Publicado en línea el Jueves 28 de enero de 2021, por Miguel Arróniz

Cuando, recientemente, dos importantes entidades nacionales instaban al Gobierno de Beijing a prepararse incluso para una guerra, dada la histeria de las acusaciones de Washington sobre la responsabilidad en el surgimiento y la expansión del SARS-CoV-2, se comportaban exentas de la mínima paranoia.

Comentado por Raúl Zibechi en Sputnik, un informe presentado por el Instituto de Relaciones Internacionales Contemporáneas y el Ministerio de Seguridad del Estado trasluce que los EE.UU., empecinados en contener un proverbial ascenso, en una suerte de preparación artillera pretenden debilitar la conducción del Partido Comunista, socavando la confianza de la población. Es que “China podría desencadenar una caída del dólar estadounidense y de los mercados financieros inundando el mercado con bonos del Tesoro […] a la venta, lo que empujaría a la baja los precios de los bonos estadounidenses”, sostiene un importante periódico de Hong Kong citado por nuestra fuente, la cual puntualiza que no sería esta la mejor manera de responder a la presión, pues causaría una catástrofe también lesiva a quien la ensayara.

Ahora, realmente novedosa deviene una exhortación sin tapujos a ensanchar el armamento de destrucción masiva por antonomasia. ¿Motivo? Un editorial del Global Times traído a colación por el columnista señalaba en su momento que las elecciones presidenciales norteamericanas no determinarían el cese de la enconada campaña, porque el auge del gigante constituye la causa de que algunas élites de poder pierdan el pensamiento racional. En ese sentido, una concreción del editor jefe, Hu Xijin: “China necesita aumentar sus ojivas nucleares a 1 000”, con al menos 100 misiles estratégicos Dongfeng-41, porque “necesitamos un arsenal nuclear más grande para frenar las ambiciones estratégicas e impulsos estadounidenses hacia China”.

Aunque la oficiosa publicación se inclina a las buenas relaciones con la Unión, no se llama a engaño, apostilla el comentarista de Sputnik. Desde que Mao Zedong sentenciara, antes del triunfo de la revolución, que “la bomba atómica es un tigre de papel”, a la que no debía temerse, el asunto no se había abordado con tamaña transparencia. Y con tantas acciones materializadas. Últimamente, la botadura de dos nuevos submarinos nucleares portadores de misiles balísticos intercontinentales, y del segundo navío de asalto anfibio en apenas siete meses, así como la presentación de un portahelicópteros de 35 000 toneladas. “Por otro lado, [se] sigue adelante con lo que los especialistas denominan como ‘ritmo frenético’ en la construcción y modernización de su flota de guerra, que está llamada a jugar un papel muy destacado en la defensa del Mar del Sur de China, aguas estratégicas para el dragón, por donde pasa buena parte del comercio internacional y, de modo muy particular, las gigantescas cisternas que lo aprovisionan de petróleo”. No hay que ser precisamente zahorí para vislumbrar que Beijing se está preparando para una guerra que no persigue, pero que considera tal vez inevitable, de acuerdo con Zibechi.

Yesca

Quienes comparten esa conclusión advierten de que las hostilidades podrían estallar por accidente. Russia Today pone énfasis en que, a medida que los nexos se dirigen a sus peores tiempos en la historia reciente, un conflicto entre las dos potencias ya no parece una posibilidad descabellada, y, para argumentar el aserto, el medio cita a peritos entrevistados por South China Morning Post. En el mencionado piélago “están todas esas islas diputadas, ha habido colisiones, intimidación y un empeoramiento de relaciones. Ni Pekín ni Washington optarán por una guerra, pero estoy preocupado de que puedan meterse por accidente”, refiere Michael Auslin, investigador de la Universidad Stanford, de California.

Tengamos en cuenta que se habla de una de las vías acuáticas más transitadas del planeta. Con operaciones comerciales valoradas en tres billones de dólares. La abundante pesca y las potenciales enormes reservas de hidrocarburos también la convierten en una de las áreas más disputadas. No en balde los EUA han vuelto a desplegar dos portaviones en la zona, caldeada en grado sumo. Así las cosas, el entendido se pregunta: “¿Qué pasaría si un buque de EE.UU. es hundido? ¿Comenzaremos una guerra por ese motivo?”. Quizás la respuesta radique en una tajante salida del secretario de Estado Mike Pompeo el pasado 13 de julio: “No [consentiremos] a Pekín tratar el mar de la China Meridional como su imperio marítimo”.

Aseveración que despierta cierto lúgubre vaticinio de las consecuencias de una conflagración. David Ochmanek, exfuncionario del Departamento de Defensa, considera poco favorable para su país el resultado de cualquier contienda en la región. Participante en innúmeras simulaciones de liza bilateral, argumenta que, mientras en un hipotético escenario elaborado en 2010 “lo que se veía era un enfrentamiento sin victoria o derrota clara en ningún lado”, en el presente se prefiguran nítidas “victorias de China”. El hoy principal investigador del centro analítico Rand ha detectado cinco robusteces que deberían encender alarma en el Pentágono: los misiles de precisión de largo alcance, una fuerza aérea moderna y sistemas de defensa aérea, sistemas de reconocimiento y localización, la guerra cibernética y armas nucleares que apuntarían a Norteamérica. Incluso en espacios donde el Tío Sam “mantiene obvias ventajas, la cantidad china podría superar la calidad estadounidense, en parte porque cuentan con una industria civil muy grande”.

Auslin estima poco probable que un encontronazo no se desmadre. “Ambos lados están preocupados por una escalada que no puedan controlar: China con que no podrá aguantar el embate completo de […] EE.UU., y los norteamericanos con una escalada nuclear”. Por su parte, Ho Bo, director del Centro de Estrategias Marítimas de la Universidad de Beijing, insiste en que, si algunos anhelan un “conflicto controlable”, las derivaciones no se pueden imaginar; “es imposible controlar una guerra una vez que se desata”.

Detalles del poderío

Sin olvidar la cartesiana duda metódica como hontanar, acicate del conocimiento –nada quita que con estas apreciaciones no más se esté tratando de espolear la subida de un ya astronómico presupuesto bélico, de más de 700 000 millones de dólares–, a inicios de septiembre de 2020 el Pentágono emitió un informe al Congreso donde se refleja vívidamente que “el Imperio Celestial […] reta los intereses globales y las esferas tradicionales de influencia de los Estados Unidos”, como reseña Leonid Savin en artículo aparecido originalmente en www.fondsk.ru y traducido del ruso para Rebelión por Juan Gabriel Caro Rivera.

El reporte está destinado a concienciar acerca de la “necesidad de una respuesta contundente al rival”, dado que en algunas esferas este sobrepuja a la Unión. Causa pavor “la Armada más grande del mundo, con una fuerza de combate combinada de alrededor de 350 barcos y submarinos, incluidos más de 130 grandes buques de guerra de superficie. A modo de comparación: la fuerza de combate de la Marina de los EE. UU. es de aproximadamente 293 barcos a principios de 2020”. En el arsenal de la lejana nación, 1 250 misiles balísticos y de crucero terrestres, que baten objetivos situados entre 500 y 5 500 kilómetros.

Entretanto, “Estados Unidos solo utiliza misiles balísticos terrestres con un alcance de 70 a 300 kilómetros”. La República Popular China (RPCh) tiene uno de los más voluminosos “contingentes de sistemas avanzados de misiles antiaéreos de largo alcance, incluidos los sistemas rusos S-300, S-400, y otros de producción nacional, que forman parte de su arquitectura de defensa aérea integrada, que es confiable y redundante”.

Más terroríficos, en criterio de los especialistas gringos, son los esfuerzos en una reestructuración completa del Ejército Popular de Liberación, que cobra capacidad de realizar maniobras conjuntas, ingente preparación general para el combate, y, por añadidura, nuevos conceptos tácticos. El documento remarca que en 2029 la máxima dirección de la RPCh decidió que el EPL adquiriera un papel más activo en la promoción de la política exterior del país. También “comenzó a aplicar una estrategia de desarrollo mixta con fines militares y civiles”.

Con estos antecedentes, la administración de Trump acusó, sin evidencias, a Beijing y Moscú de realizar pruebas atómicas de “bajo rendimiento”, pretexto para debatir acerca de la pertinencia de las suyas, por primera vez desde 1992, según un despacho del Washington Post aludido por Rómulo Pardo Silva en Barómetro Latinoamericano. A más de innumerables puniciones económicas, políticas y comunicacionales contra quienes son tachados de obstáculos a la supremacía de los “civilizados”, la Casa Blanca se ha empecinado en el despliegue de misiles crucero de amplia trayectoria que se lanzarían desde tierra en Asia. La intención, proveer a los infantes de marina de versiones del Tomahawk que portan los barcos. Unidades pequeñas y móviles se convertirían en “asesinas de buques”, dispersándose por puntos clave del Pacífico y en la llamada primera cadena de islas –desde el archipiélago japonés, a través de Taiwán, Filipinas, hasta Borneo– y rodeando los mares costeros de China.

Todo un beligerante plan de “contención”, al que se sumaría un “robusto cordón” –el cual exigiría 20 mil millones de dólares– de California a Japón, con “redes de ataque de precisión de alta supervivencia” y “fuerzas conjuntas rotatorias para contrarrestar la renovada amenaza que enfrentamos a lo largo y ancho de la cuenca del Pacífico”. ¿La réplica? Pardo se asiste del colega Pepe Escobar (Asia Times), quien desgrana palabras del general Qiao Liang, director del Consejo de Investigación sobre Seguridad Nacional: “Si tenemos que bailar con lobos, no debemos bailar al ritmo de los EE. UU. Debemos tener nuestro propio ritmo, e intentar romper su ritmo, minimizar su influencia. Si el poder norteamericano está blandiendo el garrote, es porque ha caído en una trampa. ¿Cómo puede EE. UU. pretender hacer una guerra contra la mayor potencia manufacturera del mundo cuando su propia industria está prácticamente en el suelo? Ese es el problema de los EE.UU. hoy en día. Tiene tecnología de punta, pero no tiene los métodos ni capacidad de producción. Así que tienen que confiar en la producción china”.

Y por supuesto que el alto oficial no desbarra. Como recuerda Alfredo Toro Hardy (Observatorio de política china), mientras durante la Guerra Fría con la Unión Soviética los Estados Unidos lograron “dar saltos de garrocha tecnológicos” que les permitieron cierta superioridad, a pesar de la preeminencia de la URSS en efectivos y equipos convencionales, en armas atómicas inclusive, ahora corren el riesgo de quedar rezagados precisamente frente a los “saltos de garrocha tecnológicos que China estaría dando, algunos de ellos a sus expensas”.

“Brincos” respaldados por un monto monetario que “entre 1996 y 2015 aumentó alrededor de 620 por ciento en términos reales, equivalente a un incremento promedio anual del 11 por ciento. Aunque sustancialmente inferior al gasto militar estadounidense, el chino se concentra en sectores que le permiten sacar ventajas claves. Efectivamente, Pekín sustenta su estrategia de defensa en tres áreas puntuales: el desarrollo de armas asimétricas dirigidas a golpear los puntos vulnerables de los sistemas estadounidenses, el desarrollo de un ciberespionaje que le permite acceder a los avances tecnológicos estadounidenses, y una fusión tecnológica cívico-militar, que posibilita la sinergia entre los desarrollos tecnológicos militares y civiles”.

No obstante, no hay peor ciego que quien no quiere ver. A despecho del inocultable declive, impuesto por la historia a todos los imperios, los mandamases de Washington procuran continuar exhibiendo músculo ante China y Rusia, lo que Rubén Alexis Hernández califica en Rebelión de muestra de temor y debilidad. Reflejada en gestos como la obstinación en formar alianzas con las que detener la “amenaza amarilla”, en aras de sus sacrosantos intereses, y los cacareados seguridad, paz, derechos humanos, democracia, libertad… Si hasta la actualidad se ha desenvuelto una confrontación comercial, diplomática, tecnológica, comunicacional, todo hace presagiar una armada.

Otra mirada

Visiones hay tantas como objetos de escrutinio. Para Sergio Rodríguez Gelfenstein (Resumen Latinoamericano), aunque efectivamente los EE.UU. pujan por una nueva guerra fría, no es seguro que esta detone, “o al menos, si lo hace, será distinta de la que se vivió el siglo pasado”. Si la anterior “se desató contra un país débil económicamente [controvertida aserción]”, la de hogaño involucraría a un competidor que no aspira a la preponderancia mundial ni a la expansión ideológica.

Ralas son para el expositor las probabilidades “de enfrentamientos bipolares como el ocurrido en Cuba en 1962, […] de guerras ‘delegadas’ como la de Corea en 1953, la de Vietnam en los años 60 y 70 del siglo pasado, las que generaban el apoyo a la lucha por la independencia de los países africanos versus el apoyo de Estados Unidos al régimen del apartheid en Sudáfrica. Tampoco hay países divididos por la guerra fría como lo eran Alemania, Vietnam y Yemen, aunque permanece Corea en el que, sin embargo, a diferencia de Estados Unidos, China tiene excelentes relaciones con las dos partes”.

Inexistente es la presencia castrense de la potencia emergente fuera de sus fronteras, salvo una base en Yibuti, que aloja a un contingente ceñido al sostén logístico de los miembros de misiones de paz de las Naciones Unidas en África, y un muy pequeño enclave en Sri Lanka, cuya misión es “observar” los cargueros y supertanqueros propios que transportan petróleo desde el Golfo Pérsico.

El coloso, repite como un mantra, “a diferencia de la Unión Soviética no tiene ni se propone tener un desarrollo militar acorde a la intención de ‘dominar’ el mundo, para lo que eventualmente tendría que enfrentar a Estados Unidos. La doctrina militar de China es defensiva y el desarrollo de su tecnología militar está en relación a esa lógica. Su presupuesto militar sigue siendo una sexta parte del de Estados Unidos”. Igualmente, no se ha propuesto internacionalizar ni exportar su modelo.

En tanto los máximos contendientes del siglo pasado no mantenían casi ningún tipo de vínculo económico ni mercantil, Beijing y Washington tienen las economías imbricadas, un amplio intercambio comercial, tecnológico y financiero, lo que trocaría en nefastas las repercusiones de un encontronazo para ambos “y para todo el mundo, que vive enlazado por altos niveles de interconexión en los que China y Estados Unidos son imprescindibles”.

Argumentos que, por cierto, no impelen a la nación asiática a cruzarse de brazos. Al contrario. Esta forja activamente alianzas multilaterales, vigoriza los vínculos con Rusia y la Unión Europea, impulsa la cooperación en la región indopacífica y transpacífica. Porque conoce el peso de la irracionalidad, su milenaria sabiduría le prescribe apostar por la paz sin decir adiós a pólvora. Sí, por si acaso.


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