Publicado en línea el Miércoles 6 de enero de 2021, por Caty R

Cuando doy clase suelo recurrir a un truco para provocar un choque pedagógico que me permita entrar a explicar algunos temas importantes. Consiste en lanzar al alumnado la pregunta de por qué, desde cierto punto de vista, somos tan afortunados en comparación con otros humanos que vivieron antes de la revolución industrial. Por qué, a diferencia de la mayoría de generaciones que nos han precedido, nosotros no hemos tenido que pasar por la muerte de varios hermanos o hijos antes de que cumplieran cinco años. O afrontar nuestra vida como algo muy frágil y muy expuesto a los azares de la enfermedad, del clima o las embocadas de las hambrunas. O por qué en los países desarrollados, incluso las clases populares disfrutan hoy de un nivel de confort y comodidades materiales, y un radio de acción vital medido en km, que hubieran sido la envidia de muchas élites y reyes de imperios antiguos. Y comienzo a anotar en la pizarra todas las respuestas.

El alumnado socialmente más sensible apunta con razón que esto no es así para toda la humanidad. Siendo muy pertinente esa puntualización, no hace falta tampoco dar la razón al progresismo naif de Pinker para aceptar que algunos beneficios de la revolución industrial, a pesar de estar extremadamente mal repartidos e ir acompañados de violencia y opresión, también han llegado incluso a la humanidad más empobrecida. Las personas más combativas señalan a las luchas sociales y las conquistas políticas de derechos como el principal responsable de estos avances objetivos. Los liberales apuntan a la libertad de comercio. Casi todo el mundo señala el desarrollo de la ciencia y de la tecnología como el factor decisivo. Y casi nadie, por no decir nadie, las muchas veces que he jugado a este juego, fueran alumnado de primero de grado o de máster, han resuelto el acertijo en su palabra clave: energía.

La clase continúa entonces con una explicación de cómo el uso de combustibles fósiles ha supuesto la mayor revolución material de la historia de nuestra especie. Algo que se comprende bien cuando lo ilustro con el dato impresionante de que, gracias al petróleo, al carbón y al gas natural, hoy, por término medio, cada español tiene a su disposición la energía equivalente a 45 esclavos pedaleando las 24 horas del día en una bicicleta estática. Para terminar de medir qué significa esto, suelo mencionar que Aristóteles consideraba que tres esclavos eran suficientes en el mundo antiguo para una vida dedicada plenamente al ocio.

Esta es una anécdota reveladora que expresa un enorme y peligroso vacío en la reflexión que la sociedad moderna arroja sobre sí misma y sus posibles cursos de desarrollo. Por suerte, este vacío empieza a ser cubierto con libros como Estética fósil. Imaginarios de la energía y crisis ecosocial, escrito por el historiador del arte Jaime Vindel y publicado por Arcadia en la colección et al. Este es un texto que aporta enfoques novedosos a lo que podríamos llamar, si se me permite una jerga freudiana, una imprescindible labor de psicoanálisis civilizatorio en clave ecologista. Sin duda, nuestra impotencia manifiesta para revertir la crisis climática puede ser entendida como un tic que saca a relucir una de las mayores patologías colectivas de la historia. Sanar esta patología, y mantener la temperatura media global en parámetros habitables, pasa sin duda por arrojar luz sobre el fenómeno de la energía fósil como realidad profundamente reprimida de nuestro inconsciente social. Vindel ilumina esta cuestión desde ángulos poco frecuentes que vuelven el problema mucho más comprensible. Y que permiten complejizar, a mejor, las posibles soluciones.

Nuestra impotencia manifiesta para revertir la crisis climática puede ser entendida como un tic que saca a relucir una de las mayores patologías colectivas de la historia

La tesis central del libro es que el uso de los combustibles fósiles no solo transformó la dimensión metabólica de nuestras sociedades, incrementando exponencialmente nuestra capacidad de acción sobre el mundo. También nuestros imaginarios culturales. En estos imaginarios, los regímenes estéticos, es decir, las formas de organizar y dar sentido a las sensaciones corporales, tuvieron, como sucede siempre, un peso especial. Como afirma Vindel, “las imágenes no poseen un componente descriptivo, también actúan como dispositivos de mirada”. En definitiva, las imágenes, las pautas estéticas, los relatos y las creencias no reflejan, sino que construyen realidad. Así lo hicieron con la modernidad industrial, jugando la energía un rol protagonista.

Esta idea se defiende además desde la única posición teórica que hoy es seria: la de asumir que lo imaginario no es un epifenómeno que refleja una supuesta infraestructura más “real”, sino una realidad tan material como la tecnología, la economía o la termodinámica, y que atraviesa y da forma a todos nuestros mundos sociales. Se trata, por tanto, de un ensayo que cumple con un mínimo teórico que debería ser exigible a toda crítica social en el siglo XXI, aunque sigue siendo por desgracia minoritario: estar escrito en tres dimensiones. Esto es, partir de la premisa de que la realidad social articula siempre flujos biofísicos estructurados en relaciones sociales que son simbólicamente significativas. Y que ninguna de estas tres dimensiones es ni completamente autónoma ni tampoco subordinada a determinaciones de última instancia marcada por otra, como afirmaba el marxismo más vetusto con la metáfora de la base y la superestructura.

Estética fósil es un texto deslumbrante, muy rico y frondoso, que moviliza una erudición abrumadora pero que no apabulla, sino que despierta curiosidad y sabe enseñar. Y que además canaliza su caudal de reflexiones en un amplio abanico de debates urgentes, y toma posición con propuestas pertinentes.

Aunque Jaime Vindel es historiador del arte, en sus páginas, eso que se llama lo transdisciplinar se ejerce con solvencia y del mejor modo posible: con una prosa calidoscópica, en la que el hilo reflexivo va dando giros que dibujan nuevas formas, nuevas conexiones sobre el tema tratado, tan sólidas como sorprendentes e inesperadas, volviendo más tarde sobre los pasos desde nuevas perspectivas.

Los materiales diversos y coloridos que Vindel redistribuye en el baile argumental de su eco-caleidoscopio son innumerables y además muy originales. De la revisión histórica de la construcción social de enfermedades como la neurastenia hasta el monismo naturalista de primer pensamiento ecológico. De las todavía poco divulgadas tesis de Malm sobre la dimensión de lucha de clases de la política energética en distintos momentos del capitalismo a las láminas del Atlas Mnemosyne de Aby Warburg y el eco que en ellas tienen los shocks de la I Guerra Mundial, pasando por la tectología de Bogdanov o los actuales debates de la biología evolutiva. De algunos proyectos de utopías arquitectónicas y monumentales del siglo XIX al papel de los fenómenos climáticos en De rerum natura de Lucrecio y lo inspirador que puede ser este poema para una ética ecosocialista en el siglo XXI. Jaime Vindel usa el análisis de los imaginarios energéticos como un código que le permite descifrar toda una serie de cláusulas y conexiones secretas que nos sirven para tomar mejor el pulso a la complejidad de la crisis ecosocial. También en lo que tiene de guerra.

Porque Estética Fósil, sin dejar de ser una especie de enciclopedia en miniatura de la que uno sale más culto, sea cual sea su nivel de formación previo, es también un panfleto político en la mejor tradición del género. Y a lo largo de sus capítulos Jaime Vindel va entrando en debates teóricos y prácticos cuya importancia política es de primer nivel. Por supuesto, este libro se suma a una tradición cada vez más vigorosa de estudios ecomarxistas en la que autores como Riechmann, Saito, Malm, Moore o Foster argumentan con razón que el Antropoceno es más exactamente un Capitaloceno.

También hay incursiones en los debates teóricos sobre la validez o no de la dicotomía naturaleza-cultura, cuyos efectos políticos son evidentes en decisiones sobre la pertinencia o no de algunas soluciones tecnológicas al desastre ecológico. Vindel explora estas tensiones desde una fundamentada crítica a los planteamientos de los llamados nuevos materialismos.

Indudablemente, el autor barre para el gremio y no deja de discutir, en ningún momento, con las tendencias predominantes en el mundo de la historia del arte, los estudios culturales y la estética. Y lo hace al menos en dos líneas de confrontación. Una de alta intensidad teórica, polemizando con los presupuestos productivistas y energéticos del que Jaime Vindel considera con razón el texto más influyente de la teoría estética del siglo XX, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, de Benjamin. La otra, más práctica, y con divertidos toques de sarcasmo eagletonianos, en la que Vindel ajusta cuentas ecosociales con la preponderancia de la micropolítica, la primacía del deseo y los afectos transgresores como centros de gravedad de los discursos artísticos radicales y de la actividad de las instituciones culturales en el siglo XXI. Algo que Vincel problematiza, con mucha lucidez, como expresiones de una petrocultura cuajada en neoliberalismo, que debe dar lugar a un imaginario y una estética alternativa si desde el mundo de la cultura se quiere contribuir al reto de época de la transición ecosocial. En este punto, las tesis son muy polémicas y profundamente valientes. Y no es una hipérbole publicitaria afirmar que, al menos hasta donde yo conozco, suponen un antes y después en el campo de los estudios artísticos, con potencialidad para hacer escuela y marcar la próxima década.

Resulta también enormemente sugerente y original, aunque está apenas esbozado, el modo en que Vindel enfrenta los actuales análisis marxianos sobre la categoría trabajo. A contracorriente de las últimas tendencias, Vindel considera que una reivindicación no productivista del trabajo, termodinámicamente consciente, puede ser un anclaje fundamental para que el proyecto emancipador realice una de las operaciones fundamentales que debe acometer ante la crisis ecológica: recuperar y asumir cierto “principio de realidad”. Son solo unas páginas, pero en ellas están plantadas las semillas de una línea de investigación que violentará, para bien, muchos lugares comunes de la crítica radical.

Finalmente, Jaime Vindel no deja pasar las polémicas estratégicas que hoy están polarizando el mundo ecologista sobre cómo construir mayorías que permitan avanzar en una transición ecosocial justa, y realiza algunas anotaciones ecosocialistas al respecto. Defiende que el ecosocialismo pasa por una cura de humildad respecto a los fines socialistas clásicos. Pues bien, cuando algunos sostenemos el Green New Deal como estrategia ecosocialista pragmática y gradualista, no estamos dejando de aplicar esta tesis tan lúcida que abandera Vindel pero no solo a los fines, sino también a los medios ecosocialistas. Hay algo en la idea de gran ruptura epocal, de parteaguas histórico nítido y evidente, de revolución como Big Bang, que el socialismo profesó y que hoy siguen defendiendo muchos compañeros ecosocialistas, que quizá también debe ser repensado en clave de esos imaginarios sociales de la energía que con tanta maestría desmenuza Vindel en su libro.

Estética Fósil supone, por tanto, un libro tan insólito como imprescindible. Insólito por la manera en que pone caleidoscópicamente a bailar tantos y tan diversos elementos, que van dibujando nuevas formas sobre el telón de fondo de la excepcionalidad energética del capitalismo fósil. Imprescindible porque estas nuevas formas nos enseñan a leer la dimensión imaginaria de la crisis ecosocial. Y por tanto, tentativamente, también nos incita a escribir los nuevos códigos imaginarios de una sociedad sostenible y poscapitalista como una tarea política tan importante como la descarbonización económica.

Fuente: https://ctxt.es/es/20201201/Firmas/34539/jaime-vindel-capitaloceno-estetica-fosil-antropoceno-calentamiento-global.htm


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