Publicado en línea el Miércoles 23 de diciembre de 2020, por Admin2

Foto: Charity Tsitey, de 11 años, en la escuela improvisada de Toworfe y Kakasunaka. (José Ignacio Martínez Rodríguez)

A Adam Ali, de diez años, le gustan las ciencias. Le gustan, dice, porque con ellas aprende a distinguir y cuidar las plantas de su entorno y a prevenir las enfermedades de las personas a las que aprecia. Cuando crezca y se haga mayor, quiere ser médico. Pero el pequeño ha encontrado ahora un nuevo escollo; tuvo que dejar de aprender hace unas semanas. “El colegio al que voy normalmente está cerrado. No puede ir nadie”, dice. Adam Ali nació y vive en una humilde y pequeña comunidad a las afueras de Ashaiman, una ciudad de unos 190.000 habitantes junto al lago Volta, en el sureste de Ghana y a unos 30 kilómetros de Accra, capital de una nación situada en el golfo de Guinea en el que conviven 28 millones de personas.

El absentismo escolar de Adam Ali y de millones de niños de su país es una de las consecuencias indirectas que ha traído consigo el nuevo coronavirus. Aunque el efecto de la pandemia no ha sido tan letal en Ghana como se podía prever con un sistema sanitario tan precario (un médico por 10.000 habitantes y una cama por cada mil), ya que el servicio de salud del país ha reportado algo menos de 50.000 casos y alrededor de 320 muertos desde el mes de marzo, algunas decisiones políticas pueden traer consecuencias muy graves para el futuro. El Gobierno que encabeza Nana Akufo-Addo decretó, entre otras medidas, el cierre de los colegios y universidades. En abril decidió levantar gradualmente esta prohibición: los alumnos que cursaban el último año de cualquiera de los tres ciclos escolares del sistema educativo ghanés pudieron volver a las clases poco a poco. El resto todavía espera noticias.

Lo que está pasando en Ghana es similar a lo que sucede también en muchas naciones del mundo, sobre todo en el África subsahariana. Unicef estima que al menos la mitad de los niños en edad escolar de esta región tiene cerrado su colegio por culpa de la pandemia y que la mayoría no puede seguir las clases online porque no dispone de acceso a internet. Los padres, las cabezas de las familias, están sufriendo este hecho con especial virulencia; muchos deben quedarse en casa para cuidar a sus hijos. Esto puede derivar en miseria y hambre. Valga el ejemplo de Ghana, donde el 87% de las personas viven de la economía informal. Para ganar algo de dinero, para comer, deben salir. Y, si no lo hacen, no tienen qué llevar a la mesa.

Lawson teme que con un cierre de los colegios tan absoluto se aboque también a muchos estudiantes a no regresar nunca a los estudios

De hecho, África tiene ya un triste precedente a la hora de evaluar las consecuencias de cerrar las escuelas por culpa de un virus mortal. En 2014, cuando el ébola comenzaba a hacer estragos, el Gobierno de Sierra Leona (el sexto país más pobre del mundo) adoptó esta medida en una decisión que se prolongaría algo más de nueve meses y que afectó a más de un millón y medio de niños. El país optó entonces por ofrecer clases a través de la radio, decisión que preservó un cierto vínculo con el aprendizaje durante la crisis sanitaria, aunque las fallas fueron notorias. Sin otra cosa que hacer que estar en casa, unas 300.000 niñas se quedaron embarazadas, con grandes impedimentos después para reincorporarse a las aulas por el estigma y el machismo. El problema se recrudeció en comunidades sin recursos o con ingresos más bajos por la imposibilidad de comprar aparatos radiofónicos y en pueblos y aldeas remotas por la falta de señal.

Ghana, y más concretamente comunidades como en la que vive Adam Ali, no es ajena a estos problemas de miseria y escasez. El 25% de la población aquí vive bajo el umbral de la pobreza, el 7% lo hace en la pobreza extrema y el 17% ni siquiera puede conectarse a tendido eléctrico alguno. Lugares en el que un simple frigorífico, un ordenador o una estantería con libros son lujos al alcance de muy pocas personas.

El peligro de no regresar al colegio

Lawson Toworfe y Michel Camp Kakasunaka saben bien lo que es moverse entre chavales y aulas. Antes de la pandemia, Kakasunaka era profesora en una escuela de Ashaiman. Lawson, informático de profesión, arregla los ordenadores de ese mismo colegio, al que acude su hijo, y también los de otros muchos negocios y empresas, edificios de gestión pública y sedes de diferentes ONG. Ambos vieron cómo los pequeños debían quedarse en casa y detener su aprendizaje. Y no se lo pensaron. “Usaba este pequeño cuarto como oficina para trabajar y ahora lo utilizo como una especie de colegio informal. Vienen unos treinta niños, todos de la comunidad, y hemos creado dos grupos. Primero acuden los menores de diez años. Después, los mayores. Nuestros nuevos alumnos pasan aquí unas dos horas”, explica Toworfe.

Lawson teme que con un cierre de los colegios tan absoluto se aboque también a muchos estudiantes a no regresar nunca a los estudios. En ambientes tan faltos de todo, muchos hombres y mujeres llevan a sus hijos a trabajar con ellos (en el campo o en pequeños negocios locales), una decisión que puede convertirse en irreversible si se prolonga en el tiempo. “He tenido que ir a algunas casas a pedir a los padres que dejen a los chicos venir a nuestras clases. Les intento convencer diciéndoles que es importante para ellos, que podrán tener mejores trabajos en el futuro. Pero resulta muy complicado. Sí, muy complicado… ”, apunta. Y lo cierto es que esta lacra, la mano de obra infantil, no es algo inusual en esta parte del planeta ni en otras con semejantes problemas de pobreza: hay alrededor de 48 millones de niños que trabajan en el África subsahariana y más de 150 millones en todo el mundo.

Realmente, la pequeña escuela improvisada que han montado Toworfe y Kakasunaka, a la que acude Adam Ali, el chico que quiere ser médico, dispone solo de lo necesario. Unos 15 pupitres se agrupan respetando, como pueden, la distancia de seguridad para detener la propagación del virus. Justo enfrente, una mesa repleta de ordenadores desmontados antecede a una pizarra donde Michel da clases de matemáticas, inglés, ciencias e informática. “Si en la escuela donde trabajo normalmente hay dificultades incluso para comprar los libros necesarios, imagínate aquí”, afirma la joven, de 22 años. Ella, prosigue, está especializada en educar a niños de tres a cinco años, así que preparar estas clases le supone un esfuerzo extra. Con todo, ve muchas razones para mirar este proyecto con cierto optimismo. “¡Si hasta hay chavales que me dicen que les encanta cómo les enseño! Esas cosas lo compensan todo…”.

Según el Servicio de Estadística de Ghana, el 80% de la población carece de acceso a saneamiento y el 35% de la gente debe usar por obligación un baño público para asearse

Zainabu Ali, una muchacha de ocho años, sueña con convertirse en ingeniera informática. Es una profesión que ha descubierto hace poco. Lawson aprovecha algunos ordenadores que tiene en propiedad y que ha ido arreglando durante los últimos años, esos que sus clientes han desechado por antiguos o inservibles, para enseñar su manejo básico a los pequeños. “¡Ya sé teclear muy rápido! Y, poco a poco, estoy aprendiendo a utilizar distintos programas”, dice Zainabu. “Aquí somos menos que en mi clase del colegio y, cuando fallamos, nadie se ríe. Creo que eso es lo que más me gusta de venir”, añade. Su hermana mayor asiente junto a ella. Ambas tienen otro hermano que sí puede acudir a la escuela normal al cursar el último año del segundo ciclo escolar.

Con todo, el pequeño proyecto de Lawson y Michel se encuentra con piedras en el camino. A las lógicas medidas de higiene, muy difíciles de seguir incluso en los domicilios —según el servicio de Estadística de Ghana, el 80% de la población ghanesa carece de acceso a saneamiento y el 35% de la gente debe usar por obligación un baño público para asearse—, se le suman las grandes distancias a recorrer, la merma o la completa desaparición de sus salarios o la lucha contra problemas endémicos de comunidades como en las que ellos viven.

“Tardo casi dos horas en venir; debo coger tres autobuses para llegar aquí porque vivo en la otra punta de Accra”, dice Michel. Y agrega: “Como soy mujer, también me interesan temas específicos de niñas. Por ejemplo, en el segundo grupo intento concienciar sobre embarazos adolescentes o VIH. Algunas alumnas están en edad de empezar con novios y me preocupo por ellas y su futuro”.

Tras dos horas de clases, los pequeños del primer turno recogen los bártulos y dejan paso a los mayores, que esperan en la puerta de la oficina que hoy funciona como escuela. “Cuando el colegio reabra, volveré. Pero, hasta entonces, seguiré viniendo aquí con mis amigos”, afirma Charity Tsitey, un chaval de once años que viste una vieja camiseta de la selección de fútbol de Brasil con el nombre de Ronaldinho a la espalda. Con pizarras, tizas, libros y ordenadores, Lawson y Michel no vencerán al nuevo coronavirus, pero sí pondrán un granito de arena para que esas estadísticas tan negativas, esas que dicen que el 28% de la población ghanesa es analfabeta, o las que hablan de pobreza extrema o de miseria, no sigan aumentando debido a la pandemia.

Este material se comparte con autorización de El Salto

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