Publicado en línea el Viernes 21 de agosto de 2020, por JDF

«me veo claramente

tan sucio y feliz.

Me veo claramente

tan aventurero

hecho un asesino de azúcar y pan

me veo claramente si miro detrás».

(S.R.D)

Esa fe llamada Chino

Lo primero a considerar al momento de contar una historia que pretenda tener los pies en la tierra es qué se quiere contar, y luego cómo será contada esa historia. Pero, ¿y un hombre? ¿Cómo narrar a Eduardo Heras León? ¿Premio Nacional de Literatura? ¿Animal rojo en la penumbra?¿Lustrador de botas?¿Llanto de niño en la década del 50’? ¿Miliciano en Playa Girón? ¿Formador en la pedagogía del detalle? Existen hombres tan amplios, que el sentido de las palabras al momento de describirlos se nos pierde en la arena.

Entre los oficios de escritor, editor y maestro, «El Chino», prefiere este último. La fe en los jóvenes, la esperanza en la literatura y el mejoramiento humano le mereció el año pasado que la Feria Internacional del Libro de Cuba llevara su nombre. Sigiloso, caminó su vida con la humildad de los grandes. Como una sola estrella en la bandera, una palabra disparada en la tormenta, escribió Los pasos en la hierba, La guerra tuvo seis nombres y Acero, entre otros libros perdidos. Una tríada gráfica, histórica y poética.

Existe un revólver cargado de memorias agazapado en un cajón. Existe el arte, disparo contra uno mismo. Tortura de pan cuando se entrega la vida. También la ideología, reivindicación de la primavera en pleno invierno. Quienes conocen al Chino lo saben. Sus libros describen algo más que un hombre. Narran un país, un ser humano en proceso. El húmedo abrigo del arte donde describiendo al mundo el hombre se escribe, acribilla, y define a sí mismo.

Pero la literatura es una mujer. Narra al hombre y viceversa. Y así, semejante a una sombra cocida a la noche, en silencio, su compañera de antes y después, Ivón Galeano, refleja a Eduardo. El árbol, crece para el pájaro. Entonces ocurre que una mujer al lado de un hombre se narra a sí misma y después lo inventa. Le toma la mano como una guitarra de fuego, acaricia su frente incendiada de espuma. Coloca en su boca el seno izquierdo. El cielo y el pelo. La lluvia en ese instante infinito en que desaparecen, Ivón, los contornos.

Es la literatura quien escribe a los hombres, y no los hombres a la literatura. Alimenta al hombre con el canto de la lectura a orillas de la cama, donde el mundo empieza, en el futuro, allá en la infancia. Donde la mujer caballo late, galopa contra el viento, empuja a Eduardo, jinete de la luna angelical, querido Eduardo, enseñando a los estudiantes a caminar con las manos por el desierto blanco, con tintas de amor, locura y espanto. Azúcar. Locura controlada que es lucidez. Enseñando a dudar, mas siempre a escribir. Pensar, escribir, pensar. Dialogar con el mundo, pelearse con el mundo y transformarse. Porque los buenos personajes se transforman. Y un personaje cuando es bueno toma al lector de la mano, lo saca a pasear por la historia, lo lleva a vivir otras vidas. Ese, es Eduardo.

Es posible haber pasado por el Taller de Técnicas Narrativas del Chino sin pasar por el Chino.

La conciencia emocional del hombre y la mujer raras veces se encuentra en el presente. Pero algo es seguro: existe un antes y un después de Eduardo. Una puerta en el centro del pecho que al abrirla nos conduce a otras puertas. La llave, una vez más, se encuentra en la sinceridad, se esconde la ternura. Voy a contarles algo. Escribir, es comunicar emociones, y yo les diría que si quieren seguir leyendo como hasta ahora no hagan el curso. No lo hagan. En mi caso, doy testimonio de un trauma — espero — , irreversible: estar enfermo de preocupación por cómo uno escribe cuando escribe, y morirse de preocupación si deja de hacerlo.

No voy a referir aquí lo recibido personalmente de sus manos. La sal no se escribe, y como bien nos enseñó El Chino, un buen cuento tiene dos cuentos. Uno, el que se lee, el otro, subterráneo. Evoco, sí, ahora, una noche juntos en su casa, enseñándome un libro y esa dedicatoria azul apretada en la primera página, perteneciente a un autor que es mejor no mencionar. Lo evidente, es secreto. Como el cañón de su mirada, la armonía de la voz de Eduardo.

Semejante a un texto, existe una tonalidad que nos define. Ese modo de ser uno mismo que es ser con los demás.

No existe texto sin contexto, beso sin boca, lluvia sin sol, caballo sin galope, guerra sin paz. Ya nadie jamás podrá ser el mismo hombre, la misma mujer después de haber pasado por Eduardo.

Es sabido existen un puñado de pobrezas. La pobreza material, cultural, política, artística, espiritual. Y pobres son hoy, también, quienes no se dieron o tuvieron la oportunidad de pasar por el Chino.

A Raúl Aguiar y Sergio Acevedo, mosqueteros de Eduardo Heras León.

Fuente: https://medium.com/la-tiza/me-veo-claramente-mascando-un-pedazo-de-hierba-mojada-3d13053a9a0f


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