Publicado en línea el Lunes 7 de septiembre de 2020, por Admin2

Pensando en esta columna decidí abordar nada menos que el valor de las semillas agrícolas considerando que ellas son una parte fundamental de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad y de nuestro futuro. Y culminando ese camino me llegó un texto escrito por el maestro agroecólogo colombiano Marío Mejía Gutiérrez dedicado justamente a las semillas. Por eso decidí homenajearlo a un año de su partida física y convertir este artículo en un diálogo con él. Un diálogo como los que en las pocas oportunidades en que nos encontramos tuvimos. Un diálogo que continúa con los maíces que me regaló en Manizales y que hoy crecen y se multiplican desde Marcos Paz.

Porque las semillas agrícolas….

Son vínculo ya que nacieron de la mano de nuestras ancestras que entablaron una relación fraterna con la naturaleza que perdura y se sigue realimentando cada día.

Y Mario dijo

Semilla es cultura, porque nos invita a convivirla, a conocerla, a entenderla, a conservarla a enamorarla, a mantenerla para que ella nos mantenga. Sin ella no hay vida, no hay multiplicación, no hay alimento, no hay cultura, no son posibles ni los individuos, ni las familias, ni los pueblos.

Son historia porque conectan con la larga cadena de transmisión oral y física que nos han legado los alimentos de los que hoy disponemos nada menos que desde hace diez mil años.

Son identidad porque cada pueblo, aún en zonas cercanas, las ha adaptado a sus gustos, necesidades y condiciones de vida que les dan su propio sello, único e irrepetible.

Semilla es identidad, es territorio, porque somos lo que comemos, porque la cultura se expresa en el territorio.

Son diálogo con la naturaleza ya que esa es la única manera en que pudo crearse cada una y todas las semillas que evolucionaron y evolucionan junto a los seres humanos.

Son cambio porque cada semilla en cada región, cada pueblo, cada cultura se ha ido transformando, adquiriendo nuevas características, nuevos sabores y olores, nuevas oportunidades de preparar y crear alimentos.

Son viajes ya que las semillas han acompañado a cada pueblo que se trasladó por propia voluntad o por una migración forzada, sin reconocer fronteras nacionales ni culturales.

Son adaptación porque en cada uno de esos viajes sufrieron cambios de clima, de suelo, de altura y lograron superar múltiples crisis saliendo de ellas más fuertes y diversas.

Son diversidad porque cada adaptación, cada experimentación campesina, cada gusto comunitario significó el nacimiento de nuevas variedades, nuevas razas (expresión válida para las semillas), nuevos colores, nuevos sabores.

Semilla es biodiversidad. Decenas de miles de variedades de semillas son patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad, frente a la pretensión de reducirlas a solo cultivos comerciales, a simple mercancía, a material para el patentamiento de formas de vida, a medio de dominación y riqueza a favor de las transnacionales, de los oligopolios comerciales, y de los laboratorios que alteran la vida natural.

Son raíz porque así comienzan cada ciclo, conectando con la tierra apenas el clima y la humedad del suelo lo permiten penetrando para buscar los nutrientes y tender ese milagroso puente con la madre tierra.

Son información pues cada semilla contiene los cambios acumulados durante sus diez mil años de diversificación, adaptación y desarrollo.

Son resistencia pues han logrado mantenerse vivas en manos de los pueblos frente a inclemencias climáticas, políticas y sociales y a lo largo de miles de procesos migratorios.

Semilla es poder: el de comer según nuestra cultura; el de escoger nuestro propio sistema de producción.

Son hojas, tallo, flor y fruto porque cada una de ellas contiene todo lo necesario para que broten de su interior cada una de sus partes en el momento en que deciden emprender su viaje.

Son creación porque ninguna de las semillas agrícolas existirían ni perdurarían si no fuera en manos de nuestras campesinas y campesinos y pueblos originarios.

Son sagradas porque para todos los pueblos del mundo están ligadas a la creación y a sus misterios. Quizás la representación más fuerte al respecto sean los “hombre de maíz” de Mesoamérica.

La semilla natural es sagrada, no es mercancía, es un don divino otorgado a través de la naturaleza y la cultura. Existe una teología de la semilla, que reconoce en ella el mandato sobrenatural de ser desde la memoria de los tiempos, desde la génesis primaria y divina, como lo reconocen todas las religiones; por lo tanto no puede ser alterada en su íntima esencia.

Son espiritualidad pues siempre su cuidado, recolección, acondicionamiento y protección es acompañada por prácticas que invocan y buscan la conexión con lo más profundo de nuestro ser y nuestras culturas.

La persona que conserva las semillas naturales asciende a un nivel ético, se coloca bajo la mirada de su Dios y bajo la paz de su conciencia; asciende a un papel político de liberación social.

Son vida porque son VIDA!

Semilla es vida y es milagro. La semilla repite a diario el milagro de la multiplicación del alimento, porque ha recibido dentro de sí el poder y el mandato de aquel Dios que con cinco panes y dos peces dio de comer a más de cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, habiendo sobrado doce canastas, como lo relata Mateo. Tierra, aire, agua y cultura son sus condiciones.

Son cuidado porque cada una de las etapas en que nos acompañan hasta convertirse en plantas requieren de la amorosa crianza que los pueblos han sabido sostener y transmitir.

Semilla es compromiso, es entrega, es cariño, es enamoramiento, porque así es como cada persona del campo la planta, la cultiva, y la cosecha para su propio beneficio y el de otros consumidores.

Son intercambio porque en ese pasar de mano en mano, de parcela a parcela, de país a país demuestran que no hay fronteras que las puedan atrapar, ni normas fitosanitarias que las puedan secuestrar.

Son tecnología porque a su alrededor se han generado cientos de prácticas que permiten su almacenamiento, colecta, siembra y que siguen siendo la base para contar con ellas en el futuro. (Y no La Bóveda de las Semillas de Svalbard que se parece mucho más a un cementerio de semillas).

Las semillas naturales no pertenecen al reino de la transgénesis, de la certificación, del patentamiento o privatización de la vida, de los oligopolios de los alimentos, no son modernas; por el contrario su ritmo es milenario, dentro de la cultura popular, son absolutamente democráticas.

Son arte culinario pues de la diversidad de las semillas es de donde nace la diversidad de las comidas maravillosas que nos unen y diferencian como pueblos.

Son comunidad porque es desde la comunidad donde se crean, se sostienen, se multiplican, se cuidan y se siembran. No hay otro camino posible que seguir nutriendo la biodiversidad agrícola desde la comunidad.

Semilla es solidaridad, porque la podemos compartir con el vecino, con el prójimo, con el excluido, con el desplazado, con el hambriento, con otro productor de vida de cualquier lugar del mundo, facilitando la construcción colectiva de una sociedad cada vez más solidaria.

Y por supuesto son alimento para la Soberanía Alimentaria y el Buen Vivir. ¿Qué duda cabe?

Semilla es libertad, porque nos independiza de las dos tiendas: la de los alimentos y la de los mercaderes de insumos agrícolas. El hombre de campo que perdió sus semillas queda a merced de los dominadores de la agricultura: las agencias del Estado, las transnacionales, las certificadoras. Las decisiones de siembra las toma el dependiente de la tienda si no conservamos nuestras semillas.

Sembrar y comer son actos sagrados: agradezcámoslos con oración y con ritual.

¡Gracias Mario!

Los textos en cursiva pertenecen a la Oración a la Semilla de Mario Mejía Gutiérrez y fueron escritos en Buga el 27 de agosto de 2004.

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