Publicado en línea el Lunes 4 de enero de 2021, por Miguel Arróniz

El pensamiento crítico por antonomasia alentará mientras la realidad que radiografía no haya cambiado para bien

Cuando, a principios de los años noventa del siglo pasado, más de un “abanderado” del marxismo mudaba de casaca, adentrándose en las aguas “mansas” de una socialdemocracia de plataforma desvaída o en el turbulento mar del liberalismo, y los agoreros se regodeaban proclamando que en un futuro a tiro de piedra esa visión, si viva todavía, semejaría un irredimible cardiópata a punto de fallecer, era como para que al menos dudaran de su perspectiva aun algunos de los más renuentes a cancelar el compromiso con los de abajo.

Con Ariel Petruccelli (www.rebelion.org) bosquejemos las circunstancias de la aparente agonía de esa teoría científica: la ignominiosa debacle de los “socialismos reales”, el vertiginoso ascenso del neoliberalismo, el retroceso cuantitativo y cualitativo del movimiento obrero y la “marginalidad política de todas las izquierdas”, incluidas las que habían fustigado, con suma razón, al campo que en ese momento se desmerengaba, para utilizar una conocida voz, enojada con quienes rindieron las armas.

Crisis, colapso, chillaban los heraldos ante el hecho de que, en lo intelectual, el horizonte de referencia en que se formó la generación de los sesenta había sido “barrido del mapa”. Si Lenin, Luxemburgo, Trotsky, Lukács, Gramsci, lucían tan remotos como “obispos arrianos”, qué decir entonces de Korsch, Sartre, Althusser, Della Volpe, Marcuse, Walter Benjamin, Raymond Williams, Wright Mills, por referirnos a unos pocos de los más célebres pensadores de la referida corriente. Pero es que hoy, en el área de la praxis, se constata que añosos partidos comunistas han abdicado o han resultado derrocados por doquier. En Europa principalmente sus residuos retomaron “las viejas banderas socialdemócratas asociadas al ‘Estado benefactor’”, despojándose de “toda pretensión revolucionaria”.

En el criterio de nuestra fuente, en América Latina la mayoría de los “supuestos gobiernos posneoliberales” se ajustaron al desarrollismo capitalista, basado crecientemente en el extractivismo, “la expansión de las mismas pautas de histeria consumista del denostado ‘norte global’”, con los consiguientes desastres ecológicos, hipoteca del futuro, “a cambio de módicos derechos y una tibia redistribución económica en medio de la ola pasajera de altos precios de las commodities […] Pasada la coyuntura favorable, la caída de los precios internacionales agrícolas y petroleros, junto con la llegada al poder de gobiernos menos comprometidos con la ‘justicia social’, provocó que se desandara en pocos meses lo que supuestamente se había avanzado en dos o tres lustros [..] Ningún gobierno del llamado ‘ciclo progresista’ introdujo cambios socioeconómicos equiparables […] a los que en su momento introdujeron las revoluciones rusa, china o cubana. Y su atractivo disminuyó o se eclipsó en apenas una década”.

Amén de ello, acota Petruccelli, “ninguna fuerza de izquierda revolucionaria ha podido hacer pie entre las masas ni acercarse al poder”. Y, aunque esta aseveración pecara de absoluta, lo cierto es que, como asevera Marta Harnecker, con vistas a “luchar eficazmente contra el neoliberalismo es necesario articular a todos los que sufren sus consecuencias, y para conseguir ese objetivo debemos empezar por la propia izquierda, que en nuestros países suele estar muy dispersa. Pero no son pocos los obstáculos que se nos interponen en esta tarea. Estar conscientes de ellos y prepararse para enfrentarlos es el primer paso para poder superarlos. Uno de estos obstáculos es el creciente escepticismo popular en relación con la política y los políticos”.

Escepticismo que en buena medida responde a las limitaciones de los regímenes que sucedieron a las dictaduras militares. Sobre todo, una democracia tutelada, controlada o de baja intensidad que restringe drásticamente la capacidad de las autoridades elegidas. “Las principales decisiones son tomadas en órganos de carácter permanente, no electos, y, por lo tanto, no sujetos a cambios producto de los resultados electorales, como el Consejo de Seguridad Nacional, el Banco Central, las instancias económicas asesoras, la Corte Suprema, la Contraloría, el Tribunal Constitucional, etcétera. Grupos de profesionales y no de políticos son los que hoy adoptan las decisiones o tienen una influencia decisiva sobre éstas. La aparente neutralidad y despolitización de dichos órganos oculta una nueva manera de hacer política de la clase dominante”.

Como si no bastara, precisa la psicóloga y socióloga en la obra Ideas para la lucha, las élites han perfeccionado enormemente los mecanismos de fabricación del consenso, acondicionadores en alto grado de la forma de percibir la realidad, lo cual explica que partidos conservadores, defensores a rajatabla de los intereses de una minoría de la población, logren transmutarse cuantitativamente en partidos de masas, y que los sectores sociales más pobres de la periferia de las ciudades y del campo se conviertan en sostén de candidatos reaccionarios.

Pero la derecha no queda en esos lindes, sino que se ha apropiado inescrupulosamente del lenguaje de sus rivales, con términos tales reformas, variaciones de estructura, preocupación por la pobreza, transición, cuestionamiento del mercado, reconocimiento de la necesidad del papel regulador del Estado. A lo que se suma la vitanda adopción por agrupaciones autocalificadas de progresistas de una línea apenas diferente de la habitual entre las tradicionales.

Ello, acota Harnecker, en un contexto en que cada vez más gente rechaza las prácticas clientelistas, poco transparentes y corruptas de aquellos que solo se arriman al pueblo en los instantes del sufragio; que se desgastan en contiendas intestinas, de fracciones y pequeñas ambiciones, con decisiones de cúpulas, sin una real consulta con las bases; y entre los que predomina el liderazgo unipersonal sobre el colectivo. De ahí, el repudio generalizado a los mensajes que no trascienden las meras palabras, que no se traducen en actos. El desencanto deviene harto grave, pues, si “la derecha puede perfectamente prescindir de los partidos políticos, como lo demostró durante los períodos dictatoriales […], la izquierda no puede prescindir de un instrumento político, sea éste un partido, un frente político u otra fórmula”.

Ahora, en una más distinguible sintonía con las reflexiones de Petruccelli, la aludida escritora considera que “otro obstáculo para la unidad de la izquierda es que –luego de la derrota del socialismo soviético, la crisis del Estado benefactor impulsado por la socialdemocracia europea y del desarrollismo populista latinoamericano– ésta tiene grandes dificultades para elaborar una propuesta alternativa al capitalismo –socialista o como se la quiera llamar– rigurosa y creíble, que pueda asumir los datos de la nueva realidad mundial”.

Sin vacilar coincidamos en que la formación basada en la maximización de las ganancias, exprimiendo la plusvalía, ha revelado una gran habilidad para reciclarse y emplear la flamante revolución tecnológica en su favor, fragmentando a la clase obrera, coartando su poder de negociación, sembrando el pánico de la desocupación, “mientras la izquierda se ha quedado muchas veces anclada en el pasado. Existe un exceso de diagnóstico y una ausencia de terapéutica. Solemos navegar políticamente sin brújula”.

¿Entonces?

Los ejemplos de los avatares por los que ha atravesado la teoría liberadora y la quiebra del socialismo en un grupo de países –si estos en verdad lo ensayaron– no se truecan en argumentos contrarios al marxismo. Permanecen en pie, verbigracia, las conclusiones acerca de las premisas del derrumbe del “ancien regime”: “El crecimiento económico inherente al desarrollo capitalista ha destrozado el suelo sobre el que se levanta todo el edificio social. La devastación incesante y sistemática de la naturaleza coloca a la civilización del capital a las puertas de un colapso, debido a la incapacidad de integrarse establemente en el medio ambiente. El proceso que un tanto reductivamente se llama ‘cambio climático’ es ya una realidad palpable incluso a simple vista. Y de consecuencias dramáticas en lo que tienen de previsibles; e imprevisibles si el aumento de la temperatura promedio no se detiene en 1,5 grados. Aquí están las claves de lo que bien se puede llamar ‘crisis civilizatoria’”.

Siguiendo la lógica de Petruccelli, a quien acabamos de citar, quizás el talón de Aquiles de la formación no se sitúa en la actualidad tan marcadamente como antaño en su “primera contradicción”, entre el capital y el trabajo, sino que “la contradicción capital/naturaleza ha saltado, pues, al primer plano, amenazando con catástrofes inauditas. De hecho ya estamos experimentando anticipos del mundo dislocado que se avecina. La pandemia del covid-19 es un botón de muestra. En primer lugar porque la proliferación de nuevos virus, lejos de ser un proceso puramente natural, es algo propiciado por el tipo de producción industrial de animales de granja en base a antibióticos y por el avance indiscriminado sobre las selvas y bosques que quedan en el mundo. Esa es la razón de que en los últimos diez años haya habido diez pandemias. Y habrá más en el cercano futuro”.

No obstante el que el megacontagio no entraña nada particularmente relevante ni por su letalidad ni por su tasa de expansión en comparación con otros fenómenos de ese cariz, lo ha convertido en acontecimiento histórico sin precedentes el que ha afectado a naciones y estamentos normalmente invulnerables a las fundamentales causas de mortalidad, “desatando un pánico de masas entre las clases altas y medias del mundo del capital. Es la primera vez que experimentan en carne propia las consecuencias nefastas del desarrollo capitalista. Hay un contraste absolutamente obsceno entre la alarma, la movilización de recursos y la paralización social masiva que ha provocado el covid-19, y la pasividad y naturalidad con que se miran los más de seis millones de niños que mueren en el mundo año tras año por hambre, o por circunstancias vinculadas con el hambre. O el millón de vidas que se cobra anualmente la malaria, pese a que hace ya mucho tiempo que se dispone de la vacuna”.

Asertos más que validados en tiempos del neoliberalismo, cuyos dogmas, que sufrieron la seria sacudida de la última crisis financiera –detonada en 2008–, hoy han sido aplastados uno a uno por el paso arrollador del SARS-CoV-2. Marc Vandepitte, en artículo publicado originalmente en De Wereld Morgen y traducido del neerlandés para Rebelión por Sven Magnus, relaciona mitos rotos:

“Vivimos por encima de nuestras posibilidades, no hay dinero”. O sea, que “la atención sanitaria era demasiado cara, los subsidios de desempleo demasiado generosos, los salarios demasiado altos y simplemente no había dinero para asuntos sociales o culturales. El déficit y las deudas del gobierno se tenían que reducir y por eso teníamos que ahorrar en todo. Ahora, de la noche a la mañana parece haber dinero y parecen haber encontrado gigantescos botes de dinero. Hoy en día se gastan miles de millones de euros como si nada. Un déficit en el presupuesto de más de tres veces el tres por ciento acordado en el tratado de Maastricht o una deuda mucho mayor que el ciento por ciento del PIB, de repente, dejaron de ser un problema”.

Otra leyenda: “El mercado libre lo resuelve todo, el Estado es ineficiente. Privatizar y desregularizar lo más posible, esa era la consigna. El Estado tenía que ‘adelgazar’ lo máximo posible e intervenir lo menos posible. Durante la coronacrisis el mercado libre falló completamente. Quizás lo más notable fue el caso de los tapabocas. Al mismo tiempo vimos tanto un dramático retorno como la rehabilitación del gobierno público. Se hizo visible para todos que sólo el Estado puede controlar y superar una crisis de tal magnitud. Se nacionalizaron fácilmente en su totalidad o en parte sectores importantes de la economía. Según The Wall Street Journal, las medidas de estímulo económico en los Estados Unidos son ‘el mayor paso hacia una economía de planificación centralizada que jamás haya dado Estados Unidos’”.

Figura en la lista la ilusión de que “el capital y la empresa crean riqueza. Son los empresarios los que crean riqueza. Gracias a su capital, coraje e innovación, crean empleo y aumentan la riqueza de un país. Los confinamientos en los distintos países revelaron todo lo contrario en todas partes: son los trabajadores y su trabajo los que crean la riqueza. Cuando parte de la población activa se vio obligada a dejar de trabajar, el crecimiento económico se desplomó. Es el trabajo el que crea al capital y no al revés. El confinamiento también demostró que a menudo son los trabajos más esenciales los que están peor pagados”.

A continuación, “lo que es bueno para los ricos es bueno para todos. Precisamente porque la riqueza la crean el capital y los empresarios, los tenemos que mimar. Las medidas que favorecen a los empresarios y a las rentas altas (regalos fiscales, subsidios salariales, ayudas estatales, etc.) aumentan la inversión y crean puestos de trabajo. Su ventaja se filtra finalmente hasta abajo”. Falacia destruida por completo por la enfermedad. Mientras los multimillonarios de EE.UU. han visto aumentar sus activos en una quinta parte desde el 18 de marzo, el “efecto goteo” brilla por su ausencia. En el orbe, cientos de millones de personas engruesan las cifras de la pobreza extrema.

Por último, mencionemos con el economista otra fábula en solfa: “la gente es egoísta”. Es decir, que “el ser humano es capaz de hacer el bien, pero por naturaleza es malo. Está impulsado en primer lugar por el interés propio. Esto es lo que los gurús neoliberales nos han estado diciendo durante décadas. Al final, según ellos, esto es ventajoso porque el interés propio lleva a la competencia y eso es precisamente lo que impulsa nuestra economía”. Al contario: “la solidaridad espontánea y masiva que surgió durante la coronacrisis arrasó con esta cínica imagen del ser humano. Los jóvenes fueron a hacer compras para sus vecinos ancianos, miles de voluntarios hicieron tapabocas o se presentaron en los bancos de alimentos para ayudar. A pesar de la falta de equipos de protección, las enfermeras empezaron a cuidar de sus pacientes arriesgando su propia salud y, por tanto, sus vidas. Ciertamente, había grupos a los que no les importaban las medidas de seguridad, pero esas eran las excepciones que confirmaban la regla. La coronacrisis muestra hoy más que nunca que el ser humano es esencialmente un súper colaborador […]. Wendy Carlin, profesora de economía, lo expresa así: ‘Habrá que actualizar finalmente el modelo del actor económico como amoral y egocéntrico’”.

La realidad corrobora

Ante un sistema a todas luces in extremis, ¿dónde situar el pensamiento crítico? ¿En el desván de la historia, o a la cabeza de las herramientas teóricas para agenciarse un mundo más justo, o justo, porque este no lo es? Como nos enseñan las últimas crisis, se trataría (se trata) de que nos concertemos en la brega por salir del estancamiento económico, frenar los mercados financieros, romper el poder desproporcionado de las multinacionales… Abogar por una redistribución de la riqueza. ¿Y esto no es propuesta del marxismo, doctrina que únicamente haremos progresar si somos fieles al espíritu de los sabios alemanes que nos la legaron, negándolos dialécticamente, asimilándolos pero superándolos al compás de los tiempos? Nada, que sempiternos detractores e improvisados cambiacasacas habrán de asumir la validez de la frase que nos sirve de leimotiv. Señores, “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.


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