Publicado en línea el Lunes 30 de noviembre de 2020, por Bea Morales

«Ya sabemos con el Che Guevara que, sin la moral comunista, la mera repartija económica no nos interesa. Ya aprendimos con Rosa Luxemburg que el socialismo del futuro no puede ser exclusivamente un asunto de cuchillo y tenedor. Jamás, pero jamás olvidamos a Manuel Marulanda cuando nos alertaba que todos nuestros esfuerzos y nuestras luchas tienen por finalidad la conquista revolucionaria del poder.»1 CONTEXTO HISTORIA CONTRAINSURGENCIA TERROR ¿QUÉ HACER?

1.- CONTEXTO

La lectura del espeluznante informe «UNIVERSIDADES PUBLICAS BAJO S.O.S.PECHA. Represión estatal a estudiantes, profesorado y sindicalistas en Colombia (2000-2019)», realizado por la Universidad Nacional de Colombia, Euskal Herriko Unibertsitatea y “Jorge Adolfo Freyterr Romero” Elkartea, me ha hecho recordar mi primera estancia en la Universidad Nacional de Bogotá en 1992 para debatir sobre las perspectivas del socialismo después de la implosión de la URSS un año antes.

H. Calvo Ospina ha descrito así el contexto socioeconómico y político que determinaba la vida o la muerte del pueblo colombiano en 1992: «Para fines de los años ochenta el 5% de colombianos era dueño del 83% de las mejores tierras. Los índices de pobreza rural aumentaron del 65% en 1991 al 72% en 1995. En las grandes ciudades el 1% de propietarios poseía el 70% del suelo urbano, parámetros que se situaban entre los más altos de América Latina. En 1987 otra tentativa de reforma agraria se había hecho humo: de 114 senadores que debían de votarla, solo 22 se hicieron presentes.»2. Páginas después, el autor detalla cómo la Constitución aprobada en julio de 1991 estaba repleta de «trampas»3 que legalizaban o toleraban toda serie de crímenes contra los derechos humanos, lo que ha sido decisivo para la impunidad del terrorismo de Estado en cualquiera de sus modalidades. Guido Piccoli explica que la concentración de la tierra en poquísimas manos era «debida sobre todo a las inversiones de los narcos»4.

Las condiciones en las que se aprobó la Constitución tramposa no eran otras que las impuestas por la contrainsurgencia que se aplicaba durante el mandato del presidente «César Gaviria (1990-1994) a través de la denominada “guerra integral”, legislaciones que, de ma­nera similar a la política de “Seguridad Democrática” tuvieron como pilares funda­mentales la militarización de la sociedad, la criminalización de la protesta social y los montajes judiciales contra integrantes de la oposición política y social, amparados en doctrinas foráneas como la de “Seguridad Nacional” y su combate al llamado “enemigo interno”.»5. Más tarde, en 2008, el Estado pediría a universidades y centros de estudio que les dieran el listado6 de alumnos desde ese 1992 para investigarlos por si se habían pasado a la guerrilla e infiltrado en las universidades públicas.

N. Cano resume así los efectos de las medidas aplicadas en las décadas de 1980 y 1990: «Los ajustes practicados en la economía colombiana fueron perversos y también inútiles. Perversos pues, como en los demás países, traen sufrimiento, desempleo, destrucción de empresas nacionales, una mayor desnacionalización, mayor endeudamiento y empeoran las cuentas públicas, a pesar de los cortes del gasto debido al aumento del monto de intereses. Las reformas son, así mismo, simples (pero objetivas) medios para facilitar y acomodar mejor los intereses del capital extranjero y hacer renacer, de forma despistada y descarada, la idea del “trabajo barato, ese mismo que el liderato” neoliberal pregona como indispensable en el mundo moderno»7.

La breve contextualización aquí presentada nos permite una mejor comprensión de la terrible base subterránea de la contrainsurgencia que sale a la luz con estudio «UNIVERSIDADES PUBLICAS BAJO SOSPECHA», que se inicia precisamente investigando el terrorismo de Estado desde el año 2000, si bien los crímenes venían de mucho antes, como veremos, golpeando a estudiantes, profesores y sindicalistas. Por tanto, el estudio investiga una totalidad que subsume diversas sub-totalidades que interactúan sinérgicamente: la doctrina de contrainsurgencia, su sistema represivo y sus estrategias y tácticas que vertebran el terrorismo de Estado; la represión estratégica contra la universidad para impedir una pedagogía crítica y emancipadora, una cultura de la libertad; y las represiones tácticas contra profesores, estudiantes y sindicalistas. Empecemos por el principio: ¿Qué es el terrorismo de Estado? Pedimos disculpas por la larga respuesta que ofrecemos, pero nos ha parecido una de las más completas:

Es el desarrollo sistemático de una política de violencia, orientada a inducir miedo y terror en la población civil; para imponer obediencia y sumisión. Tiene, entre sus objetivos, exterminar al adversario y al disidente político. Se caracteriza por la violación permanente de los derechos humanos, dominio militar sobre la autoridad civil y predominio por parte del Estado de los valores cívicos de la sociedad […] se fue imponiendo ante la población, para que la militarización fuera vista como algo «normal»; para que, tanto en el campo como en la ciudad, se tuviera temor a participar en las luchas sociales y se viese a los que participaban en ellas como apátridas, criminales y subversivos. De esta manera, la política es vista como una extensión de la guerra y el ámbito del debate público, cada día se ve más reducido. Esta inducción a ver la militarización como algo cotidiano, como una fuerza pedagógica poderosa, va dando forma a la vida de millones de ciudadanos y a sus recuerdos y experiencias cotidianas, mientras se borra todo sentimiento de solidaridad, compañerismo, democracia y justicia. Esto lleva a que las comunidades no reaccionen ante los avasallamientos, detenciones y torturas de sus vecinos, «porque ellos se lo han buscado»8.

Una de las grandes aportaciones de este párrafo es que deja sentado que la militarización tiene una poderosa eficacia pedagógica. Otros textos definen a la «fuerza pedagógica poderosa» simplemente como «pedagogía del miedo» que, como la militarización, es polifacética, tiene muchas formas e intensidades, aunque la más inhumana es la del terrorismo de Estado en su forma extrema. Incluso los militarismos más suaves en los Estados «democráticos» tienen conexiones con la pedagogía dominante. Un ejemplo paradigmático es Suecia, que anuló el servicio militar obligatorio en 2010 pero lo reintrodujo en 2018 y ahora es un aliado del imperialismo yanqui con una pedagogía militarista intensa dedicada a la infancia y juventud, educándola en la cultura reaccionaria de Gustavo III. La misma tendencia se da en la mayoría de las «democracias» imperialista.

Al margen ahora de su intensidad, cualquier expresión del poder coercitivo y punitivo del Estado como forma política del capital, tiene su propio sistema pedagógico adecuado a su nivel y objetivos específicos. El Plan Bolonia de la Unión Europea impone los plazos y métodos de la mercantilización universitaria en aras de las «necesidades del mercado»9, dentro de una estrategia tendente a convertirla en un negocio10 tan rentable que en el Estado español había 37 privadas y 50 públicas11 a comienzos de 2019, privatización que además baja la calidad educativa media. Ante esto, el Gobierno quiere reformar algo para mejorar la formación tecnocientífica de la fuerza de trabajo viendo el retroceso imparable de la productividad española a escala mundial, y al preparar esas reformas ha descubierto que un 36% de las universidades privadas las incumplirían12. Y si estudiamos la unidad entre mercado y ejército, descubrimos el plan más reciente del Pentágono sobre la militarización de universidades, reorientando su pedagogía:

Nos encontramos ante un evento multidisciplinar en el que las humanidades toman gran relevancia, entre ellas la historia, antropología, sociología, psicología, politología y economía. A esto le llaman el resurgir de las humanidades, a la más inhumana de las conductas; monstruoso, distópico. El uso de universidades militares y para usos militares no es nuevo, y la influencia de los departamentos de guerra corroe todo tipo de campus y departamentos . Tanto en USA como en Europa o China, en todo el mundo. ¿Es posible que exista un fascismo académico larvado en las universidades occidentales? ¿Qué ingentes cantidades de profesionales luchen por mantener los valores y prácticas que nos mantienen explotados y reprimidos? ¿Qué los llamados coloquialmente profesores se dediquen a dirigir el saqueo mundial, la explotación humana y la extinción natural? La guerra también se lucha en nuestras universidades. La guerra sale de las universidades y entra en las universidades, convirtiéndose en campo de batalla de primera línea. La guerra irrestricta13.

Con la venia de Marx y Engels, utilizamos sus términos: la «sorda coerción del capital» modela la «industria de la educación» según la dictadura de la «ley del valor» y por tanto de la «industria de la matanza de hombres», para revertir la «ley tendencial de la caída de la tasa de ganancia». Lo que explica que, donde la burguesía es débil, el militarismo y el terror de Estado son fuerzas muy visibles. Para esas burguesías el control de las universidades, de la educación y de la cultura es uno de los requisitos para mantenerse el poder y para que la militarización pudra la conciencia humana en la Academia mediante el miedo y la cooptación, el palo y la zanahoria, anulando el potencial crítico y creativo de una institución –la Universidad– que se dice que es el sancta sanctorum del conocimiento.

La coerción sorda salta a terror de Estado en la medida en que la cultura se reafirma como valor de uso y por tanto inconciliable con el mercado y el valor de cambio. Semejante incompatibilidad sólo es comprensible si partimos de la definición de cultura que ofrece Samir Amín: «la cultura es el modo como se organiza la utilización de los valores de uso»14, definición que vertebra este escrito.

Es un choque que se libra, por tanto, en cada rincón de la sociedad porque en todos ellos la cultura burguesa centrada en el valor de cambio necesita exterminar a los embriones de cultura libre que buscan recuperar el valor de uso. Cada cultura en lucha con su contraria tiene su pedagogía y por tanto su modelo de universidad, tema al que volveremos al final. El Estado vigila que la cultura crítica, desmercantilizada, no contamine ni anule su sistema educativo, su doctrina pedagógica y por tanto su universidad. Mientras lo consiga por métodos «democráticos» no recurrirá a violencias mayores, pero cuando la situación empiece a escapársele de las manos, aumentará sus represiones hasta llegar, si fuera necesario, a las quemas públicas de libros15, a los asesinatos de profesores como fue el caso de Jorge Freytter Romero16 en 2001 y de otros, a su encarcelamiento o exilio forzoso o al cierre de universidades, etc.

Hay fases en el endurecimiento represivo que dependen de las coyunturas y contextos, pero todas ellas tienen determinadas constantes que permanecen a lo largo del tiempo, incluso si nos zambullimos en el pasado, como veremos. Una de ellas es borrar la memoria colectiva y en caso de que no sea posible, anularla con el terror para que los y las explotadas no se la transmitan entre ellas incapacitándose así para extraer lecciones vitales. Hay que partir del hecho de que «La guerra, las catástrofes (terremotos, sequías, inundaciones), el hambre y el paro, formaban parte de la experiencia social normal de Occidente. La gente las afrontaba intentando preservar las relaciones sociales normales interrumpidas y amenazadas; buscaban explicarlas y asimilarlas mediante los ritos sociales de dolor. Las pérdidas, incluyendo las pérdidas simbólicas, culturales, de forma de vida, se asimilan mediante un proceso de duelo. Se hace frente a la pérdida socializándola e incorporándola a lo que es social y psicológicamente controlable»17.

El Estado intenta controlar ese dolor psicológico para que se transforme en furia e ira social que puede alimentar resistencias más radicales. Imponer el máximo silencio social posible para que no se conozcan con algún detalle las brutalidades del capital, es una táctica muy frecuente. Emilio Crenzel resalta la lúcida sabiduría de Rodolfo Walsh en sus celebérrimas cartas a la Junta Militar y al General Videla sobre la política de terror que desataron contra Argentina:

«La decisión política de la dictadura de prohibir toda información sobre el hallazgo de cadáveres y de ocultar a los mismos tras las masacres de detenidos clandestinos o legales, como modo de hilvanar el último eslabón de la secuencia de secreto y silencio que envolvía a las desapariciones y que formaba parte de la matriz sustantiva de la matanza […] el terror interviene desmantelando o desestructurando las defensas operativas de los sujetos, quebrando sus imaginarios sociales y sus recursos personales preexistentes»18.

Al ocultar en lo posible la brutalidad, dejando vislumbrar una niebla de terror difuso que flota en el ambiente por rumores no confirmados, la contrainsurgencia busca la parálisis social y sobre todo el colaboracionismo de delatores y chivatos por dinero, por venganza, por miedo…. Los nazis19 llegaron casi a lograrlo con su «terror difuso» y «represión aleatoria». Pero en la medida en que las contradicciones del capital generan más disciplina y miedo para asegurar las condiciones de explotación y para imponer la «agenda de la memoria oficial»20, aumentan los «hechos traumáticos» que impactan en la memoria colectiva: «La confrontación o reparto (hablar) y la inhibición social (evitar hablar) solo tienen asociaciones negativas significativas en los hechos traumáticos de ser víctima de actuaciones violentas (torturas, palizas), en problemas que implican suicidios, homicidios o accidentes, en daños personales y a propiedades por desastres y en problemas de adulterio, separaciones o embarazos no deseados»21.

¿En qué medida el terror difuso o concreto ha restringido las libertades de las personas, su capacidad crítica? Gabriel Kessler ha investigado el sentimiento de inseguridad en la Argentina de un cuarto de siglo después de la dictadura: «En general, no se temen los hechos de violencia. Menos contenida, por el contrario, se percibe a la policía y al poder. Su accionar es amplio: desde policías que roban hasta aquellos que usan a los ladrones para sus fines personales. Una mujer que pertenece al sector popular teme “que te lleven y no te traigan de vuelta” (su comentario alude a los casos de secuestro de mujeres para trata de blancas en complicidad con sectores del poder) y, de una forma muy difusa, como rasgo característico, algunos temen a un poder que no respeta a las personas y puede disponer a su antojo de ellas y del espacio público»22.

Según sea la contrainsurgencia, el Estado publicita el terror lo más posible, como fue el caso del profesor Jorge Freytter Romero, vigilado los días anteriores, secuestrado en su casa, destrozado por la tortura y tirado a un arroyo al día siguiente. Por lo demás, la persecución de las universidades y de la cultura es recurrente en el terrorismo de Estado y de la contrainsurgencia imperialista cuyos tentáculos se extienden por amplias zonas del planeta. Los saqueos de museos, bibliotecas, universidades, etc., están tan documentados que no merece la pena que los citemos aquí. Debemos insistir en la esencia internacional de las modalidades del terror, miedo y coerción imperialista:

«Este es uno de los rasgos de la llamada guerra antiterrorista, donde la desaparición forzada –y todas las ilegalidades que le acompañan– es una práctica constante que se ejerce a través de una red de centros clandestinos de detención. Esa red está compuesta por lugares relativamente visibles –como el campo de concentración de Bahía de Guantánamo–, otros cuya existencia se niega –los llamados “sitios negros” de la CIA, ubicados en distintos lugares del planeta–, pasando por prisiones reconocidas –como Abu Ghraib o Bagram–, en las que, junto a los detenidos registrados, se aloja de manera ilegal a otros prisioneros no declarados […] Desaparición forzada, detención ilegal o tortura, son sin lugar a dudas, acciones violatorias del derecho internacional vigente que, sin embargo, se ha intentado justificar e incluso legalizar con el argumento de librar una guerra, sí, pero de carácter excepcional»23.

La facilidad con la que el imperialismo practica cualquier forma de terrorismo ha llevado a decir al norteamericano E. Musk, la quinta persona más enriquecida del mundo que ganó 7.200 millones de dólares en un día24, que «podemos dar un golpe de Estado a quien queramos»25. Muy probablemente lo diga al ver que no sirvió de nada denuncia internacional del terrorismo de Estado26 dirigido por Obama en 2012, que en una primera mirada se remonta a Bush padre con las leyes inmediatamente posteriores al 11-S/2001, aunque viene muy de lejos, nada menos que de 1831, que se sepa, cuando EEUU lanzó una operación de «bandera falsa» camuflada con la enseña francesa saqueando una localidad costera de Argentina, aprovechando el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata.

Muy recientemente, a raíz de las respuestas populares a los asesinatos de afrodescendientes antes y durante las elecciones norteamericanas de 2020 la industria político-mediática ha hecho lo imposible por ocultar que Obama había legalizado el asesinato de opositores27 dentro y fuera de los EEUU a cualquier persona declara «enemigo de la seguridad nacional» sin que ella lo sepa, al amparo del secreto de Estado. Las recientes decisiones de D. Trump para acabar con la resistencia de altos cargos del Pentágono a sus proyectos militaristas, sustituyéndolos por militares fieles a sus designios, van acompañadas por elevar a la impunidad total las acciones secretas del Comando de Operaciones Especiales, que ya no deberá pedir permiso a instancias superiores sino sólo y directamente al Secretario de Defensa28 de la Casa Blanca. J. Bolton, exasesor de Seguridad Nacional de D. Trump, denominó «ataque preventivo justificado29» el reciente asesinato de un científico iraní por los servicios secretos imperialistas, calificativo válido para el terrorismo de Estado contra la universidad colombiana porque busca destruir la raíz del pensamiento libre para que no crezca en la juventud.

2.- HISTORIA

La historia de los asesinatos — «ejecuciones sumarias» — es muy antigua y tiene prestigiosos defensores dentro incluso del catolicismo: se debate mucho sobre la bula jesuítica al respecto30. Pero apenas se intenta investigar en las interacciones que objetivamente existen entre el terror físico y psíquico y la destrucción de la cultura de la persona o pueblo atacado. Aquí hay que volver a la definición dada por Samir Amín: la cultura es el modo como se organiza la utilización de los valores de uso. La libertad consiste en poder crear y utilizar los valores de uso adecuados para resolver las necesidades que nos atosigan. Desde esta perspectiva, cultura propia y libertad van estrechamente unidas mediante la posesión de los valores de uso y la capacidad de producirlos y no depender del exterior. La independencia consiste en la capacidad cultural de crear valores de uso y emplearlos para superar nuestras necesidades: es por tanto un problema de poder económico y político propio.

Si nos arrebatan nuestros valores de uso, los que hemos producido, nos quitan nuestra cultura, la exterminan, y nos imponen la suya, la opresora. Si nos arrebatan nuestra cultura nos impiden crear los valores de uso que necesitamos para nuestras necesidades, no para las de la minoría explotadora. Desde la perspectiva del valor de uso, ciencia y libertad son una totalidad liberadora en proceso, que J. D. Bernal expresó así: «No existe rama de la actividad humana que dependa más del mantenimiento de la libertad que la ciencia. Para otras ocupaciones, la libertad es una ventaja; para la ciencia, es una necesidad indispensable»31.

Desde la perspectiva del valor de cambio, libertad y ciencia son auto excluyentes: la libertad se devalúa en trabajo asalariado explotable en la tecnociencia32 para producir mercancías rentables a la clase dominante. La universidad burguesa es una pieza clave en esta explotación, y de ahí las represiones y hasta el terror de Estado contra los embriones de universidad humana, socialista, que pugna en su interior por la simple dialéctica de unidad y lucha de contrarios.

No dispongamos de pruebas fehacientes excepto restos arqueológicos, pero es dable pensar que la unidad entre terror y cultura opresora fue desarrollándose conforme la antropogenia dependía cada vez más de la expropiación violenta o bajo amenaza de valores de uso – robo, saqueo, tributo, esclavización, plusvalía– producidos por otra comunidad o persona. La primera prueba escrita conocida hasta ahora de una estrategia de devastación absoluta, incluido el aniquilamiento cultural, aparece en una tablilla cuneiforme en la Mesopotamia de hace 4000 años. Aunque entonces existía la costumbre de respetar los templos y la cultura del pueblo atacado, en la tablilla se narra la estrategia de destrucción total, de «aniquilar su cultura»33. Saltándonos milenios, nos interesa detenernos un poco en la experiencia azteca cuya clase dominante elaboró una «cultura patriótica y nacionalista, de profundo significado etnocéntrico, en la cual se ponían de relieve las proezas realizadas por los antepasados de la nación azteca y se prolongaba con ello la afirmación de una conciencia nacional»34.

Como otras clases dominantes, la azteca tampoco tuvo reparo en cambiar totalmente la historia de su pueblo para construir una acorde con su imperialismo. Según A. Cruz García: «Ciertamente, resulta muy difícil establecer una historia rigurosa desde sus orígenes hasta el reinado de Itzcóatl en 1427, pues los mismos mexicas se encargaron de quemar sus propios archivos y de reelaborar su historia»35. Esta decisión se tomó tras la conquista definitiva de la independencia, cuando se asentaron las separaciones sociales internas entre ‘pipiltin’ o señores y los ‘macehualtin’ o gente del común, y cuando se oficializaron los sacrificios humanos: «Las víctimas de estos sacrificios habrían de ser prisioneros de guerra, lo que, en definitiva, suponía un estímulo para la expansión militar de los mexica y, de paso, un excelente medio propagandístico del pueblo azteca ya de por sí famoso entre sus vecinos por su brutalidad y fiereza”36.

Fue en este contexto cuando se destruyeron todas las referencias sobre episodios pasados que podían resultar vergonzosos, o sobre el origen humilde de la nación azteca, etc., a la vez que también se buscaba «reinventar la tradición para justificar la división de la sociedad en señores y vasallos»37. La división clasista estaba reforzada por el sistema pedagógico ya que la juventud rica recibía una educación selecta al no ir a las escuelas comunes ‘telpochcalli’ dedicadas al pueblo, sino a las escuelas de los templos en donde recibían otra muy superior que llegaba a incluir la escritura y una lengua culta «diferente a la usada por el pueblo»38. La pedagogía militar creaba buenos soldados desde la escuela infantil y adolescente entrenándoseles en artes marciales39. El peor delito era la traición al Estado, develar secretos que ponían en peligro su independencia. Se torturaba al traidor, se le cortaba la nariz, la lengua, las orejas, etc., y era ejecutado. Su cuerpo descuartizado era repartido en barrios y en unidades militares si era soldado. Su familia era encollerada hasta la cuarta generación40.

La poderosa pedagogía militar azteca aseguraba la explotación interna, el saqueo externo y las ganancias de la clase dominante. Pero el poder azteca y su cultura fueron destruidos por un imperio, el hispano, que más tarde no pudo con la resistencia heroica del «pueblo-nación» Mapuche, tal como lo llama J. Santrích, pese al gran ejército del conquistador Almagro que llevaba miles de esclavos indios –yanaconas— encadenados al cuello que cargaban sobre sus espaldas el pesado equipamiento militar. Cuando un esclavo moría de agotamiento, hambre o sed, se le cortaba el cuello y su carga era repartida sobre los demás. Cuando alguna esclava preñada daba a luz se le quitaba la criatura y la leche de la madre se la bebían los españoles. Era tal el hambre de las y los yanaconas se comían sus propios muertos41 para seguir vivos.

Aquí tenemos otro ejemplo de la interacción entre cultura opresora y pedagogía militar: el «pueblo-nación» Mapuche aplicaba lo que ahora se define «guerra irregular» en defensa de sus valores de uso y su cultura, mientras que España pretendía imponerse también gracias al canibalismo que los esclavos practicaban entre ellos para mantener el poder militar de la evangelización española, pero con la irrupción de un recurso nuevo que será decisivo para la legitimación del terrorismo de Estado en Occidente: el cristianismo, sea vaticano, anglicano, protestante, evangelista, pentecostal…Recordemos que: «El papa Alejandro VI había condicionado la concesión de tierras a los españoles y portugueses a cambio del poder religioso sobre los nuevos vasallos y esto implicó un desastre cultural que redujo la resistencia de los indios. Por medio de la encomienda o de la mita, de las misiones y de los cuerpos expedicionarios, se aniquiló a pueblos enteros y se les condenó como animales salvajes a la esclavitud más miserable»42.

Exceptuando muy honrosas excepciones, el poder religioso ha sido una pieza importante en las violencias del Estado, frecuentemente en su terrorismo, también en su forma cultural: los monjes españoles destruyeron los quipus incaicos, tan eficaces para el conocimiento, porque eran obra del diablo, y Pizarro echó arsénico al vino con el que agasajó y asesinó a los guerreros e historiadores incas43 para aniquilar la memoria viva e impedir que se mantuviera la antigua. Durante 1530-1540 la Iglesia prohibió en México todo arte azteca, permitiendo sólo el cristiano, y entre 1561 y 1698 cincuenta y dos edictos reglamentaban la prohibición de libros, en 1565 se negó a los indios el derecho de poseer biblias44, y su música fue totalmente prohibida.

Tal salvajismo no pudo erradicar la resistencia cultural, que se mantenía en la vida íntima de los pueblos, pero también en la de algunas franjas de caciques anteriores a la invasión cristiana: en 1556 caciques quichés de lo que hoy es Guatemala escribieron en su lengua nacional, pero con caracteres latinos el Popol Wuj quizás para usarlo en reuniones clandestinas, texto que permaneció desconocido para los invasores hasta 1702. También se escribieron otros textos como el Memorial de Sololá. Posteriormente, ya a finales del siglo XVIII, indios yucatecos pasaron a escrito con caracteres latinos las tradiciones de sus propios pueblos, denominándolas Chilam Balam45.

El terror cultural era combatido con la cultura clandestina, y el terror militar con la guerrilla y con las movilizaciones populares. En 1982 un rico terrateniente guatemalteco dijo que «la matanza de indios es simplemente la continuación del trabajo de la Conquista»46. La matanza de indios era la brutal expresión externa de la matanza de la muy rica cultura de estos pueblos. Eso que en Academia denomina «antropología» fue y es un arma de desnacionalización y destrucción cultural cuya tétrica letalidad hemos visto en persona en toda Nuestramérica, también en Guatemala, Colombia… G. López y Rivas ha criticado demoledoramente la tramoya que oculta la tarea represiva de la antropología imperialista, sin olvidarse del papel que juega el narcotráfico47 en la contrainsurgencia.

Aquí empleamos los términos de desnacionalización, destrucción cultural, guerra cultural y otros porque reflejan fielmente lo que está sucediendo. F. Báez ha seguido el surgimiento y expansión de términos tramposos: el de «aculturización» fue creado en 1881 por el antropólogo yanqui John Wesley Powell para endulzar el exterminio de las naciones indias. En 1898 W. J. McGree defendió la aculturación amistosa en beneficio de los pueblos cultos. En 1936 la American Anthropological Asociation reforzó la apariencia «neutral» y mutuamente beneficiosa de la aculturación, tarea que fue rematada en 1938 por Melville J. Hwerskovitz: para la década de 1940 la antropología yanqui dominaba tan abrumadoramente que el Instituto Indigenista de Guatemala estaba dirigido por un miembro del Instituto Carnegie de Washington48. Ahora, los pueblos de Guatemala se han sublevado de nuevo contra los peones del imperialismo sufriendo una dura49 represión.

El término de «guerra cultural» surgió en las fuertes tensiones políticas, religiosas y culturales en 1873 entre el imperio alemán y el Vaticano50 después de declararse dogma de fe la infalibilidad papal en 1870. Incluso el príncipe Hohenloe, ministro de Estado de Baviera, se dio cuenta que ese dogma daba al Vaticano una enorme capacidad de manipulación política irracional basada en el dogma de fe de la infalibilidad papal, para inmiscuirse en política de otros Estados, abriendo una guerra cultural esencialmente política y educativa contra la intromisión vaticana. En la Iglesia había mucho debate: la primera votación tuvo 451 placet, 88 non placet, y 62 placet juxta. Pero el papa no atendió a los argumentos de los non placet, ni resolvió las dudas de los placet juxta, lo que hizo que algunos abandonaran el Concilio y otros se plegasen a su autoridad. La votación final fue 535 síes y 2 noes.

Para F. Báez, una de sus bases de esta concepción la dio Theodore Roosevelt de 1904: «La injusticia crónica o la importancia que resultan de un relajamiento general de las reglas de una sociedad civilizada pueden exigir que, en consecuencia, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada y, en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligar a los Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en caso flagrante de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional»51. Se llegó así a la «guerra de civilizaciones» de Samuel P. Huntington, tan oportuno para el imperialismo yanqui.

E. Acosta Matos cita como primera guerra cultural del siglo XX la sublevación franquista contra la II República española en 1936. La segunda es el golpe de Estado en Irán en 1953 para imponer una monarquía. La tercera es el golpe de Estado en Guatemala cuando la CIA derrocó en julio de 1954 al gobierno democrático. En septiembre Jacobo Arbenz, presidente electo derrocado, fue obligado a desnudarse en público y ante la prensa en el aeropuerto de la capital: «A esas operaciones simbólicas destinadas a desprestigiar a enemigos supuestos o verdaderos en el enrevesado lenguaje alegórico de la CIA se había bautizado con un nombre exacto y cínico: “muerte del sujeto”. Pocas veces, como en aquella ocasión, los creativos chicos de la Compañía se habían mostrado más precisos a la hora de caracterizar un objetico»52. Muchos invasores obligaban a desfilar desnudos a los prisioneros; en los campos nazis de extermino se desnudaba a hombres, mujeres y niños antes de separarlos; en las torturas es frecuente, sobre todo contra las mujeres.

En Nuestramérica, los sucesivos documentos de Santa Fe desde 1980 insisten en la guerra cultural contra la subversión y el comunismo. En 1989 conocidos expertos yanquis declararon que las tres formas tradicionales de hacer la guerra habían llegado a su fin, y que debía abrirse la guerra de cuarta generación que no sería ideológica sino cultural y psicológica: «La propaganda en los medios de comunicación y en los sectores culturales con acceso a la opinión pública sería el perfecto complemento de misiles, tanques y aviones: una guerra con el objetivo de “ganar mentes y corazones” de los pueblos atacados para impedir su apoyo a la causa de los grupos insurrectos»53. Si la cultura, la educación, la pedagogía y la universidad siempre han sido fundamentales para la guerra y la política, y viceversa, su importancia se revaloriza exponencialmente en las actuales contrainsurgencias, en las que la guerra cultural imperialista tiene dos grandes bloques de derechos y de necesidades humanas a destruir:

«Guerra cultural en lo interno del país (antievolucionismo, conservadurismo y posiciones en contra del aborto o matrimonios homosexuales, negación de valores de países considerados inferiores) y guerra cultural externa (antisocialismo, universalización de los mercados, combate de cualquier oposición a la occidentalización cristiana, repudio a un impulso global de los derechos humanos): siempre estuvieron visibles estos conflictos, pero ahora se hacen más evidentes. En esta nueva lucha cultural global, América Latina se encuentra en desventaja y probablemente pierda cientos de patrimonios intangibles»54.

A lo largo del texto que comentamos, «UNIVERSIDADES PUBLICAS BAJO S.O.S.PECHA. Represión estatal a estudiantes, profesorado y sindicalistas en Colombia (2000-2019)», la guerra cultural está presente de mil modos, disimulada o descaradamente, por sus efectos materiales. Por citar un solo ejemplo, una de las formas de contrainsurgencia más efectivas es la guerra cultural para erradicar o debilitar la conciencia popular sobre el valor de la democracia, de la justicia, de los derechos humanos, etc., practicados en defensa de la una estrategia de liberación. En el texto que comentamos se narra la indiferencia social55 por la masacre brutal de quienes ocuparon el Palacio de Justicia en Bogotá en noviembre de 1985: durante decenios el pueblo colombiano fue bombardeado ideológicamente contra la democracia en su expresión concreta, mientras se le adoctrinaba solo en una democracia abstracta, hueca y elitista, y eso cuando lo permitía la patronal, el ejército, la Iglesia, los narcos, los paramilitares, la prensa…, es decir el capital.

Una parte del pueblo, dopada por la religión y el fetichismo de la mercancía, alienada por la cosificación que surge cuando el valor de cambio se impone sobre el valor de uso, atemorizada por todos los terrorismos o indiferente por el dominio del sentido común, o peor aún, reaccionaria por el efecto de la guerra cultural externa e interna, permaneció pasiva ante aquél salvajismo cuando, en realidad, sacaba a la luz pública una verdad incontrovertible: «El aparato judicial colombiano actúa entonces como mecanismo de guerra que aplica el derecho penal del enemigo a quienes se atreven a cuestionar las políticas oficiales del Estado.»56.

3. CONTRAINSURGENCIA

Parte de las causas del terrorismo contra las universidades y la cultura se encuentra en los orígenes de la violencia criminal masiva en la Colombia de finales del siglo XVIII, Vega Cantor nos remite a la masacre del movimiento comunero a las puertas de Bogotá. El poder español no quería ceder a las justas reivindicaciones comuneras y fue su Obispo, Antonio Caballero y Góngora57, quien prometió algunas reformas con las que desactivó a los comuneros. Una vez que estos estaban pasivos, los exterminó sin piedad, torturando hasta la muerte a José Antonio Gaitán en 1782. Nos resulta imposible hacer siquiera una sucinta síntesis de los decenios de violencia. Nos remitimos al brillante capítulo de M. Medina Castro sobre la agonía de Colombia58 en la primera mitad del siglo XIX.

Para el tema que nos interesa, el terror contra el pensamiento crítico, la izquierda y la universidad, es conveniente saber que en 1884 estallaron en el Estado federado de Panamá fuertes tensiones que se acumulaban entre conservadores y liberales, extendiéndose la revolución a otros Estados federados. A finales de enero de 1885 los EEUU invadieron zonas de Panamá con la excusa de defender los intereses de los yanquis que residían allí. El presidente de Panamá pidió ayuda militar al Estado central, el Estado de Colombia, que dijo que «no podía hacer gran cosa puesto que el Tratado Mallarino-Bidlack le otorgaba facultades a los norteamericanos para ocupar el Istmo so pretexto de preservar el libre tránsito»59.

La burguesía había claudicado ante Washington en ese tratado de 1846, permitiéndole toda serie de tropelías como la invasión de 1885 para aplastar la revolución liberal, reforzar a los conservadores y ampliar su poder en Panamá y por tanto en Colombia. Los conservadores y Washington sabían que «los liberales buscaban desarrollar Colombia apoderándose de la riqueza de la Iglesia destinándola a usos mejores»60. Para mantener sus propiedades conservadores e Iglesia cedieron de nuevo ante los EEUU imponiendo un poder estatal cuasi-teocrático con la Constitución de 1886 y el Concordato con el Vaticano de 1887 que daba grandes poderes a la Iglesia. Bajo esta dictadura encubierta, la suerte de los Estados federados de Colombia fue terrible.

Veamos la de Panamá: «La revolución de 1885, la Guerra de los Mil Días, la separación de Panamá de Colombia, y la concertación del Tratado Hay-Bunau Varilla, constituyen cuatro momentos históricos de la nación panameña en los que la práctica intervencionista norteamericana influyó en el desarrollo político, social y económico del país. Treinta y tres intervenciones habrían de crear una profunda adicción intervencionista, no purificable en la oligarquía de la nueva República […] Durante más de medio siglo, la clase política y económicamente dominante le negó el reconocimiento histórico a la figura revolucionaria de Victoriano Lorenzo»61. Amputar la historia revolucionaria e imponer la reaccionaria que además justifique los ataques yanquis, exige un aparato político-cultural, educativo y universitario adecuado. La suerte de Victoriano Lorenzo la sufrieron todos y en especial todas las libertadoras para destruir la memoria revolucionaria y antiimperialista de los pueblos.

Volvamos a la Colombia de 1901 año en el que se instaló la United Fruit Company que para 1920 explotaba 30.000 trabajadores subcontratados, lo que le permitió vencerles en la huelga de 1924, pero en la huelga de 1928 los trabajadores ya se habían organizado y sólo fueron derrotados por medio del ametrallamiento militar de los y las trabajadoras reunidas en la plaza del pueblo. El impacto fue tal que el nudo de la novela Cien Años de Soledad, de García Márquez, gira alrededor de ese crimen. Mientras tanto, una burguesía cada vez más podrida, había «vendido» Panamá a los EEUU por una nimiedad de dinero en 1922 y muy poco después le aceptó préstamos con exigencias leoninas62 semejantes a las del FMI. Hasta entonces Panamá era un Estado federado en la amplia región de Colombia, con sus leyes propias y con un fuerte sentido de país.

Si nos fijamos, hay una constante entre la masacre de 1782 y la de 1928: en casi siglo y medio de luchas y represiones, el pueblo no había aprendido la lección dada por Tucídides que se remontaba 25 siglos en el pasado. Tucídides advertía de la trampa de los espartanos contra sus esclavos dados a las insurrecciones: les ofrecieron reformas y un trato mejor con tal de que dejaran la clandestinidad y fueran conocidos. Los esclavos aceptaron, los espartanos cumplieron algunas promesas…: «pero poco después los espartanos los hicieron desaparecer y nadie sabe cómo murió cada uno»63. Para descubrir por qué en 2016, 234 años después de la masacre de los comuneros, un sector de las FARC-EP regaló una «paz» espartana que los está asesinando uno a uno, debemos tener siempre en cuenta las adecuaciones que la burguesía ha ido haciendo en las sucesivas doctrinas contrainsurgentes, en las que las múltiples formas del terrorismo de Estado son decisivas.

Nunca olvidemos que todo terror represivo responde a una decisión previa sobre la necesidad socioeconómica de la clase dominante. Tales necesidades presionaron al Pentágono para que el presidente Eisenhower (1953-1961) hiciera esta declaración que tiene mucho que ver con las lecciones extraídas por el imperialismo de la contrainsurgencia espartana:

Nuestro objetivo en la guerra fría no es conquistar o someter por la fuerza un territorio –explicaba el presidente Eisenhower en una conferencia de prensa. Nuestro objetivo es más sutil, más penetrante, más completo. Estamos intentando, por medios pacíficos, que el mundo crea la verdad. La verdad es que los americanos queremos un mundo en paz, un mundo en el que todas las personas tengan oportunidad del máximo desarrollo individual. A los medios que vamos a emplear para extender la verdad se les suele llamar «guerra psicológica». No se asusten del término porque sea una palabra de cinco sílabas. La «guerra psicológica» es la lucha por ganar las mentes y las voluntades de los hombres64.

Los espartanos les hicieron creer a los esclavos la «verdad» de que, por fin, podían llegar a un acuerdo de paz. La guerra psicológica espartana ganó durante un tiempo las mentes y las voluntades del pueblo esclavizado. Fue una victoria transitoria de los explotadores porque los esclavos volvieron a la resistencia una vez que comprendieron el sangriento error cometido: la «verdad» del opresor es la mentira que oculta sus intereses y su ferocidad. La guerra contra la «verdad» espartana o yanqui es la guerra a favor de la verdad de la humanidad explotada.

En sentido elemental, tenemos que saber que penetración norteamericana en la economía de Colombia que ya era cierta desde 1901, se hizo irreversible en el período que va de 1960 a 1975, cuando las inversiones y «ayudas» yanquis tenía como condición la compra de bienes e insumos norteamericanos lo que «facilitó una integración rápida de los intereses económicos en los grandes cafetaleros, banqueros e industriales de la nación con los de las grandes empresas norteamericanas y el estado»65. Naturalmente, esto provocaba resistencias sociales, de modo que la represión clásica tuvo que ser mejorada: «Muy pronto, en 1963, se adjuntó a tales acciones otro elemento indispensable en la contrainsurgencia: la guerra sicológica. El comando del ejército colombiano acababa de traducir y publicar el libro La Guerra Moderna, del veterano militar de Argelia, el francés Roger Trinquier. Se asumió como la primera “Guía para una estrategia psicológica”.»66. Lo cual no detuvo la gran huelga estudiantil de 1965 en la que fue asesinado un estudiante67 cuando se solidarizaba con el pueblo dominicano que rechazaba con las armas la invasión yanqui.

Crímenes franceses en Argelia, resistencia dominicana contra invasión yanqui, expansión del imperialismo… todo indicaba que la contrainsurgencia que empezaba a aterrorizar al pueblo colombiano para derrotar sus luchas contra la creciente represión unida al avance norteamericano en el país, respondía a una concepción más amplia cuyas grandes líneas se elaboraban en los EEUU, como la Ley 48 de 1968 aconsejada por los yanquis permitía al ejército crear grupos civiles armados el uso privado: «Esto abrió las puertas a sucesivos grupos paramilitares que han operado junto con las fuerzas armadas oficiales en contra de los insurgentes y han atacado violentamente a varias organizaciones progresistas con relativa impunidad»68. Por tanto, llegados a este punto es conveniente que desarrollemos una visión más amplia.

Debido a sus ingentes recursos, los EEUU vigilaban muy de cerca a Venezuela y en las décadas de 1950 y 1960 volvió a confirmarse sobre todo mediante el Acuerdo de Punto Fijo que, entre otras medidas, legitimaba el feroz anticomunismo y la represión del estudiantado y del profesorado crítico en medio del allanamiento de las universidades, como la ocupación militar de la Universidad Central de Venezuela69 llevada a cabo con 3000 soldados con extrema violencia en 1966 entre otras muchas barbaridades. Las izquierdas no se amilanaron y menos las armadas, que organizaron en diciembre de 1970 el Congreso Cultural sobre la Dependencia y el Neocolonialismo, en la ciudad de Cabimas, debatiéndose muchos temas, entre ellos tres Declaraciones y Resoluciones importantes para nuestro tema: cultura, ciencia y tecnología, y universidad70. Asistieron «no sólo intelectuales, sino dirigentes políticos, trabajadores, campesinos, estudiantes y artistas» muy conscientes de los riesgos que corrían ante la represión desatada: Pedro Rincón Gutiérrez71, rector de la Universidad de los Andes (ULA), uno de tantos profesores universitarios que sufrió hostigamiento y persecución.

Como hemos visto arriba, al menos desde 1963 el imperialismo yanqui extraía lecciones para mejorar la letalidad de su terrorismo. En el caso de Venezuela:

«Los métodos fueron aprendidos en la Escuela de las Américas y sus filiales, así como replicados en el interior de los respectivos contingentes. Se contó además con la asesoría de funcionarios de la CIA quienes, a su vez, habían contado con la experiencia derivada de las guerras contra los pueblos de Vietnam y Argelia. Está ampliamente registrada en testimonio de sus autores, las formas como se transmitieron estas experiencias represivas y de qué manera Venezuela sirvió de campo de ensayo para llevar a cabo las formas de infiltración en la población; cómo obtener información bajo tortura; cómo infundir terror en las supuestas bases de los movimientos armados; cómo ganar colaboradores y cómo quebrar la moral y el compromiso de los revolucionarios»72.

Una de las lecciones universales confirmada de nuevo por la lucha de las organizaciones armadas venezolanas fue la importancia crítica de la buena formación ético-moral, teórica, política… de su militancia para resistir a las torturas y no ser captados como delatores. Cuanto más débil y superficial es la formación militante, más éxitos obtiene la represión: «Los organismos de seguridad del Estado, siguiendo el manual de la Escuela de las Américas, practicaron métodos de captación, por medio del terror y la tortura, de militantes de escasa formación moral y ética, para convertirlos en colaboradores, delatores e informantes quienes, posteriormente, se transformaron en torturadores y asesinos de sus propios compañeros»73

Precisamente fue en 1970 cuando se desató definitivamente una oleada de terror en la región colombiana de Magdalena Medio74, una de las más luchadoras y más castigadas, que para 2013 había hecho desaparecer a no menos de 2.627 personas, de entre ellas tres estudiantes, dos hombres y una mujer. El malestar crecía por todas partes y en 1977 proliferaron las llamadas «huelgas civiles»; en respuesta el Congreso aprobó en 1978 la ley denominada popularmente como de la «licencia para matar», por la cual las fuerzas represivas podían disparar sin preguntar. La derechización del ejército se intensificó y tres altos generales y dos docenas de oficiales fueron forzosamente jubilados. Entre enero y abril de 1981, se detuvo a más de 16.000 campesinos de los que 422 fueron asesinados75.

Ya para entonces se habían activado todas las guerras culturales, psicológicas, etc., lo que llevo a que en los inicios de 1980 A. Maneiro sintetizase en esta contundente frase crítica su minucioso y sistemático estudio sobre las formas de persecución contra la intelectualidad que entonces se desarrollaba en Nuestramérica: «La doma del intelectual es también la doma del Pueblo»76. La antropología imperialista, la psicología y hasta el psicoanálisis en sus versiones burguesas fueron integradas en la contrainsurgencia:

«En la década de los ochenta, todas estas técnicas de guerra psicológica fueron reunidas en un volumen de la CIA bajo el nombre de Counter Intelligence Study Manual, utilizado principalmente en los conflictos de América Central […] Para reunir información sobre una determinada población, los agentes se mezclan entre la gente y asisten a “actividades pastorales, fiestas, cumpleaños e incluso velatorios y entierros” con el fin de estudiar sus creencias y aspiraciones. También organizan grupos de discusión para medir el apoyo local a las acciones planeadas. El proceso de manipulación se pone en marcha y los agentes identifican y reclutan a “ciudadanos bien situados” para que sirvan como modelo de cooperación, ofreciéndoles trabajos inocuos aparentemente importantes. A continuación, transmiten conceptos difíciles o irracionales a través de eslóganes simples […] En los casos en que los intereses de la CIA se oponen de modo irreconciliable a los de la población, el manual sugiere la creación de una organización que actúe como tapadera, con una serie de objetivos muy diferentes a sus verdaderas intenciones. Finalmente, todos los esfuerzos por garantizar la conversión deben adaptarse a las tendencias preexistentes de la población seleccionada: “Debemos inculcar a la gente toda esta información de forma sutil, para que esos sentimientos parezcan haber nacido por sí mismos, espontáneamente”.»77.

Una aplicación particular a la Nicaragua de 1984 de esta doctrina diseñada para Nuestramérica, dice así: «Es ser humano tiene su punto más crítico en la mente. Una vez alcanzada su mente, ha sido vencido el animal político sin recibir necesariamente balas»78. Esto es cierto, sin duda, pero también lo es que solamente las balas pueden acabar con quienes no se rinden y están dispuesto a todo por la revolución, sean guerrilleros o civiles: en 1990 la Unión Patriótica, movimiento pacífico, declaró que desde 1985 le habían asesinado 3000 militantes, mil de ellos dirigentes. Cien miembros del pequeño Ejército Popular de Liberación que había dejado las armas79 fueron asesinados en 1991.

No queremos abrumar a los y las lectoras extendiéndonos en ensangrentadas listas de horror y muerte, así que avanzamos hasta la introducción a la edición colombiana de uno de sus libros, Raúl Zibechi detalla los cambios en la utilización de la fuerza militar represiva introducidos por el imperialismo, conectándolos más estrechamente con la dirección política y sociocultural de la estrategia. Se trataba de la Doctrina de Acción Integral (DAI) que, sintetizando muchas lecciones aprendidas en otros conflictos internacionales, insistía en que si bien el terror militar es imprescindible también lo es la manipulación sociocultural y política: «De ahí que la política de “seguridad democrática” esté empeñada en contar con las más diversas vías de contacto y colaboración con el amplio universo de colectivos de abajo. Cuánto más importantes sean y mayor legitimidad tengan, más interesante es para estos estrategas esa colaboración. En el caso de no conquistarla por las buenas, siempre están disponibles acciones armadas represivas, legales o ilegales, para ablandar a sus dirigentes»80. Zibechi da a conocer la experiencia sostenida desde 2004 por el pueblo nasa del Cauca que organizó la Minga de Resistencia Social y Comunitaria teniendo que enfrentarse al DAI.

4.- TERROR

Basta leer la impresionante Ley 001 de Reforma Agracia, especialmente su Artículo 2, promulgada por las FARC-EP en 1982 para comprender por qué J. Negrón Varela afirma que la élite estrechó lazos con el narcotráfico precisamente desde la década de 1980, porque ambos poderes tenían un enemigo común que se fortalecía por momentos: la izquierda revolucionaria en campos y ciudades. Y añade el autor: «El zar de las drogas, Pablo Escobar, incluso se hace de los servicios del mercenario israelí Yair Klein, quien llega al país suramericano para entrenar en técnicas de contrainsurgencia a los grupos que trabajarían para Escobar.»81. Klein formó a los asesinos con uniformes y ametralladoras Galil y Utzi dotadas de mira telescópica, del ejército israelí82. A nadie se le escapa que tal trasiego de armas y equipos de un continente a otro a la fuerza tenía que ser conocido por los servicios secretos de Israel y los EEUU, además de los colombianos.

Casi desde siempre existía en Colombia el paramilitarismo: en la década de 1950 como arma de los latifundistas para asesinar campesinos rebeldes, pero en los años de Uribe Vélez pasó a ser el arma del narcocapitalismo contra la izquierda revolucionaria armada o civil. El presidente Uribe fue el que, con sus negocios con el narcotráfico, reconocidos internacionalmente83, facilitó que se materializara el tránsito del paramilitarismo al narcoparamilitarismo. Para el 2000 el paramilitarismo ya tenía confidentes entre los rectores universitarios, profesores y empleados de las universidades, que elaboraban listados de personas a secuestrar y asesinar: «El ex rector de la Universidad del Atlántico, Ubaldo Meza, fue señalado como el principal responsable e ideólogo de asesinatos y atentados en la casa de estudios»84. G. Piccoli nos resume el informe que en 2002 elaboró la Corporación General para los Derechos Humanos (CREDHOS) sobre el paramilitarismo a lo largo de cuatro fases:

1) «Fase de aniquilamiento y destrucción del tejido social democrático de la población civil». 2) «Fase de control social». 3) «Fase de reorganización social». Y 4) «Fase de legalización y legitimación. El paramilitarismo sufre una transformación significativa y se mueve aceleradamente hacia la paraestatalización de los poderes públicos del Estado y al condicionamiento de los funcionarios públicos, hasta el punto de debilitar al Estado social […] Establecen la connivencia territorial y la tolerancia con la Fuerza Pública y comparten con ella el ejercicio de la autoridad. La organización de eventos culturales es el medio utilizado para llegar a la gente y así articular su base social y legitimar el proyecto totalitario; se hacen esfuerzos para mostrar una imagen positiva y próspera de la región, llegando algunos servicios públicos locales, incluso, a afirmar que “ya se consiguió la paz”, con el propósito de atraer la inversión del capital»85.

Bastantes de esos «eventos culturales» necesitarían de educadores y profesores, lo que nos interroga sobre el colaboracionismo de parte de esta élite con el terror, cuestión a la que llegaremos luego, pero que sirve para explicar una de las fuerzas impulsoras del narcoparamilitarismo. Por ejemplo, la organización Águilas Negras86 se creó en 2002 en las fronteras con Venezuela y afianzó en 2010, años de la presidencia de Uribe Vélez, «un presidente fiel y afín ideológicamente a Bush»87, que había llegado a la Casa Blanca de forma fraudulenta. Uribe se caracterizó por una dictadura de facto oculta tras una apariencia democrática, lo que le facilitó impulsar el narcoparamilitarismo y golpear al pueblo y a las izquierdas, en especial a la rebelión armada. Un efecto de esas medidas fue: «extender la violencia institucional, mediante la pri­vatización de la salud, de la educación, de la cultura, que convierte a millones de niños y jóvenes en analfabetos y enfermos, carentes de cualquier posibilidad de superviven­cia o de conseguir un empleo, lo cual conduce a muchos de ellos a la delincuencia.»88, que empuja a algunos al sicariato y/o al narcoparamilitarismo

Juan Manuel Santos, presidente en 2010- 2018, había ganado fama al escenificar en 2006 un acto arrasando un pequeño campo de amapolas, base de la cocaína. La «lucha contra el narcotráfico» era la excusa para los miles de millones de dólares que daba EEUU a la burguesía colombiana y a su ejército. En 2006 J. M. Santos era Ministro de Defensa del gobierno de Uribe Vélez, y luego fue el presidente que firmó la «paz» con una parte de las FARC-EP en 2016. Pues bien, para verano de 2018, la amapola había «regresado»89 con más fuerza a Colombia, y con ella los crímenes. Siendo presidente, en 2011 amplió el desmantelamiento neoliberal facilitando así el crecimiento del narcoparamilitarismo. En el caso concreto de la Universidad, en 2011 intentó avanzar en su privatización con la ley de «autonomía económica»90 facilitando la impunidad represiva dentro y fuera ya que desaparecía el control público que daba una pequeña garantía de seguridad, mientras que la privatización inherente a la autonomía económica abría las puertas al nepotismo, la corrupción y el crimen. En efecto:

«El trasfondo del ataque del Estado y las clases dominantes contra la universidad públi­ca en particular, y la educación pública en general, tiene como objetivo mantener sumi­dos en la ignorancia a las vastas mayorías de Colombia. Ese ataque se ha acentuado en las últimas décadas con el impulso de políticas privatizadoras y mercantiles, que han convertido a las universidades públicas en empresas que venden servicios educativos, a sus profesores en tenderos de ideas y a los estudiantes en clientes. Ese proyecto no sólo ha sido impulsado desde fuera de las instituciones universitarias, sino que ha contado con el respaldo activo de importantes sectores de la academia, si recordamos las ne­fastas rectorías de Marco Palacios y Antanas Mockus en la Universidad Nacional, que contaron con el apoyo de un grupo significativo de profesores.»91

Si la mercantilización facilitaba la colaboración con el terrorismo de Estado de «un grupo significativo de profesores», otro tanto lo hace el autoritarismo político, la ideología reaccionaria, la colaboración con la policía. Si casi siempre la casta académica ha sido «demócrata», conservadora, o simplemente «neutral» ante la injusticia, rápidamente se adapta al endurecimiento represivo. Aquí es conveniente aprender de la Alemania nazi, en donde hasta el propio Hitler quedó sorprendido por la instantánea nazificación de la gran mayoría de la élite universitaria, advirtiendo a sus fieles que no se fiasen de quienes «de repente cambian de chaqueta»92. Hubo una depuración que afectó a algo más del 10% del profesorado; hubo resistencia pasiva de sectores conservadores, y activa de los más radicales e incluso el profesor Huber93 de Munich fue ejecutado, pero predominaron ampliamente la identificación, el apoyo interesado y la mansedumbre.

De la misma forma en que hubo una estrecha colaboración represiva entre las dictaduras nazifascistas, franquistas, salazaristas, militaristas, etc., en Europa, que fue mejorada luego por el asesino Plan Cóndor dirigido por la CIA en Nuestramérica, a otra escala también la sufrió la universidad colombiana. Leamos a M. A. Beltrán Villegas, encarcelado en Bogotá:

«El hostigamiento de que soy víctima por parte del gobierno de Álvaro Uribe, c


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