Publicado en línea el Sábado 9 de enero de 2021, por Miguel Arróniz

“Y, sin embargo, no estoy dispuesto a rectificar, no quiero seguir el camino de una juventud prematuramente decrepita, que en llegando a la mediana o alta posición traicionan a quienes ayer eran sus compañeros, premeditadamente silencian sus batallas, vuelven la espalda a quienes ayer defendían y entregan la integridad de sus afectos a lo que llaman su carrera, que para mí tiene el sabor de fuga. Cuando se ama una idea, ese fervor debe persistir por encima de la enemistad de los enemigos y de la deslealtad de los amigos”. Jorge Eliecer Gaitán. “manifiesto del unirismo”

Este lugar de las maravillas, este lugar de ensoñador encanto que da hasta para una película de Disney con la carga poderosa de esa fabulosa fantasía a crédito o débito que por tantos años nos ha orientado en la búsqueda de príncipes, princesas y perdices perfectamente ideales, perfectamente inanes y desabridos, perfectamente corporativos para enseñarnos hasta la manera correcta de querer nuestra tierra y valorar nuestro pasado con inofensivas dignidades de bolsillo y orgullos domesticados en lemas publicitarios vacíos, ya gastados en su repetición. Ese país que nos pintan, es el mismo país de las masacres (más de 86 en todo el país y 3 en Bogotá en 2020), de los asesinatos diarios de líderes sociales; de los montajes judiciales; las detenciones arbitrarias; el país de la narco dictadura más brutal de Latinoamérica en el que un pequeño grupo de escogidos representa únicamente sus propios intereses y reparte abuso, exclusión e injusticia para la gran mayoría de colombianos, profundamente despreciados y burlados a diario en un ofensivo programa TV- presidencial que parece un concurso de mentirosos, cuando no, la gracia la hacen “periodistas”- publicistas cortesanos de talla mundial que entrevistan a la carta y sobre medidas.

Una de las personas más bendecidas y afortunadas de Colombia cuando le preguntan sobre las masacres hechas por la policía sobre colombianos desarmados e indignados, dice: “me asusta más la agresión ciudadana que la represión policial”[1]. Absolutamente natural para un alma resentida y odiosa contra los débiles, que se siente segura sobre el altar de huesos que mantiene a su bandola en el poder con ese fervor y fanatismo anómicos que llevan a millones al hambre, a la violencia y a la muerte, mientras una casta de privilegiados vive en la ostentación, el lujo, los opíparos banquetes, el abrigo de sus mansiones y sus billetes, protegidos por criminales armados y amparados en la ley. Allá ellos.

Acá nosotros con la suerte de vivir en un tiempo difícil y grandioso, como todos, un tiempo de construir barcos en altamar en plena tormenta, tarea difícil si la hay, porque los escombros de otros naufragios son el material existente. En este tiempo nuestro sentimiento profundo, nuestro temperamento definen nuestra capacidad para luchar, sentir y pensar o para entregarnos a la adaptada e indolente indiferencia que se refugia en imitaciones de amor, convicción e integridad, siempre como símbolos, prescindibles en el por si acaso del miedo o del confort. Pero si tomamos distancia de miedos y resentimientos mejor podemos reconocer la grandeza y el misterio del amor inmenso e infinito por los nuestros, por la humanidad entera; solo convirtiendo en esenciales el amor y su mística pasión, la imaginación que nos abre un mundo distinto y distante de la recetada enajenación alienante para algunos, de la barbarie para todos en la que nos encontramos como nación; solo con una gran dosis de humanidad y valentía podremos romper el panorama trágico que nos depara el fascismo criollo y que por lo visto no cambiara por arte de magia o de pandemia.

Sin embargo, puede ser necesario oponernos más conscientemente al sentido común que normaliza la inconsistencia, la incapacidad de asumir una postura clara, o la necesidad de dejar siempre abierta una vía para negar lo que antes se afirmaba: libertad, alegría, rebeldía hemos gritado a voz en cuello. Pero cuando el marrano nos mira a la cara y nos asusta con sus armas, sus cárceles, sus monedas, sus condenas o sus perros rabiosos: libertad sí, pero para escoger lo que quiero comprar; alegría sí, pero sin locura; rebeldía sí, pero moderada y a precio del día. El orgullo se cambia por la vanidad; a la cobardía le llamaremos prudencia; el amor será resentimiento y los sueños cambiaremos por resultados. Los peores casos de desamor y corazón purulento de plano se pasan al servicio de las bestias.

Por esos caminos los que antes bailábamos inmoderados, arrebatados y alegres en la pradera verde de la esperanza, sin temor a los bordes del abismo posible en cada siguiente paso, sin miedo a la grandeza de sabernos uno más entre los ínfimos, fascinados por la sensación pensar y habitar el mundo. Terminamos avergonzados por lo que ayer hicimos y gritamos, pidiendo perdón en cada esquina y encorvados buscando pequeñas ratoneras primorosamente cómodas para reflexionar sesudamente las maneras de justificar un corazón viejo, cansado y perezoso. Entonces un día nos acostamos libres, más el terror de la oscura noche sin sueños nos levanta cantando: me arrepiento de lo que dije, lo dije sin reflexionar, ¿porque no lo olvidamos todo? estoy aprendiendo a bailar”[2]

Pero ya no bailar sobre la casualidad y la esperanza, ya no sobre el amor sin tasa y sin interés, sino bailar ahora como ositos de circo para que el poder reconozca los pintorescos bailecitos del que reza junto la estufa para mantenerse tibio mientras asegura su salvación con ojos agachados, actitud sumisa y rebajada hasta el servilismo, y a esa resignación le llamamos “madurez” o “realismo”, siendo en realidad sabiduría barata de lacayos decrépitos y agotados. Por supuesto no es extraño: es toda una corriente en nuestro país que tiene quien la defienda y la enarbole como verdad o justicia. Dice el poeta Rodríguez Domínguez Silvio:

“Para no hacer de mi icono pedazos/ Para salvarme entre únicos e impares/ Para cederme lugar en su parnaso

Para darme un rinconcito en sus altares/ Me vienen a convidar a arrepentirme/ Me vienen a convidar a que no pierda/ Me vienen a convidar a indefinirme/Me vienen a convidar a tanta mierda”[3]

Aprendemos a tenerle miedo y respeto al que nos odia, luego la rebeldía se modera y se domestica al nivel del comentario sarcástico, irónico, humorístico, pero sin “radicalismos polarizantes” en el Instagram o el Twitter. Nos sumergimos en el teléfono inteligente buscando el pedazo que nos falta en la calculada pose de las fotos y frases perfectas, las medias naranjas sin conflictos para llenar el vacío de una vida feliz. ¿Moriremos tosiendo y viendo videos de YouTube, tratando de aprender gestos y canciones que nos hagan ver menos feos?, ¿Nuestra rebeldía se tornará en likes y se tomará en cervezas, mientras nuestra vida se reduce a sobrevivir?,¿Seguiremos huyendo y viviendo como si les debiéramos, cuando son los que han gobernado este país los que nos deben a todos? Puede suceder. Son opciones de vida. ¡Claro! nada de eso detiene la masacre, los imperdonables no perdonan a nadie, los olvidables por la historia no olvidan a quien los cuestiona y los ofende; la sed de sangre de los que nos gobiernan no se sacia porque significa ganancia; ellos seguirán manejando el país con miedo y odio al por mayor. Nosotros: ¿Nos entregaremos al miedo? ¿Nos entregaremos al desamor? ¿Concedemos la victoria a la injusticia? ¿Seguiremos pagando con nuestra sangre, con nuestra libertad y nuestro tiempo la riqueza de los de siempre?

Es mejor seguir amando sin medida la bendita rebeldía -promesa y riesgo-. Es más grande vivir afirmando lo que somos en la marcha, en el paro, en la resistencia, en cada día de nuestras vidas, porque la afirmación de hoy implica afirmar todo lo que hasta aquí nos trajo a tomar el impulso necesario para que algo pase en el momento en que tiene que pasar; el verbalismo inofensivo debe superarse con perseverancia, método, insistencia, capacidad de aprendizaje. No podemos seguir confusos, desorientados y sin determinación, porque se impone en esta tragedia la tarea grandiosa de construir otro país. ¿No?

En las noches de aquelarre los moderados y cobardes no bailan. Todos los demás bailaremos enloquecidos una y otra vez sobre las piedras afiladas y las brasas calientes. Necios sin ocultar la alegría bajo el brazo; los peces voladores -milagro imposible- seguirán brillando a lo lejos bajo el sol y seguirán saltando del mar así no brille el sol.

[1] María Juliana Ruiz la esposa del presidente

[2] Evaristo Paramos “con perdón”. GATILLAZO

[3] Silvio Rodríguez. “El necio”


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