Publicado en línea el Lunes 24 de agosto de 2020, por Caty R

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Tranquilícese le amable lectore… Uy, perdón, por un momento parece haberme afectado el retrovirus de la corrección política en su variante Sexusdelendus-2020, para el que no hay mascarilla que valga y cuya vacuna está primera en la lista de objetivos a liquidar por el filantrópico movimiento antivacunas. Corrijo: tranquilícese el amable lector (de cualquier sexo), no haya temor, que en este artículo no vamos a ocuparnos del muy espinoso asunto de la naturaleza de los universales en sentido filosófico, busilis que durante siglos ha traído de cabeza (y de la opuesta parte del cuerpo) a las más privilegiadas mentes de la humana especie. Precisamente esta última, la especie, es el ejemplo más preclaro de esas problemáticas entidades que, desde que Platón les atribuyó existencia eterna a resguardo de todos los avatares de la vida, no han dejado de atormentarnos con las dudas sobre si esa existencia es real o imaginaria, si son estructuras que se sostienen por sí mismas o pura construcción mental o, peor aún, mera palabra que se lleva el viento, simple flatus vocis.

Pues no, no ‎vamos a ocuparnos de eso (aunque llevo ya un chorro de renglones haciéndolo), sino de otro asunto igual de espinoso, o más incluso: la presunta “inconmensurabilidad de los paradigmas culturales” (que, dicho así, suena bastante impactante). Para que se entienda mejor, empecemos con un ejemplo bastante conocido: ¿es legítimo respetar sin más la ablación del clítoris de las muchachas como una costumbre que forma parte de la tradición cultural islámica de ciertos pueblos de África, cultura que hemos de considerar en pie de igualdad con cualquier otra sin pretender erigirnos desde fuera en jueces de sus creencias y prácticas, pretensión que, según los defensores de la mencionada inconmensurabilidad cultural, es claro síntoma de intolerancia y aun de supremacismo?

La cuestión es un poliedro con muchas caras, vértices y aristas (sobre todo, aristas). Hay quien considera que la tesis de la inconmensurabilidad cultural (que, literalmente, quiere decir que diferentes culturas no pueden medirse con arreglo a un mismo patrón común a todas ellas) es inatacable y carece por completo de sentido tratar de sentar criterios universales aplicables a todas las tradiciones culturales con el fin de poder decir qué es lo que está bien y lo que está mal en cada una de ellas. Semejante empresa, según sus críticos “multiculturalistas”, responde, más allá de la buena o mala conciencia de sus promotores, a una visión “imperialista” que considera que todo el mundo debe compartir unos valores que no son otros que los de una cultura (paradigmáticamente, la llamada “cultura occidental”) que aspira a dominar a todas las demás.

A abonar esta tesis ha contribuido la recurrente aparición, a lo largo de la historia, de sociedades que, a través de su poder militar o económico, han dominado extensas partes del planeta pretendiendo justificar ese dominio en nombre de la superioridad de su cultura. Bueno, en realidad pocos poderes imperialistas han intentado justificarse, ni así ni de ninguna otra manera: no lo hizo Roma, desde luego (“tu regere imperio populos, Romane, memento”); quizá un poquito la Atenas de Pericles; nada tampoco la Alemania nazi, a no ser que consideremos como justificación la apelación a la superioridad racial.

La Francia napoleónica fue seguramente la primera potencia moderna en recurrir al mencionado expediente, creando en muchas conciencias, como la de Goya, la lacerante contradicción entre la adhesión a los fines ilustrados y el rechazo de los medios represivos (un servidor, sin ir más lejos, todavía duda entre considerarse derrotado en Waterloo o gritar “¡Viva la Pepa!”, aunque preferiría poder hacer las dos cosas a la vez). Tras la estela de Francia —y dejando a un lado a Gran Bretaña, a la que siempre hay que dar de comer aparte— los más aplicados justificadores de su dominio por razones culturales, o más bien político-culturales, han sido y son los Estados Unidos de América (y resto del mundo).

Ahora bien, la historia es un libro, no una carpeta: no se le pueden quitar o añadir hojas a gusto de los personajes que en cada momento aparecen en su última página. Se pueden modificar las valoraciones del pasado —tampoco caprichosamente, a no ser que seas alcalde de Barcelona por carambola— pero no se puede borrar ni modificar el pretérito. Supongo que la pandemia revisionista seguirá expandiéndose al mismo ritmo que el SARS-CoV-2 o más rápidamente todavía, por lo que no sería de extrañar que detrás de las estatuas de los colonizadores españoles de América empezaran a caer las de los emperadores romanos fuera de Italia (espero no estar dando ideas).

Hay, por cierto, malas lenguas que dicen que el furor iconoclasta que parece haberse apoderado de ciertos líderes indígenas americanos está inducido por los descendientes de los puritanos del Mayflower para desviar su atención de los heroicos colonos anglos que limpiaron completamente de nativos los bosques de la franja oriental de los EE.UU., dejando como muestra cuatro nativos y medio en las praderas del Medio Oeste, convenientemente conservados en alcohol.

Y no se olvide que en la Guerra Civil Americana de 1861-1865 se dio la paradoja de que los indígenas recibieron comparativamente mejor trato de los esclavistas del Sur que de los antiesclavistas del Norte, mientras muchos blancos de Georgia, como la dulce Melania/Melita (e.p.d. la inmensa Olivia de Havilland) de “Gone with the Wind” (¡Esa película hoy prácticamente prohibida!), probaban las delicias de la guerra total a manos del general W. T. Sherman (y no me refiero a la secuoya gigante del mismo nombre que crece en un parque nacional de California).

Sea todo ello como fuere, a estas alturas de la película ya no podemos renunciar a la herencia idiomática y jurídica latina ni a la Ilustración Francesa ni a la tradición liberal anglosajona. ¿Hay algo de valor universal en todo ello? ¿No son acaso meras formas históricas particulares y contingentes? Ésa es la gran pregunta.

La respuesta: todas las culturas contienen gérmenes de valor universal que han crecido aleatoriamente en terrenos particulares y adquirido, por tanto, rasgos accidentales que podrían haber sido distintos de lo que son, y que en el futuro podrían modificarse.

El historiador chino Xu Jilin, de la Universidad Normal de Shanghai, en su libro Repensar el ascenso de China: una crítica liberal, propone una interesante distinción entre cultura (siempre particular) y civilización (de validez universal). Como liberal respetuoso de las tradiciones confucianas, considera que es posible conjugar el particularismo de las culturas con la aspiración a una civilización de vigencia universal. Posible, pero nada fácil. De hecho, el profesor Jilin ve a China presa de la ideología historicista que no encuentra más que contingencia en todas las formaciones sociales y se niega, por tanto, a admitir otros valores que no sean los particulares de cada lugar y cada momento histórico (de ahí el rechazo oficial chino de la democracia multipartidista, considerada un particularismo “occidental” incompatible con las milenarias tradiciones del país; escrúpulo, en cambio, que curiosamente no afecta a la aceptación del capitalismo como base del sistema económico).

El rechazo de valores universales (que, tal como he señalado en algún otro lugar en esta misma revista, ha afectado también al marxismo: véase El fantasma de la libertad) suministra el blindaje perfecto para la propia posición, pues nos permite acusar automáticamente de particularismo, igual pero de sentido contrario, a quienes impugnan nuestro propio particularismo.

Un ejemplo de triste actualidad en nuestro país es la reacción de muchos nacionalistas catalanes y vascos ante las críticas a su nacionalismo: quienes les critican lo hacen, según ellos, desde posiciones simétricas, las del nacionalismo español. Para ellos es inconcebible la posibilidad de criticar una postura nacionalista desde una postura no nacionalista: sólo es posible hacerlo desde otra postura nacionalista.

Cabe entonces preguntarse qué quieren decir cuando apelan al “diálogo”: ¿tiene sentido dialogar si se parte del principio de que no existe ningún terreno conceptual “neutral”, que no esté previamente acotado como parte del terreno propio de cada uno de los interlocutores? Se diría que Heráclito pensaba en ellos (y en todos los defensores posmodernos de la “inconmensurabilidad”) cuando se burló de los mortales que, en lugar de reconocer un logos común a todos, pretenden tener cada uno su propio logos exclusivo.

Pero dejemos las miserias localistas —“parroquiales”, como gráficamente se dice en inglés— para volver a las consideraciones generales (universales) que son las únicas que vale la pena discutir, porque son las únicas que permiten la discusión.

La famosa boutade de Margaret Thatcher, “la sociedad no existe”, es seguramente la forma más simple de profesión de fe individualista. Entre ese credo y el culto nazi al Volk (inevitablemente acompañado del numeral ein —“un solo pueblo”—, como acabaron proclamando los manifestantes de Berlín Oriental en los días previos a la caída del Muro en 1989) hay un amplísimo terreno que desbrozar. En él se ventila la inacabable pugna entre liberales y comunitaristas (uno de cuyos subgéneros son los nacionalistas), cristalizada, por ejemplo, en la disputa sobre los sujetos de derechos: ¿individuales o colectivos?

Si la sociedad no existe en absoluto, carece totalmente de sentido hablar de derechos colectivos. Pero ¿y si existe? Si a la noción de derechos colectivos añadimos la de la peculiaridad cultural inconmensurable de cada comunidad, tenemos la sustitución del universalismo por su sucedáneo, el comunitarismo. En cuanto al liberalismo, no hay duda de que, desde el momento mismo de su génesis histórica en la Inglaterra del siglo XVII, ha postulado valores universales, encarnados a partir de la Revolución Francesa en los Derechos Humanos, que son esencialmente derechos individuales.

El debate entre ambas corrientes suele envenenarse de entrada cuando elementos de facto enturbian las consideraciones de iure. Es decir, cuando, por ejemplo, un partidario de la más irrestricta libertad individual se dedica a defender ese ideario desde un medio de comunicación que, obviamente, sólo puede ejercer su función como empresa colectiva, la cual, además, si tiene reporteros asalariados, inevitablemente limitará la libertad de expresión de éstos, salvo que no les importe quedarse sin trabajo. O cuando los dirigentes de un partido que hace gala de comunitarismo desde su mismo nombre “eligen” previamente a los candidatos electorales que luego ha de “elegir” la base.

Respondiendo al desafío thatcheriano: la sociedad indudablemente existe; pero no en el mismo sentido en que existen los individuos de carne y hueso. Como tales individuos meramente corpóreos, tienen clara prioridad ontológica sobre la sociedad, pues pueden existir independientemente de ésta (al menos durante un cierto tiempo), mientras que la inversa es imposible. Pero como individuos plenamente humanos, con lenguaje y otras muchas habilidades características de nuestra especie, sólo pueden llegar a existir en el seno de una sociedad. Estas características, que hacen del animal nacido de humanos un ser humano propiamente dicho, son fruto de las relaciones entre individuos y de la impronta que, a través de esas relaciones, otros individuos dejan en la psique individual de cada uno. La sociedad —o lo específico de ella— no es otra cosa que ese entramado de conexiones. De modo que entre sociedad e individuo hay una relación cuasi circular de mutua dependencia que debería llevar a superar la unilateralidad de las posiciones de liberales y comunitaristas.

Sentado esto, ¿cómo se puede determinar qué elementos de una determinada formación social son exclusivos de ella y cuáles, en cambio, son generalizables a toda otra forma de sociedad? Es indudable que purgar de adherencias particulares y accidentales los principios y valores universales constitutivos de una civilización en el sentido arriba establecido es tarea ardua en la que tan fácil resulta caer en el extremo de podar demasiado el árbol como en el de dejar demasiadas ramas muertas.

En cualquier caso, si alguna verdad hay en el historicismo —contra la falsedad de que todo es particular y contingente—, no es tanto que todas las formas sociales son resultado de un proceso evolutivo —que también—, sino que el descubrimiento y fijación de valores de alcance universal es también el resultado de un proceso de acercamiento de posturas a través de la interacción social. Obsérvese que digo “descubrimiento”, no “creación” de valores comunes (es decir, universales). Porque el ser humano, como bien vio Kant, sin necesidad de apelar a mandatos ni revelaciones divinas, no puede dejar de postular siempre, junto a la existencia de la verdad (independientemente de si la encuentra o no), la existencia a priori de criterios de corrección e incorrección, de principios morales, en suma, por mucho que le cueste determinar su concreción en cada caso particular. Los que al ser incapaces de llegar a esa concreción niegan la existencia de verdades y valores universales actúan como la zorra que, incapaz de alcanzar las uvas, sostiene que están verdes. Hace, pues, siglos que su error (o, mejor, su mentira) quedó expuesto por el fabulista.

Si de concretar se trata, y ahí radica toda la dificultad, concluyamos concretando un poco. Así, por ejemplo, si consideramos que la democracia y el Estado de derecho no son particularidades exclusivas de ciertas sociedades, imposibles de trasponer, por tanto, a otras sociedades distintas, es decir, si no son meras formas culturales, sino elementos de civilización, no por ello hemos de obligarnos a admitir que la configuración concreta que esas formas político-jurídicas tienen actualmente en la mayoría de los países llamados “occidentales” es la única posible y estación término del progreso político de la humanidad. Basta comparar entre sí, por ejemplo, los diversos sistemas electorales de los países considerados Estados de derecho para ver que los hay más avanzados que otros, es decir, que hay unos que reflejan y expresan mejor que otros la voluntad de los ciudadanos. Dígase lo mismo de los sistemas judiciales.

De manera que estamos ante una tarea inacabada (y probablemente inacabable), aun haciendo abstracción de los factores exógenos que alteran, frenan o desvían el proceso, como son los desequilibrios de poder existentes en todas las sociedades entre los diversos grupos y clases sociales. Consideración, esta última, que muestra la imposibilidad de perfeccionar las formas político-jurídicas, haciéndolas universalmente válidas de hecho, sin resolver, previa o paralelamente, el problema planteado por esos desequilibrios de poder.

De manera que universales, como las meigas, haylos. Lo que pasa es que su realidad sólo se manifiesta (por presencia o por ausencia) a través de la afanosa búsqueda de criterios que sirvan de guía a nuestros pensamientos y nuestras acciones particulares. Lo fácil es renunciar a ese esfuerzo y dejar que otros lo hagan, aunque sólo sea para llevarles la contraria, que en eso la especie humana, como Mefistófeles, “el espíritu que siempre niega”, no tiene rival.

Miguel Candel Sanmartín es profesor emérito de Historia de la Filosofía de la Universidad de Barcelona

Fuente: https://www.cronicapopular.es/2020/08/la-querella-de-los-universales/


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