Publicado en línea el Martes 1ro de septiembre de 2020, por Alfredo Iglesias

1. El punto de partida para una interpretación honesta de la situación brasileña es que la mayoría de la izquierda, incluidas las fuerzas políticas más influyentes, viene subestimando a Bolsonaro, algunos más que otros, al menos desde 2017. Explicar este desdén es complicado. La respuesta simple pero insuficiente es que la izquierda moderada subestimó a Bolsonaro porque entender el atractivo del discurso de la extrema derecha, después de más de trece años en el poder, requeriría una profunda revisión autocrítica. Hay un grano de verdad aquí. Después de todo, algo muy malo debe haberse hecho. Pero el problema no es concluir que Bolsonaro arrastró a la mayoría de la clase media por varias razones, el desafío es averiguar por qué la mayoría de la clase trabajadora organizada, ancla social del PT desde los años 1980, no se movilizó para defender el gobierno de Dilma Rousseff. Esta ausencia fue perturbadora. Como resultado, la izquierda moderada abrazó la táctica quietista de apostar para derrotar a Bolsonaro en las elecciones de 2022, calculando que se acumularía un desgaste inevitable.

2. La simple respuesta de la izquierda súper-revolucionaria es que Bolsonaro fue, esencialmente, un accidente electoral: las fuerzas de la clase trabajadora estarían intactas, y el derrocamiento de Bolsonaro está aún por construirse, porque falta la disposición de las direcciones más influyentes. También hay un grano de verdad aquí. Después de todo, es injustificable que los gobernadores colaboren institucionalmente con el gobierno de extrema derecha. Pero disminuye la importancia reaccionaria del golpe parlamentario, y escamotea su confusión ante él, y la ofensiva burguesa después de diciembre de 2015. Como resultado, abrazaron las tácticas de la ofensiva permanente, apostando por «ultrapasar por la izquierda » a las direcciones mayoritarias, con la precipitación de una situación pre-revolucionaria. Resumen de la ópera: todavía hay muchas dificultades para aceptar que nos enfrentamos a un enemigo peligroso: una fuerza política neofascista de base social.

3. La situación cambió con la pandemia de marzo/abril. Desde el principio estaba claro que las dificultades serían múltiples y de todo tipo. No había condiciones ni siquiera para garantizar las mascarillas. La predicción de que la pandemia tomaría la forma de una calamidad humanitaria fue consensuada. Pero si el desafío no era lo suficientemente grande, las posiciones de Bolsonaro convirtieron la crisis sanitaria en una crisis política. El gobierno despreció la gravedad de la pandemia; dos ministros de salud fueron defenestrados; una fracción de la burguesía, la mayoría de la clase media y los gobernadores de los estados más importantes rompieron con la política de Brasilia; y, finalmente, Bolsonaro descartó la necesidad de una cuarentena, aunque parcial, incorporó al gobierno a miles de oficiales de las Fuerzas Armadas; inició una redada de la Policía Federal, forzó la dimisión de Sergio Moro, favoreció las movilizaciones que propugnaban un autogolpe.

4. Cuando la pandemia golpeó al país, la mayoría de la izquierda, moderada y radical, evaluó que sería un desafío enorme y sin precedentes promover una estrategia de salud y una política de reducción de daños en la escala necesaria para contener esa contaminación acelerada. La parte de la población económicamente activa con contratos de trabajo se limita a menos de la mitad: poco más de treinta millones en el sector privado y doce millones en la administración pública. Otros cuarenta millones no podrían ni siquiera sobrevivir sin el apoyo del Estado. La construcción de una cuarentena estricta no sería posible, porque la mayoría burguesa estaba en contra. El análisis fue que la combinación de una calamidad humanitaria y una crisis económica dejaría debilitado al gobierno bolsonarista. Cientos de miles de muertes, decenas de millones de desempleados, una grave crisis social y, por lo tanto, una oportunidad. Este pronóstico se confirmó durante los primeros cuatro meses. Pero en el último mes, la situación ha cambiado, y Bolsonaro se ha recuperado. Hay buenas razones para pensar que se trata de una oscilación temporal, efímera y transitoria. Hay tendencias y contratendencias. Factores que presionan en una dirección, y otros que los neutralizan parcialmente. La verdad es que la incertidumbre aún prevalece.

5. Muchos factores se han centrado en la inversión de la tendencia de la coyuntura: a) La distribución de ayuda de emergencia de R$600 para a 65 millones de personas, es la política pública de asistencia más voluminosa de la historia; b) la retirada de Bolsonaro de la estrategia de auto-golpe después de la detención del asesor Queiroz, la dimisión de Weintraub y el reposicionamiento ante el STF (Supremo Tribunal Federal) frente las investigaciones contra sus hijos, uno diputado y otro senador, del gabinete de odio, fakenews y corrupción; c) la renegociación del arco de alianzas en el Congreso Nacional incorporando la mayor parte del Centrão (partidos oportunistas que cambian votos por cargos: NDT) a la base del gobierno; d) nuevo pacto con la burguesía de un presupuesto para 2021 que mantenga el tope de gastos públicos, de una reforma administrativa que introduzca el gatillo de la reducción de los salarios de los funcionarios públicos y de una reforma fiscal que simplifique la recaudación pero no aumente la carga tributaria; e) la imposibilidad de la izquierda de contar con movilizaciones masivas en las calles debido a la pandemia, a pesar de que ha habido valientes luchas defensivas como la huelga de los repartidores por aplicación, en Renault de Curitiba, los metroviarios de San Pablo y la resistencia a regresar a las aulas; f) por último, la tendencia a la banalización de la pandemia en una parte importante de la base social y electoral de Bolsonaro.

6. Entre todos estos factores, el menos comprendido es la naturalización de la pandemia, especialmente entre los partidarios de Bolsonaro. Sucede que corresponden al menos a un tercio de la población. Esto es un problema. Un problema, en la ciencia, es un asunto a resolver. Diferentes investigaciones han identificado que existe una fuerte correlación entre quienes no temen o temen menos al peligro de la pandemia, y quienes apoyan al gobierno. Tiene más apoyo entre los hombres que las mujeres, entre los mayores que los jóvenes, entre los menos educados que los más educados, y más en el sur que en el noreste. La banalización de la pandemia refleja a grandes rasgos la tendencia a quitarle a los gobiernos la responsabilidad de la calamidad sanitaria, y se basa en muchos factores, y parece difícil discernir el peso específico de cada uno de ellos, pero podemos considerarlo: a) hay mucha confusión sobre lo que es la enfermedad y desconfianza en la información científica; b) existe la percepción de que es una fatalidad que castiga a los ancianos y a los enfermos con la muerte; c) existe una responsabilidad de las propias víctimas, porque no serían capaces de cuidarse a sí mismas; d) hay una presión para reactivar la actividad económica, mucho más intensa entre los propietarios de pequeñas empresas y los trabajadores informales; e) hay fatiga por la cuarentena después de cinco meses y ansiedad por volver a una rutina de vida normal; f) existe la percepción de que el pico de la pandemia ha terminado y los riesgos son aceptables.

Aunque se consideran estos y otros factores, el crecimiento en parcelas de la población del marasmo, la apatía, la indiferencia y la insensibilidad a una tragedia humana tan devastadora como la pandemia, debería ser suficiente para asustarnos. Al final, ¿por qué? La trivialización de la muerte no es normal. Pero la verdad es que la brutalización de la vida no es una sorpresa en Brasil. Es una rutina social y política. Se basa en la deshumanización de los más pobres, de los negros, de los desvalidos, y tiene profundas raíces que distinguen al Brasil: la esclavitud y la desigualdad social y racial. Por lo tanto, está sostenido por una fuerza ideológica. Hay una visión del mundo que sostiene la trivialización de la pandemia. Refiriéndose a las formas económicas de organización social contemporánea a las características de una naturaleza humana invariable – el hombre como lobo del hombre – el reaccionismo brasileño basa la justificación del capitalismo en la desigualdad natural. La rivalidad entre los hombres y la disputa por la riqueza sería un destino inevitable. Somos malvados. Un impulso egoísta o una vocación perezosa, una ambición insaciable o una avaricia incorregible definirían nuestra condición. Esto es fatalismo: el individualismo sería finalmente la esencia de la naturaleza humana. Y la organización política y social tendría que adaptarse a la imperfección humana. Y se resigna. Una humanidad dominada por la mezquindad, la ferocidad o el miedo necesitaría un orden político disciplinado, por lo tanto represivo, que organizara los límites de sus luchas internas como una forma de «reducción de daños». En resumen, y siendo brutal: el derecho al enriquecimiento sería la recompensa de los empresarios, o más valientes, o más capaces, y sus herederos. La propiedad privada no sería la causa de la desigualdad, sino una consecuencia de la desigualdad natural. Es porque hay tantas habilidades y disposiciones diferentes que distinguen a los hombres que, según los defensores de una naturaleza humana rígida e inflexible, la propiedad privada existe, y no al revés. La diversidad entre los individuos, innata o adquirida, sería el fundamento de la desigualdad social. Por consiguiente, el capitalismo sería el posible horizonte histórico y el límite de lo deseable. Porque con el capitalismo, en principio, cualquiera puede disputar el derecho al enriquecimiento.

El marxismo nunca afirmó que la condición humana fuera la generosidad o la solidaridad. Tampoco ha afirmado que sería imposible reconocer las características de una esencia humana. Lo que distinguió al marxismo de otras tendencias igualitarias fue la insistencia en la idea de que la condición humana sólo podía entenderse como un proceso de evolución histórica de las relaciones sociales. Relaciones sociales inmersas en un proceso de cambio. Un proceso que deja muchas posibilidades abiertas. La humanidad ha transformado su relación con la naturaleza y se ha transformado a sí misma a través del trabajo. Reconociendo que la naturaleza humana sólo podía entenderse a partir de las relaciones sociales, estuvo de acuerdo en que hay determinaciones que cambian, y otras que permanecen más o menos constantes durante un período histórico, que puede ser más o menos largo, hasta que éstas también evolucionan. Decir que la esencia humana está condicionada por la forma de las relaciones sociales dominantes significa reconocer que, si éstas favorecen la envidia y la competencia,, entonces la mayoría de los seres humanos se comportarán de manera codiciosa y brutal. Pero eso no significa que estas acciones respondan a impulsos innatos. La colaboración y el conflicto siempre han estado presentes en las relaciones sociales, en diversos grados, a lo largo del proceso de evolución. No sólo somos seres sociales, sino que somos una de las formas de vida más sociales. Si no existiera la capacidad de colaboración, no habríamos sobrevivido.

Valerio Arcary es miembro de la Coordinación Nacional de Resistencia, tendencia del PSOL (Partido Socialismo y Libertad).

Traducción: Ernesto Herrera, para Correspondencia de Prensa .

Fuente: https://esquerdaonline.com.br/2020/08/28/seis-notas-sobre-a-nova-conjuntura-e-um-problema/


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