Publicado en línea el Martes 25 de agosto de 2020, por Miguel Arróniz

¿Filantropía? No, intento de conjurar un propio futuro siniestro el de los miembros de la agrupación Millionaires Against Pichforks que pidieron a sus pariguales del orbe pagar tributos y así evitar un desastre para todos. “Antes de que sea demasiado tarde”, apostillaron con aires de desesperación en un comunicado con motivo de la recién celebrada asamblea del Foro Económico de Davos, Suiza, localidad quizás más conocida en la actualidad por acoger a los ultrafavorecidos del Sistema que como escenario principal de La Montaña Mágica, la monumental obra de Thomas Mann.

Y magia tendrían que hacer para que paliativos tales el implorado resguarden al régimen extendido, según expertos que, en sintonía con las previsiones de Marx y su alter ego, Engels, aprecian la evidente decadencia del capitalismo, y la posibilidad de su muerte. Eso sí: sin fecha fijada, y solo si la humanidad se empeña en ello, como reconoce la revisitación de una teoría que, desembarazándose de férreos determinismos economicistas, asentados en esclerosados manuales, ha recuperado para el factor subjetivo, la conciencia, el sitial que le otorgaron los padres del pensamiento crítico.

“Le instamos […] a exigir impuestos más altos y más justos para los millonarios y multimillonarios en sus países, y ayudar a prevenir la evasión de impuestos individual y de sociedades y el fraude a través de una reforma fiscal internacional”, reza el mensaje, reseñado por Denis Balibouse (Reuters), quien acota que los firmantes aseguran que cursan la petición como “miembros de la clase de seres […] más privilegiada”. Asimismo, “indican que una ‘desigualdad extrema y desestabilizadora’ está creciendo en todo el mundo, ya que cada vez hay más multimillonarios y sus fortunas son mayores, mientras que los ingresos de las personas pobres apenas han cambiado”.

Sostienen que en muchas naciones “las tensiones causadas por la desigualdad han alcanzado niveles de crisis”, y subrayan que la poca confianza y “un sentimiento general de injusticia están socavando la cohesión social básica y aumentando las tensiones entre países”. Expresan, igualmente, el temor de que no se enfrente de manera adecuada la inminente catástrofe climática. Una más.

Rezuma pánico el llamado de los megapudientes. Sentimiento que comparten alabarderos como el FMI, cuya directora gerente, Kristalina Georgieva, contradiciendo de palabra la naturaleza de su entidad, pontifica que “una economía distorsionada, distorsiona la política y la sociedad” –“el capitalismo hoy está haciendo más mal que bien”, dixit–, y aboga por un “capitalismo progresista”, que daría lugar a un “mejor equilibrio”, para el cual propone optimar los mecanismos universales de comercio; controlar los flujos de capitales, “por los daños que pueden ocasionar”; y zanjar el inconveniente de una deuda de alcance planetario.

En opinión de la alta funcionaria, reseñada por Elena Llorente en Página 12, “el fundamentalismo de mercado, la agenda neoliberal, ha dominado por cuatro décadas y ha fracasado”. ¿Entonces?, se pregunta. Pues implementar un nuevo contrato social, “que difunda solidaridad en nuestras sociedades y a través de las generaciones. Esto significa un rol diferente para los gobiernos, menos ayuda para las empresas y más ayuda para los ciudadanos que lo necesitan, impuestos progresivos y, sobre todo, reescribir las reglas de la economía”.

Mire usted: “cultura de la solidaridad” y “globalización de la esperanza” resultan ahora divisas salidas no de la izquierda, sino de la mismísima Georgieva, insertada en una flamante corriente de aggiornamento, de actualización del “ancien régime” que se encarna en figuras como el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien ha referido que “el actual capitalismo debe ser reformado”. Porque “está en crisis, crisis del clima, crisis de desigualdades, crisis de confianza en las instituciones, crisis de deuda, crisis moral, de la economía y de la política. El crecimiento de las desigualdades, la destrucción del ambiente, la polarización de nuestras sociedades y el permanente descontento no pueden ser negados”.

Tirios y troyanos

Voces diversas se acoplan para proclamar la cercanía de otro ciclópeo crack. Desde antes del paso “triunfal” de la COVID-19 se veía venir. Coincidíamos (coincidimos) con el alerta lanzado meses atrás por Juan Torres López (Nueva Tribuna/Rebelión): las diferencias de visiones radican si acaso en el momento en que detonará –2020 o 2021… bueno, hoy se percibe el estallido–, y en que proliferan nítidos signos de que el “estropicio” es inevitable y de relevancia; a saber: “la economía de China crece al ritmo más bajo de los últimos 30 años. Alemania sólo se ha salvado de entrar formalmente en recesión por unas décimas. La de Estados Unidos lleva el período más largo de crecimiento positivo de toda su historia, pero […] se encuentra a las puertas de un frenazo inmediato. Algo que ya anticipan muchos indicadores. El de actividad de la industria química, por ejemplo, está empeorando y eso significa que lo hace toda la economía estadounidense, puesto que los productos químicos se utilizan en todos los sectores. Por otro lado, la rentabilidad de los bonos a un año ha comenzado a superar a la del bono a 10 años, y sabemos que cada vez que eso ha ocurrido se ha producido una recesión en Estados Unidos entre 9 y 25 meses después”.

Teniendo en cuenta que, en conjunto, los PIB de las tres potencias mencionadas representan el 55 por ciento del de la Tierra, y que se hallan en semejante situación a los de otras, como Japón e Italia; a los de países relevantes, tales Argentina, Irán, Venezuela, Singapur, Brasil, México…, verdaderamente deviene nítida la desaceleración.

Esta hecatombe sería distinta a la de 2007-2008. Si aquella tuvo origen en el sistema financiero, esta podría desatarse en el mercado de bienes y servicios. Mas no se produciría únicamente por la escasez de demanda, como consecuencia de los salarios reducidos, sino principalmente en la esfera de la oferta real, de resultas de la guerra comercial y sus consecuencias sobre los mercados de divisas; la lucha por conseguir las mejores posiciones en la próxima revolución tecnológica, ligada a la robótica, la inteligencia artificial y los nuevos tipos de comunicaciones; y los perjuicios que el cataclismo económico inferiría a las fuentes energéticas, en medio de “un cambio climático de excepcional envergadura”.

De acuerdo con Torres, las ventajas de una crisis de este tipo respecto de una financiera radican en que no suele ser sistémica, no atañe absolutamente a todos; pero conlleva “otros peligros tanto o más letales”: perjudica en principal orden y de lleno la vida de las empresas, “las organizaciones que crean los bienes y servicios que necesitamos, las que generan los ingresos salariales con los que vive la mayoría de la gente y las que en teoría deben invertir para mejorar nuestra calidad de vida y la marcha de la economía”; asimismo, un desbarajuste de este jaez no se logra resolver simplemente realizando “transfusiones” de activos desde los bancos centrales, ni aumentando el gasto público, pues la deuda ya es muy elevada en los más de los espacios…

Como si no bastaran las amenazas, el temido fenómeno acarrearía una caída de la producción y el empleo, con una simultánea subida de precios, de manera que deberían aplicarse políticas de control contrapuestas a las que habría que adoptar para reactivar la vida empresarial y la demanda. Si el “tsunami” se acompaña de un desorden grave en los mercados de capitales y en las bolsas, buen número de las compañías señeras afrontarían dificultades que las obligarían a modificar sus estrategias, con la consiguiente falta de liquidez en los mercados. En fin, según el colaborador de Nueva Tribuna, aunque algunos de los efectos se mitigaran, quedarían “abiertas de par en par las ventanas por donde se colarán las siguientes y más peligrosas crisis del siglo XXI, la financiera, la de la deuda, la ambiental y la social.”

Una mirada más allá

Sin duda, los poderes fácticos andan cada vez más a la deriva ante las circunstancias. No en vano el FMI se ha referido, eufemísticamente, es cierto, al “precario momento global de la economía mundial”. Eufemísticamente, concordemos con Eduardo Camín (estrategia.la), porque el Fondo Monetario no osa reconocer que “las inmensas desigualdades estructurales de la economía política mundial ya no pueden ser

través de mecanismos consensuales de control social. Las clases dominantes han perdido legitimidad y estamos asistiendo a una ruptura de la hegemonía del núcleo central del capitalismo a escala mundial. Es muy difícil vislumbrar una seguridad política y social en un mundo donde millones de personas continúan atrapados en el ciclo de pobreza, de un sistema global que es discriminatorio e injusto”.

En este contexto, si algunos observadores de izquierda la califican de cíclica, de unas de esas que se dan alrededor de cada diez años y por lo general no duran más de dos, el articulista se declara convencido de que “la crisis estructural a la cual nos enfrentamos es más profunda, y su resolución requiere de una reestructuración a fondo del sistema”.

Sistema en el cual hasta el momento habían señoreado como recetas la exportación de capitales en una nueva onda de expansión imperialista, o una estrategia que implicaba redistribución, privatizaciones y tercerizaciones en el sector público y la regulación del mercado por el Estado.

Con el expositor, apuntemos que “la globalización y las políticas neoliberales, junto con la revolución en la tecnología que detenta el gran capital transnacional emergente, ayudaron a este a cosechar grandes avances en la productividad y a reestructurar, ‘flexibilizar’ y deshacerse de mano de obra en todo el orbe”. Lo cual “debilitó el trabajo asalariado, significó la pérdida de los beneficios sociales y facilitó una libre transferencia de ingresos y salidas sin control de capital. Estimulando el crecimiento a través del consumo en su máxima expresión. Sin embargo, el modelo neoliberal se ha traducido también en una polarización social a nivel global. Es una ruptura entre la lógica de acumulación y la de reproducción social, que ha repercutido en un crecimiento sin precedentes de la desigualdad social y ha intensificado las crisis de supervivencia de miles de millones de personas mundialmente. Los efectos de pauperización desatados por la globalización han generado conflictos sociales y crisis políticas que el sistema hoy encuentra cada vez más difícil contener”.

Y, aduce nuestro comentador, la sobreacumulación y la concentración de la riqueza se dispararán hasta que el mercado resulte incapaz de absorber la producción, y la formación colapse. Por ello los magnates recurren a la acumulación militarizada, a la especulación financiera salvaje y al allanamiento o saqueo de las finanzas públicas, bajo diferentes instrumentos de endeudamientos, a fin de mantener su lucro. Concomitantemente, los patronos y sus agentes políticos no cejan en imponer una austeridad brutal e intentan desmantelar lo que resta de los “estados sociales” de Europa, América del Norte. ¿Objetivo supremo? Exprimir más plusvalía.

Empero, a juicio de una cohorte de investigadores, Eduardo Camín entre ellos, el sistema no está apto para recuperarse. No puede manejar las contradicciones explosivas. A pesar de sus medios de violencia –guerras informatizadas y de las galaxias, aviones teledirigidos, bombas antibúnker– y de control –de la comunicación y de la producción de símbolos, imágenes y mensajes–, estamos arribando a las fronteras: ya no hay territorios de importancia para integrar. “Este hecho plantea de manera nueva el peligro de un fascismo del siglo XXI y de nuevos episodios de genocidio para contener la masa excedente de humanidad y su rebelión real o potencial”.

A despecho de la lógica

Lo hace notar John Bellamy en Kritika: incluso personajes dizque izquierdistas apuestan por un retorno al Estado de bienestar, a la regulación del mercado, o a alguna otra variante de “democracia social limitada”, a “un capitalismo más racional”. Obvian que, en su etapa tardía, el régimen se subordina totalmente al capital monopolista-financiero. Es el cacareado neoliberalismo, el cual se ha impuesto no obstante su persistente desventura en la promoción del desarrollo. Para el marxista consultado, su propósito es ofrecer racionalidad a una economía dominada por las grandes empresas y el poder de los monopolios. “En efecto, […] una estrategia político-económica eficaz para la clase multimillonaria, en una época en que el capital financiero buscaba tomar el control de todos los flujos monetarios de la sociedad.”

Ahora, a contrapelo de la inmovilidad, con tasas de crecimiento que han disminuido, el capital “sobrante” de las grandes corporaciones no sólo se ha multiplicado, sino que ha variado las formas de acumular riqueza, en detrimento de la inversión en la producción (“es decir, la acumulación de capital real”). “La globalización implicó no sólo nuevos mercados, sino, lo que es más importante, la apropiación de enormes excedentes económicos por la sobreexplotación del trabajo con los bajos salarios de la periferia. Esta sobreexplotación terminó en las arcas de las corporaciones multinacionales y de los multimillonarios del mundo”.

Así que “el estancamiento, la financiarización, la privatización, la globalización, la mercantilización del Estado, la reducción de las personas a ‘capital humano’ y de la naturaleza a ‘capital natural’, han hecho de las políticas neoliberales una característica obligatoria en la era del capitalismo monopólico-financiero. En su fase globalizada el capitalismo monopolista ha desencadenado una crisis estructural y universal del propio sistema. Ante esta crisis la respuesta neoliberal es dar otro giro de tuerca, abriendo nuevas áreas de rentabilidad para unos pocos y perpetuando los problemas que nos causa a todos. El resultado de esta lógica irracional no es simplemente un desastre económico y ecológico, sino la desaparición del Estado ‘liberal-democrático’. El neoliberalismo inevitablemente está en camino a un autoritarismo de mercado y a un neofascismo. En este sentido, Donald Trump no es una mera aberración”. Lo que deberían tomar en cuenta los progresistas ingenuos, si los hubiese.

No dirá simplemente adiós

Entrevistado por el Observatorio de la crisis, el filósofo francés Frédéric Lordon sentencia que para “desertar del capitalismo” se erige en indefectible una “fase de una confrontación global y decisiva. No podemos pedirle al capital que piense amablemente en irse, cuando ya ha quedado manifiesto que va a agotar hasta el último gramo de mineral, que hará un vertedero con el último metro cuadrado disponible y que ensuciará el último curso de agua para conseguir el último euro de ganancia […] La alarma climática, de hecho, lejos de agotarse en la cuestión ecológica, puede ayudar quizás a incorporar la idea de que frente al capital, en este momento, se trata de ellos o nosotros”.

Dilema que nos plantea, en teoría y práctica, una batalla ecuménica y dirigida contra la esencia de la formación. No contra una de sus manifestaciones por separado –algo por demás ilusorio–, ni siquiera el abominable neoliberalismo. Brega que implica una cirugía, y no el sobado remedio de mercurocromo y curitas.


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