Publicado en línea el Martes 15 de diciembre de 2020, por Bea Morales

Este 06 de diciembre se conmemoran 10 años del reconocimiento de Palestina como un “Estado libre e independiente” por parte de la república Argentina. La noticia se dio a conocer a través de un comunicado firmado por la presidenta de ese país Cristina Fernández de Kirchner, el cual fue leído durante una conferencia de prensa por parte de su canciller Héctor Timerman. Este significativo paso marcó un precedente a favor no sólo para la causa Palestina sino además demostró con acciones concretas aplicadas por el gobierno argentino de respetar lo establecido en la legislación internacional y en las distintas resoluciones emanadas por la ONU en las que se tipifican el derecho que tiene el pueblo palestino a constituir un Estado libre y soberano. El protocolo planteado por parte de la Cancillería argentina no sólo se cumplió de manera textual sino además la misma presidenta Fernández le comunicó directamente al presidente de Palestina, Mahmoud Abbas, la posición oficial que tendría desde ese momento el Estado argentino sobre la causa palestina.

Más allá de las interpretaciones de orden semántico o jurídico que se hicieron y que todavía se plantean sobre el comunicado leído ese lunes 6 de diciembre por Timerman, el gobierno argentino estableció los primeros pasos con el propósito de concretar una verdadera política de “equidistancia” con respecto a la realidad palestina-israelí. Este término, que supone había sido soporte de la política exterior fijada por el Estado argentino desde 1947, año en el cual en la Asamblea General de Naciones Unidas se recomendó a través de la Resolución 181, la creación de un Estado israelí y otro árabe palestino en territorio de la Palestina histórica, pasó a tener otras dimensiones desde el Decreto número 1882 / 2010 emanado con la rúbrica de la Presidenta Fernández y difundido hace 10 años por el máximo titular del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina. Es importante mencionar que en aquella votación establecida en la ONU al final de la década de los años 40 del siglo XX, Argentina, junto a otros 10 países se abstuvo de apoyar dicha Resolución que marcó de forma negativa al pueblo palestino. No corresponde en este caso analizar las razones de fondo que animaron al gobierno argentino de esa época de fijar esta cautelosa posición en un contexto global en el cual la comunidad internacional buscó de manera improvisada resarcir a la población que profesa la religión judía por lo padecido durante la Segunda Guerra Mundial, transfiriendo gran parte de las consecuencias de un conflicto bélico originado por Occidente, a Oriente Medio, siendo los más afectados en este caso y como lo dictaminaron los hechos desde el año 1947 y hasta la fecha, la población Palestina.

Para la internacionalista Orlena Fabani, la posición de equidistancia de la política exterior de Argentina con respecto al tema palestino-israelí se asocia “con la histórica apuesta de los gobiernos argentinos en pos de sostener una posición equilibrada en lo referente a la disputa entre palestinos e israelíes, que ha coincidido con la voluntad de las sucesivas gestiones en el poder de preservar sus buenas relaciones no sólo con los países de Medio Oriente sino con el conjunto de actores que tienen intereses en juego en el conflicto”. Aquí se plantean varios aspectos que es clave analizarlos porque nos permiten comprender de qué manera la “equidistancia”, más que una intención de la búsqueda de “equilibrio” sobre el tema en cuestión, terminó siendo sólo una expresión deseo o en el peor de los casos funcionó como dispositivo de normalización de la ocupación en los territorios palestinos por parte de Israel. El “equilibrio” como principio de “neutralidad” o “equidistancia” frente a una fuerza ocupante que viola el derecho internacional tiene que verse desde una postura crítica indistintamente de las complejidades que tengan los Estados para fijar una posición clara con respecto al tema palestino, debido a que en este caso se trata de una violación de derechos humanos o “genocidio progresivo”, como califica el historiador israelí Illan Pappe las acciones que ejecuta Israel en contra de los palestinos.

Existen elementos que seguro han permeado por décadas la política exterior argentina al momento de fijar una posición sobre la realidad palestino-israelí; entre estos se puede destacar la presencia más alta en esta región (se estima que superan los 230 mil) de ciudadanos argentinos que profesan la religión judía y que en algunos casos dentro de esta comunidad se determina el dilema de la doble lealtad con respecto a su identidad; es decir, se asumen argentinos por circunstancias geográficas de su nacimiento pero a su vez se sienten identificados con el Estado de Israel por sus creencias religiosas y especialmente porque han sido influidos y por ende disciplinados directamente por las estrategias de asimilación planteadas desde esta instancia de poder, en las que se ha impuesto el discurso de ser los “representantes del pueblo judío en el mundo”; poniendo de manifiesto no sólo el rasgo confesional de ese Estado, planteado por sus dirigentes como “Estado Judío de Israel”, sino además resaltando el fundamentalismo judío, característica de la que poco se habla en los medios de información o en el campo académico.

Por otro lado las estructuras de propaganda del Estado de Israel han construido una narrativa muy bien diseña a los fines de neutralizar cualquier crítica que se platee por aquellos grupos, individuos o Estados que se atreven a cuestionar sus acciones, calificándolos como “antisemitas”. Además el Estado de Israel y sus grupos de presión en el mundo y especialmente en Argentina, se han ubicado en el ecosistema político de este país con el objetivo de preservar los intereses del Estado de Israel y sus aliados; la influencia es de tal magnitud que, cuando se analizan las campañas electorales para la elección de representantes del Estado Argentino en todos sus niveles, se construyen matrices discursivas por parte de los candidatos para garantizar lo que en este país se define como “el voto judío, o voto de la comunidad judía”. Este rasgo del entramado social por alcanzar el poder y preservarlo que subyace en la política argentina hay que mirarlo con especial atención porque no sólo es un síntoma que identifica a organizaciones de derecha o de la socialdemocracia de esta nación, sino además aparece de forma recurrente en grupos identificados con la izquierda o los movimientos nacionalistas argentinos.

Establecer una política exterior con respecto a la ocupación que padece Palestina, implica por parte de los gobiernos, resaltar su voluntad de adherirse a la legislación internacional sobre todo a lo concerniente a la preservación de los derechos humanos. Es importante subrayar que para el momento del reconocimiento argentino de Palestina como Estado, cien países ya habían tomado esta decisión que busca no sólo garantizar la conformación de un Estado libre y soberano palestino sino además establecer una paz sostenible en Oriente Medio. La decisión del gobierno argentino ameritó una posición osada de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no solamente por lo antes descrito sino por las consecuencias que tuvo con los aliados incondicionales de Israel que, en el caso específico del gobierno de los Estados Unidos, los hechos determinaron que desde el año 1947 y hasta la actualidad, ha funcionado como el principal promotor de la ocupación en Palestina y especialmente como un mediador parcial y deshonesto sobre el tema palestino-israelí. El propósito de lograr un “equilibrio” o “neutralidad” con respecto a Palestina e Israel en materia de política exterior se puede asumir como eufemismos que siempre han favorecido a la potencia ocupante. La correlación de fuerzas es desigual especialmente si se analiza el rol que ejerce el gobierno de los Estados Unidos en el campo financiero, de asistencia militar y de presión internacional a favor del Estado israelí, indistintamente de quien ocupe el Salón Oval de la Casa Blanca.

El talante democrático de un jefe de Estado no sólo se evidencia por su manera de respetar lo que dicen las mayorías sino especialmente por la forma cómo trata a las minorías en su zona de influencia inmediata. El número de familias palestinas residentes en Argentina es mínimo; sin embargo, lo que en esta nación del Sur representa a una minoría, en el clima internacional se traduce en una importante mayoría puesto que hoy 140 naciones reconocen a Palestina como un Estado soberano; es decir, el gobierno argentino no sólo se abocó a dar un paso fundamental en su política exterior que benefició a las y los residentes palestinos en este país suramericano, sino además respondió de manera categórica a favor de los derechos que tienen los palestinos que viven como refugiados, aquellos que están en territorio palestino bajo ocupación, en países vecinos y por los que viven en condiciones desiguales en Israel. El reconocimiento palestino por parte de Argentina se dio además en el contexto de otros que tuvieron un peso significativo para la región como el de Brasil, el cual lo asumió el 01 de diciembre de 2010, y el de Uruguay que lo promulgó el 15 de marzo de 2011.

Mariano Ali es editor de PalestinaSoberana.Info

Fuente: http://palestinasoberana.info/?p=38525


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