver las pruebas del largometraje que está realizando. Y, de pronto, surgen secuencias de varias actrices representando momentos de la vida privada de Guido que ya hemos visionado. A la vez, además, el espectador, que conoce la vida del director italiano, es consciente de que mucho de lo que ve está inspirado en la vida privada de Fellini. Por ejemplo, Luisa es consciente de cómo al otro lado de la pantalla se plasma su intimidad, y las infidelidades que sufre. Está desencantada y enfadada con Guido, porque no entiende su proceder. En su sufrimiento vemos reflejado el de Giulietta Masina, la esposa de Fellini, que siempre estuvo a su lado, a pesar de las infidelidades.

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Una comedia sobre el caos del alma

En la biografía que escribió sobre el director, el crítico Hollis Alpert recoge que en la primera página del guion que le sirvió de guía, Fellini señaló, como recordatorio, dos palabras: «Una comedia». Por eso , a pesar de reflejar una angustia vital, no olvida su espíritu circense, que culmina en la última secuencia. Y, hasta ese momento, el halo cómico se ha mantenido durante toda la película, incluso en su angustiante secuencia de apertura, con el sueño de un Guido atrapado en un inmenso atasco y dentro de su coche, de los que finalmente sale flotando, para terminar convertido en un globo… que cae al vacío. El artista al borde del abismo.

El trasunto de Fellini despierta de la pesadilla en un balneario, un espacio que se transforma continuamente, donde tratará de «curarse» de su vacío creativo. Es allí donde imagina, se encuentra con espíritus (su padre y su madre), se cruza con su musa (Claudia Cardinale), regresa al pasado, sueña e imagina, se topa con todas las mujeres de su vida, trabaja con su equipo cinematográfico que no le deja un respiro… y, finalmente, crea. En este enfrentarse al abismo y entenderlo con todas las herramientas disponibles, se encuentra la sombra de Carl Gustav Jung, a cuyos postulados Fellini no era ajeno.

Dicho de otra manera, es un paseo por la herencia de los padres, las relaciones sentimentales, la necesidad de hacer películas, la huella que deja la religión católica, el dilema entre el amor trascendental y el carnal, los miedos y las dudas que invaden al artista y la posibilidad de encontrar un sentido a todo ello. Pero siempre sin olvidar que el espectáculo debe continuar y que la vida es un circo o que de lo trágico puede surgir la comedia.

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Las mujeres fellinianas

Por último, Fellini no se esconde, así que es honesto a la hora de representar la figura femenina en su cine y sus relaciones con ella. Para él la mujer es un enigma que no puede resolver. Las mujeres reinan en su vida, y él no es más que un ridículo y mal domador sobrepasado por su misterio. Ellas se rebelan cuando quieren, y se escapan de su entendimiento, pero a la vez las necesita en cada estación de su existencia. A la crisis creativa de Guido se une su confusión sentimental con la necesidad de reunir en ese espacio cambiante, el balneario, a todas las mujeres de su vida: las reales, las deseadas, las soñadas, las carnales, las recordadas, las desconocidas…

Surge entonces una galería de mujeres que, en una de las secuencias más recordadas, conviven juntas en un harén, mientras un Guido con látigo se convierte en pura caricatura. Ellas son fundamentales en la filmografía felliniana. Y no podían serlo menos en . La madre se confunde con la esposa, aquellas dos figuras en las que el protagonista encuentra seguridad. Las necesita, pero también siente que limitan su vuelo cuando se convierten en damas que juzgan y que cuestionan su comportamiento.

El nacimiento de la carnalidad y la sensualidad surge en un recuerdo de la infancia: la rumba de la Saraghina (Eddra Gale), una exuberante mujer marginal que vive en la playa en una especie de búnker. Y esa festividad de la carne continúa con Carla (Sandra Milo), la amante, sensual y explosiva, con la que juega y se evade. También está presente Rossella (Rossella Falk), la amiga que hace de Pepito Grillo y confidente, o Gloria (Barbara Steele), la joven extraña y filósofa a la que no entiende nada. Son importantes las apariciones de Claudia, la musa, la actriz soñada, que se presenta como ángel, sin definir su papel definitivo. Y otros muchos personajes femeninos tienen su lugar en este universo particular: la dama desconocida, la actriz madura, la clarividente, la abuela, la vedette con unos años de más…

En estamos ante la infancia rememorada de Fellini en un Rimini continuamente evocado, pero también se siente su amor al circo y la magia, la mirada distorsionada por la fantasía que esconde sus orígenes de buen dibujante… y no faltan tampoco esas damas de la pantalla que evocan mujeres de carne y hueso. Por ejemplo, la actriz que encarna a Carla, Sandra Milo, fue una de las amantes de Federico Fellini, y en numerosas entrevistas ha explicado que su relación duró diecisiete años. Luisa, la esposa, que sufre y lo ama, inteligente y fiel, no es sino una evocación de Giulietta Masina. Como le dice su musa Claudia, al final todas ellas existen y conviven de manera tan difícil y necesaria en el mundo felliniano «porque él no sabe amar»…

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Fuente: https://insertoscine.com/2021/01/13/el-cine-soy-yo-es-mi-vida/


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