Publicado en línea el Martes 8 de septiembre de 2020, por Miguel Arróniz

No hay nada que hacer, los «Trizas» («Uribeños», «Rastrojos», Gaviria, Pastrana, Vargas, los Char, Sarmiento, RCN y los pastores) son invencibles. Se superan en cada jornada. Pueden limpiarse el fundamento con la bandera y en seguida enarbolarla como prueba albísima de su patriotismo. Pueden jugar fútbol en canchas de lodo sanguinolento y luego limpiar las botas con el betún de la decencia de los emboladores de la Fiscalía. Pueden jactarse de engañar a los electores y luego reclamar airadamente el triunfo y exigir respeto a sus demandas. Pueden putear a los magistrados y acto seguido jurar respeto a la Justicia. Pueden clamar por una segunda instancia para Andrés Felipe Arias, el filántropo del campo que gozó de ene instancias y fue condenado por todas, incluso por fiscales y procuradores «Trizas». Pueden utilizar al presidente como defensor de oficio y denunciar la falta de garantías procesales para «Santiago Apóstol», quien solo ha podido evadir a la justicia 24 años, y para su hermano, el pobre viejecito que sufre el acoso de la Justicia en su latifundio.

Los «Trizas» está reídos: ya despedazaron los acuerdos con las Farc, venezolanizaron la institucionalidad (capturaron la Procuraduría, la Contraloría, la Defensoría y la Fiscalía) y ahora aplauden el retorno de las masacres a las ciudades y los campos de Colombia. Es el movimiento final de la cantata y fuga para motosierra, la pieza que dejaron inconclusa en 2010. Como ya lo había advertido su líder supremo, los «Trizas» están calmando hambres atrasadas tras ocho años de abstinencia de sangre, redondeando la faena de las masacres con sentido social… perdón, los homicidios colectivos con fines de reingeniería social.

Si alguien lo tuvo todo para cambiar la historia de Colombia, fue Álvaro Uribe. Tuvo una economía creciendo por encima del 5 % gracias a una ola de bonanza mundial y a la feria de los servicios públicos y de los títulos mineros, cuya adjudicación aumentó 800 % durante sus dos administraciones. Tuvo un enorme respaldo popular, industrial y militar, éxitos rotundos contra la guerrilla, un innegable conocimiento del país y una capacidad de trabajo asombrosa.

Uribe tomó estos grandes trozos de oro, los sometió al fuego de los altos hornos de sus odios y ambiciones, pronunció un millón de palabras mágicas y produjo, luego de años de furioso trabajo, esta mezcla casi perfecta de sangre, heces y babas que es el Gobierno actual. Él sabe que es imperfecta, pero no le preocupa, tiene dos años más para terminar la tarea, para vengarse de Santos y de esa Colombia que no supo apreciar sus desvelos; para decirles a la ONU, al Vaticano, al Parlamento Europeo, al Comité Noruego del Nobel y a los demócratas del mundo que se caga en la ley y en la democracia y que el fascismo nunca morirá para siempre porque está en el gen de los más bajos instintos de la especie, impreso a fuego en los reptilianos cerebros de los «Trizas». Y que se cuiden los mamertos y los demócratas porque, así esté abandonado por sus dioses y por sus electores, la agonía de un monstruo puede ser tan nefasta como sus días de gloria.

Los «Trizas» ganaron. Su objetivo central es incendiar el país porque la paz es la pesadilla de su líder (y porque en la guerra medran los contratistas, los banqueros y los asesinos). Ya empezaron y están corriendo con suerte: la pandemia es una bendición del cielo. Todo lo que sea muerte y miedo juega a su favor.

Vaticinio: en 2022 los alfiles del Centro Democrático saldrán huyendo (tienen vasta experiencia), dejarán atrás un país en ruinas y Uribe descansará al fin en paz.


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