Publicado en línea el Viernes 27 de noviembre de 2020, por Miguel Arróniz

La reconciliación en Colombia, al igual que una visionaria solitaria que deambula entre despojos, pasó de la degradación de la guerra a la degradación de la paz; 76 masacres, represión desmedida, miles de líderes y dirigentes sociales asesinados, es el saldo del “posconflicto”, mientras la paz con justicia social cuenta con muchos seguidores, y pocos defensores.

Santos guardaba la llave de una paz simulada, y se la entregó al uribismo – a su otredad- una paz por décadas conocida, que ofrece dos opciones para el pueblo; la renuncia al grito o la imposición estruendosa del silencio, por eso los recientes crímenes de Estado, son una cruel exhibición para el mundo, del abismo profundo que, al interior del régimen, separa los acuerdos con el pueblo y los que mantiene indignamente con el capital transnacional. Hoy junto al fascismo uribista, feroz con los ciudadanos y dócil con los magnates- hace síntesis en un “Postconflicto” brutal y militarizado.

Actualmente, el pueblo confronta el obscuro abismo de las postergaciones, al que arrojaron parte del fruto de sus históricas luchas por la justicia social, y debe erguirse nuevamente, no puede continuar contando uno a uno, cada día, los féretros de cientos de asesinados, cuyo destino, hoy- igual que ayer- es ser convertidos en estadísticas abstracciones.

Porque así funciona la oligarquía colombiana, acostumbrada a organizar campeonatos de fútbol, carnavales y reinados, mientras ejecuta horribles festines de la muerte, o intercambiar cadáveres para un sábado de vacaciones, cadáveres para ascensos deshonrosos, “bajas” para publicitar victorias en guerras perdidas, mientras reinicia el circo electoral en “la democracia más antigua del continente”, donde no sólo los asesinatos sino también las masacres son selectivas.

Mientras tanto, la verdad intenta emerger entre los nudos oportunistas de las “narrativas”, para buscar entrar en el territorio de los hechos. Superar el pasado nos conduce ineludiblemente a él, ya sea como quietud o inquietud, como gestación del futuro aplazado o como prolongación del pasado impuesto, en cuyo último caso, como sucede en Colombia, prohíbe el futuro, y el sólo pensarlo, concebirlo, construirlo o abocarse a vivirlo en el presente, implica pena de muerte o proscripción.

La paz con justicia social quiere decir; construcción de una nueva Colombia, enorme desafío de las mayorías, ya que es la superación de un modelo obsoleto de país, que, si se sostiene, lo hace con las migajas de sueños gringos hoy en declive. La Colombia nueva será la derrota definitiva de los tenebrosos artífices de un país arrasado y sumido en la indigencia, donde la élite advierte; protestar es permitido, pero no bloquear. Al obrero le dicen; protestar es bueno, pero no parar la fábrica, y al estudiante; protestar sí, pero no alterar la normalidad académica; sólo pugnan porque no sea interrumpido ni por un segundo, el curso normal del extravagante saqueo a los bienes y riquezas del país. ¡Protesten en silencio y quietos!, es la consigna del gobierno, que experto en criminalizar la protesta, pretende que las comunidades se sometan al miedo.

Que el minero que bloquea una carretera es un terrorista camuflado o que el indígena o el estudiante que protestan son vándalos, que los miles de campesinos movilizados no son campesinos genuinos sino terroristas disfrazados de paisanos, y que los miles de indígenas en Minga ya no lo son, sino que son terroristas que se encubren de voceros de la dignidad y la autonomía, y cuando la gente no les cree, agregan que el campesino, el indígena o el estudiante no son terroristas, pero que los terroristas infiltraron sus justas protestas, y cuando la opinión pública no les cree, dan a entender que se les infiltraron en el alma, algo que no es ya únicamente el delirium de la manipulación mediática sino la oficialización de una reencauchada inquisición; de una dictadura.

¿Como más podría llamarse un país sembrado de fosas comunes de campesinos hombres y mujeres que no aceptaron en sus veredas y municipios la imposición neoliberal y que fueron masacrados con sevicia, mutilados, trepanados, mujeres violadas, niños descuartizados por la táctica paramilitar; instrumento favorito para perpetuar crímenes de Estado?

Allí donde reposan los huesos de cientos de colombianos masacrados por el Estado y el para Estado, se yerguen hoy miles de hectáreas arropadas por la palma aceitera o por las represas para vender nuestra energía al exterior, cuando millones de colombianos, viven a ciegas como en el siglo XVI.

Sin embargo, el régimen colombiano vive una crisis sin antecedentes, profunda y amplia como las fosas que ha cavado para enterrar las voces disidentes de los ciudadanos, mientras sobrevuelan sobre el capitolio no los cóndores sino los buitres.

En medio de esto, Uribe Vélez, huye de la justicia lanzándose a un referendo, al vacío del parlamento, donde hiede a muerte, y en medio de la fetidez, irrumpe el santísmo, destilando aún la sangre de miles de jóvenes presentados como positivos por las fuerzas militares. Como si fuera poco, la ultraderecha pretende disfrazarse de centro, es decir de derecha moderada, y esta a su vez, se atavía de izquierda indignada, la izquierda es hoy reformista, y en últimas ni la derecha desea una transformación superficial del régimen porque trastoca los cimientos del modo de producción capitalista, ni la izquierda desea un cambio profundo porque derrumba su entelequia de un capitalismo humano.

Sucede que el fascismo en el poder, pretende una izquierda que piense y actué como derecha o como mínimo que piense y actúe hasta donde la derecha lo permita, sólo ese proceder consentiría eventualmente evadir la venganza del aparato jurídico de la oligarquía, con su correspondiente imputación por la caída en delito de rebelión.

Ni uribismo ni Santismo, desean superar las causas del conflicto; ya que deberían ser superados ellos mismos y sus intereses, ahí yace la coincidencia, el acuerdo en el sofocante interior de la oligarquía, el sitio donde reposa tendido su oscuro propósito de eternizar la guerra; no reconocen el conflicto, pero no pueden vivir sin él.

Como siempre, parece ser que, en la actual coyuntura política en Colombia, lo único genuino es el pueblo organizado; lo demás es el régimen o alzamientos sumisos ante el poder del Estado.

Por eso la élite se muestra indolente y cree que puede desafiar la rebeldía social, pero el pueblo sabe que hoy, después de muchas pausas fúnebres, y extenuantes recesos, en los que la muerte recorre sus nervios, y sueños; no puede claudicar, que no existe actualmente para los colombianos, la más mínima opción política ni histórica de abdicar en su búsqueda de la paz con justicia social.


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