Publicado en línea el Viernes 1ro de enero de 2021, por Bea Morales

Viendo en los telediarios la ‘terrible’ situación de los transportistas atrapados en la frontera entre Francia y el Reino Unido, obligados a pernoctar en sus vehículos y cenando comida fría, me resulta imposible no intentar relativizar nuestras tragedias –la pandemia, sin desmerecer todo el dolor que implica, el Brexit, la crisis que debilita el tejido económico, la anormalidad de las fiestas navideñas– a fuerza de contextualizar otras tragedias que bien podrían ser las nuestras. La Historia, cíclica y caprichosa, nos desampara una década y nos colma de seguridad y bienestar otra, pero eso no nos hace inmunes a sus desmanes. Y como decía aquella vieja pintada, lo peor está siempre por llegar.

Para los sirios, lo peor llegó hace diez largos años y se quedó de forma indefinida. Sumidos aún en una guerra devastadora que ejerció un efecto imán a la hora de atraer a lo peor de cada casa –yihadistas, mercenarios, salafistas y buscavidas, rusos, iraníes, norteamericanos, turcos, israelíes, emiratíes, saudíes, kuwaitíes y un largo etc, suníes extremistas, chiíes extremistas, Hizbulá, los houthis, kurdos e incluso antifa–, la legítima revolución democrática quedó secuestrada por la violencia en los orígenes del conflicto. También quedaron cautivos de sus propias circunstancias los refugiados que han ido escapando en estos años del infierno para llegar a otro infierno menor, a quienes el COVID-19 condena, más que nunca, al olvido.

Un informe publicado la semana pasada por la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados en colaboración con el Programa Mundial para los Alimentos y UNICEF, arroja conclusiones desoladoras. El estudio concluye que nueve de cada diez familias de refugiados sirios en el Líbano viven ahora en una pobreza extrema, con miles de familias precipitándose cada día que pasa en la miseria y en la vulnerabilidad. No salían pobres de Siria, donde la mayor parte tenía pequeños huertos y criaban animales antes de la guerra, pero a medida que sus ahorros se desvanecieron se han convertido en pobres de solemnidad.

Los datos son más que comprensibles en una nación como el Líbano, que se desliza de forma imparable a la condición de Estado fallido desde hace años y con particular impulso en los últimos meses, desde que la incompetencia de la clase política que se reparte el poder con cuotas sectarias para esquilmar el país estallase en forma de depósito de nitrato de amonio, reventando buena parte de Beirut y matando a un centenar de personas.

La crisis económica que padece –con una deuda pública que equivale al 170% de su PIB, la devaluación de la libra libanesa, que ha perdido más del 75% de su valor, el aumento de precios de productos básicos de hasta el 170% y una tasa de desempleo del 35%– se agrava cada día que pasa. Los cortes de suministro eléctrico pueden llegar a 22 horas diarias y todos aquellos que pueden emigrar, lo han hecho.

Se calcula que el 40% de la población libanesa vive bajo el límite de la pobreza. Si la situación es insostenible para ellos, pensemos en el millón y medio de refugiados sirios o en los 400.000 palestinos que sobreviven en el país del Cedro. Según el informe de la ONU, el 89% de los sirios sobreviven con menos de 168 euros al mes, menos de la mitad del sueldo mínimo local. Hace sólo un año, el porcentaje de refugiados que sobrevivía con esa cifra era del 55%. En palabras de la representante especial de ACNUR en Líbano, Mireille Girard, “la situación para los refugiados se ha ido deteriorando durante años, pero los hallazgos del estudio son un indicativo dramático de lo difícil que se ha hecho, para ellos, sobrevivir un día más”.

El informe revela que el nivel de deuda entre los refugiados ha aumentado un 18% –el 93% se endeuda para comprar comida, el 48% para alquilar un techo y el 34% para adquirir medicinas– y que nueve de cada diez hogares tienen deudas, lo cual no resulta extraño dado que los precios se han triplicado desde octubre de 2019. La mitad de las familias entrevistadas para el informe padecen inseguridad alimentaria, una cifra que hace sólo un año alcanzaba el 28%, como también se ha duplicado el número de familias que ha reducido las porciones o ingestas diarias (casi el 50%). Todo eso deriva en decisiones desesperadas como la mendicidad, el matrimonio infantil y la retirada de los niños de las aulas para que comiencen a trabajar. La pandemia ya había diezmado los colegios y la crisis ya había duplicado el trabajo infantil: si hace un año un 2.6% de los menores era explotados, ahora lo es el 4.4%.

Resulta desolador pensar que nuestra empatía hacia el dolor de las comunidades negadas fue desapareciendo a medida que aumentaba nuestro propio sufrimiento, incomparable pero tangible. Mientras aquí competimos por una vacuna, allá lo hacen para no morir de hambre. Siempre hubo clases, incluso en las crisis.

Fuente: https://www.lamarea.com/2020/12/24/crisis-de-primera-y-de-segunda/


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