Publicado en línea el Sábado 16 de enero de 2021, por Martina Neyra

«La consecuencia final de proteger a los hombres de las consecuencias de su insensatez es llenar el mundo de tontos». (Herbert Spencer)

Estábamos deseando que 2020 agotara la última de las hojas de su calendario.«Un año acaba, otro comienza; no sabe el tiempo que los hombres lo cuentan» escribió el poeta Agustín García Calvo. Cumplida una semana de año nuevo ese aserto ha probado su verdad axiomática mediante un hecho de impacto global acontecido en el corazón político del imperio todavía reconocido como tal. El asalto al Capitolio, la sede de la soberanía popular –lo que quiera que esto signifique– no es un suceso carente de genealogía. Demuestra que el devenir causal de la historia no se deja interrumpir ni resetear por decretar el inicio de un año nuevo entre festejos simbólicos, aunque sean limitados a causa de la maldita pandemia. De hecho, los analistas políticos internacionales especulaban con la posibilidad de que el final del mandato de Trump no estuviese exento de algún suceso traumático para la sociedad estadounidense, ya puesta en tensión desde hace tiempo por la retórica tuitera de su presidente.

Desde la década de los ochenta del siglo pasado (un siglo acaba, otro comienza…) un cambio de paradigma ideológico global ha tenido lugar del modo en que el tiempo hace estas cosas, sin que el común de los mortales nos demos cuenta, entretenidos como estamos contándolo para hacer, según se nos marca, nuestras tareas. Hace cuarenta años si no antes, los valores utópicos y abstractos de la Ilustración que en su día inspiraran las grandes transformaciones de la modernidad cayeron en el descrédito cuando se puso el foco desde el ámbito intelectual en los grandes desmanes del siglo XX. Entre los primeros filósofos que dieron argumentos a lo que luego se conoció como posmodernidad cabe destacar a Theodor Adorno y Max Horkheimer, autores de Dialéctica de la Ilustración, escrita en 1944. Para ellos el éxito de la Ilustración es en realidad «una triunfal calamidad».

En lo que respecta a la utopía propuesta en la obra de Marx, el tribunal de la historia dictó su sentencia con la caída del muro de Berlín en 1989. Hecha añicos la alternativa al capitalismo de libre mercado –y de paso deslegitimada toda utopía– ya no cabía duda alguna de cuál era el camino a seguir por los Estados consolidados según el modelo fraguado en el crisol de la así llamada civilización occidental –a saber: el definido dentro de las coordenadas de la democracia liberal y el capitalismo global de libre mercado. Únicamente dentro de ellas cabía la prosperidad para la humanidad. Eran los años decisivos del giro ideológico global con la consolidación de lo que suele llamarse neoliberalismo. Este punto de inflexión, decisivo para conducirnos hasta donde nos encontramos en la actualidad, quedó plasmado en el libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre publicado en 1992.

En los noventa del siglo pasado, pues, habríamos llegado al punto omega de la historia. En él habrían confluido la democracia moderna hecha cuerpo por primera vez en la constitución norteamericana de 1787 y el capitalismo meritocrático liberal, nacido a partir de la filosofía de Adam Smith, alumbrada en el mismo siglo. Democracia y capitalismo quedaban hermanados ideológica e históricamente, y justificados éticamente por ser juntos los garantes de paz y riqueza, elementos necesarios para la prosperidad que busca toda comunidad humana para el bien de todos y cada uno de sus integrantes. Y así está explícitamente enunciado en la mencionada constitución: «we the People of the United States, in order to… insure domestic Tranquility…, promote the general Welfare…, do ordain and stablish this Constitution», es decir: nosotros el pueblo de los Estados Unidos, con el fin de asegurar la tranquilidad doméstica, promover el bienestar general, ordenamos y establecemos esta Constitución.

Al mismo tiempo, y de forma paradójica, se pretende desconectar la economía de la política –desconectada ésta a su vez de la ética–, presentando la primera como una ciencia –que por cierto ha alcanzado un alto grado de formalización– cuyos dictados la política no debe ignorar, so pena de incurrir en graves errores de gestión con pésimos efectos para la riqueza del país. Esta es la raíz ideológica de la creciente mengua del poder decisorio de los Estados, maniatados a la hora de dictar normas sobre los mercados e incluso rehenes de su poder financiero por mor de una ominosa deuda que no hace sino crecer. Este es el origen de la deriva fatalista de la economía política, popularmente condensada en la frases que todos los azotados por sus inclemencias pronuncian de continuo: «es lo que hay»; en otras palabras: no hay alternativa al sistema vigente.

Este siglo, sin embargo, nos está dando razones para replantearnos el mito del fin de la historia. El otrora referente moral que fue los Estados Unidos de Norteamérica, sobre todo a partir de sus intervenciones en la Primera y Segunda Guerra Mundial y la posterior reconstrucción de Europa, ha sido protagonista de acontecimientos recientes en el tiempo, como los atentados sufridos en 2001, la gran crisis financiera de 2008, la victoria electoral de Donald Trump en 2016, que dan muestra de una cierta merma de su liderazgo mundial. El lema de campaña de Trump («make America great again») es un reconocimiento tácito de ello. El asalto al Capitolio del pasado 6 de enero es otro hecho más que conecta históricamente con los citados precedentes. Todos son partes de un hilo histórico e ideológico que conforman su genealogía o –lo que viene a ser lo mismo– que dan cuenta de su origen.

En esa genealogía del asalto al Capitolio hay que destacar sin duda el debilitamiento ético de la verdad, uno de los valores esenciales de la Ilustración, sobre el que su filosofía política hizo descansar la legitimidad del gobierno. La presidencia de Trump ha dado pruebas continuas del absoluto desprecio por la verdad. Su retórica tuitera ha echado mano sin rubor de los así llamados hechos alternativos y las noticias falsas (fake news); es decir, del engaño. Las redes sociales han sido un aporte providencial de la tecnología para crear el ecosistema idóneo en el que conformar la caverna de Platón donde cultivar la verdad de la tribu, al margen de los hechos objetivos (mención especial merecen redes sociales como Gab y Parler, de visita obligada para muchos de los feligreses de Trump).

La legitimidad gubernativa de Trump se ha fundamentado en la verdad de la tribu. Ésta no nace de la crítica racional y del diálogo intersubjetivo, sino de la credulidad –sustentada en el mecanismo psíquico del autoengaño– que se otorga voluntariamente a quienes comparten los mismos prejuicios de grupo que definen su identidad. He aquí un elemento decisivo para dar cuenta de la polarización que ha contribuido y a la vez se ha retroalimentado del populismo de Trump, pues la renuncia a la verdad conlleva el desprecio al acuerdo. Su expresión más desaforada es el ataque a todo lo que forme parte del universo de lo políticamente correcto. De hecho, este es uno de sus criterios de verdad: si choca contra lo políticamente correcto es que es verdad; porque lo políticamente correcto es la verdad del establishment (que incluye la verdad de la ciencia; por eso los seguidores de Trump son anti-maskers, contrarios a las mascarillas). Combatirla es una empresa de todo punto moral que justifica el discurso de los hechos alternativos (y de las conspiraciones delirantes). Aquí encaja el relato deslegitimador contra el nuevo Gobierno basado en un fraude electoral inexistente que ofrece la justificación moral que el fanático hace suya para romper con la alternancia en el poder a la que obliga el canon democrático.

La frustración y el resentimiento son dos emociones que seguramente motivaron a una parte significativa de quienes se manifestaron en contra de la proclamación de Joe Biden como presidente electo de la república norteamericana. En su libro titulado La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? El filósofo Michael J. Sandel propone una explicación para el origen de tales sentimientos. Según él se halla en la impotencia de millones de ciudadanos a los que ha fallado el sueño americano que prometía, independientemente de las circunstancias de cada cual, la oportunidad de prosperar, de subir en la escala social (el welfare marcado como objetivo por la Constitución). A decir de este profesor de la Universidad de Harvard premiado con el Princesa de Asturias de ciencias sociales del año 2018, lo que ha ocurrido desde la década de los ochenta del siglo pasado ha supuesto un importante empobrecimiento de la vida cívica paralelo a una creciente agudización de las desigualdades, lo que sin duda ha servido de catalizador para una progresiva polarización política. Lejos quedó la retórica de candidatos a la presidencia como Robert F. Kennedy quien, en un comunicado de prensa fechado en Los Ángeles el 19 de mayo de 1968, destacaba el compañerismo, la comunidad y el patriotismo compartido como valores esenciales de la civilización de la que es exponente su país. Lejos de considerar que tales valores se puedan mantener vivos mediante una actividad puramente económica como la compra y consumo de bienes, destacaba Kennedy la importancia del trabajo digno y reconocido en lo que vale; de manera que cualquier ciudadano pueda decir a su comunidad, a su familia y a sí mismo: «he ayudado a construir esta nación; he participado en sus grandes empresas colectivas». Este mensaje –a juicio de Sandel– no es el principal que actualmente transmiten los políticos de su país a millones de personas que viven preocupadas por el estancamiento de los salarios, las deslocalizaciones, la desigualdad y por que los inmigrantes y los robots les quiten sus puestos de trabajo. Por contra, se les exige que estudien, que se formen para competir en el mercado laboral global, porque lo que cobrarán dependerá de lo que aprendan, aunque nadie les garantiza el acceso a esa educación superior si no parten ya de un cierto estatus económico y social («es lo que hay»). Así, sienten que la élite política credencialista (es decir, la que mide el mérito en forma de títulos académicos) les mira por encima del hombro despreciándoles porque son incapaces de «ser mejores», haciéndoles sentir que no sirven, que son estúpidos, lo que sería para aquélla la explicación (simple) de que voten a un tipo como Trump.

Deshecha la vida cívica, convertida la comunidad en un rompecabezas multicultural y racial, en un campo de batalla de la competencia entre individuos por un trozo del exiguo pastel económico que deja a los más desfavorecidos el todopoderoso mercado financiero global al que nada toca de las cuitas del común de los ciudadanos, la comunidad ciudadana transversal, sustentada sobre las semejanzas fundamentales que unen a sus integrantes, es sustituida en el imaginario desiderativo por la tribu identitaria a la que cada uno siente pertenecer. Así se configura una versión romántica de la democracia frente a una ilustrada. Importan más valores abstractos que poco inciden a la hora de reactivar una política transformadora de la realidad concreta y que se plasman mediante toda una parafernalia simbólica rayana en lo ridículo (como pudimos constatar por las imágenes de los asaltantes al Capitolio). Solo desde los presupuestos de esa democracia romántica –es decir, irracional en esencia– cobra sentido el mensaje de «make America great again».

En su soberbio libro de 2019 titulado Capital e ideología el famoso economista francés Thomas Piketty subraya que el debate político en torno a la igualdad y la desigualdad se halla distorsionado en la actualidad por la crispación identitaria y conservadora, la cual dificulta de forma decisiva la posibilidad de generar un movimiento universal que recupere el valor para la acción política de la justicia social y el bien común. La práctica inexistencia de tal movimiento permite que ganen fuerza los diversos movimientos que responden a intereses de grupos religiosos o étnicos o nacionales o sexuales. Decía hace unos días un jugador negro de la NBA comentando los hechos ocurridos en Washington que tenía la sensación de vivir en dos Américas que no tenían nada que ver la una con la otra. En efecto, los penúltimos manifestantes ante el edificio del Congreso de los Estados Unidos fueron los del movimiento Black lives matter. Según todos los indicios, los protagonistas de su reciente asalto fueron en su mayoría blancos supremacistas. Es la trampa de la diversidad, que contribuye al debilitamiento de la conciencia cívica de los ciudadanos e incentiva su fe tribal.

Piketty advierte de que los conflictos políticos tenderán casi inevitablemente a centrarse en cuestiones relacionadas con las identidades y las fronteras entre comunidades (recuérdese la promesa electoral estrella de Trump, el proverbial muro con México).

Pero el origen de los mismos es de índole económica; reside en las desigualdades económicas, particularmente las relativas a la riqueza, que no se corregirán sin más dado el funcionamiento sistémico del capitalismo meritocrático liberal (como explica el economista Branco Milanovic en su libro titulado Capitalismo, nada más). Es la política, de nuevo, la que tendría que dotarnos de los medios para reducir tales desigualdades. Eso fue posible en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando el éxito económico y social de los países capitalistas fue una realidad sostenida durante tres décadas gracias en gran medida a políticas ambiciosas de reducción de las desigualdades, en las que tuvo un papel decisivo la implantación de una progresividad fiscal muy elevada. Ese éxito era también el de las generaciones de padres que constataban que sus hijos vivían mejor que ellos como norma, cosa que hoy no ocurre.

Era otra muy distinta la atmósfera ideológica antes de la revolución neoliberal de los ochenta protagonizada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher bajo la inspiración de los Chicago Boys. En la actualidad, el recuerdo del fracaso del comunismo es un recurso reiterativo usado como argumento para declarar de antemano el desastre que acarrearía cualquier proyecto redistributivo ambicioso, amén de ser una senda que necesariamente conduce al totalitarismo de corte soviético (de esto tenemos sobradas muestras en España desde la constitución del Gobierno de coalición).

Este es el caldo de cultivo ideal para que los populistas de toda laya encuentren oídos por doquier dispuestos a prestar atención a sus insensateces. Donald Trump fue acogido por el Partido Republicano, porque no podía ser de otro modo dado el formato de partidos de la democracia norteamericana. En toda Europa hay émulos de Trump, cada uno con sus rasgos idiosincrásicos, que militan en nuevos partidos que han roto el cuadro tradicional de la izquierda y la derecha poniendo en apuros a los partidos tradicionalmente hegemónicos (como ha pasado en España con VOX). Todos comulgan en esencia con la misma ideología, que Steve Bannon, quien fuera asesor de la Casa Blanca, se ha dedicado a apadrinar tanto en América como en Europa. Piketty la llama ideología mercantil-nativista. Mercantil porque no cuestiona el modelo económico ortodoxo de libre mercado; nativista, porque usa como mensaje proselitista un discurso que encuentra fácil encaje en la versión de la democracia romántica actualmente en boga, con la identidad nacional como valor fundamental, y que conlleva el despliegue de una retórica agresiva frente a los movimientos sociales que a su juicio ponen en peligro la pureza de esa identidad (feminismo, movimientos a favor de los derechos del colectivo LGTBI, a favor de los derechos de los inmigrantes y la multietnicidad, laicismo, etc.). Este último componente ideológico, el nativismo, decisivo a la hora de lograr la movilización de amplios y heterogéneos sectores de la ciudadanía, tiene la virtud de ofrecer un gran poder de distracción frente a las injusticias materiales y sociales que son el efecto sistemático del mantenimiento a ultranza de un paradigma económico global como el actualmente dominante.

En el origen del asalto al Capitolio palpita la percepción muy extendida de que la democracia es un ideal adulterado en la práctica, e ineficaz a la hora de crear y mantener las condiciones necesarias para hacer posible que las gentes prosperen en sus vidas de forma justa. Esos objetivos éticos plasmados en la Constitución norteamericana (en la española también y en tantas otras) son hoy por hoy un sueño inalcanzable para amplios sectores de la población. Una percepción que la acción política debería desactivar cuanto antes si no queremos más asaltos al Capitolio o de sus instituciones equivalentes en los distintos países democráticos donde rige el capitalismo meritocrático liberal. Hay precedentes en la historia, y acaban mal.


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