Publicado en línea el Sábado 30 de enero de 2021, por Caty R

Tras el asalto derechista al Capitolio de Washington del 6 de enero la atención mediática se centró en el papel desempeñado por las redes sociales de Estados Unidos en esos sucesos. Durante años ideólogos marginales han utilizado las plataformas en línea para promover sus ideologías y conspiraciones extremistas y reclutar simpatizantes para sus causas fanáticas sin que se les llamara la atención.

Con el tiempo, la rabia que promovieron se trasladó al mundo real y produjo el asalto mortal del edificio del Congreso sacudiendo los cimientos de la democracia estadounidense. Cuando algunas plataformas de redes sociales como Twitter y Facebook tomaron medidas para muchos ya eran demasiado pocas y demasiado tarde.

Aunque los disturbios del 6 de enero pillaran a casi todo el mundo por sorpresa, en el mundo árabe sabemos desde hace tiempo que estas plataformas de redes sociales son una amenaza para la democracia. A las grandes empresas tecnológicas se les permite desde hace mucho tiempo ser los árbitros finales de la libertad de expresiónen linea y un refugio para los que incitan al odio y a la desinformación. Se han subido al carro de la idea de que contribuyeron a desencadenar la Primavera Árabe y que por eso son una fuerza de libertad y la democracia.

Diez años después del inicio de las revoluciones árabes, Facebook, Twitter y Google se han convertido en poderosos facilitadores de importantes campañas de desinformación, acoso, censura e incitación a la violencia contra activistas, periodistas, defensores de los derechos humanos y cualquier voz disidente.

Lejos de ser una herramienta revolucionaria o siquiera democrática, las redes sociales en el mundo árabe se han convertido en un potente y peligroso medio político. Y a pesar de las reiteradas denuncias y llamamientos a la acción de activistas y organizaciones civiles árabes, ninguna de las grandes empresas tecnológicas que están detrás de estas plataformas de redes sociales ha hecho el mínimo esfuerzo para poner fin a estos abusos y cambiar sus políticas.

Desmontar el mito de las redes sociales

Durante los primeros días de las revueltas árabes, cuando muchos activistas utilizaban Facebook y Twitter para organizarse y difundir sus reivindicaciones, los gigantes de las redes sociales aprovecharon la oportunidad para hacer su propio márquetin como plataformas de activismo político y resistencia. Muchos medios de comunicación siguen afirmando a día de hoy que “las redes sociales hicieron la Primavera Árabe” y que fue una “revolución de Facebook”.

Pero los científicos sociales han desmontado este mito reiteradamente y han ofrecido lecturas críticas del papel que estas empresas tecnológicas desempeñaron en la agitación política de Túnez, Egipto y de otros países árabes.

En 2011, Lisa Anderson, entonces presidenta de la Universidad Americana de El Cairo, señaló que “los activistas egipcios de Facebook son la encarnación moderna de las [primeras] redes nacionalistas árabes”, y que la “historia importante” de la Primavera Árabe no es el uso de la tecnología de las redes sociales sino cómo las aspiraciones revolucionarias resonaron en todo el mundo árabe.

En un artículo académico de 2012, los especialistas en medios de comunicación William Youmans y Jillian York argumentaron que en realidad las políticas de las empresas de redes sociales limitaban la acción colectiva en algunos aspectos y coartaban el activismo político. En un artículo de 2015, el economista Chonghyun Byun y el politólogo Ethan Hollander concluyeron que no existe una correlación significativa entre el uso de internet o de las redes sociales y el malestar popular.

Más allá del tradicional debate entre ciberescépticos y ciberentusiastas, lo que es evidente para quienes presenciaron los primeros días de las revoluciones árabes es que las redes sociales no fueron más que uno de los muchos canales de interconexión social y política que contribuyeron al inicio de los movimientos de protesta.

Sin embargo, las grandes empresas tecnológicas han utilizado capciosamente y en su beneficio el mito de las redes sociales como “plataformas de la Primavera Árabe” para aumentar su número de usuarios, promover la participación y proporcionar un barniz de respetabilidad a sus deficientes modelos empresariales. También lo han empleado para contrarrestar las críticas y las iniciativas a favor de que se les imponga una regulación, y para desoír las reiteradas reclamaciones y campañas de organizaciones civiles árabes y de activistas de los derechos digitales para que se proteja la privacidad en línea y el derecho a la libertad de expresión.

El peligroso fracaso de la moderación de contenidos

Facebook, Twitter, Microsoft y Google tampoco han mostrado mucho interés en establecer mecanismos sólidos y fáciles de moderación de contenidos para evitar que se difunda la incitación al odio y la desinformación en sus plataformas en Oriente Próximo y Norte de África.

A pesar de presentarse como una fuerza de progreso y desarrollo, las grandes empresas tecnológicas venían colaborando ya antes de que comenzara la Primavera Árabe con gobiernos represivos en Oriente Próximo y Norte de África. Por ejemplo, en 2011, los cables de la embajada de Estados Unidos publicados por Wikileaks revelaron que en 2006 Microsoft había llegado a un acuerdo [con las autoridades tunecinas] para formar a los funcionarios encargados de aplicar la Ley sobre Tecnologías de la Información a cambio de que el gobierno del presidente Zine El Abidine Ben Ali diera marcha atrás en su decisión de utilizar software de código abierto.

Tras el estallido de la Primavera Árabe, los Estados árabes tenían que controlar aún más las actividades en línea de sus ciudadanos y ciudadanas. En lugar de proteger la libertad de expresión frente a la censura de los gobiernos, las plataformas de redes sociales suspendieron y eliminaron miles de cuentas de disidentes políticos de Túnez, Palestina, Egipto, Siria y otros países árabes. Asimismo retiraron arbitrariamente contenidos a favor de la libertad de expresión, la justicia y los derechos humanos básicos sin ofrecer explicación alguna.

Fue eso lo que llevó a la organización libanesa SMEX , impulsora de los derechos digitales en la región árabe, a redactar una carta abierta firmada por más de 40 organizaciones civiles en la que se pide a Facebook, Twitter y YouTube que dejen de silenciar las voces críticas de Oriente Próximo y Norte de África. “La suspensión arbitraria y sin transparencia de cuentas y la eliminación de discursos políticos disidentes se han vuelto tan frecuentes y sistemáticas que no se pueden despachar como si fueran incidentes aislados o el resultado de errores transitorios de una toma de decisiones automatizada”, dice la carta.

Las empresas de redes sociales tampoco han hecho mucho para combatir el creciente uso de la ingeniería social, la desinformación y las operaciones de los trolls en sus plataformas. En Arabia Saudí, por ejemplo, se creó un “ejército de trolls” para suprimir cualquier expresión de disidencia en redes sociales como Twitter.

Antes de las elecciones de 2019 en Túnez, las páginas de Facebook se utilizaron como armas para difundir mensajes políticos de actores políticos desconocidos en un intento de influir en el voto. Un informe de Democracy Reporting International Tunisia y de la Asociación Tunecina para la Integridad y la Democracia de las Elecciones (ATIDE) advirtió de que la ausencia de una biblioteca de anuncios de Facebook adecuada a Túnez contribuyó a la falta de transparencia, lo que permitió esas campañas políticas conspiradoras.

Tampoco sabemos aún cómo estas empresas toman las decisiones sobre suspender cuentas y publicaciones porque no muestran transparencia alguna sobre sus prácticas de moderación de contenidos. En 2019 y 2020, Twitter y Facebook revelaron que habían suspendido y eliminado cientos de cuentas “por participar en conductas engañosas coordinadas” que incluían desinformación, spam y manipulación respaldada por el Estado. Comparadas con la inmensa cantidad de trolls y bots que circulan por las redes sociales árabes, estas cifras resultan irrisorias.

No sólo demuestran que las actuales prácticas de moderación de contenidos están fallando sino también que las empresas de redes sociales no están dispuestas a abordar el peligroso papel que sus plataformas desempeñan en el debilitamiento de los movimientos democráticos y de la disidencia, y promocionando las políticas regresivas y violentas de gobiernos represivos.

El caso imposible de la rendición de cuentas

En los últimos años, ATIDE de Túnez, SMEX de Líbano y la Red Árabe de Información sobre Derechos Humanos de Egipto, así como organizaciones internacionales de derechos civiles como Access Now y Electronic Frontier Foundation, han abogado con determinación por medidas inmediatas para contrarrestar la desinformación y el discurso de odio que circula en las redes sociales en Oriente Próximo y Norte de África.

Han reclamado a las grandes empresas tecnológicas que pongan fin a sus prácticas discriminatorias injustas, que inviertan en expertos regionales de moderación de contenidos y que sean más transparentes en sus políticas y procedimientos.

Sin embargo, a pesar del gran número de campañas y de alarmantes pruebas que demuestran que las amenazas digitales a la democracia son cada vez más peligrosas y están más extendidas, las grandes empresas tecnológicas siguen sin dar importancia al papel esencial que desempeñan en el debilitamiento de los movimientos democráticos y de la libertad de expresión en el mundo árabe y hacen caso omiso de los llamamientos para que apliquen reformas inaplazables y a largo plazo.

Facebook y Twitter suelen eludir la responsabilidad y las reclamaciones de mayor rendición de cuentas aludiendo a la novedad del medio. En una entrada de blog de 2018 sobre el efecto que las redes sociales tienen en la democracia, Samidh Chakrabarti, gerente de producto de compromiso cívico en Facebook, concluía: “esta es una nueva frontera”.

Sin embargo, de nuevo no tiene nada. La violencia discursiva difundida en los medios de comunicación tradicionales o nuevos siempre ha sido instrumental para incitar a la violencia política a gran escala. Los horrores del colonialismo, el Holocausto, el genocidio de Ruanda, etc., encontraron justificación en el espacio público porque diversas plataformas mediáticas difundieron un discurso de odio que legitimaba la deshumanización y la violencia masiva contra el “otro”.

Es poco probable que en Oriente Próximo y Norte de África se exijan responsabilidades legales porque nadie se cree que los gobiernos locales vayan a aprobar leyes que castiguen las prácticas abusivas en las que ellos mismos incurren. En el ínterin, las leyes promulgadas en Occidente que regulan las plataformas de las redes sociales no tienen por qué aplicarse en otros lugares y puede que no haya voluntad política para aplicarlas en el Sur Global.

Esperar que las grandes empresas tecnológicas empiecen a regularse a sí mismas resulta vano. Como sostiene el experto en economía digital Nick Srnicek, la pulsión de muerte del capitalismo de las plataformas y su total desprecio por los principios democráticos de privacidad y libertad de expresión son características inherentes de los modelos de negocio de las grandes empresas tecnológicas. Para ellas los beneficios pesan más que cualquier coste ético o político en el que puedan incurrir.

En el mundo árabe este comportamiento irresponsable orientado al beneficio ha conducido al embrutecimiento del espacio público digital, a la tribalización extremista del discurso político, y a la incitación a la violencia política.

Las empresas de redes sociales son demasiado poderosas o están demasiado sobrepasadas como para autorregularse realmente o ser reguladas. La única solución ética y lógica es desmantelarlas.

Haythem Guesmi, tunecino, es profesor y escritor.

Fuente: https://www.aljazeera.com/opinions/2021/1/27/the-social-media-myth-about-the-arab-spring


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