Publicado en línea el Viernes 28 de agosto de 2020, por Caty R

Nota de edición: Hoy hace 35 años fallecía nuestro querido maestro y amigo Manuel Sacristán, uno de los pensadores marxistas más fecundos del siglo XX. Este texto evoca su reflexión sobre la crisis ecológica y su compromiso con un comunismo verde. <https://www.elviejotopo.com/wp-cont...>

Manuel Sacristán (1925-1985) sigue siendo hoy el referente más sólido de la cultura marxista en nuestro país. Leerlo en 2020, a treinta y cinco años de su muerte, sigue aportando un caudal de conocimientos y reflexiones de mucho interés tanto para pensar mejor los problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad como para sustanciar con fundamento el ideal comunista de emancipación de la especie humana.

Pensando en los más jóvenes, en quienes no lo conocieron o no han tenido ocasión de acceder a sus Panfletos y Materiales, como él quiso llamar a cuatro volúmenes que reunían escritos suyos –Sobre Marx y marxismo, Papeles de filosofía, Intervenciones políticas y Lecturas-, a los que dos años después de su fallecimiento se añadiría otro, Pacifismo, ecología y política alternativa, con textos de 1979 a 1985, quizás no esté de más decir que el lazo que unió la triple dimensión intelectual, moral y política de Manuel Sacristán fue su compromiso revolucionario. Un compromiso que ensambló su obra y su conducta, plasmado en su militancia comunista en el PCE-PSUC, en Comisiones Obreras de la enseñanza, en el Comité Antinuclear de Catalunya, así como en sus clases y en sus múltiples actividades político-culturales.

Manuel Sacristán fue un marxista singular, que cultivó un pensamiento propio y original dentro de la tradición marxista. Durante su estancia en la Universidad de Münster, entre 1954 y 1956, se inició en la lectura de Marx y se puso en contacto con los comunistas alemanes, al tiempo que se especializaba en lógica formal. Su formación lógica y metodológica, sus conocimientos científico-filosóficos, su estudio sistemático de los clásicos griegos y latinos y de la literatura alemana le dotaron de una cultura enciclopédica que contribuyó al rigor y a la densidad de su pensamiento. Su concienzudo estudio de la vida y la obra de Marx, de Gramsci y de las corrientes marxistas desde el último tercio del siglo XIX hasta los años ochenta del pasado siglo fueron a la par de una constante reelaboración de su proyecto intelectual. Además, Sacristán fue incorporando a “su” marxismo, los frutos de su reflexión sobre otras culturas emancipatorias, tanto históricas como las más recientes y vinculadas a los movimientos sociales ecologista, feminista y pacifista. Con ello, unido a su atención al análisis concreto de los nuevos problemas y retos planteados por la realidad contemporánea, fue conformando un marxismo singular, en hibridación novedosa con otras ideas de liberación; un marxismo cálido y abierto, en diálogo constante con la ciencia, pero alejado de reducciones cientificistas o positivistas.

El marxismo ecológico de Manuel Sacristán

Una primera aproximación de Sacristán a la importancia y gravedad de la crisis ecológica se encuentra en algunas de sus reflexiones de inicios de la década de los setenta. En 1966 un biólogo socialista norteamericano que desempeñó un papel relevante en la conformación de la conciencia popular sobre la crisis ambiental, Barry Commoner, había escrito un libro pionero, Ciencia y supervivencia, seguido en 1971 de otro, El círculo que secierra, que suscitaron un gran interés en Manuel Sacristán. En 1972 se publicó el informe que el Club de Roma encargó al Instituto de Tecnología de Massachusetts, Los límites del crecimiento, en el que colaboraron 17 científicos encabezados por Donella y Dennis Meadows. La lectura de estos textos y la atención a los problemas medioambientales referidos fueron confiriendo a la cuestión ecológica un lugar de relevancia creciente en su reflexión de aquellos tiempos.

En una interesante conversación con el marxista alemán Wolfgang Harich, Sacristán se preguntaba hasta qué punto esta problemática nueva era asimilable por un análisis marxista convencional y consideraba que hay dos maneras de contestar a esta cuestión. Una, a la que llamaba culturalmente conservadora desde el punto de vista de la tradición del movimiento y de los partidos obreros, consiste en recurrir al núcleo de la tradición marxista clásica, lo que permitiría decir que “en la tradición marxista están ya las claves para pensar correctamente lo nuevo”. La otra manera implica decir que hay que revisar la tradición propia en función de la aportación de otras y, sobre todo, del análisis de la realidad presente. Él afirmaba que prefería esta segunda, por parecerle mejor política cultural para el movimiento socialista al ser más superadora de la tendencia a un enquistamiento dogmático o tradicionalista que reforzase la insensibilidad hacia la novedad de la problemática, alimentando sectarismos, simplificando problemas y ocultando en cierto modo la escasa capacidad de elaboración de las cuestiones nuevas en organizaciones de izquierda. (“Para entender las cosas hay que estudiarlas, y el creerse de izquierdas no da automáticamente comprensión al que no se molesta en estudiarlas” concluyó Sacristán en una entrevista finalmente no publicada y fechada en marzo de 1983).

En realidad, releyendo sus escritos, creo que puede afirmarse que Manuel Sacristán tomó en consideración y cultivó ambos enfoques a la cuestión, aportando valiosas contribuciones en los dos planos: el de desempolvar los conceptos existentes aunque relegados en la tradición marxista para orientar bien la consideración de los nuevos problemas y el de revisar autocríticamente aquellas formulaciones de la propia tradición que dificultaban la comprensión y la respuesta político-programática a la relevancia y urgencia de los nuevos retos y desafíos planteados por la crisis ecológica.

Así, frente a la lectura del marxismo dominante en la IIª Internacional y en la cultura política que preponderó luego en la Unión Soviética, Sacristán rescata y realza las observaciones de Marx sobre el papel también destructivo del desarrollo de las fuerzas productivas sobre la naturaleza en el capitalismo. En la obra de Marx, sobre todo a partir de los manuscritos de 1857-1858, se encuentran consideraciones bastante completas sobre la influencia de la ciencia de la naturaleza en el cambio social moderno. En el libro primero y en el libro tercero de El Capital, Marx estudia y expone los efectos opresivos y destructores del progreso técnico no solo en la clase obrera, sino también en la naturaleza. Al analizar la pérdida de nutrientes de las tierras agrícolas habla de la irracionalidad metabólica que supone la existencia de grandes ciudades que importan de los campos muchos alimentos pero no devuelven los nutrientes a la tierra, sino que los evacúan hacia los ríos, contaminándolos. Para Marx y Engels esto ponía en cuestión tanto la viabilidad económica a largo plazo de la agricultura capitalista como la viabilidad ecológica de las grandes ciudades. Ellos tenían una percepción muy clara de un rasgo esencial del capitalismo: la ruptura de la circularidad de los intercambios entre humanos y medio natural, condición básica de la continuidad de la vida humana sobre la tierra. Y también una convicción: que esta fractura metabólica sólo podría superarse trascendiendo el capitalismo, en una sociedad socialista. En su texto ¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?, Sacristán destaca que, teniendo en cuenta el grado incipiente en que se hallaba entonces la tecnociencia, en la obra de Marx se encuentran páginas de condena profética del progreso capitalista.

Por otra parte Sacristán plantea la necesidad de revisar la tradición propia. Respecto a la cuestión de revolución y progreso también se encuentran en Marx expresiones confiadamente progresistas muy a tono con el optimismo ilustrado dieciochesco, que ponen el acento en el carácter benéfico del desarrollo expansivo y sin trabas de las fuerzas productivas. En otoño de 1983, Manuel Sacristán cerró una interesante conferencia en L’Hospitalet de Llobregat, Algunos atisbos político-ecológicos de Marx, con estas palabras: “seguramente que esto no lo explica todo, pero es muy probable que en la raíz del escaso eco que ha tenido en la tradición marxista el atisbo de ecología política presente en la obra de Marx esté el elemento hegeliano de su filosofía. Cualquier continuación útil de la tradición de Marx tiene que empezar por abandonar el esquema dialéctico hegeliano de filosofía de la historia. Marx mismo parece haberse dado cuenta de eso, más o menos claramente, desde mediados los años setenta del siglo pasado. En 1877, por ejemplo, escribió una carta, hoy ya célebre, a un periódico ruso reclamando que se dejara de entender su pensamiento como una filosofía de la historia. La misma necesidad se le imponía en varios contextos diferentes. Cada uno de ellos necesita su propio estudio”.

Esta forma de aproximarse a la cuestión de la crisis ecológica, rescatando y a la vez revisando autocríticamente la propia tradición y atendiendo simultáneamente al análisis de los problemas nuevos, abordándolos tanto en el plano del conocimiento científico como en el de su dimensión ético-política, fueron conformando lo que podemos llamar el marxismo ecológico de Manuel Sacristán.

El comunismo verde de Manuel Sacristán

La identidad comunista de Manuel Sacristán tuvo siempre unos rasgos muy claros: los propios de un comunismo crítico y autocrítico defensor, como Gramsci, de hacer de la política comunista una ética de lo colectivo. Para este proyecto resultaban –y resultan- imprescindibles ingredientes como la coherencia entre el decir y el hacer, convicciones sólidas, defensa de la veracidad como cualidad revolucionaria, capacidad para fundir la identidad comunista con la identidad ético-política emancipatoria de los movimientos sociales transformadores de nuestros días, siendo comunista “en” y “con” dichos movimientos. Todos estos elementos se daban en Sacristán y en una medida poco frecuente.

En su prólogo al libro de Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento?, Manuel Sacristán lo dice redondo: “está fuera de duda que todo comunista que vea en el problema ecológico el dato hoy básico del problema de la revolución se ve obligado a revisar la noción de comunismo.” En efecto, la sustitución de la perspectiva de un comunismo de la abundancia por un comunismo sin crecimiento, homeostático, en equilibrio dinámico, suponía una rectificación de gran transcendencia. En Harich, esta rectificación iba acompañada de la obligación de prescindir del elemento libertario poniendo el acento en el componente igualitario y aceptando para ello la necesidad de un ejercicio autoritario del poder político. En cambio Sacristán planteaba la conveniencia de vincular la perspectiva igualitaria de un comunismo de la escasez con la defensa de una propuesta de democracia directa radical articulada dando un peso a las pequeñas comunidades y a la democracia de productores, en lo que podría suponer una versión actualizada de un comunismo libertario, además de igualitario.

Sacristán apuntó que “el socialismo va al desastre si no asimila motivación ecológico-revolucionaria”; y consideró la lucha contra la devastación ecológica como la condición de posibilidad del planteamiento de una alternativa civilizatoria socialista realizable. Frente a una izquierda que seguía concibiendo la lucha social como no afectada por los problemas civilizatorios a los que responde el ecologismo, afirmaba que “el futuro de la especie humana –que es el asunto principal de cualquier pensamiento revolucionario- depende fundamentalmente de cómo se resuelvan esos problemas recientemente planteados”. Además consideraba que “una práctica ecologista choca inmediatamente con el presente modo de producción. La unión de esos dos aspectos debería resolver fácilmente la cuestión, mostrando a los grupos revolucionarios que tiene que ser ecologistas, y a los ecologistas que tiene que ser socialmente revolucionarios”.

Todo esto tenía según Sacristán otra implicación de importancia. En una conferencia de 1980 sobre ¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista? expuso que “el movimiento ecologista tiene que plantearse el problema del poder… no para menospreciar el tipo de actividad que le es hoy característico, la actividad socio-cultural básica, pues esta actividad se encuentra en la raíz de todo, incluso de la cuestión del poder […]. Pero sabiendo que desde ese plano social básico que Gramsci llamaba ‘molecular’ se está dirimiendo la cuestión del poder.”

En esta reformulación del ideario comunista –que incluía también las aportaciones del feminismo y el pacifismo- en favor de un comunismo radicalmente ecologista, de un comunismo verde, las contribuciones de Manuel Sacristán, en aquellos años a contracorriente y en minoría dentro de la cultura marxista tradicional, fueron tan destacadas como anticipatorias. Su conocimiento hoy puede contribuir a brindar más y mejores motivos para el compromiso, la resistencia y la esperanza de quienes trabajan por transitar desde esta noche oscura de la crisis de una civilización que no acaba de morir hacia una humanidad más justa y libre en una tierra habitable.

Texto publicado originalmente en el blog Realitat.cat

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/el-marxismo-ecologico-manuel-sacristan/


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