Publicado en línea el Sábado 12 de septiembre de 2020, por Alfredo Iglesias

El último mes ha sido decepcionante: a) la pandemia nos coloca en los primeros lugares del mundo, proporcionalmente a la población, en cuanto a número de víctimas; b) el desempleo ha alcanzado nueve millones de trabajadores más en seis meses; c) el retorno de la inflación superior al 20% en la canasta de alimentos, agrava la tragedia sanitaria[1]; d) las denuncias semanales de jóvenes negros discriminados, perseguidos, detenidos y asesinados a causa de un racismo feroz y endémico que, a escala nacional, ha aumentado este año; e) la bizarra movilización de grupos de extrema derecha contra el derecho al aborto de una niña de diez años, violada desde los seis años por el propio tío; f) la ofensiva de la clase dominante para imponer una reforma de la Constitución que permita el empleo precario en la administración pública, hasta la reducción nominal de los salarios, además de las privatizaciones relámpago: ya hicieron la del saneamiento básico y ahora van por los Correos y Eletrobrás; g) un patrón crónico de corrupción en todas las esferas, en los municipios, los gobiernos de los estados – con procesos de destitución – y las investigaciones que se acercan a Jair Bolsonaro con la detención de Fabrício Queiroz son el contexto de un Brasil infeliz.

Pero, paradójicamente, las encuestas informan que sólo un tercio, o el 33% de la población brasileña ve al presidente Jair Bolsonaro como el principal responsable de las muertes causadas por el nuevo coronavirus durante la pandemia[2]. La premisa de que el constante desgaste de Bolsonaro es la tendencia que prevalecerá, inexorablemente, es una apuesta peligrosa. El impacto del auxilio de emergencia, aunque sea transitorio, debería servir de advertencia. Por lo tanto, sería dramático que la izquierda brasileña aceptara que el horizonte de la lucha contra Bolsonaro debe ser el 2022.

Los ríos no siempre fluyen hacia el mar. El respeto de los límites de la alternancia por el calendario electoral puede ser fatal. Porque el gobierno de Bolsonaro no es sólo un gobierno de extrema derecha. El ala bolsonarista es neofascista, tiene un proyecto estratégico y pretende imponer una derrota histórica a las organizaciones de trabajadores y a los movimientos sociales populares.

Un largo estancamiento con un sesgo de depresión

La depresión económica ya ha dado lugar a una década perdida. Diez años no son diez meses. El PIB no debería volver al nivel de 2014 antes de 2024, si es que lo hace. El gobierno de Bolsonaro se beneficia de un apoyo mayoritario en la clase dominante. Este apoyo está anclado en una estrategia económica y social.

La inversión de la situación económica se basó en el presupuesto de «guerra» que garantizaba la distribución de 250 billones de reales a 65 millones de personas indigentes. Pero causó un aumento del endeudamiento público –de 72% a por lo menos 95% del PIB– sostenido, hasta ahora, por la reducción del costo del reciclaje de los títulos a 2% por año.

Pero el perfil de la deuda doméstica está cambiando a la deuda a corto plazo, lo cual es peligroso. En los bonos a cinco años la tasa ya está en el 7%. La ley de tope de gastos, aprobada en 2017, alimenta la expectativa de que en los próximos años prevalezca una reducción de este perfil de deuda/PIB para tranquilizar a los capitalistas.

Pero la clave es el acuerdo estratégico con el proyecto de Paulo Guedes de un reposicionamiento subalterno del capitalismo brasileño en el mercado mundial. El nombre de esta reinserción, una estrecha alineación con el gobierno de Trump, y una dependencia de la inversión extranjera para salir de la depresión, es recolonización. La recolonización es una regresión histórica en el lugar que ocupa Brasil en el mercado mundial y también en el sistema internacional de Estados.

Sigue un plan y reposa en una apuesta. El plan es que un crecimiento superior al 3% anual entre 2021 y 2022, impulsado por la atracción de un aumento masivo de la inversión extranjera, bastaría para contener el malestar social derivado del aumento de la desigualdad social. La apuesta es que la demanda del mercado interno será alta cuando la pandemia esté más controlada y el nivel de las exportaciones se dispare: una solución asiática a la «trampa del estancamiento de los países de ingresos medios». Pero la recolonización requiere una elevación de las ya deterioradas condiciones de sobreexplotación del trabajo. No podemos saber si esta contrarrevolución social puede llevarse a cabo en el contexto del régimen liberal-democrático erigido desde el fin de la dictadura. Sólo puede ser posible imponiendo una derrota histórica a la clase trabajadora. Por esta razón, Bolsonaro busca un segundo mandato. Una derrota histórica anula la capacidad de resistencia durante muchos años, el intervalo de una generación, como ocurrió después de 1964 por la dictadura militar. Ese es el mayor de todos los peligros.

La dependencia externa está aumentando

El gigantismo del PIB brasileño no puede ofuscarnos. Debemos entender que Brasil sigue siendo un país periférico en toda la línea. Pero como expresión de un desarrollo desigual y combinado, la economía brasileña todavía tiene el mayor parque industrial del mundo, al sur de la línea del Ecuador. Sus multinacionales son las más poderosas del continente. Sin embargo, el largo estancamiento de los últimos seis años señala, inequívocamente, que está en marcha un proceso de recolonización económica.

Hay una jerarquía en los grados de dependencia externa. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Brasil ha sido una semi-colonia privilegiada y una sub-metrópolis regional. Esta es la peculiaridad del híbrido brasileño.

El capitalismo brasileño siempre ha sido y sigue siendo un gran importador de capital[3]. Su lugar en el mercado mundial también ha sido el de un país exportador de productos primarios e importador de manufacturas que incorporan más tecnología. Históricamente, ha sufrido una transferencia de riqueza debido a las desventajas de los términos de intercambio. No obstante, ha conservado su posición como sub-metrópoli regional, por lo que también es una plataforma para las exportaciones de capital hacia Uruguay, Perú, Bolivia y Paraguay.

El claro patrón histórico de dependencia de la economía brasileña, se expresa en la necesidad insustituible de acceder a las inversiones extranjeras para no caer en el estancamiento. Paulo Guedes apuesta a que será posible hacer «lluvia de dólares» al final de la pandemia. Bolsonaro, y la fracción burguesa que lo apoya, es consciente del peligro de estancamiento económico. La decadencia se ha traducido históricamente en una crisis social, que siempre ha sido una antítesis de la crisis política.

La vulnerabilidad externa es el talón de Aquiles del capitalismo brasileño

Esta vulnerabilidad externa ha impuesto necesariamente, una y otra vez, un pie en el freno: un ajuste provocado por la fragilidad de las transacciones actuales, de ahí el peligro de una fuerte devaluación de la moneda nacional. Este año de 2020 ya ha superado el 40%, y no fue mayor solo debido a las reservas de divisas por encima de los 300 billones de dólares, sino por un sesgo a la baja. Como resultado, las presiones inflacionarias ya han vuelto, golpeando la canasta básica.

Esto explica, en parte, los ciclos de presión inflacionaria, también crónicos, como el último, que culminó en 2015 con la tasa superior al 10%. El déficit presupuestario nominal, por lo tanto, el déficit primario sumado al reciclaje de los intereses de la deuda interna, como proporción del PIB, evolucionó de 4,8% en 2001 a 2,7% en 2004, 2,4% en 2007, 6,1% en 2014 y 10,3% en 2015. Pero este año de 2020, con la aprobación del llamado presupuesto de «guerra» para enfrentar la pandemia, será cercano al 30% del PIB.

El tipo de cambio se depreció bruscamente de 2,20 reales por dólar a mediados de 2014 a niveles cercanos a los 3,50 reales por dólar a mediados de 2016, llegó a 4,30 reales en 2019 y subió a 5,30 reales en 2020. La contracción del PIB de 2014 a 2016 fue del 7%, una destrucción vertiginosa[4]. Pero será superado este año por una contracción proyectada siempre por encima del 5% del PIB, en comparación con 2019.

El impeachment de Dilma Rousseff y la asunción de Temer prepararon el camino para las reformas estructurales, comenzando con un ajuste fiscal sin precedentes en la historia. El arresto de Lula preparó el camino para la elección de Bolsonaro. Y Bolsonaro prepara el camino para la regresión histórica. El Brasil, en este 7 de septiembre de 2020, está viviendo un retorno al patrón de un país periférico especializado en la exportación de alimentos y la extracción de minerales. Una recolonización. Un país triste. Una nación infeliz.

Valerio Arcary es miembro de la Coordinación Nacional de Resistencia/PSOL.

Notas

[1] https://www.redebrasilatual.com.br/economia/2020/09/precos-cesta-basica-acima-inflacao/

[2] https://revistaforum.com.br/politica/ibope-um-terco-da-populacao-ve-bolsonaro-como-principal-culpado-por-situacao-da-pandemia/

[3] Brasil fue el país que recibió el tercer mayor volumen de Inversión Extranjera Directa (IED) en 2012 entre las economías de la periferia, con un total de 65.000 millones de dólares, sólo superado por China (120.000 millones de dólares) y Hong Kong (72.000 millones de dólares). Este gran volumen de IED en Brasil cubrió el déficit de la cuenta corriente en el mismo año, que alcanzó los 54.200 millones de dólares, equivalentes al 2,4% del PIB (Producto Interno Bruto). Este volumen de IED, alrededor de 60.000 millones de dólares, se mantuvo estable durante los dos años anteriores y posteriores. Pero superó los 80.000 millones de dólares en 2017: http://desacato.info/investimento-externo-direto-e-desnacionalizacao-da-economia-brasileira/ Consulta en 19/12/2016.

[4] Carta de Coyuntura del IPEA: Nota técnica Reevaluación de la vulnerabilidad externa de la economía brasileña, indicadores y simulaciones. Julio/setiembre de 2016. http://www.ipea.gov.br/portal/index.php?option=com_content&view=article&id=28349 Consulta del 12/12/2016.

Traducción: Ernesto Herrera, para Correspondencia de Prensa .

Fuente (del original): https://revistaforum.com.br/colunistas/valerioarcary/o-sete-de-setembro-da-nossa-infelicidade/

Fuente (de la traducción): https://correspondenciadeprensa.com/2020/09/09/brasil-el-siete-de-setiembre-de-nuestra-infelicidad-valerio-arcary/


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