Publicado en línea el Jueves 26 de noviembre de 2020, por Caty R

El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. António Guterres , Secretario General de la ONU, afirma a este respecto: “La violencia sexual contra las mujeres y las niñas tiene sus raíces en siglos de dominación masculina. No olvidemos que las desigualdades de género que alimentan la cultura de la violación son esencialmente una cuestión de desequilibrio de poder”. Parece, entonces, que lo que estaría en juego es un sistema de poder que afecta a todas las relaciones entre hombres y mujeres en cuanto tales. La violencia contra las mujeres arraiga en una trama que no es un campo específico –lo sexual, lo afectivo, lo corporal– sino el campo general mismo de todo lo que hay –la estructura o el poder–. Y es por esto por lo que exhibe una cierta apariencia de, si no inevitabilidad, al menos intensa persistencia. Insiste la ONU: “La violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas, persistentes y devastadoras del mundo actual […]”. Se extiende en el espacio y en el tiempo: se podría entonces afirmar, con Rita Segato, que “la historia del género se confunde con la historia de la especie”. Hablaríamos, en efecto, de un fenómeno presente –que declaran haber sufrido una de cada dos mujeres en España–, universal –que afecta a todas las relaciones entre hombres y mujeres “en cuanto tales”– e invisible –la violencia sexual fuera de la pareja se denuncia en menos del 10% de los casos–. ¿Cómo puede afirmarse que un fenómeno invisible puede condicionar algo así como la historia de la especie para hacerla un trasunto de la historia del género? ¿Cómo se relaciona esto con que el secretario general de la ONU se tenga que referir a la persistencia de ese tipo de violencia? ¿Podría alguien, incluso un sector amplio de la población, aducir que la ONU se equivoca en esto y que ese fenómeno está, en cambio, en claro retroceso? ¿Podría alguien aducir, por tanto, que es excesivo el foco que la atención pública pone sobre el problema de la violencia contra las mujeres?

Partamos del siguiente ejemplo para ubicar la cuestión: habría dos respuestas posibles al tipo específico de nerviosismo que lleva a una chica a mirar a izquierda o derecha al abrir la puerta de su casa en la noche. La primera respuesta la hace completamente responsable de ese mirar a un lado u otro, nos dice que eso responde a un nerviosismo intrínseco a quien inserta la llave, que responde a una inseguridad o a un problema interior, a un problema que, como sujeto, debería estar en condiciones de superar, suprimir o reconocer como innecesario. Desde ese punto de vista el problema es, digamos, subjetivo y, en ese sentido, una correcta genealogía del mismo podría deshacer ese miedo, podría ahorrarle a esa chica la necesidad de girar, nerviosa, la cara. La segunda respuesta nos dice que no es ella quien gira su propia cabeza, sino que mira a izquierda o derecha porque, aunque no haya nadie, hay una presencia objetiva, una presencia que le obliga a girar la cabeza, una presencia que, si adquiere consistencia, puede ser la consistencia de aquello que se declina por medio de la violencia. Podríamos decir, desde ese segundo punto de vista, que lo que la chica que gira la cara a izquierda y derecha ve en ese momento en el que no hay nada es la estructura misma, la posibilidad de que la estructura decida concretarse sobre su cuerpo y su piel, la posibilidad de que la estructura decida descargar sobre ella su violencia y recordarle que también la exterioridad –la ciudad, la región, el Estado, el mundo–, justo como el interior de la casa, tienen cuatro paredes.

Así, de algún modo, ocurre que las divisiones que parecían tan claras entre lo público y lo privado en realidad no lo son tanto. Y, entonces, lo que en realidad tenemos que explicarnos es cómo se constituyen esas paredes que hacen que la mujer gire la cara a un lado y a otro y que eso no sea imputable por entero a su subjetividad. Es decir, cómo ocurre que el exterior tenga paredes –un poco peculiares, sí, desde cierto punto de vista invisibles, sí, pero no por ello inexistentes– tal y como las tiene el interior de cualquier casa. En una primera aproximación, uno podría pensar que el Derecho, tras décadas de lucha feminista, ha conseguido sacar a la luz lo que antes estaba oculto en la oscuridad de las casas, exhibiendo y condenando lo antaño denominado “crímenes pasionales”. Según esa visión, podría pensarse que la violencia machista es ese resto de oscuridad que queda en los hogares, entre cuatro paredes, mientras fuera, en el espacio público, vivimos ya bajo la luz de la ley. Así dicho, la labor del feminismo habría concluido en el momento en el que la violencia en el hogar se ha hecho problema público y ha recibido su pertinente sanción pública. El problema es que eso dejaría sin explicar qué es eso invisible, qué fantasma es ese que recorre las calles, cuál es el nombre del Poltergeist que gira la cara de la mujer que mete las llaves en la casa apresurada y asustada. Del “callad teólogos” se pasaría a un “callad juristas”, a los que se les dice que sobre ese hecho no hay nada que legislar y que es tiempo de que los psicólogos hablen del nerviosismo de esa mujer. El feminismo, en cambio, no está dispuesto a pasar por ahí, no está dispuesto a hacer de ese giro de cabeza un problema de la mujer. Lo que ocurre más bien es que también el espacio público, también el metro, también la calle, tienen cuatro paredes para las mujeres, cuatro paredes tan sólidas como las del interior del hogar, cuatro paredes invisibles que hacen del mundo un lugar al que las mujeres se enfrentan como los pájaros que no ven las ventanas y cristales de los edificios contra los que chocan. Esas cuatro paredes son el resultado periclitado y vuelto invisible por el trabajo de una estructura que reproducimos como sociedad de manera continua. Esas cuatro paredes, invisibles, presentes y externas son aquellas a las que se refiere el secretario general de la ONU. Esas cuatro paredes son el problema que el feminismo pone de relieve bajo fórmulas como techo de cristal, como miedo a ir por la calle sola, como el problema urbanístico, arquitectónico, de cómo habitar de manera libre el día, la noche, el espacio y el tiempo.

Si esto es así, entonces, lo primero que hay que hacer para comprender el problema que tratamos es, por así decirlo, des-privatizar la violencia y, de la misma manera, des-subjetivizarla, esto es, impedir que el nerviosismo sea un problema psicológico y pase a ser un problema histórico-social. Ha sido, precisamente, cierta forma de reducir lo invisible a un problema de la subjetividad o a un problema privado el camino por el que cierto psicologismo, creemos, machista, se ha ahorrado el problema de la violencia en el espacio público.

Vayamos al problema de qué son exactamente esas cuatro paredes. “Presente, universal e invisible” son las cualidades clásicas de aquello que, sin ser una cosa, tiene los efectos de una cosa. Son las cualidades de lo que más arriba conveníamos en llamar “estructura”. Es algo que no se ve, no se toca, no se agarra: pero que determina cómo uno ve, cómo uno toca, cómo uno agarra. Esto es de lo que hablamos cuando hablamos de violencia machista. De una jaula de cristal, pero tan dura como el hierro, invisible, silenciosa, omnipresente y universal. ¿Cómo se ha originado esta estructura? ¿Por qué es tan difícil hacerla relevante? ¿Por qué genera, digamos, cierta reacción o contrarrevolución el mencionarla como constitutiva de la esfera pública? ¿Genera el señalarla un proceso reactivo en algunos hombres?

La dominación es, escribe Bourdieu, “una relación de conocimiento profundamente oscura para ella misma”. El feminismo ha sido uno de los intentos más serios de desentrañar esta oscuridad –oscuridad que coincide con la transparencia de la estructura misma–. Si algo está claro, es que nos las vemos con un asunto que se resiste a hacerse visible y relevante. Como saben todos los que han pensado qué significa ser un tirano, desde Aristóteles hasta Hannah Arendt, la dominación pura reposa siempre sobre una fragilidad constitutiva: una fragilidad que, al ser señalada, reacciona en busca de nuevas formas de reconocimiento y validación pública. Así, la cara complementaria, el necesario reverso del ideal de la virilidad es una enorme vulnerabilidad. Es por ello que la dominación necesita ser revalidada continuamente, con una validación que nunca puede provenir del sujeto hacia sí mismo, sino que es una forma de re-conocimiento, es decir, que ha de provenir de los otros, y “otros” aquí es, específicamente, otros hombres. Es connatural al ideal de la virilidad, por tanto, un suelo de miedos y angustias que se manifiestan frente a lo femenino –y lo femenino también es, aquí, señalar que girar la cabeza no es un problema subjetivo–; que se conjuran mediante pactos de validación con otros hombres –en los que buscan, precisamente, ayuda para decir que eso que le ocurre a la mujer al meter la llave en la puerta de su casa es un problema de ella y solo ella, que ellos son muy normales y que no generan miedo–; y que se exteriorizan mediante la cosificación, cuando no mediante la violencia, ejercida sobre las mujeres –que siguen viendo como su problema se privatiza, esto es, como su problema pasa del espacio de lo histórico-social a lo subjetivo-psicológico–.

Ha emergido un conjunto de lugares online donde los hombres podrían refugiarse de los agravios y el reparto injusto de capital simbólico que presuntamente habría producido la emancipación de las mujeres

Sin partir de esto no puede comprenderse lo que hay en juego en fenómenos que no dejan de sacudirnos como sociedad, como las manadas o violaciones grupales. Es un tipo de delito que no para de crecer, o quizás de denunciarse y hacerse visible, incluso entre menores. Las agresiones sexuales grupales, según estimaciones, podrían haberse multiplicado por 4 en los últimos tres años; el año pasado fueron condenados en sentencias firmes en España 416 menores por delitos sexuales, un incremento del 28,8% respecto a 2018, casi el doble que en adultos ¿Qué hay en juego en esto que podríamos llamar “el paradigma Manada”? Cuando Rita Segato trató de comprender los terribles crímenes de Ciudad Juárez, dijo que eran como un “jeroglífico”: “La violación es un enunciado”. ¿Cómo leerlo, de qué nos habla este enunciado? Ella sospechaba que en la violación grupal había una finalidad comunicativa, un mensaje que debían recibir quienes estaban presentes en la escena, es decir, los otros hombres. Basándose en su trabajo con violadores en las cárceles de Brasil, desarrolló la idea de que en las violaciones grupales lo importante no era tanto el eje vertical de agresión a la víctima como el eje horizontal de relación entre hombres con sus “pares”: así se establece un vínculo entre agresores con la mediación, como en un sacrificio, de una víctima propiciatoria. Esto, que puede parecer lejano a quienes no participan de esos actos de violencia más “directa”, les parecerá más obvio mediante los ejemplos de esas violencias normalmente consideradas menores: en las formas suaves de acoso callejero, en el intercambio de fotos íntimas, en los comentarios machistas en los chats de Whatsapp…, en esos ejemplos se trata, siempre, de constituirse y re-conocerse como hombres mediante pactos mediados por la mujer reducida a objeto o a imagen. Vale la pena recordar que, según acaba de advertir el Consell de l’Audiovisual de Catalunya , el 50% de las webs pornográficas incluyen vídeos de violaciones.

Son cada vez más las voces que analizan lo que supone, no sólo para la mujer, sino también para los hombres, la participación y reproducción conjunta de esta estructura. Podríamos resumir este viaje –y viraje– en el paso de la agresividad a la pasivo-agresividad. Como señala Kimmel en Hombres (blancos) cabreados, actualmente se va decantando un cierto temple emocional entre muchos hombres mezcla de ira, humillación y prepotencia. Su fuente sería el sentimiento de “agravio”, o síntesis entre superioridad y la victimización: la sensación de que a uno se le han arrebatado privilegios a los que creía tener derecho. Aquí la clave no es tanto lo que objetivamente se ha perdido –porque efectivamente se han perdido cosas: salarios, bienestar material, sentimiento de dignidad y honor– como la creencia en aquello a lo que se tenía derecho o aquello para lo que uno se sentía legitimado –to be entitled to–. Es este “sentirse con derecho a” –en última instancia: sentirse con derecho a seguir siendo superior– lo que explica la rabia y el resentimiento, que se proyecta hacia quien se considera culpable: las mujeres, el feminismo, las minorías. Esta reacción pasivo-agresiva al cuestionamiento del alcance de la soberanía masculina alcanza probablemente su destilado más puro en ese epifenómeno social conocido como “lo incel”. Lo incel habría que comprenderlo como subjetividades que se sienten agraviadas frente a un reparto de poder pretendidamente nuevo que presuntamente les dejaría fuera del mercado sexual dominado históricamente por esa estructura conformada en torno al poder fáctico de los hombres. Lo incel es, en ese sentido, una reclusión protosolipsista y pasivo-agresiva de regresión a un aislamiento falsamente beatífico de intimidad reconocible. Su encierro en el núcleo uterino del hogar como reproducción de una vieja ley que puede, todavía, imponerse en esas cuatro paredes fácilmente reconocibles por ellos. El hogar se prolonga en ese nuevo “útero interconectado” conformado por foros, canales de YouTube, blogs y redes sociales, hasta el punto de que ha emergido un conjunto reconocible de lugares online que ha dado en llamarse “Manosfera”, donde los hombres podrían refugiarse de los agravios y el reparto injusto de capital simbólico que presuntamente habría producido la emancipación de las mujeres. Allí se habla desde inseguridades al ligar a pérdidas de custodia en divorcios o ratios de suicidio masculino. No basta con denunciar esto como nuevas declinaciones del viejo narcisismo de la dominación, aunque también puedan serlo. Es éste uno de los asuntos en juego en el auge de la alt-right. Hay que tomarse muy en serio las nuevas formas de “auto-conciencia social” que se expresan en categorías como chad o virgin. En última instancia, no expresan otra cosa que esa paradoja que enunciaba Bourdieu recogiendo una vieja sentencia de Marx: los dominadores también están “dominados por su propia dominación”. Es decir: la estructura condiciona también a los hombres.

Cuando se habla de “las tareas de los hombres en la lucha feminista” de lo que se habla es, en primer lugar, de esto. Sin analizar cómo los dominadores son dominados por su propia dominación, sin hacerse cargo de que la estructura se inscribe en el cuerpo de las mujeres –de una manera poco sutil– con lo que podríamos llamar “violencia directa” y de los hombres –de una manera más sutil– con lo que podríamos llamar “violencia indirecta”, estaremos siempre en una mirada parcial. Creemos que la tarea crítica del momento actual no puede eludir ninguna de estas caras del problema.

Clara Ramas San Miguel es diputada y presidenta de la Comisión de Mujer en la Asamblea de Madrid.

Antonio Sánchez Domínguez es diputado y secretario general de MM en la Asamblea de Madrid.

Fuente: https://ctxt.es/es/20201101/Firmas/34206/violencia-machista-dominacion-incel-clara-ramas-antonio-sanchez.htm


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