Publicado en línea el Viernes 11 de diciembre de 2020, por JDF

Por entonces me hallaba en medio de un proceso de décadas lidiando con la ideología oficial de China, incluso cuando era responsable de adoctrinar en la misma a los funcionarios. Una vez marxista ferviente, me separé del marxismo y busqué cada vez más en el pensamiento occidental las respuestas a los problemas de China. Una vez orgullosa defensora de la política oficial, había comenzado a defender la liberalización. Una vez miembro leal del PCCh, albergaba dudas en secreto sobre la sinceridad de sus creencias y su preocupación por el pueblo chino.

Así que no debería haberme sorprendido cuando resultó que Xi no era un reformador. En el transcurso de su mandato, el régimen ha degenerado aún más en una oligarquía política empeñada en aferrarse al poder mediante la brutalidad y la crueldad. Se ha vuelto aún más represivo y dictatorial. Un culto a la personalidad rodea ahora a Xi, quien ha reforzado el control del partido sobre la ideología y ha eliminado el poco espacio que había para el discurso político y la sociedad civil. Las personas que no han vivido en la China continental durante los últimos ocho años difícilmente podrán comprender cuán brutal se ha vuelto el régimen, de cuántas tragedias silenciosas ha sido autor. Después de hablar en contra del sistema, supe que ya no era seguro para mí vivir en China.

La educación de una comunista

Nací en una familia de militares comunistas. En 1928, al comienzo de la guerra civil China, mi abuelo materno se unió a un levantamiento campesino liderado por Mao Zedong. Cuando los comunistas y los nacionalistas suspendieron las hostilidades durante la Segunda Guerra Mundial, mis padres y gran parte de la familia de mi madre lucharon contra los invasores japoneses en ejércitos liderados por el PCCh.

Después de la victoria de los comunistas, en 1949, la vida era buena para una familia revolucionaria como la nuestra. Mi padre estaba al mando de una unidad del Ejército Popular de Liberación cerca de Nanjing y mi madre disponía de un despacho en el gobierno de esa ciudad. Mis padres nos prohibieron a mis dos hermanas y a mí aprovechar los privilegios de sus puestos, no querían que nos convirtiéramos en unas “damas burguesas malcriadas”. No podíamos viajar en el automóvil oficial de nuestro padre, y sus guardias de seguridad nunca hacían recados familiares. Aun así, me beneficié del estatus de mis padres y nunca sufrí las privaciones que sufrieron tantos chinos en los años de Mao. No supe nada de las decenas de millones de personas que murieron de hambre durante el Gran Salto Adelante.

Todo lo que podía ver era el brillante futuro del socialismo. Las estanterías de mi familia estaban repletas de títulos marxistas como las obras seleccionadas de Stalin y lecturas obligatorias para cuadros. Cuando era adolescente, recurrí a estos libros como lectura extracurricular. Siempre que los abría, me llenaba de reverencia. Aunque no pude captar la complejidad de sus argumentos, mi misión era clara: debo amar a la patria, heredar el legado revolucionario de mis padres y construir una sociedad comunista libre de explotación. Yo era una verdadera creyente.

Adquirí una comprensión más sofisticada del pensamiento comunista después de unirme al Ejército Popular de Liberación en 1969, a los 17 años. Con la Revolución Cultural en pleno apogeo, Mao exigió que todos leyeran seis obras de Karl Marx y Friedrich Engels, incluido El Manifiesto Comunista. Un pasaje utópico de ese libro me dejó una impresión duradera: “En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clase, tendremos una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos”. Aunque realmente no entendía bien el concepto de libertad en aquel momento, esas palabras se quedaron en mi cabeza.

El Ejército Popular de Liberación me asignó a una escuela médica militar. Mi trabajo consistía en gestionar la biblioteca, que tenía traducciones al chino de obras “reaccionarias”, principalmente de literatura occidental y filosofía política. Destacados por sus cubiertas grises, estos libros estaban restringidos a los miembros del régimen a fin de que se familiarizaran con los oponentes ideológicos de China, pero, en secreto, yo también los leía. Lo que más me impresionó fue El ascenso y caída del Tercer Reich, del periodista estadounidense William Shirer y una colección de ficción soviética. Me di cuenta de que había un mundo de ideas fuera de los clásicos marxistas. Pero seguía creyendo que el marxismo era la única verdad.

Dejé el ejército en 1978 y conseguí un trabajo en el sindicato dirigido por el Partido en una fábrica de fertilizantes estatal en las afueras de la ciudad de Suzhou. Para entonces, Mao estaba muerto y la Revolución Cultural había terminado. Su sucesor, Deng Xiaoping, estaba marcando el comienzo de un período de reforma y apertura y, como parte de este esfuerzo, estaba reclutando una nueva generación de cuadros reformistas que pudieran dirigir el Partido en el futuro. Cada organización local del Partido tenía que elegir algunos miembros para servir en este grupo, y la organización de Suzhou me eligió a mí. Me enviaron a un programa de dos años en la Escuela Municipal del Partido de Suzhou, donde mis compañeros de estudios y yo estudiamos la teoría marxista y la historia del PCCh. También recibimos alguna capacitación en los clásicos chinos, un tema que nos habíamos perdido debido a la interrupción de la educación durante la Revolución Cultural.

Me leí El Capital dos veces y aprendí los entresijos de la teoría marxista. Lo que más me atrajo fueron las ideas de Marx sobre el trabajo y el valor, es decir, que los capitalistas acumulan riqueza aprovechándose del trabajo de los trabajadores. También me impresionó el enfoque filosófico de Marx, el materialismo dialéctico, que le permitió ver los sistemas políticos, legales, culturales y morales del capitalismo construidos sobre una base de explotación económica.

Cuando me gradué, en 1986, me invitaron a seguir allí en la escuela como miembro de la facultad, que en ese momento tenía poco personal. Acepté, lo que decepcionó a algunos de los líderes de la ciudad, que pensaban que tenía un futuro prometedor como aparatchik del partido. En cambio, mi nuevo trabajo lanzó mi carrera como académica en el sistema de adoctrinamiento ideológico del PCCh.

La estudiante se convierte en maestra

En la cima de ese sistema se encuentra la Escuela Central del Partido en Pekín. Desde 1933 ha capacitado a generaciones de cuadros de alto rango del PCCh que dirigen la burocracia china a nivel municipal y superior. La escuela tiene estrechos vínculos con la élite del Partido y siempre está dirigida por un miembro del Politburó. (Su presidente de 2007 a 2012 no fue otro que Xi).

En junio de 1989, el gobierno tomó medidas enérgicas contra los manifestantes a favor de la democracia en la plaza de Tiananmen y mató a cientos de ellos. En privado me horrorizó que el Ejército Popular de Liberación hubiera disparado contra estudiantes universitarios, algo que iba en contra del adoctrinamiento que había recibido desde mi niñez de que el ejército protegía al pueblo; solo lo mataban los “diablos” japoneses y los reaccionarios nacionalistas. Alarmados por las protestas, además de por la caída del comunismo en Europa del Este, los principales líderes del PCCh decidieron que tenían que contrarrestar la laxitud ideológica. Ordenaron a las escuelas locales del Partido que enviaran a algunos de sus maestros a la Escuela Central del Partido para que repasaran su pensamiento. Mi escuela en Suzhou me eligió. Mi breve experiencia en la Escuela Central del Partido me hizo querer estudiar allí durante mucho más tiempo. Después de pasar un año preparándome para los exámenes de ingreso, fui admitida en el programa de maestría en el departamento de teoría de la escuela. Estaba tan comprometida con la línea del PCCh que, a mis espaldas, mis compañeros de clase me llamaban “la vieja señora Marx”. En 1998 me doctoré y me incorporé a la facultad de la escuela.

Algunos de mis estudiantes eran graduados regulares, a quienes se les enseñaba un plan de estudios convencional en teoría política marxista e historia del PCCh. Pero otros eran funcionarios del partido de nivel medio y alto, incluidos los principales administradores provinciales y municipales y ministros de nivel de gabinete. Algunos de mis estudiantes eran miembros del Comité Central del PCCh, el órgano con cientos de delegados que está en la cima de la jerarquía del Partido y ratifica las decisiones importantes.

Enseñar en la Escuela Central del Partido no era fácil. Las cámaras de video en las aulas grababan nuestras conferencias, que luego eran revisadas por nuestros supervisores. Teníamos que hacer que el temario cobrara vida para los estudiantes experimentados y de alto nivel de la clase sin interpretar la doctrina con demasiada flexibilidad ni llamar la atención sobre sus puntos débiles. A menudo teníamos que encontrar respuestas inteligentes a preguntas difíciles hechas por los funcionarios en nuestras clases.

La mayoría de sus preguntas giraban en torno a las desconcertantes contradicciones dentro de la ideología oficial, que había sido elaborada para justificar las políticas del mundo real implementadas por el PCCh. Las enmiendas agregadas en 2004 a la Constitución de China dicen que el gobierno protege los derechos humanos y la propiedad privada. Pero, ¿qué pasa entonces con la opinión de Marx de que un sistema comunista debería abolir la propiedad privada? Deng quería “dejar que una parte de la población se enriqueciera primero” para motivar a la gente y estimular la productividad. ¿Cómo cuadraba eso con la promesa de Marx de que el comunismo proveería a cada uno según sus necesidades?

Seguí siendo leal al PCCh, pero me cuestionaba constantemente mis propias creencias. En la década de 1980 los círculos académicos chinos se habían involucrado en una animada discusión sobre el “humanismo marxista”, una corriente de pensamiento marxista que ponía énfasis en el pleno desarrollo de la personalidad humana. Algunos académicos continuaron esa discusión en la década de 1990, incluso cuando el ámbito del discurso que era aceptable se redujo. Estudié los Manuscritos Económicos y Filosóficos de Marx de 1844, que decían que el propósito del socialismo era liberar al individuo. Me identifiqué con los filósofos marxistas que destacaban la libertad, sobre todo Antonio Gramsci y Herbert Marcuse.

En mi tesis de doctorado había criticado ya la idea de que la gente deba siempre sacrificar sus intereses individuales para servir al Partido. En mi disertación había desafiado el antiguo lema chino de “país rico, ejército fuerte” al afirmar que China sería fuerte sólo si el Partido permitía que sus ciudadanos prosperaran. Ahora llevé este argumento un paso más allá. En documentos y charlas, sugerí que las empresas estatales dominaban demasiado aún la economía china y que se necesitaban más reformas para permitir que las empresas privadas pudieran competir. La corrupción, recalqué, no debe verse como un fallo moral de los cuadros individuales, sino como un problema sistémico resultante del control del gobierno sobre la economía.

Teoría y práctica

Mi pensamiento se alineó en parte con el del sucesor de Deng, Jiang Zemin. Decidido a desarrollar la economía de China, Jiang buscó estimular la empresa privada y llevar a China a la Organización Mundial del Comercio. Pero estas políticas contradecían las antiguas teorías del PCCh que valoraban la economía planificada y la autosuficiencia nacional. Dado que ni la ideología de Marx ni la de Mao ni la de Deng podían resolver estas contradicciones, Jiang se sintió obligado a proponer algo nuevo. Lo llamó “la Triple Representatividad”.

Escuché por primera vez esta nueva teoría junto a todos los demás. En la noche del 25 de febrero de 2000, vi cómo la Televisión Central de China (CCTV) transmitía un informe sobre la Triple Representatividad. El Partido, dijo Jiang, tenía que representar tres aspectos de China: “los requisitos de desarrollo de las fuerzas productivas avanzadas”, el progreso cultural y los intereses de la mayoría. Como profesora de la Escuela Central del Partido, comprendí de inmediato que esta teoría presagiaba un cambio significativo en la ideología del PCCh. En particular, la primera de las Tres Representatividades implicaba que Jiang estaba abandonando la creencia marxista fundamental de que los capitalistas eran un grupo social explotador. En cambio, estaba abriendo el Partido a sus filas, una decisión que acogí con agrado.

El Departamento Central de Propaganda, el órgano a cargo del trabajo ideológico del PCCh, era el responsable de promover la nueva teoría de Jiang, pero tenía un problema: las Tres Representatividades habían sido atacadas por la extrema izquierda, que pensaba que Jiang estaba yendo demasiado lejos al atraer a los emprendedores. Con la esperanza de eludir esta disputa, el Departamento de Propaganda decidió suavizar la teoría. The People’s Daily publicó un artículo de página completa que demostraba la exactitud de las Tres Representatividades con referencias cruzadas a textos de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao y Deng.

Pensé que esto era poco convincente. ¿Cuál era el propósito de las Tres Representatividades si simplemente reafirmaba la ideología existente? Me disgustaban los métodos superficiales del aparato propagandístico del partido. Me decidí a revelar el verdadero significado de la Triple Representatividad, una teoría que, de hecho, marcó un cambio audaz para China. Pero resultó que esto me hizo entrar en conflicto con la atrincherada burocracia del PCCh.

La ignorancia de las elites

Mi oportunidad para promover una comprensión adecuada de la Triple Representatividad llegó a principios de 2001, cuando la CCTV, al escuchar de un colega que estaba especialmente interesada en la nueva teoría de Jiang, me invitó a escribir un programa de televisión sobre ella. Pasé seis meses investigando y escribiendo el documental y discutiéndolo extensamente con los productores de la cadena. Mi guión enfatizaba la necesidad de políticas nuevas e innovadoras para enfrentar los desafíos de una nueva era. Hice hincapié en las mismas cosas que hizo Jiang: que el gobierno iba ahora a reducir su intervención en la economía y que el papel del Partido ya no era hacer una revolución violenta contra los capitalistas explotadores, sino alentar la creación de riqueza y equilibrar los intereses de los diferentes grupos de la sociedad.

En la tarde del 16 de junio, cuatro importantes vicepresidentes de la CCTV se reunieron en un estudio en la sede de la cadena para revisar los tres episodios de 30 minutos. Mientras lo veían, sus rostros se iban ensombreciendo. “Vamos a dejarlo aquí”, dijo uno de ellos cuando terminó el primer episodio.

“Profesora Cai, ¿sabe por qué se la invitó a producir un programa sobre la Triple Representatividad?” preguntó.

“El Partido ha presentado una nueva teoría ideológica”, respondí, “y tenemos que darla a conocer”.

El funcionario no se inmutó. “Sus investigaciones e innovaciones pueden presentarse en la Escuela Central del Partido, pero solo las cosas más afianzadas pueden mostrarse por televisión”, dijo. En aquel momento, nadie estaba muy seguro de qué significaría finalmente y cómo se interpretaría la Triple Representatividad, y le preocupaba que mi guion no coincidiera con las opiniones del Departamento de Propaganda. “Si hay alguna discrepancia, el impacto sería demasiado grande”.

Otro de los gestores de la cadena intervino: “¡Este año es el 80º aniversario del Partido Comunista Chino!” exclamó. Tal aniversario no necesitaba de una discusión sobre los desafíos que enfrentaba el Partido, sino de una celebración heroica de sus triunfos. En ese momento lo entendí. La gente de la CCTV no estaba interesada en las implicaciones reales de la ideología. Solo querían que el partido saliera favorecido y halagar a sus superiores.

Durante los diez días siguientes, nos apresuramos a rehacer el documental. Eliminamos palabras y frases potencialmente ofensivas, trabajando día y noche mientras mi guión pasaba por varias revisiones políticas por parte de equipos de toda la burocracia del Partido. Finalmente, llegaron una docena de funcionarios para una última revisión, durante la cual aprendí aún más sobre la hipocresía del Partido. En un determinado momento un miembro de alto nivel del comité de escrutinio intervino. En el segundo episodio del programa, yo había citado dos de los famosos dichos de Deng, que a menudo van unidos: “La pobreza no es socialismo; el desarrollo es la cruda verdad”.

“¿La pobreza no es socialismo?” preguntó el funcionario dubitativo. “Entonces, ¿qué es el socialismo?” Sus críticas continuaron cada vez más más fuertes. “¿Y el desarrollo es la cruda verdad? ¿Cómo se relacionan esas dos oraciones? ¡Dígame!”.

Me quedé estupefacta. Esas fueron las palabras exactas de Deng, y este alto funcionario, el jefe de la Administración Estatal de Radio, Cine y Televisión, la poderosa agencia que supervisa todos los medios de difusión, ¿no lo sabía? Pensé de inmediato en las críticas de Mao a los burócratas durante la Revolución Cultural: “No leen libros, no leen periódicos”.

Una ideología vacía

En el transcurso de 2001, como parte de sus esfuerzos para promover la teoría con la firma de Jiang, el Departamento de Propaganda comenzó a trabajar en un esquema de estudio de la Triple Representatividad, un resumen que se publicaría como un documento del Comité Central para que todo el Partido lo leyera y lo pusiera en práctica. Quizás porque había trabajado en el programa de la CCTV, y había dado un discurso sobre la Triple Representatividad en una conferencia académica, me pidieron que ayudara.

Junto con otro académico y 18 funcionarios de propaganda, me enviaron al centro de formación del Departamento de Propaganda cerca de las colinas al oeste de Pekín. El departamento había decidido un marco general para el esquema, y ​​ahora nos pedía que lo llenáramos de contenido. Mi tarea era escribir la sección sobre la construcción del partido.

La redacción de documentos para el Comité Central es un proceso altamente confidencial. Mis compañeros y yo teníamos prohibido salir de las instalaciones o recibir invitados. Cuando el Departamento de Propaganda convocaba una reunión, los que no habían sido invitados no podían preguntar al respecto. Los escritores podíamos comer y pasear juntos, pero teníamos prohibido debatir nuestro trabajo. Yo era la única mujer del grupo. En la cena, los hombres chismearon y bromearon. Encontraba vulgar la conversación subida de tono y alimentada por el alcohol y siempre me escabullía después de algunos bocados de comida. Finalmente, otro participante me llevó aparte. Hablar de asuntos oficiales sólo nos causaría problemas, explicó; era más seguro y más agradable limitar la conversación al sexo.

Ayudar con el esquema del estudio fue la tarea de escritura más importante de mi vida, pero también la más ridícula. Mi trabajo consistía en leer una pila de documentos que catalogaban los pensamientos de Jiang, incluidos discursos confidenciales y artículos destinados al consumo interno del Partido. Luego debía extraer citas relevantes y colocarlas bajo varios subtítulos de temas, anotando la fuente. No podía añadir ni quitar texto, pero podía cambiar de un punto a una coma y conectar una cita con otra. Me asombró que la explicación formal de una de las campañas ideológicas más importantes del Partido en la era posterior a Mao fuera poco más que un trabajo de cortar y pegar.

Como la tarea era tan fácil, pasé mucho tiempo esperando con aburrimiento a que examinaran mi trabajo. Un día, sondeé a otro participante, un profesor de la Universidad Renmin de China. “¿No estamos creando otra versión de Citas del Presidente Mao?” pregunté, refiriéndome al Pequeño Libro Rojo, un volumen de bolsillo de aforismos fuera de contexto que circuló durante la Revolución Cultural. Miró a su alrededor y sonrió con ironía. “No te preocupes por eso”, me dijo. “Estamos en un lugar encantador y pintoresco, con buena comida y agradables paseos. ¿Dónde más podríamos convalecer tan cómodamente? Solo tienes que buscar un libro para leer. Lo único que importa es que estés aquí cuando te llamen para una reunión”.

En junio de 2003 se llevó a cabo una importante conferencia de prensa en el Gran Salón del Pueblo, en Pekín, para dar a conocer el esquema del estudio, y se nos pidió que asistiéramos a todos los que habíamos ayudado a escribirlo. Liu Yunshan, miembro del Politburó y jefe del Departamento de Propaganda, presentó el informe. Cuando él y otros funcionarios subieron al escenario, sentí que me hundía. Mi comprensión de la Triple Representatividad como un pivote importante en la ideología del Partido gobernante había sido completamente eliminada del documento y reemplazada por bazofia intelectual. Al recordar la charla lasciva alrededor de la mesa de la cena todas las noches, sentí por primera vez que el sistema que durante mucho tiempo había considerado sagrado era en realidad insoportablemente absurdo.

Ideas a la venta

Mi experiencia con el esquema del estudio me enseñó que las ideas que el Partido promovía de forma santurrona eran de hecho herramientas egoístas utilizadas para engañar al pueblo chino. Pronto supe que también eran una forma de ganar dinero. Un funcionario que conocí de la Administración General de Prensa y Publicaciones, que controla el derecho a publicar libros y revistas, me habló de un episodio perturbador que involucraba una guerra territorial por los ingresos de la publicación dentro del PCCh.

Durante muchos años, Red Flag Press había sido una de las tres organizaciones responsables de publicar los libros educativos del partido. En 2005 la prensa estaba inmersa en el proceso de publicar un libro rutinario de lecturas cuando un funcionario del Departamento de Organización Central, la poderosa agencia a cargo de las decisiones de personal del PCCh, intervino para insistir en que solo su departamento tenía autoridad para publicar tal libro. Intentó conseguir que la Administración General de Prensa y Publicaciones impidiera la publicación del libro. Pero el trabajo principal de Red Flag Press era precisamente publicar trabajos sobre ideología, para buscar una solución, la agencia revisó el libro con la esperanza de encontrar problemas que justificaran su prohibición, pero no encontraron nada.

¿Por qué el Departamento de Organización era tan territorial con la publicación? Todo se reducía a dinero. Muchos departamentos tienen fondos para sobornos, que se utilizan para el espléndido disfrute de los altos funcionarios y se dividen entre el personal como “subsidios de asistencia social”. La forma más sencilla de reponer esos fondos es publicar libros. En ese momento, el PCCh tenía más de 3,6 millones de organizaciones de base, y se esperaba que cada una de ellas comprara una copia de una nueva publicación. Si el libro tenía un precio de diez yuanes por copia, eso significaba un mínimo de 36 millones de yuanes en ingresos por ventas, lo que equivale a más de 5 millones de dólares en la actualidad. Dado que ese dinero provenía de los presupuestos de las ramas del Partido, el esquema era esencialmente un ejercicio para obligar a una entidad pública a transferir dinero a otra. No es de extrañar que el Departamento de Organización promoviera un nuevo tema de educación política cada año. Y no es de extrañar que casi todas las instituciones dentro del PCCh tuvieran un brazo editorial. Con casi todas las unidades inventando nuevas formas de ganar dinero, la venalidad penetraba en el régimen.

A pesar de mi creciente desilusión, no rechazaba completamente al Partido. Junto con muchos otros académicos dentro de él, todavía esperaba que el PCCh pudiera abrazar la reforma y avanzar en dirección a alguna forma de democracia. En los últimos años de la era Jiang, el partido comenzó a tolerar una discusión relativamente relajada de temas delicados dentro del Partido, siempre que las discusiones nunca se hicieran públicas. En la Escuela Central del Partido, mis compañeros profesores y yo nos sentimos libres para plantear entre nosotros problemas profundamente enraizados en el sistema político de China. Hablamos de reducir el papel de los funcionarios del Partido a la hora de decidir sobre asuntos administrativos que los funcionarios del gobierno gestionaban mejor. Discutimos la idea de la independencia judicial, que estaba incluida en la Constitución pero que nunca se practicó realmente.

Para satisfacción nuestra, el Partido estaba experimentando de hecho con la democracia, tanto dentro de sus propias operaciones como en la sociedad a nivel de bases. Vi todo esto como signos esperanzadores de progreso. Pero los acontecimientos posteriores solo servirían para consolidar mi desilusión.

Otra vía

Un punto de inflexión clave se produjo en 2008, cuando hice un breve pero trascendental viaje a España. Al visitar el país como parte de un intercambio académico, aprendí cómo España había pasado de la autocracia a la democracia después de la muerte de su dictador, Francisco Franco, en 1975. No pude evitar comparar la experiencia de España con la de China. Mao murió apenas diez meses después de Franco, y ambos países experimentaron tremendos cambios en las siguientes tres décadas. Pero mientras que España dio el salto a la democracia rápida y pacíficamente y logró la estabilidad social y la prosperidad económica, China logró solo una transición parcial, pasando de una economía planificada a una economía mixta sin liberalizar su política. ¿Qué podría enseñar España a China?

Llegué a la pesimista conclusión de que era poco probable que el PCCh se reformara políticamente. Por un lado, la transición de España fue iniciada por fuerzas reformistas dentro del régimen posfranquista, como el rey Juan Carlos I, que puso los intereses nacionales por encima de sus intereses personales. El PCCh, que llegó al poder en 1949 tras una guerra civil, estaba profundamente aferrado a la idea de que se había ganado un monopolio permanente del poder político. El historial del Partido, en particular su represión de las protestas de la Plaza de Tiananmen, demostró que no renunciaría a ese monopolio pacíficamente. Y ninguno de los líderes posteriores a Deng tuvo el valor de impulsar una reforma política; simplemente querían cargarle el muerto a los futuros líderes.

También aprendí que, tras la muerte de Franco, España creó rápidamente un entorno favorable para las reformas, consolidando la independencia judicial y ampliando la libertad de prensa. Incluso incorporó fuerzas de oposición al proceso de transición. El PCCh, por el contrario, ha tratado las demandas de justicia social y económica como amenazas a su poder, reprimiendo a la sociedad civil y restringiendo las libertades de las personas. El régimen y el pueblo llevan décadas enfrentados, lo que hace impensable la reconciliación.

Mi recién adquirida comprensión de la transición democrática en España, junto con lo que ya sabía sobre las desarrolladas en el antiguo bloque soviético, me llevaron a rechazar fundamentalmente la ideología marxista en la que una vez tuve una fe inquebrantable. Me di cuenta de que las teorías que avanzó Marx en el siglo XIX estaban limitadas por su propio intelecto y las circunstancias históricas de su tiempo. Además, vi que la versión opresiva y altamente centralizada del marxismo promovida por el PCCh le debía más a Stalin que al propio Marx. Lo reconocí cada vez más como una ideología formada para servir a una dictadura interesada. El marxismo, comencé a insinuar en publicaciones y conferencias, no debería ser adorado como una verdad absoluta, y China tenía que iniciar el camino hacia la democracia. En 2010, cuando algunos académicos liberales publicaron un volumen editado titulado Hacia el constitucionalismo, contribuí con un artículo en el que exponía la experiencia española.

Mi visión, compartida con otros académicos liberales, era que China comenzaría por implementar la democracia dentro del Partido, lo cual, a largo plazo, conduciría a una democracia constitucional. China tendría un parlamento, incluso un verdadero partido de oposición. En mi corazón, me preocupaba que el PCCh pudiera resistir violentamente tal transición, pero me guardé ese pensamiento para mí. En cambio, cuando hablé con colegas y estudiantes, sostuve que tal transición sería buena para China e incluso para el Partido mismo, que podría consolidar su legitimidad haciéndose más responsable ante el pueblo. Muchos de los funcionarios a los que enseñé reconocieron que el Partido enfrentaba problemas, pero ellos mismos no podían expresarlo. En cambio, me instaron con cautela a que persuadiera a sus superiores.

La decepción de Xi

El problema era que en ese mismo momento, el sucesor de Jiang, Hu Jintao, se movía en dirección opuesta. En 2003, mientras se encontraba en el proceso de tomar las riendas del poder, Hu presentó “Perspectivas científicas sobre el desarrollo”, su sustituto de la Triple Representatividad de Jiang. El concepto era otro intento de justificar el modelo de desarrollo mixto de China con una fina capa de ideología que sonara a marxista, y evitó los grandes dilemas a que se enfrenta China. El desarrollo vertiginoso de China estaba produciendo un conflicto social, ya que las tierras de los agricultores eran confiscadas para el desarrollo y las fábricas exprimían a los trabajadores para obtener más ganancias. El número de quienes buscaban rectificación por parte del gobierno aumentó drásticamente y, en todo el país, las manifestaciones finalmente superaron las 100.000 por año. Para mí, el descontento mostraba que se estaba volviendo más difícil para China desarrollar su economía sin liberalizar su política.

Hu pensaba de otra manera. “No fastidien las cosas”, dijo en 2008 en una ceremonia que marcó el 30º aniversario de la política de reformas y apertura. Entendí que esto significaba que las reformas económicas, políticas e ideológicas que el partido había hecho hasta ahora debían mantenerse pero no impulsarse. Hu se defendía de las acusaciones de ambos lados: de los conservadores, que pensaban que la reforma había ido demasiado lejos, y de los liberales, que pensaban que no había ido lo suficientemente lejos. Así que China, bajo su supervisión, entró en un período de estancamiento político, un declive similar al que experimentó la Unión Soviética con Leonid Brezhnev.

Por lo tanto, miré con optimismo a Xi cuando quedó claro que iba a tomar el poder. Todas las reformas fáciles se habían realizado hacía 30 años; ahora era el momento de las difíciles. Dada la reputación del padre de Xi, un exlíder del PCCh con inclinaciones liberales, y el estilo flexible que el propio Xi había mostrado en publicaciones anteriores, yo y otros defensores de las reformas esperábamos que nuestro nuevo líder tuviera el coraje de promulgar cambios audaces en el sistema político de China. Pero no todos tenían tanta confianza en Xi. Los escépticos que conocía se dividían en dos categorías. Ambos demostraron ser clarividentes.

El primer grupo estaba formado por los principitos, los descendientes de los fundadores del Partido. Xi era un principito, al igual que Bo Xilai, el dinámico jefe del Partido de Chongqing. Xi y Bo ascendieron a altos cargos provinciales y ministeriales casi al mismo tiempo, y se esperaba que ambos se unieran al máximo órgano del PCCh, el Comité Permanente del Politburó, y se les consideraba los principales contendientes para liderar China. Pero Bo se retiró de la competencia por el liderazgo a principios de 2012, cuando apareció implicado en el asesinato de un empresario británico perpetrado por su esposa, y los estadistas de alto rango del partido respaldaron al seguro y estable Xi. Los príncipitos que conocí, familiarizados con la dureza de Xi, predijeron que la rivalidad no terminaría ahí. De hecho, después de que Xi asumió el poder, Bo fue condenado por corrupción, despojado de todos sus activos y condenado a cadena perpetua.

El otro grupo de escépticos estaba formado por académicos del establishment. Más de un mes antes del 18º Congreso del Partido de noviembre de 2012, cuando Xi sería presentado formalmente como el nuevo secretario general del PCCh, estaba charlando con un reportero veterano de una importante revista china y destacado profesor de mi escuela que había seguido la carrera de Xi durante mucho tiempo. Los dos acababan de terminar una entrevista y, antes de irse, el reportero lanzó una pregunta: “Escuché que Xi Jinping vivió en el recinto de la Escuela Central del Partido durante un tiempo. Ahora está a punto de convertirse en secretario general del Partido. ¿Qué piensa de él?” El labio del profesor se crispó y dijo con desdén que Xi adolecía de “conocimientos deficientes”. El reportero y yo nos quedamos atónitos ante este contundente pronunciamiento.

A pesar de estas opiniones negativas, aplacé voluntariamente mis recelos y puse mis esperanzas en Xi. Pero poco después de su ascenso, comencé a tener dudas. Un discurso que pronunció en diciembre de 2012 sugería una mentalidad reformista y progresista, pero otras declaraciones insinuaban un retroceso a la era anterior a la reforma. ¿Xi se dirigía hacia la izquierda o hacia la derecha? Me acababa de retirar de la Escuela Central del Partido, pero seguía en contacto con mis antiguos compañeros. Una vez, cuando estaba hablando con algunos de ellos sobre los planes de Xi, uno dijo: “No se trata de si Xi va hacia la izquierda o hacia la derecha, sino que carece de juicio básico y habla de manera ilógica”. Todos guardaron silencio. Un escalofrío me recorrió la espalda. Con deficiencias como estas, ¿cómo podríamos esperar que liderara una lucha por la reforma política?

Llegué pronto a la conclusión de que probablemente no podríamos. Después de que Xi lanzara su plan de reforma integral a fines de 2013, los círculos empresariales y académicos predijeron con entusiasmo que seguiría adelante con reformas importantes. Mi sentimiento era todo lo contrario. El plan evitó todas las cuestiones clave de la reforma política. Los antiguos problemas de China de corrupción, deuda excesiva y empresas estatales no rentables tienen sus raíces en el poder de los funcionarios del Partido para inmiscuirse en las decisiones económicas sin supervisión pública. Intentar liberalizar la economía mientras se intensificaba el control político era una contradicción. Sin embargo, Xi estaba lanzando la mayor campaña ideológica desde la muerte de Mao para recuperar el orden maoísta. Su plan requería una vigilancia social intensificada y una represión de la libre expresión. La prohibición de cualquier discusión sobre la democracia constitucional y los valores universales se promovió descaradamente bajo el lema de “gobernanza, gestión, servicio y derecho”.

Esta tendencia continuó con un paquete de reformas legales aprobadas en 2014 que expusieron aún más la intención del Partido de utilizar la ley como herramienta para mantener el régimen totalitario. En este punto, las tendencias perversas de Xi y la regresión política del PCCh eran claras. Si alguna vez tuve una vaga esperanza respecto a Xi y el grupo, mis ilusiones se hicieron añicos ahora. Los eventos posteriores solo confirmarían que, en lo que respecta a la reforma, Xi estaba llevando a China del estancamiento a la regresión. En 2015 el partido reunió a cientos de abogados defensores. Al año siguiente, lanzó una campaña al estilo de la Revolución Cultural contra un magnate inmobiliario sin pelos en la lengua. Fue mi reacción ante ese episodio lo que me metió en problemas.

La gota que colma el vaso

El magnate, Ren Zhiqiang , entró en conflicto cada vez más con Xi, a quien criticaba por censurar a los medios chinos. En febrero de 2016, un sitio web del PCCh etiquetó a Ren como “antipartido”. No conocía a Ren personalmente, pero su caso me pareció especialmente perturbador porque durante mucho tiempo había confiado en el principio de que dentro del PCCh se nos permitía, incluso se nos animaba, a hablar libremente para ayudar al Partido a corregir sus propios errores. Ahí estaba un miembro del Partido desde hacía mucho tiempo que había sido demonizado por hacer precisamente eso. Al haber vivido la Revolución Cultural, sabía que las personas marcadas con la etiqueta de “antipartido” eran privadas de sus derechos y sometidas a una dura persecución. Dado que una defensa de Ren nunca podría publicarse en medios de comunicación censurados, escribí una y la envié a un grupo de WeChat, con la esperanza de que mis amigos la compartieran con sus contactos. Mi artículo se volvió viral.

Aunque la mayor parte de mi artículo simplemente citaba la Constitución y el código de conducta del Partido, el comité disciplinario de la Escuela Central del Partido me acusó de errores graves. Me enfrenté a una serie de entrevistas intimidantes en las que mis interrogadores aplicaron presión psicológica y prepararon trampas de palabras en un esfuerzo por inducir una confesión falsa de irregularidades. Fue incómodo, pero reconocí el proceso como una lucha psicológica. Me di cuenta de que si no mostraba miedo, perderían la mitad de la batalla. Y así llegamos a un punto muerto: seguí publicando y las autoridades siguieron llamándome para interrogarme. Pronto puede comprender que las agencias de seguridad estaban escuchando mi teléfono, leyendo mi correspondencia digital y siguiéndome para ver a dónde iba y con quién me encontraba. Por lo general, los profesores jubilados de la Escuela Central del Partido solo necesitan permiso de la escuela para viajar a Hong Kong o al extranjero, pero ahora la escuela insinuó que, en el futuro, esos viajes tendría que autorizarlos el Ministerio de Seguridad del Estado.

En abril de 2016 el texto de un discurso que pronuncié unos meses antes en la Universidad de Tsinghua, en el que sostenía que si la ideología viola el sentido común, se convierte en una serie de mentiras, se publicó en un sitio web influyente en Hong Kong. El momento era malo: Xi acababa de anunciar que parte de la investigación libre que se estaba llevando a cabo en la Escuela Central del Partido había ido demasiado lejos e instaba a una mayor supervisión de sus profesores. Como resultado, a principios de mayo el comité disciplinario de la escuela me llamó nuevamente y me acusó de oponerme a Xi. A partir de ese momento, el PCCh me bloqueó todos los medios de comunicación en China: impresos, online, televisión. Incluso no se podía publicar mi nombre. Luego, una noche de julio, fui convocada nuevamente a una reunión en la Escuela Central del Partido, donde un miembro del comité disciplinario colocó una pila de documentos de un pie de alto sobre la mesa frente a mí. “Mira todo el material que hay sobre ti”, dijo. “Piénsalo”. Estaba claro que me estaban advirtiendo que guardara silencio y que, si tan solo tuiteaba una palabra, se me sometería a una acción disciplinaria, incluida la reducción de los beneficios de jubilación. Estaba indignada por cómo me trataban, a pesar de que entendía que otros habían sido tratados con mayor dureza.

En todos mis años como miembro del PCCh nunca había violado una sola norma, ni me habían llamado para una reprimenda. Pero ahora, los funcionarios del Partido me interrogaban regularmente. El comité disciplinario de la escuela amenazó repetidamente con la humillante perspectiva de celebrar una gran reunión pública y anunciar un castigo formal. Al final de cada conversación, mis interrogadores exigían que lo mantuviera en secreto. Todo era parte de un inframundo que no podía exponerse a la luz del día.

Luego vino el encubrimiento de la brutalidad policial que desencadenó mi ruptura final con Xi y el partido. Con anterioridad, en mayo de 2016, Lei Yang, un científico ambiental, se dirigía al aeropuerto para recoger a su suegra cuando, en circunstancias que siguen estando oscuras, murió bajo custodia de la policía de Pekín. Para evadir la responsabilidad del crimen, la policía incriminó a Lei, alegando que había solicitado una prostituta. Sus compañeros de clase de su época universitaria, indignados por este intento de difamación, se unieron para ayudar a su familia a buscar justicia iniciando una campaña que resonó por toda China. Para sofocar la indignación, los principales líderes del PCCh ordenaron una investigación. La fiscalía acordó una autopsia independiente y se programó un juicio para debatir el asunto.

Luego sucedió algo extraño: los padres, la esposa y los hijos de Lei fueron puestos bajo arresto domiciliario, y el gobierno local les ofreció una compensación enorme, alrededor de 1 millón de dólares, por renunciar a su búsqueda de la verdad. Cuando la familia de Lei se negó, el pago se incrementó 3 millones. Incluso después de invertir 3 millones de dólares en una casa, la esposa de Lei insistió en limpiar el nombre de su difunto esposo. Después, el gobierno presionó a los padres de Lei, quienes se arrodillaron ante su nuera y le suplicaron que abandonara el caso. En diciembre, los fiscales anunciaron que no acusarían a nadie por la muerte de Lei y el abogado de su familia reveló que se había visto obligado a retirarse.

Cuando supe de este resultado, me senté en mi escritorio toda la noche, abrumada por el dolor y la ira. La muerte de Lei fue un caso claro de irregularidades y, en lugar de castigar a los agentes de policía responsables, sus superiores habían tratado de utilizar el dinero de los impuestos que la gente había ganado con tanto esfuerzo para resolver el asunto fuera de los tribunales. Los funcionarios cerraban filas en lugar de servir al pueblo. Me pregunté: si los funcionarios del PCCh son capaces de acciones tan despreciables, ¿cómo se puede confiar en el Partido? Me preguntaba, sobre todo, cómo podía seguir siendo parte de este sistema.

Después de veinte años de vacilaciones, confusión y miseria, tomé la decisión de salir de la oscuridad y romper por completo con el Partido. El gran salto hacia atrás de Xi pronto me dejó sin otra opción. En 2018 Xi abolió los límites de los mandatos presidenciales, aumentando la posibilidad de que yo tuviera que vivir indefinidamente bajo un gobierno neoestalinista. El verano siguiente pude viajar a los Estados Unidos con un visado de turista. Mientras estaba allí, recibí un mensaje de un amigo que me decía que las autoridades chinas, tras acusarme de actividades “anti-China”, me arrestarían si regresaba. Decidí prolongar mi visita hasta que todo se calmara. Luego estalló la pandemia de la COVID-19 y se cancelaron los vuelos a China, por lo que tuve que esperar un poco más. Al mismo tiempo, me indignó la forma en que Xi manejó el brote y firmé una petición apoyando a Li Wenliang, el oftalmólogo de Wuhan que había sido acosado por la policía por advertir a sus amigos sobre la nueva enfermedad y que finalmente murió a causa de la covid. Recibí llamadas telefónicas urgentes de las autoridades de la Escuela Central del Partido pidiendo que volviera a casa.

Pero la atmósfera en China se estaba volviendo más sombría. Ren, el magnate inmobiliario disidente, desapareció en marzo y pronto fue expulsado del partido y condenado a 18 años de prisión. Mientras tanto, mis problemas con las autoridades se vieron agravados por la publicación no autorizada de una charla privada que había dado online a un pequeño círculo de amigos en la que llamé al PCCh “zombi político” y dije que Xi debería dimitir. Cuando envié a mis amigos un breve artículo que había escrito denunciando la represiva nueva ley de seguridad nacional de Xi en Hong Kong, alguien también lo filtró.

Sabía que estaba en apuros. Me expulsaron del Partido muy pronto. La escuela me despojó de mis beneficios de jubilación. Congelaron mi cuenta bancaria. Pedí a las autoridades de la Escuela Central del Partido una garantía de seguridad personal si volvía. Los funcionarios evitaron responder a la pregunta y, en cambio, hicieron vagas amenazas contra mi hija en China y su hijo pequeño. Fue en ese momento cuando acepté la verdad: no había vuelta atrás.

Cai Xia fue profesora de la Escuela Central del Partido Comunista Chino de 1998 a 2012. El presente ensayo fue traducido del chino al inglés por Stacy Mosher.

Fuente: https://www.foreignaffairs.com/articles/china/2020-12-04/chinese-communist-party-failed

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.


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