Publicado en línea el Viernes 18 de septiembre de 2020, por Admin2

Para los tamboreros y carriceros zoques y tamborileros aragoneses

DESconstrucciones (III) <https://desinformemonos.org/wp-cont...>

Luis Buñuel, uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, aparece en la foto, como cualquier mortal, tocando un tambor en Calanda (“pueblo grande de la provincia de Teruel”, como diría el propio Buñuel) en tierras aragonesas que lo vieron nacer.

Se le nota atento, seguro de sí mismo, por la forma en que sostiene y agarra las baquetas, como un músico que entiende y conoce su instrumento. A la vez que redobla, uno de los ritmos que componen la música de tambores y bombos, escucha y sigue los estruendos de cientos de ellos que se han congregado en la plaza de la iglesia para dar continuidad y vida a las ceremonias colectivas de la Semana Mayor. En su libro de memorias Mi último suspiro, “libro semibiógrafico” como lo define en sus primeras páginas, Luis Buñuel se refiere a estas celebraciones religiosas, de la siguiente manera: Existe en varios pueblos de Aragón una costumbre que tal vez sea única en el mundo, la de los tambores de Viernes Santo en Alcañiz y en Híjar. Pero en ningún sitio, con una fuerza tan misteriosa e irresistible como en Calanda.

La foto que sostiene esta Desconstrucción es parte del libro de memorias antes mencionado (publicado por Plaza y Janes en 1982) pero carece de fecha y autor. De las 30 fotos que aparecen (incluyendo la foto de la portada) sólo dos de ellas abarcan la página completa: la que observamos y una del magistral fotógrafo, ligado al movimiento surrealista y célebre retratista, Man Ray. Conociendo lo detallista, ya que todo tiene un significado y nada escapa al azar en su cine, Buñuel decide, no es una idea del editor, poner la foto del tambor al inicio de la serie de imágenes remarcando la importancia de ésta en sus remembranzas.

El maestrísimo Buñuel, llamado también El león de Calanda, por su breve incursión al boxeo en su juventud, regresa por primera vez a España en 1960 (después de un exilio forzoso en México de casi dos décadas) a causa de la derrota de La República en la Guerra Civil que desmembró al país. Gracias al ahínco y persistencia de su amigo fraterno Paco Rabal (recuérdenlo como el sacerdote justo y recto en Nazarín o como Hipólito, el delincuente de poca monta, patilludo y traficante de cocaína en Bella de día, entre otros personajes buñuelescos), el calandés pisa de nuevo tierras peninsulares. Esta situación nos lleva a deducir que la foto fue tomada después de 1960. Existen, tal vez, tres imágenes de Buñuel tocando el tambor: una de ellas es la foto que observamos; en otra, entre una multitud de tamboreros se encuentra Buñuel, se le ve avejentado, pero con energía para seguir en el redoble, atrás de él, se encuentra el actor Fernando Rey, al fondo un niño con su tambor es atrapado por el flash, de seguro esta foto fue tomada a finales de los setenta, unos años antes de su muerte acaecida en 1983. Con este actor, Buñuel compartió algunos momentos en relación a los tambores calandeses, en sus memorias habla de su último viaje a España en 1980 en donde se reunió con varios invitados, entre ellos Fernando Rey y Julio Alejandro, en un castillo medieval cerca de Madrid y “se les ofreció la sorpresa de una alborada de tambores venidos especialmente de Calanda. Todos dijeron sentirse conmovidos sin saber por qué. Cinco confesaron que incluso habían llorado”; y en la tercera (que nos da la clave para ubicar la fecha de la fotografía en cuestión) están en primer plano Buñuel y su hijo Juan Luis, quien percute con fuerza el bombo, aquí la figura y la complexión del cineasta, así como la gabardina y la camisa son las mismas de la primera foto, la imagen está fechada en 1963. Buñuel tenía 63 años y había viajado a España para reunirse con el productor Serge Silverman con el objetivo de precisar aspectos sobre el film Diario de una camarera, misma que se rodaría al final de ese mismo año. Antes o después de esta reunión, decide ir a Calanda para reencontrarse con la música que marcó su niñez y adolescencia, la cual escuchó “por primera vez desde la cuna, a los dos meses de edad. Después, participé en ella en varias ocasiones…”

Los tambores redoblan sin detenerse 24 horas (a partir del mediodía del Viernes Santo en Calanda y a medianoche en Híjar) hasta la misma hora del siguiente día, el estallido y fragor de éstos recuerdan el tiempo oscuro y las tinieblas que se apoderaron de la tierra al morir el redentor, con esto se busca mostrar el dolor y la zozobra que causó su muerte.

Buñuel plantea que “esta costumbre” se remonta a fines del siglo XVIII, la cual se había olvidado siendo un párroco calandés quién la resucitó alrededor de 1900. Parece ser que no es del todo acertada esta apreciación del cineasta; otras fuentes ubican esta celebración en la Edad Media, a partir de que los Caballeros de las Órdenes Militares llevaron a tierras aragonesas los tambores. También se maneja que el IV duque de Híjar, encargó a los franciscanos la organización de la Semana Santa, a partir de entonces a los cargadores de peanas, alabarderos y rosarieros los acompañaron largas filas de tamboreros. Más aún, documentos encontrados en el archivo de Ducal, perteneciente a la otrora Orden Paulina, anterior a la Orden Franciscana, le otorgan a la Villa de Híjar el lugar más antiguo de esta celebración, anterior 200 años a la de Alcañiz y cinco siglos antes a la Semana Santa de Calanda.

Como sea que fuere, Buñuel habló de los tambores aragoneses de una manera insuperable, lleno de emoción y recuerdos en Mi último suspiro y muchos años atrás los mostró al mundo en sus filmes, “yo utilicé el redoble profundo e inolvidable en varias películas, especialmente en La edad de oro y Nazarín”.

En la adolescencia de Buñuel los tamboreros no pasaban de 300, para 1984 la cifra se eleva a un poco más de mil participantes (700 tamboreros y 400 bombos, según el libro de sus memorias). En la actualidad se reúnen varios miles de tamborileros que no sólo se concentran en las tres principales Villas, además otros poblados (9 municipios del Bajo Aragón) se han incorporado, en las últimas décadas, a esta celebración. En 1970 se instituyó en Teruel La ruta del tambor y el bombo y en el 2018 se declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Habría que reflexionar que tanto este crecimiento ha fortalecido o tergiversado o cambiado las características y claves culturales que conforman esta tradición sonora. En muchos casos, por ejemplo, las declaratorias de la UNESCO han propiciado cambios significativos en las fiestas y celebraciones populares y han borrado, en algunos casos de manera alarmante, los elementos constitutivos propios que les dan identidad, sentido y razón de ser, ya que se sujetan a los intereses y designios del mercado y del turismo. Para el calandés Javier Gascón, en entrevista para el periódico Heraldo, afirmó : La rompida se nos ha ido de las manos por culpa de la masificación. Tenemos que pelearnos por el espacio, hace dos años me fue imposible entrar en la plaza del Ayuntamiento. Esto mismo sucede, junto con otros problemas más preocupantes, en La Fiesta Grande (conocida por sus famosos Parachicos) de Chiapa de Corzo en Chiapas.

Nazarín

Esta película es de las primeras que vi de Buñuel, de sus filmes realizados en México (de 1946 a 1964) es el que más me ha cautivado e interesado, la he visto por lo menos diez veces, incluso más que Los olvidados, La ilusión viaja en tranvía, Simón del desierto, Ensayo de un crimen o Subida al cielo.

Estoy seguro que la vi en 1971, lo que dudo es en cual cine. Pudo haber sido en los múltiples cineclubes que existían en la Universidad o en La Alianza Francesa o en El Instituto Francés para América Latina (IFAL) o bien, en El Centro Universitario Cultural, (el CUC fue un verdadero espacio de difusión cultural y de debate político, en los sesenta y setenta, uno de sus fundadores fray Alberto de Ezcurdia Híjar llevó a primer plano un diálogo abierto entre marxismo y cristianismo). Todos ellos exhibían de manera continua sendos programas de cine de muchos países y ciclos dedicados a renombrados cineastas, en estos espacios adquirí, en parte, mi educación cinematográfica. Pero en definitiva, mi arraigada cinefilia surgió en los cines que estaban cerca de mi casa, yo nací y viví hasta los 19 años, en la colonia Santa María la Ribera, en la calle de Chopo, a dos cuadras del famoso Museo. Calle estratégica, en muchos sentidos, cerca se encontraban El Rívoli, El Majestic y El Ópera, pero también podía llegar caminando a los cines Latino, Diana, París, Paseo y también al Roble (el cual fue el primer espacio en donde se llevó a cabo La Muestra Internacional de Cine, ya dañado, recibió la estocada mortal del terremoto que azotó a la Ciudad de México en 1985) todos ellos sobre Reforma. En 1974 se amplió, para bien, la propuesta para la gran pantalla, al construirse La Cineteca Nacional, en Chububusco y Tlalpan, y también, por esos años, surgió la cadena de Las salas de arte de Gustavo Alatriste. El Regis (que estaba en avenida Juárez) era uno de los que más frecuentaba y literalmente desapareció por aquel mismo suceso telúrico. A veces iba al cine Las Américas, ahí estaba el Café del mismo nombre, el expresso era muy bueno y en algún momento adquirió cierta fama ya que asistían con regularidad algunos periodistas, escritores e intelectuales de medianía. En fin, eran momentos que se exhibían una gran diversidad de propuestas cinematográficas y las salas cinematográficas eran verdaderos palacios de la proyección.

Nazarín, la película (filmada en 1958 y ubicada en un pueblo de Morelos en plena agonía del Porfiriato) está basada en Nazarín, la novela de Benito Pérez Galdós. Paco Rabal interpreta a Nazario, cura sencillo y humilde, pero de convicciones firmes, que ejerce en serio su visión elemental y humanista del cristianismo y cumple a “rajatabla” los evangelios, esto lo lleva a situaciones extremas e impredecibles. Nazario es tildado de espíritu rebelde, inconforme e imprudente por el enviado del obispado que lo amenaza con suspender su licencia sacerdotal por sus “relaciones escandalosas y deshonestas con esa mujer”. A su vez, los Federales lo persiguen por encubrir y proteger a esa misma mujer, criminal y prostituta. Al inocente Nazario lo llaman desde predicador estrafalario, carroña de santurrón, hereje y renegado por las voces intolerantes (que se sienten amenazadas por los espíritus diferentes y que no encajan en las formas sociales establecidas), hasta hombre santo, pobre beato y bendito por las mujeres que lo siguen, cuidan y defienden: Beatriz y Ándara, interpretadas por Marga López y Rita Macedo, ambas metidas en su papel de una forma más que convincente. Hay dos momentos en la película que vale la pena resaltar de Marga López y que se salen de los papeles encajonados que solía interpretar: uno, es la posesión erótica con movimientos pélvicos y arqueos, antecedido por una ensoñación con palabras “sucias” y provocativas cargadas de pasión donde le estampa un tremendo beso de venganza a Pinto, su amante-dueño (interpretado de manera ejemplar por Noé Murayama), que le hace sangrar el labio inferior. En los años ochenta Ricardo Rocha en una entrevista, de seguro fue en el programa de televisión Para gente grande, le pregunta a Marga López lo que significa haber sido la actriz que protagonizó a la mujer que dio el beso más erótico en el cine mexicano, Marga visiblemente molesta le pide que no toque ese tema. Sólo el gran Buñuel pudo hacer brotar lo más íntimo y escabroso a sus personajes. En su “semibiografía”, Buñuel nos cuenta una situación en la filmación que causó enojo e incomodó al laureado Gabriel Figueroa y, a su vez, nos da elementos para comprender su cine, Buñuel lo cuenta así: Fue también durante este rodaje cuando escandalicé a Gabriel Figueroa, me había preparado un encuadre estéticamente irreprochable, con el Popocatépetl al fondo y las inevitables nubes blancas. Lo que hice fue, simplemente, dar media vuelta a la cámara para encuadrar un paisaje trivial, pero que me parecía más verdadero, más próximo. Nunca me ha gustado la belleza cinematográfica prefabricada, que, con frecuencia, hace olvidar lo que la película quiere contar y que, personalmente, no me conmueve.

Pero no nos distraigamos con estos tópicos, la música de la película es lo que nos interesa. Sólo en breves momentos se escucha música en Nazarín: al inicio, cuando aparece toda una gama de personajes populares, entre ellos, Chanfa, especie de matriarca italiana implantada a fuerza en un pueblo de México (aquí, tal vez, el único yerro de Buñuel) que interpreta Ofelia Guillmain con una actuación chata, cuadrada y con un histrionismo contenido, puede ser que Buñuel le pidiera que se limitara. Para mí, la Guillmain siempre me pareció que tenía una marcada influencia de las insuperables actrices: la enigmática griega Irene Papas y la magna italiana Anna Magnani. En estas secuencias escuchamos Dios nunca muere de Macedonio Alcalá, con música de cilindro que se mezcla con voces, gritos y cantos de vendedores ambulantes, aquí Buñuel creó, sin proponérselo, un elocuente “paisaje sonoro artificial”; en continuas ocasiones se oyen el repicar de unas campanas de iglesia que acentúan o sólo marcan la escena dramática; y al final, cuando Nazario y el guardia que lo lleva a rendir cuentas, “ante Dios y ante la justicia humana”, toman un breve descanso en un camino polvoroso, al cura se le acerca una vendedora de frutas, le ofrece una piña y le dice: Tome esta caridad y que Dios le acompañe. En ese momento a Nazario se le viene el mundo encima, por primera vez duda, no sabe cómo reaccionar, siente el fracaso, la inutilidad de sus actos, vacila, zozobra, acepta la piña, pero no se la come y reinicia la caminata, ya sin la seguridad que mostraba, junto al escolta. A partir de este momento Nazario ya no es el mismo y de ello dan fe el redoblar de los tambores de Calanda.

En los créditos musicales se lee: “Ritmo de semana santa en Calanda (España). Ejecutados por los tambores de la Sección de Filarmónicos”. En algunos textos en internet se le atribuye al compositor Rodolfo Halffter ser el responsable de la música; falso, el representante de la Generación musical del 27, quién introdujo a México el dodecafonismo y la música serial, no tuvo nada que ver en esta película. No así en lo que respecta a Los olvidados, en este film el maestro Halffter realiza “los fondos y dirección musical”.

Refilón

Si algo de aragonés corre por mi sangre, de seguro debe ser de algún antepasado tamborilero de la Villa de Híjar. Desde hace varios años vivo en Chiapas y desde hace ocho toco el tambor en la Mayordomía zoque del Rosario de Tuxtla Gutiérrez y con otros grupos de música tradicional, por cierto, en Teruel se mantiene la Cofradía Cristo de los tambores y bombos. Existen grandes diferencias entre éstas dos expresiones sonoras, por ejemplo: en Teruel, se toca en una sola ocasión al año (24 horas sin parar, “romper la hora” le llaman al inicio de la celebración en Híjar y “rompida” en Calanda) y en Tuxtla, el calendario festivo-ritual es amplio y diverso y no hay semana, a lo largo del año, en que no se lleve a cabo algún evento propio de la Mayordomía o de otra fiesta familiar o comunal en donde la música de pito (también conocido como carrizo) y tambor le da razón de ser a las celebraciones. En Teruel, la música de tambores está conformada por seis ritmos; en Tuxtla, hay once músicas, para sus once principales fiestas, en ellas encontramos alrededor de 90 sones diferentes con sus respectivos cambios melódicos y rítmicos. Más allá de las diferencias, hay algo que los une y hermana: la identidad, ese espíritu indeleble, que les otorga un sentido poderoso de pertenencia y la certeza de que su patrimonio sonoro es único y se encuentra vivo y vigente.

Debido a la impredecible pandemia y al controvertido confinamiento, este año las plazas, calles y callejuelas de los pueblos que integran La ruta del tambor y el bombo se vieron vacías, desiertas y tristes, nunca, ni en la Guerra Civil se dejaron de escuchar los retumbantes sonidos de las percusiones. Pero esto no impidió que callaran, ya que en las ventanas, balcones y terrazas los tamborileros (familias enteras) tocaron con más fuerza que nunca y de este modo las celebraciones se manifestaron ante los avatares y los aragoneses le dieron la vuelta al destino.

Lo mismo sucede con los ciclos festivos en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y en muchos lugares del mundo donde la cultura popular resiste cotidianamente ante la manida modernidad y la decadente globalización. El tambor y el carrizo no han dejado de sonar desde que inició la pandemia (si bien, en un inicio con poca asistencia y siempre manteniendo las medidas de prevención), la tradición sigue y seguirá presente y no habrá ningún percance “natural” o humano que logre detenerla.

La entrada Buñuel y los tambores de Calanda aparece primero en Desinformémonos .


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