Publicado en línea el Martes 19 de enero de 2021, por Caty R

La desigualdad es la causa y la consecuencia del fracaso del sistema político, y contribuye a la inestabilidad de nuestro sistema económico, lo que a su vez contribuye a aumentar la desigualdad” (Joseph Stiglitz)

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, sostuvo en El precio de la desigualdad que el 90% de los niños que nacen pobres mueren pobres, por más esfuerzo o mérito que hagan. Como contrapartida, el 90% de los menores que nacen ricos mueren ricos, independientemente de que hagan mérito para ello o no.

Siguiendo a dicho economista, la desigualdad se perpetúa desde la cuna hasta la universidad y la vida laboral debido a que las personas no han concurrido a escuelas o colegios que fuertemente les preparen para ingresar a universidades de élites, y no lo han hecho porque antes no fueron a educación preescolar y tampoco a las guarderías necesarias. Todo esto está relacionado con la segregación económica y geográfica, y lo irónico de la llamada meritocracia es que se basa en que la gente adquiera las competencias necesarias para tener éxito en ese supuesto (falaz) sistema meritocrático.

En Chile, de acuerdo a la economista Andrea Repetto (2012), el apellido tiene un poder predictivo relevante en los ingresos económicos. La estratificación social es persistente. En otras palabras, hay una cierta movilidad social ascendente, pero con techo.

Shamus Khan director del Departamento de Sociología de la Universidad de Columbia, en su libro Privilegio. La construcción de un adolescente de élite (2011); que tiene como protagonistas a los 500 alumnos del Internado Saint Paul, uno de los colegios secundarios donde se forma la élite estadounidense, cuyo arancel equivale a US$50.000; entrevistó y observó a los jóvenes en su cotidianeidad. En las entrevistas los estudiantes destacan su gran carga académica y argumentan que sus privilegios son el resultado del trabajo que despliegan. Sin embargo, la observación de Khan dictaminó otra cosa:

Pocas veces se los encuentra con libros en las manos y cuando los tienen, están cerrados… rara vez hacen sus tareas o trabajan las lecturas; en cambio, recurren a sumarios online como Wikipedia. Los estudiantes que dicen trabajar duro y abrazar los principios de la meritocracia, en realidad pasan muchas más horas haciendo vida social que en la biblioteca”.

Un hecho muy llamativo, observado por Khan, es que los pocos estudiantes que realmente se esforzaban mucho en sus labores académicas son acosados y marginados socialmente por sus pares.

En diciembre de 2016, Seth Zimmerman, economista de Yale, publicó en el National Bureau of Economic Research una investigación en que queda al desnudo el mito de la meritocracia. Grosso modo, plantea que una educación de élite sólo sirve para amplificar el origen de nacimiento en la élite.

El estudio reconoce que las personas procedentes de entornos desfavorecidos se benefician al recibir una buena educación, pero por regla general no ascienden tan alto como sus homólogos privilegiados. La probabilidad de llegar al top de la élite se incrementa si las personas fueron estudiantes de instituciones educacionales privadas con un alto arancel de pago.

La meritocracia que no considera el contexto social como condicionante del esfuerzo de cada persona para alcanzar sus objetivos, logra en definitiva la consolidación del statu quo, paralizando, por lo tanto, la movilidad social.

El relato de la meritocracia se basa en la premisa del esfuerzo individual, que a priori parece verdadero pero que resulta falso por la desigualdad de oportunidades y, sobre todo, por la reducción progresiva de la disponibilidad de aquellas para la mayoría. Si realmente creemos que el crecimiento y el desarrollo económico se potenciarán mediante la liberación de las fuerzas productivas, lo que significa brindar oportunidades para que cada cual realice el mejor esfuerzo al que esté dispuesto, entonces debemos garantizar la igualdad de oportunidades y desarticular la concentración económica abriendo el juego a todos. Es claro que todo esto no lo hará el mercado (que tiende a la concentración), sino que lo efectuará el Estado en la medida que represente los intereses de la mayoría. Seguramente que para lograrlo habrá que tener claras políticas públicas en torno a cuestiones financieras, tributarias y laborales, para facilitar la desconcentración y lograr más espacio para las pequeñas y medianas empresas; pero sobre todo habrá que fortalecer la educación pública y librar la batalla cultural develando las mentiras de la hegemonía que se ocultan detrás del modelo meritocrático neoliberal.

El cuestionamiento más frecuente pone el eje en la falta de igualdad de oportunidades, condición sine qua non para atribuir los diferentes resultados a los esfuerzos individuales. Los viejos liberales siempre han hablado de la igualdad de oportunidades como requisito del orden meritocrático, pero a medida que las sociedades capitalistas fueron mutando hacia oligarquías, tal requisito fue pasando a un conveniente segundo plano. Milton Friedman, ideólogo del neoliberalismo, en su Libertad de elegir, cuando establece la diferencia entre igualdad de oportunidades y lo que denomina igualdad de resultados, apela sólo a los ejemplos que se acomodan a sus premisas, minimizando la desproporcionada y evidente ventaja que posee el capital acumulado frente a las virtudes y potencialidades de los individuos.

Sin embargo, pese a la ostensible desigualdad de oportunidades, un sector importante de la población no solamente cree que todos los millonarios lo son por mérito propio, sino que además considera natural que el resultado de tal mérito se transfiera a toda su descendencia, conformando verdaderas dinastías cuyas oportunidades crecen de manera inversamente proporcional a lo que disminuyen para el común de los mortales. La propaganda neoliberal se ha ocupado de resaltar las maravillas de la competencia, mientras disimula bajo la alfombra la desigualdad de oportunidades. Mientras que la educación pública, última esperanza para mejorar las oportunidades de los desheredados, es atacada y deteriorada para reemplazarla por la educación privada, no sólo por ser un buen negocio, sino porque además se adecua mejor al modelo meritocrático. Colegios más caros y prestigiosos para los ganadores, y escuela pública para los perdedores, cristalizando aún más las diferencias e impidiendo la movilidad social ascendente. Esto a menudo es bien visto por sectores medios aspiracionales, que consideran que las oportunidades de sus hijos deben ser proporcionales a su esfuerzo por pagarles un colegio privado, y si otros niños por ser pobres no tienen oportunidades, será porque sus padres no se esforzaron, como si los hijos tuvieran que ser una mera prolongación de sus padres.

Esta batalla cultural que da el neoliberalismo por imponer como sentido común a la meritocracia resulta funcional al proceso de concentración de la riqueza, en el que vastos sectores de la población quedan marginados o deben endeudarse para mantener su nivel de consumo, y entonces resulta muy conveniente hacerle creer a toda la sociedad que los que se empobrecen son responsables por no esforzarse lo suficiente. A medida que se concentra la riqueza, la lógica competitiva se reduce a un terreno cada vez más acotado, porque el poder económico se va quedando con la parte más grande de la torta y el resto compite por una porción cada vez menor; pero mientras esa lucha se libre con las reglas de la meritocracia, todos creerán que lo poco que logren será por su dedicación. Es conocido el viejo proverbio que afirma: no hay que regalar el pescado sino enseñar a pescar, y a todos nos parece verdadero. Sin embargo, si alguien se fuera adueñando de los ríos y los mares, y al resto sólo nos quedara una pequeña laguna, por más que nos esmeremos nunca habría peces suficientes. Supongamos que en esa competencia haya igualdad de oportunidades (la misma laguna para todos, un bote y una caña de pescar para cada uno), posiblemente alguien que se esfuerce un poco más o sea más hábil podrá pescar dos o tres peces, otros pescarán sólo uno, y muchos no pescarán nada, sencillamente porque no alcanza para todos. Pero imbuidos del espíritu competitivo, el resultado de cada cual se podrá explicar por la proporción de los méritos individuales, nos convenceremos de que la distribución fue justa y que la meritocracia funciona, pero nadie se preguntará por qué sólo tuvimos una pequeña laguna a disposición en un planeta tan grande.

Mientras la ciudadanía siga las reglas de la competencia meritocrática, cada cual supondrá que está en el lugar que se merece. A través de la manipulación mediática se exhiben algunos modelos de self made man que comenzando de abajo llegaron al éxito, así logran que los sectores medios aspiracionales se miren en ese espejo y participen de una competencia salvaje en la que los perdedores serán mirados con desprecio. Pero la vida no es una competencia deportiva, en la que necesariamente hay un solo campeón, un podio para dos más, y el resto se vuelven a sus casas; en la competencia económica los perdedores quedan marginados con empleos precarios o desempleados.

El docente de Economía de la Universidad de Cornell Robert Frank publicó una columna de opinión en The New York Times, en la que señalaba que el papel que el esfuerzo y el mérito juegan en el éxito personal es una de las grandes diferencias entre conservadores y liberales modernos. Los primeros piensan que la gente que amasa grandes fortunas es casi siempre extremadamente talentosa y trabajadora; en cambio los segundos señalan, correctamente, que incontables personas con las mismas cualidades no llegan a ganar mucho dinero ni a escalar socialmente por las privaciones que tienen desde la infancia. Para Frank, la ideología de la meritocracia ha causado un gran daño, puesto que afecta la manera en que las sociedades occidentales, en general, y la estadounidense, en particular, se organizan a la hora de enfrentar la desigualdad y a adoptar políticas que garanticen la igualdad de oportunidades entre los más favorecidos y los menos aventajados. También es una de las bases de la corrupción, ya que minimiza la conciencia de los más ricos de que los impuestos y las reformas políticas son necesarias para apoyar la inversión para mantener un buen y estable entorno sociopolítico.

Argumentos contra la meritocracia

En este apartado nos enfocaremos en los argumentos entregados por el sociólogo Matías Cociña (2013).

1. Una sociedad organizada en torno a la idea de meritocracia es una sociedad basada en la igualdad de oportunidades. Tomarse en serio el concepto de igualdad de oportunidades implicaría reformas que son necesarias. Esto no significa, sin embargo, que una sociedad que provea igualdad de oportunidades sea una sociedad necesariamente justa. La igualdad de oportunidades es, en otras palabras, una condición necesaria pero no suficiente para la construcción de un orden justo.

El problema al que apunta este ejercicio teórico es, claro está, que una sociedad que sólo se ocupa de proveer estricta igualdad de oportunidades en el punto de partida sin prestar atención alguna a los niveles de desigualdad en los resultados generados por la lotería de habilidades y predisposiciones, dista de ser una sociedad razonablemente justa. En una sociedad en la que todos los niños partiesen en igualdad de condiciones –educacionales, de salud, de acceso a capital, etcétera– ¿estaríamos dispuestos a dejar que quien comete un error a los quince o veinte años cargue para siempre con una vida de privaciones? Hacerlo así reflejaría una visión sociológicamente pobre de las trayectorias de vida de las personas, de cómo se forman las motivaciones para actuar, de cómo éstas pueden ser perturbadas en distintas etapas de la vida y, por tanto, reflejaría una visión errada –desde el punto de vista tanto de la sociología como de la psicología y la ética– de la noción de “responsabilidad” frente a las consecuencias de los propios actos.

Al observar sociedades que podríamos calificar de meritocráticas –Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Alemania–, constatamos que cuando estas tenían un PIB per cápita similar al actual nivel de ingresos de Chile, por ejemplo, todas tenían altos niveles de desigualdad de ingresos antes de impuestos y transferencias. Tener órdenes más meritocráticos no generaba mayor igualdad. Su carácter de sociedades más igualitarias venía dado por la capacidad del Estado de redistribuir vía impuestos y transferencias y así corregir las desigualdades en los resultados

2. La idea del mérito como concepto valioso para la sociedad. Una acción, ejecutada con habilidad y esfuerzo, y generadora de consecuencias socialmente relevantes, es meritoria solamente en relación con un cierto estándar o un determinado orden de prioridades. La idea de meritocracia está cercanamente emparentada con una noción de justicia que es eminentemente contingente. “Preguntar si una sociedad es justa”, nos dice el filósofo político Michael Sandel, “es preguntar cómo ésta distribuye las cosas que apreciamos –ingreso, riqueza, deberes y derechos, poderes y oportunidades, cargos y honores. Una sociedad justa distribuye dichos bienes de forma correcta; le da a cada persona lo que merece”. La dificultad comienza cuando preguntamos quién merece qué, y por qué razones.

La noción de mérito, entonces, y sus premios asociados es, en otras palabras, contingente al orden social y sus estructuras de poder que condicionan las normas de recompensas y castigos de forma heterónoma. Toda meritocracia es, por tanto, potencialmente una estructura de opresión, una forma de perpetuar desigualdades y privilegios.

3. Un sistema meritocrático provoca que los ganadores se lleven todos los premios. En el largo plazo produce que estos definan las reglas del juego social. Lo que haría presumir con mucha razón que el sistema social, político y económico quedará concentrado en algunos nombres y familias que diseñan los entresijos sistémicos a su entero arbitrio para beneficio personal y familiar.

Una vez que se han asignado los premios, ¿qué pasa con los perdedores? ¿Los dejamos caer? ¿Los condenamos a ser perdedores por lo que les queda de vida? ¿Qué tipo de sociedad es esa que condena a una proporción importante de sus miembros a tener vidas limitadas, al tiempo que les dice que su suerte es completamente justa? ¿Les decimos que tuvieron una oportunidad como todo el resto, que la desperdiciaron o simplemente no dieron el ancho, que ahora están a su suerte y que, más aún, se lo merecen?

4. La idea de meritocracia corre el riesgo de erosionar las bases democráticas de la convivencia. La democracia es, en su definición más simple, la organización de las decisiones colectivas en torno al principio de igualdad entre todos los participantes. Es, aplicada a la organización nacional, el gobierno del pueblo, y en él participan tanto los talentosos como los más desaventajados, los esforzados y los flojos, los aptos y los ineptos.

La élite mundial gobernante ha tratado de convencer al pueblo de que en democracia mandan la ley y las instituciones, no la gente. Y si mandan las instituciones, entonces manda la élite tecnocrática. Esto significa vivir en una sociedad no deliberativa.

5. Ley de hierro de la meritocracia (cuyo autor es Christopher Hayes). La desigualdad generada por un sistema meritocrático crecerá lo suficiente como para trastocar los mecanismos de movilidad. La desigualdad de resultados hace imposible la igualdad de oportunidades.

Finalmente, y a modo de refrendar la escasa facticidad de la meritocracia, The Economist en 2013 señaló que “los astutos ricos se están convirtiendo en una élite atrincherada. Este fenómeno –llamémosle la paradoja de la meritocracia virtuosa– socava la igualdad de oportunidades”.


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