Publicado en línea el Lunes 31 de agosto de 2020, por Begoña iñarra

Publicado originalmente en Público

Fernando Luengo Escalonilla

Economista

https://fernandoluengo.wordpress.com

@fluengoe

Se habla de que los salarios retrocederán en los próximos meses como consecuencia de la prolongación de la recesión o, en el mejor de los escenarios, del débil crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) y de la desfavorable evolución de la productividad del trabajo. Es cierto, pero hay que tener cuidado con el diagnóstico que se quiere colar con esa expresión, que parece puro sentido común, y las conclusiones que se extraen del mismo.

Esta afirmación presupone de alguna manera que la progresión del PIB es condición necesaria y suficiente para que mejoren las retribuciones de los trabajadores, siguiendo una secuencia que es el ADN del pensamiento económico convencional: el aumento de la riqueza conduce a un incremento en el nivel de empleo, y ambos empujan al alza los salarios.

Un presupuesto excesivo -claramente ideológico, en mi opinión-, que, además, no cuenta con evidencia empírica. Desde que se impusieron las ideas y los intereses neoliberales en el mundo capitalista, también en el proceso de construcción europea, se han dado en paralelo registros positivos del PIB y “moderación salarial” (por utilizar un eufemismo muy al uso). De modo que el impulso del crecimiento en absoluto ha ido de la mano de un avance de los salarios de la mayor parte de los trabajadores.

Del mismo modo que tampoco es cierto que, con carácter general (que, en definitiva, es lo que desliza este relato, la existencia de leyes de validez universal aplicables en cualquier coyuntura), la introducción de nuevas tecnologías y la consecución de mayores estándares competitivos, una posición más sólida en el mercado internacional, se traducen necesariamente en salarios más elevados.

Frente a esa visión tan lineal, optimista y complaciente con el status quo, resulta obligado contraponer otra que es consciente de que esos progresos van acompañados y se explican por la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, así como de los recursos naturales, de las periferias; en este sentido, es frecuente encontrar que empresas “modelo”, que a menudo se presentan como ejemplos a seguir, practican en los países del sur (y cada vez más en los del norte) el esclavismo salarial. Hay que reparar asimismo en la banalidad y la inconsistencia del mito “todos ganadores”, esto es, que cuando la empresa gana, todos mejoran, tanto los asalariados como los directivos. La realidad es muy distinta, como revela que las retribuciones de los ejecutivos estén situadas en cotas estratosféricas, en relación a las de la mayor parte de los trabajadores.

Otro tanto cabe decir sobre la cuestión de la productividad, uno de los indicadores fetiche tanto del pensamiento convencional como del crítico. Es verdad que cuando ésta se estanca o retrocede los márgenes para aumentar los salarios se reducen, al tiempo que se recrudece la pugna redistributiva. Pero de ahí en modo alguno se deduce que su aumento asegura que las retribuciones de los trabajadores crecen.

La historia del capitalismo en las cuatro últimas décadas desmiente con contundencia ese supuesto; la tónica general en las economías comunitarias y en el conjunto del mundo capitalista ha sido justamente la desconexión entre ambos indicadores, con el resultado de que la parte del ingreso nacional capturada por los beneficios y las rentas del capital ha crecido, mientras que la retenida por los salarios ha retrocedido.

Los trabajadores están ante una crisis económica y social sin precedentes, en unas condiciones de extrema debilidad, que ya está teniendo consecuencias muy negativas sobre los salarios, que hace obligatoria la aplicación de políticas públicas destinadas a preservar y ampliar derechos. Pero esas políticas, para ser verdaderamente efectivas, tienen que tener en cuenta que, en paralelo, se enfrentan a una dinámica capitalista y a una construcción europea que han enquistado mecanismos de confiscación salarial que vienen de muy lejos, que tienden a perdurar tanto en momentos de atonía como de auge. Por todo ello, la reconstrucción de la actividad económica, ¿con los mismos pilares que han consolidado una correlación de fuerzas favorable al capital frente al trabajo? no puede ser la alternativa de un gobierno de izquierdas.


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