Publicado en línea el Lunes 14 de septiembre de 2020, por JDF

De todo el paquete de reformas, la prensa occidental se ha esforzado en destacar un único aspecto: el establecimiento de un límite de dos mandatos consecutivos para el Presidente de la Federación, pero iniciando un nuevo ciclo a partir de la aprobación de las reformas en el referéndum, lo que en la práctica supone la posibilidad de que el actual Presidente Vladimir Putin vuelva a presentarse, si así lo considera oportuno, para ser elegido durante dos nuevos mandatos.

Esta posibilidad, a tenor de los comentarios en la prensa, aterroriza a Occidente que inmediatamente saca todo su arsenal de acusaciones contra Rusia: totalitarismo, dictadura, régimen corrupto, persecución de la oposición, falsa democracia, etc. Cuando era niño nos enseñaban en la escuela que el “metro patrón” era una barra de platino depositada en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de París. Sería interesante saber dónde se encuentra depositada la “democracia patrón” y cómo se aplica para medir. El caso es que Occidente y sus amigos y aliados siempre dan la talla, mientras que los enemigos y no amigos nunca llegan. Qué cosas, quizá dilate con el calor.

Hegel decía que Rusia estaba «fuera de la Historia». Los viajeros y diplomáticos europeos decían que era un país atrasado y corrupto. Marx decía que Rusia era el guardián de la reacción en Europa. La prensa británica y la francesa presentaban a Rusia durante todo el siglo XIX como la gran amenaza para el liberalismo y para los Estados democráticos occidentales. En el siglo XX, la cosa fue a peor, llegó la Revolución rusa y la Europa bien pensante entró en pánico. La caricatura del temible oso ruso se enriqueció con Lenin, la «Cheka» y el terror rojo, y hasta los socialdemócratas europeos desde los alemanes al bueno de Pablo Iglesias en España dijeron y escribieron que aquella revolución de los bolcheviques era una locura y un error histórico. El paréntesis de la Segunda Guerra Mundial Imperialista, en el que la Unión Soviética se convirtió en un aliado circunstancial de una parte de Occidente, duró poco. Siguió un largo enfrentamiento, una larga guerra, fría con la URSS, y muy caliente en los nuevos Estados que conseguían independizarse del imperialismo con la ayuda soviética. En aquel conflicto la URSS/Rusia, fue acusada de todo: falso socialismo, capitalismo de Estado, régimen autoritario, dictadura… e incluso de ser el «Imperio del mal» en boca de Ronald Reagan. Finalmente llegó la Perestroika y la «miseria gorvachoviana» que dijeron algunos, el régimen corrupto del borracho de Yeltsin y el oscuro Putin, «agente del KGB». En definitiva, doscientos años sin un rayo de luz democrática. ¡Qué angustia, por dios!

¿Qué hay detrás de esta visión de Rusia? Podríamos decir que eurocentrismo y rusofobia, y acertaríamos sin duda. Pero, hay algo más profundo bajo esta dura capa de barniz ideológico.

Veamos un ejemplo: la Guerra de Crimea de 1853-1856. ¿Qué hacían Francia y el Reino Unido de la Gran Bretaña desembarcando sus tropas en la península de Crimea y poniendo sitio a la base naval de Sebastopol? La respuesta a esta pregunta la encontramos en algunas de las exigencias de Inglaterra durante las negociaciones de paz en París. Por ejemplo, que Rusia abandonara el Cáucaso y Asia Central. ¿Para qué? Asia Central era un territorio largamente codiciado por el Imperio británico, al que tenía intención de acceder a través de Afganistán para anexionarlo a las colonias británicas en la India. El Cáucaso era la puerta occidental al Mar Caspio y a Persia desde el Mediterráneo y el Mar Negro. Dominando el Mar Caspio se accedía de forma directa tanto a Asia Central como a Persia, a la que tenían también previsto incorporar al Imperio desde la parte de la India que luego se convirtió en Pakistán. Además, el Cáucaso resultaba de vital importancia estratégica para los planes que Gran Bretaña y Francia tenían reservados para el Imperio otomano, al que ya controlaban y que desmembraron y se repartieron apenas cincuenta años después.

Tras la derrota en aquella guerra, Rusia, al igual que China tras la Guerras del Opio, se vio obligada a abrir las puertas a los capitales británicos y franceses que penetraron los bancos rusos e invirtieron grandes capitales en la industria extractiva de recursos naturales y en los ferrocarriles que debían llevar aquellos recursos hasta el corazón de Europa. La alianza del Imperio ruso con Francia e Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial Imperialista estuvo articulada precisamente por esa estrecha dependencia económica y la condición de periferia de Rusia con respecto al imperialismo francés y británico.

La Revolución rusa de 1917 supuso la ruptura de aquel vínculo de dominación. La reacción de Occidente junto con la potencia económica capitalista emergente de Japón fue la llamada Intervención y la invasión de Rusia prácticamente por los cuatro puntos cardinales: Bielorrusia, Ucrania, Crimea en el Mar Negro y el Lejano Oriente en la costa del Pacífico. Más tarde, la Segunda Guerra Mundial Imperialista vino a significar un nuevo episodio de aquella tendencia histórica. Alemania y Japón pretendieron repartirse Eurasia para la ampliación de sus Imperios coloniales continentales. Y la Unión Soviética fue otra vez la parte más importante a repartir.

Y es que hay una curiosa constante en nuestra historia contemporánea tras la llamada caída de los Imperios. El sueño bolivariano de un gran Estado iberoamericano no fue posible por la intervención británica que se encargó de malograrlo, apoyando y financiando a las diferentes élites territoriales criollas en un enfrentamiento que dio lugar a un rosario de nuevos Estados, débiles y dependientes, que continúan al día de hoy siendo periferia del capitalismo. Lo mismo ocurrió un siglo después con los restos del Imperio colonial español que acabó repartido entre los Estado Unidos de América y Alemania. El Imperio otomano fue desmembrado y repartido entre Francia y Gran Bretaña y sigue siendo al día de hoy un lugar asolado por guerras inacabables desatadas para dirimir la posesión de sus grandes reservas de combustible. China fue vergonzosamente derrotada en las Guerras del Opio por los británicos e intervenida posteriormente también por franceses, norteamericanos, alemanes y japoneses. El Imperio austro-húngaro fue también desmontado y su territorio repartido en zonas de influencia británica, francesa y posteriormente alemana.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el referéndum del uno de julio de 2020 en Rusia y con Putin? Pues mucho. Putin es el hueso en la garganta de las pretensiones del capitalismo occidental con respecto a Rusia. Durante la famosa Perestroika, Gorbachov y sus secuaces argumentaban como una necesidad la vuelta de Rusia «al seno de la civilización occidental» y a la «casa común europea». Sajarov, disidente y Premio Nobel de la Paz, decía y escribía que había que desmembrar a la Unión Soviética y a Rusia por ser un lastre, herencia del despotismo asiático de la cultura rusa, al que había que sustituir por Estados de «tamaño normal» y fáciles de gobernar… aunque nunca fue lo suficientemente sincero para decir de forma explícita quien iba a gobernar aquellos nuevos Estados.

El destino diseñando para la URSS/Rusia tras su derrota en los años 90 del siglo XX era el que anunciaban sin ningún pudor Sajarov y sus amigos neoliberales. Ese fue el papel de Yeltsin y sus gobiernos títeres dirigidos por “asesores” de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania: hacer posible la quiebra y ruptura del Estado ruso y la desaparición de Rusia. Sin embargo la historia no fue por el camino esperado y a ello contribuyó, a pesar de las apariencias, el propio Yeltsin, que se resistió como pudo, y sobre todo el hombre que vino después: Vladimir Putin.

Ese es, en gran medida, el papel histórico de Putin, de sus aliados políticos, permanentes y circunstanciales, y de toda una legión de empleados públicos y ciudadanos anónimos: haber mantenido y seguir manteniendo como un todo a Rusia y a su Estado, cada vez más reforzado y con más relevancia en el concierto internacional. El sarpullido occidental por la reincorporación de Crimea a Rusia en 2014 tiene más que ver con los viejos intereses geoestratégicos de 1853-1856 que con una sincera defensa del Estado ucraniano, útil para Occidente sólo en tanto y en cuanto que colonia y bastión de sus arriesgados intereses dentro del territorio histórico de los eslavos orientales.

A pesar de la importante penetración del capitalismo en la Rusia postsoviética que le ha permitido apropiarse de importantes sectores estratégicos, como por ejemplo la producción de níquel, o debilitar importantes sectores científico-técnicos del sistema productivo ruso, el objetivo principal, el desmembramiento de Rusia y su conversión en periferia absoluta del capitalismo imperialista, no ha podido llevarse a cabo. La URSS y el socialismo ya hace tiempo que desaparecieron de Rusia, Putin no es un líder socialista, pero Rusia, en su estructura productiva, social y cultural sigue siendo un híbrido difícil de calificar donde conviven las reformas económicas neoliberales de los noventa con la arraigada y obstinada pervivencia de elementos estructurales fundamentales del socialismo soviético.

En este momento histórico concreto la permanencia de Vladimir Putin como Presidente supone un gran obstáculo para los planes de Occidente, sobre todo cuando Rusia ha vuelto con fuerza al concierto geoestratégico internacional haciendo frente a las descaradas y agresivas políticas imperialistas en Iberoamérica, Oriente Medio, África y Asia. Aquí reside, en última instancia, el motivo de los desesperados ataques contra su figura en particular y contra Rusia en general.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/rusia-geopolitica-y-referendum/


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