Publicado en línea el Viernes 21 de agosto de 2020, por Miguel Arróniz

Hasta que no he vivido la situación que vive España y aparte la inagotable poesía sobre la mirada y los ojos principalmente de mujer, no había reparado tan obligado en la importancia de la mirada y en sensaciones que jamás había experimentado ante unos ojos aislados del resto del rostro. Es más, quizá por mi edad se me hace superfluo de una persona todo lo demás. Y si esas otras partes del rostro que son la boca, los labios, la nariz y el propio óvalo ya me son indiferentes, qué puedo decir del resto de un cuerpo: en tales condiciones me parece inerte…

La mascarilla traza los ojos y marca la mirada frontal. Y hasta la insistencia en su obligatoriedad tampoco había advertido ni su opacidad mortecina por la tristeza, por el tedio o por el odio, ni su vivacidad por la alegría ni por el brillo que desprende todo lo observado bajo los efectos de un foco potente. En este caso el foco potente es, curiosamente, la propia mascarilla…

El caso es que todo caminante lleva un sello en su mirada en el que nunca había reparado y nunca me había interesado hasta que un gobierno y sus cómplices (por imperio de la ley, eso sí) al frente de Cafés, Cervecerías, restaurantes, medios de transporte, consultas, etc, me obligan a subirme la parte de la mascarilla que tapa la nariz y dificulta mi respiración. La cuestión sigue siendo que nunca había prestado tanta atención a ojos y miradas que sólo a cierta edad y en determinadas circunstancias me hacían efecto o me conmovían. Es más, a mis 82 años siento todavía un cierto arrobamiento cuando dos bellos ojos femeninos perfectamente enmarcados en la mascarilla se han clavado en los míos aunque sea porque era la única dirección posible de mirar…

Acabo de describir a un estúpido que cultiva su inclinación a verlo todo desde un punto de vista romántico, en tiempos en que la mayoría de las cosas son tan prosaicas que me provocan náuseas. Y no es que prefiera no esconder semejante y obsoleta propensión. Es que alardeo de romanticismo en una sociedad en la que unas generaciones que parecen perdidas, parecen también encontrar su mayor expansión, goce o placer en la desnudez del cuerpo y del alma en los aspectos más sombríos y a menudo demasiado desviados de lo que las nuestras llamaban armonía…

Jaime Richart, Antropólogo y jurista


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