Publicado en línea el Lunes 7 de septiembre de 2020, por Admin2

Desde que era niña, Rosa Isela Soto acompañaba a su familia al bosque que rodea su comunidad. Durante esas visitas, aprendió cómo extraer la resina de los pinos, cómo cuidarlos para que no se estresen, cómo prevenir incendios, cómo detectar plagas. Rosa Isela ahora tiene 27 años y una de sus preocupaciones es que su familia, y una buena parte de la gente de su pueblo, llevan varios meses sin poder ir al bosque a recolectar resina.

Desde marzo pasado, cuando en México se declaró la emergencia sanitaria por la pandemia del COVID-19, la actividad económica se paralizó. El efecto de la crisis comenzó a evidenciarse en diversos sectores, entre ellos la industria química que utiliza la resina como uno de sus insumos para fabricar pinturas; aunque también se usa en otras industrias, como la de alimentos y la de cosméticos.

En el estado de Michoacán, donde se genera 90% de la resina de pino que se produce en el país, 18 industrias que procesan esta materia prima detuvieron sus operaciones y dejaron de comprar este insumo a los productores. Esto provocó que alrededor de 50 mil personas de las regiones forestales del estado perdieran su principal fuente de ingresos, de acuerdo con estimaciones del Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible (CCMSS).

El efecto dominó de esta crisis ha llevado a que cerca de 10 mil familias, que se dedican a la producción de resina en el estado, busquen otras fuentes de trabajo y, por lo tanto, ya no estén acudiendo al bosque a realizar acciones de conservación forestal. <https://imgs.mongabay.com/wp-conten...> Recolección de resina en bosques de la comunidad indígena de Cherán, en Michoacán. Foto: Cortesía Juan Manuel Barrera.

Crisis social

Rosa Isela Soto es originaria del ejido Mata de Pinos, población ubicada en el municipio de Hidalgo, al oriente de Michoacán, una zona con alto índice de marginación, de acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Aquí viven unas 300 familias, 120 dedicadas a la extracción de resina; con la pandemia, la mayoría de ellas tuvo que suspender esta actividad.

Para enfrentar la crisis, Rosa Isela comenta que algunas familias del ejido se han dedicado a recolectar hongos y hierbas (quelites) del bosque. Los que sembraron maíz, dice, por ahora tienen algo para sostenerse. “Nos estamos sosteniendo así, pero no sabemos cuánto podremos aguantar, pues no todas las familias tienen la misma condición”. En la comunidad, la preocupación mayor es que pueda desatarse una crisis alimentaria.

Rosa Isela explica que el proceso para obtener la resina consiste en hacer una pequeña fisura al árbol y colocar un recipiente, que en estas tierras llaman “cacharro”, para que ahí se vaya recolectando la sustancia. Cada cuatro o siete días, dependiendo de la estación del año, se quita un poco de la corteza del árbol para que continúe la destilación. La fisura, detalla, debe hacerse con mucho cuidado, para no causar daños en el árbol. Además, para poder producir y comercializar la resina es necesario contar con un permiso de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). <https://imgs.mongabay.com/wp-conten...> En Michoacán se produce el 90% de la resina de pino que se comercializa en el país. Foto: Cortesía CCMSS/Karol Fernández.

Jaime Navia, presidente del Grupo Interdisciplinario de tecnología Rural Apropiada, A.C., y quien trabaja con resineros de Michoacán, explica que si el proceso de extracción no se realiza en forma adecuada es posible provocar la muerte del árbol o hacerlo más propenso a las plagas.

“El resinero no quiere eso: no quiere estrés en los árboles, incendios, plagas ni que le roben la madera. Por eso, ahí está en el monte (bosque) cuidándolo, porque es su fuente de vida. Y en el momento que ve algo, da aviso”. Si no hay resineros trabajando en el bosque —apunta Navia—, la plaga puede estar avanzando y nadie se da cuenta.

Rosa Isela asegura que algunas personas de su comunidad decidieron regresar a trabajar al monte (bosque), “pero no lo hacen con la misma periodicidad”, van cada 20 o 25 días al bosque a realizar las tareas que antes hacían cada cuatro o cinco días.

Como las empresas no están comprando la resina, los intermediarios son los únicos que están adquiriendo el producto a un precio muy bajo. Si en 2019, un kilo de resina se vendía entre 21.50 y 17 pesos (menos de un dólar), para marzo de 2020, cuando comenzaba la crisis por la pandemia, el precio era de 11 pesos (0.50 centavos de dólar). En la última semana de agosto se ubicó a 8 pesos (0.37 centavos de dólar).

Rosa Isela explica que los intermediarios compran la resina para almacenarla y venderla a un precio más elevado cuando se presente la reactivación del mercado. Las familias de resineros no tienen la posibilidad de almacenar el producto, porque no cuentan con un centro de acopio. <https://imgs.mongabay.com/wp-conten...> Trabajo de recolección de resina en los bosques del ejido Landeros, en la región oriente de Michoacán. Foto: Cortesía Juan Manuel Barrera.

Dejar de trabajar en el bosque

La situación que viven las familias de resineros del ejido Mata de Pinos es muy similar a la que se enfrenta en otras comunidades de los municipios de Hidalgo, Tuxpan, Jungapeo, Aporo, Tuzantla, Angangueo, Susupuato, Zitácuaro y Senguio. En esta región del oriente de Michoacán vive el 40% de las 40 mil personas que se dedican a la recolección de resina. El otro 60% se ubica en el centro del estado y en la zona conocida como la Meseta Purépecha.

En la Meseta Purépecha se encuentra Cherán; desde hace nueve años esta comunidad indígena comenzó un proceso de recuperación de su bosque, después de haber enfrentado a talamontes, expulsar al presidente municipal, hacer a un lado el sistema de partidos políticos y rescatar sus formas de gobierno tradicional.

Con la crisis provocada por el COVID-19, la mayoría de las 300 familias de resineros de Cherán se han visto obligados a dejar las labores del monte para trasladarse a zonas como Zamora, donde trabajan en las empacadoras de fresas, frambuesas, zarzamoras y otros frutos rojos, explica Olga Leticia Enríquez, originaria de Cherán.

Salir de la comunidad, señala Olga Leticia, expone a los resineros a contraer el virus que provoca la enfermedad del COVID-19, ya que para trasladarse a las empacadoras o campos de cultivo viajan hacinados en los transportes que habilitan las propias compañías.

En el caso de ejidos como Mata Pino, los resineros no tienen muchas opciones laborales: “Aquí no hay mucho a dónde ir; en la Meseta Purépecha, al menos, tienen cultivos de aguacate, pueden recolectar también berries o fresas, pero aquí no tenemos esas posibilidades”, comenta Rosa Isela.

Para Juan Manuel Barrera, experto forestal y director de la asociación civil Resiliencia y Desarrollo Comunitario, la pandemia del COVID-19 ha mostrado la desigualdad que existe en el sector de la producción de resina en Michoacán, que tiene a su eslabón más débil en los recolectores de la resina, los jornaleros del bosque, ya que ellos son “avecindados” en los ejidos o comunidades —residen en el lugar pero no son propietarios— y, por lo tanto, no tienen derechos colectivos sobre la tierra.

“No obstante, ellos son los mejores silvicultores, pues donde hay actividades resineras prácticamente no hay incendios forestales y los servicios ambientales de sus bosques están asegurados”, destaca el experto forestal.

Barrera explica que cuando termina la temporada de lluvias, a finales de septiembre, los resineros comienzan a organizar las brigadas contra incendios y realizan los trabajos de preparación de las brechas cortafuego. Desde noviembre y diciembre se dan los primeros incendios forestales, por lo que es necesario que se realicen esas labores de prevención. “Sin gente en los bosques que los protejan, el fuego puede expandirse o propagarse de una manera descontrolada”. <https://imgs.mongabay.com/wp-conten...> Trasporte de la resina recolectada en Cherán, comunidad de la Meseta Purépecha de Michoacán. Foto: Cortesía Juan Manuel Barrera.

Un plan de rescate

México aporta a la producción mundial de resina alrededor de 20 000 toneladas por año, de acuerdo con el estudio La producción de resina en México, publicado por la Comisión Nacional Forestal (Conafor). Esta actividad se concentra en cuatro estados: Michoacán, Jalisco, Oaxaca y Estado de México.

En 2019, Michoacán registró una producción de 25 000 toneladas de resina, cuya venta generó alrededor de 600 millones de pesos (poco más de 278 mil dólares), asegura Juan Manuel Barrera. En 2020, se calcula que se dejará de producir alrededor del 80%, por lo que alrededor de unos 500 millones de pesos (231 mil dólares) no van a llegar las comunidades resineras.

Además de la pérdida de sus ingresos, la migración y el abandono del bosque, la crisis de los resineros pone en la mira otros riesgos, destacan los expertos forestales. En un estado como Michoacán, donde el crimen organizado está presente desde hace ya varias décadas, aumenta la posibilidad de que los jóvenes sean cooptados por la delincuencia.

Y, por otra parte, las presiones sobre las zonas forestales crecen. Barrera y Navia coinciden en que la crisis económica podría provocar que se incremente la tala ilegal y con ello la deforestación que ya es preocupante en Michoacán, estado en donde los bosques se han sustituido por cultivos de aguacate, moras, frambuesas y otros frutos rojos. <https://imgs.mongabay.com/wp-conten...> Bosques de pino en donde se realiza la recolección de resina. Foto: Cortesía Juan Manuel Barrera.

Barrera destaca que los bosques del oriente de Michoacán contribuyen a la recarga de, por lo menos, el 30 % de los acuíferos que alimentan el sistema Cutzamala, que abastece de buena parte del agua que se utiliza en la Ciudad de México. Si esos bosques desaparecen —destaca— se tendrán muchas consecuencias ambientales.

Para poder hacer frente a la crisis de los resineros, 31 ejidos y comunidades y organizaciones civiles —entre ellas Resiliencia y Desarrollo Comunitario, Grupo Interdisciplinario de Tecnología Rural Aplicada, Red MOCAF Michoacán y el CCMSS— solicitaron a los gobiernos federal y estatal un programa para enfrentar la emergencia de los resineros y fortalecer las empresas sociales dedicadas a esta actividad.

Barrera explica que este programa tendría que contemplar, además de impulsar y fortalecer el manejo forestal comunitario en los bosques de la entidad, la instalación de centros de acopio de resina, administrados por las mismas personas que habitan en los ejidos y comunidades.

Hasta finales de agosto ni el gobierno federal ni el estatal habían anunciado algún programa de atención especial para las familias resineras.

* Imagen principal: Bosque de pino resinero en recuperación, en la comunidad indígena de Cherán, en Michoacán. Foto: Cortesía CCMSS/Enrique Abe.

Publicado originalmente en Mongabay Latam

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