Publicado en línea el Lunes 7 de septiembre de 2020, por Caty R

No es casual que el informe de este año 2020 de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) no haya contado, siquiera, con una nota de prensa mundial, algo insólito. Los ODS iban mal y la pandemia del covid-19 ha subrayado, con meridiana claridad, las enormes deficiencias y limitaciones de esta Agenda 2030. Hasta el punto que ya se está hablando en centros de investigación internacionales de otra nueva “Agenda 2050” o incluso de “ODS plus” para ampliar su contenido.

Y es que hablar de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a la vista de la catástrofe ocasionada por el coronavirus resulta ilusorio, ante una situación que ha demostrado, de un plumazo, que eran una mera declaración de principios sin anclaje con la realidad.

¿Qué validez tiene una Agenda que se presenta como fundamental, transformadora y universal, que es incapaz, ya no de anticipar, sino siquiera de mencionar la posibilidad de una pandemia producida por un virus, cuando en los últimos años se han vivido otras graves emergencias sanitarias globales que no han sido mencionadas en los ODS? Claro que no es sorprendente cuando la meta 3.8, referida a la cobertura sanitaria universal incluye “la protección contra los riesgos financieros”, en el mismo objetivo 3 que se propone alcanzar una vida sana para todos.

Desde la epidemia de ébola de 1994 en África Occidental, la humanidad ha vivido otras cinco graves pandemias que, si bien, pudieron ser controladas, plantearon serios problemas globales de salud a la humanidad, sin mencionar otras muchas enfermedades víricas extraordinariamente graves surgidas en animales que también han sido una peligrosa amenaza para las personas: enfermedad de las vacas locas, gripe aviar, peste porcina, VIH/SIDA de los monos y el ébola del murciélago, entre otras. Sin embargo, unos ODS que se presentan como infalibles y globales hasta el año 2030 ni siquiera tenían en cuenta estas evidencias, planteando un mundo irreal de salud universal gratuita, medicinas fácilmente accesibles, junto a coberturas sanitarias y profesionales en todos los rincones del mundo y para todos.

Pocas cosas hacen más daño a la lucha contra la pobreza y la satisfacción de necesidades básicas que proyectar mundos inexistentes a base de escenarios que nada tienen que ver con la realidad que viven cientos de millones de desheredados en todo el mundo. A lo largo de estos meses hemos visto fosas comunes abiertas con rapidez en diferentes lugares, cadáveres abandonados en las calles de ciudades latinoamericanas, personas muriendo a las puertas de hospitales porque no tenían dinero para pagar el oxígeno que necesitaban en países africanos, profesionales sanitarios contagiados por la falta de equipos de protección y mascarillas, asilos de ancianos donde los abuelos han fallecidos por miles en diferentes países europeos o en Estados Unidos, incluso, camiones con cadáveres en descomposición en las calles de Nueva York. Frente a este panorama tan trágico, recordar algunos de los objetivos en salud recogidos en la Agenda 2030 parece, sencillamente, un insulto.

Todo ello deberían haberlo comprendido esos sacerdotes que, con altas dosis de oportunismo, se han lanzado en los últimos años a anunciar un nuevo paraíso en el año 2030, una tierra prometida contenida en los textos sagrados de los ODS, que, como los diez mandamientos, se reflejan en sus 17 objetivos, 169 metas y 230 indicadores, muchos de los cuales ni siquiera han leído y mucho menos comprenden. De hecho, si algunos de los que predican la felicidad contenida en los ODS hubieran dedicado antes un poco de tiempo a leer, estudiar y comprender su verdadero significado, no habrían publicitado tantos dogmas vacíos que ahora se derrumban, como un castillo de naipes. Y también, hubieran visto algo tan elemental como que, en el punto 55 de la resolución aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas, el 25 de septiembre de 2015, “Transformar nuestro mundo. La Agenda 2030 para el desarrollo sostenible” (A/Res/70/1), se señala con claridad que los objetivos y metas contenidos en esta declaración son simples “aspiraciones”, es decir, meros deseos.

Me temo que la resurrección no llegará en el año 2030, como anuncia en sus textos y ceremonias la curia de los ODS. El desarrollo tiene mucho de religión moderna repleta de arrogancia occidental, con sus rituales, creencias, sacerdotes y liturgias, anunciando un paraíso inalcanzable en el futuro hacia al que llegaremos algún día si aceptamos los dogmas incuestionables que se predican. Esa voluntad de esperanza colectiva para mejorar las condiciones de vida de la humanidad, que llamamos desarrollo, ha acabado por ser un lema, pervertido hasta extremos insospechados. Por ello, tenemos la obligación de repensar la teoría, la práctica y la propia narrativa del desarrollo que se basa en un crecimiento infinito en un planeta que tiene recursos limitados, sobre la base de muy pocos ganadores y muchos perdedores.

Unos pomposos Objetivos de Desarrollo Sostenible universales para el año 2030 que no han sido capaces de considerar el daño que estamos haciendo a la biosfera y al delicado equilibrio ecológico, que ignoran cómo estamos alterando profundamente nuestra relación con la naturaleza para mantener un sistema económico y productivo insostenible, llamado capitalismo, cuyo mantenimiento expansivo forma parte de los cimientos de los ODS, están abocados al fracaso y ponen en grave riesgo la humanidad misma, como estamos viendo. Además, diseñar una agenda global hasta el año 2030 que no tiene en cuenta las causas de la gigantesca crisis ecosocial causada por un sistema económico destructor que ha puesto a la sociedad, a las personas y al planeta a su servicio, está de espaldas a la realidad. Y ese sistema económico destructor, patriarcal y neofascista se llama capitalismo, con todos los adjetivos que queramos, necesitado de mantener un crecimiento económico que alimenta la crisis ecosocial que atravesamos. El mismo crecimiento económico por el que apuestan los ODS y la Agenda 2030.

La actual pandemia del coronavirus, en su origen, expansión y respuestas, se alimenta también de muchos de los elementos de este capitalismo crepuscular y ahí es donde tenemos que impulsar la verdadera transformación.

Carlos Gómez Gil es profesor titular en la Universidad de Alicante, donde imparte cooperación al desarrollo. cgomezgil chez ua.es

www.carlosgomezgil.com


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