Publicado en línea el Miércoles 19 de agosto de 2020, por Caty R

A comienzo de los años noventa, quien observara de manera realista lo que sucedía en el mundo en términos políticos e intelectuales bien podría dudar respecto a si, treinta años después, quedaría algo de marxismo. A la luz de la debacle ignominiosa de los “socialismo reales”, el ascenso vertiginoso del neoliberalismo, el retroceso cuantitativo y cualitativo del movimiento obrero y la marginalidad política de todas las izquierdas (incluyendo aquellas que habían sido críticas de ese “socialismo real”), el escenario de la desaparición lisa y llana de la tradición socialista, dentro de la que el marxismo había sido sin margen para la duda la fuerza hegemónica, no podía ser descartado. Y aún cuando la pura y simple desaparición no pareciera lo más probable, sólo cabía imaginar en términos sombríos su futuro. En las páginas finales de Los fines de la historia, publicado en 1992, Perry Anderson imaginó cuatro futuros posibles para el socialismo. El primero era que, andando el tiempo, se viera a las experiencias del socialismo del siglo XX como una anomalía exótica. Anderson establecía una analogía con las experiencias comunitarias de las misiones jesuíticas del Paraguay. La segunda posibilidad -cuya analogía histórica eran los levellers– era que ciertos componentes limitados de su ideario se traspasaran a otros movimientos cuyas principales preocupaciones serían otras y cuyo lenguaje es ya muy diferente. La tercera posibilidad -cuya analogía eran los jacobinos- implicaba una mutación y el surgimiento de un nuevo movimiento de transformación social que reconocía su deuda con la vieja tradición. La cuarta y última posibilidad contemplada por Anderson es que sucediera con el socialismo algo semejante a lo que sucedió con el liberalismo: luego de un eclipse prolongado, un resurgimiento arrollador.

Aunque sin pronunciarse de forma categórica sobre cuál alternativa sería la más probable. Parece indudable que Anderson se inclinaba por la última, al menos como apuesta política, como orientación, como deseo. Pero no es menos innegable que mostraba algo así como lo que Gilbert Achcar denominó “pesimismo histórico”, que el propio Anderson no reconocería como tal. Más allá de optimismos y pesimismos, Anderson defendía un “realismo intransigente”, caracterizado por la negativa a toda componenda con el sistema imperante, pero rechazando toda piedad o eufemismo que puedan infravalorar su poder. Mirar la realidad cara a cara, sin consuelos bienpensantes, podríamos decir.

Si como fuerza política el socialismo estaba en los noventa devastado, como tradición intelectual el marxismo no estaba mucho mejor. Fiel al realismo intransigente, a la premisa de mirar la realidad a la cara por poco confortables que fueran las imágenes que el espejo nos devolviera, en el año 2000 el mismo Anderson constataba:

Todo el horizonte de referencia en el que se formó la generación de la década de 1960 prácticamente ha sido barrido del mapa: los hitos del socialismo reformista y revolucionario por igual. A la mayoría de los estudiantes, la lista de los nombres de Bebel, Bernstein, Luxemburgo, Kautsky, Jaurès, Lukács, Lenin, Trotsky, Gramsci les resulta hoy tan remota como una lista de obispos arrianos… La mayor parte del corpus del marxismo occidental ha quedado también fuera de la circulación general: Korsch, el Lukács de Historia y conciencia de clase, casi todo Sartre y Althusser, la escuela de Della Volpe, Marcuse. Lo que mejor ha sobrevivido es menos directamente político: en lo esencial, la teoría de la Escuela de Frankfurt del período de posguerra y algunas obras escogidas de Benjamin. En nuestro país, Raymond Williams ha sido arrinconado, casi como Wright Mills en los Estados Unidos hace veinte años; Deutscher ha desaparecido; el nombre de Miliband habla de otro tiempo.

Si esta era, grosso modo, la situación hace veinte o treinta años, ¿cómo se nos presenta en la actualidad?

Desde el ángulo de las organizaciones políticas, la situación de cualquiera de las dos grandes tradiciones socialistas internacionales de masas -la segunda y la tercera internacional- la situación es de completo descalabro. Los Partidos Comunistas abdicaron o fue derrocados en casi todos lados. Allí donde esto no sucedió, como en China, la deriva hacia el capitalismo fue a marchas forzadas. China es hoy un país capitalista en toda la regla desde el punto de vista económico, acoplado a un estado policial máximamente autoritario. Y se ha convertido en la principal locomotora de la economía capitalista y en una de las principales usinas de la devastación ecológica planetaria. La vieja socialdemocracia ha devenido en un insulso liberalismo social. En Europa principalmente, las viejas banderas socialdemócratas asociadas al “Estado benefactor” han sido retomadas por los residuos de los viejos partidos comunistas, que ya carecen de toda pretensión revolucionaria. La oleada de supuestos gobiernos posneoliberales en América Latina ha sido un gran fiasco. Más allá de los fuegos de artificio retóricos (“socialismo del siglo XXI”, “buen vivir”, etc.), la sórdida y oscura realidad ha sido un desarrollismo capitalista basado crecientemente en el “extractivismo”, la expansión de las mismas pautas de histeria consumista del denostado “norte global”, desastres ecológicos, hipoteca del futuro… Todo a cambio de módicos derechos y una tibia redistribución económica en medio de la ola pasajera de altos precios de las commodities. Una década larga de explosión de los precios agrícolas internacionales, combinado con gobiernos “progresistas”, sirvió para mejorar un poco las condiciones de vida de las grandes mayorías populares, sin que casi se viera afectada la increíble desigualdad que caracteriza a nuestra región (que es la más desigual del mundo). Los pobres eran un poco menos pobres, pero los ricos cada vez más ricos. Pasada la coyuntura favorable, la caída de los precios internacionales agrícolas y petroleros, junto con la llegada al poder de gobiernos menos comprometidos con la “justicia social”, provocó que se desandara en pocos meses lo que supuestamente se había avanzado en dos o tres lustros. Por lo demás, el crecimiento económico -condición necesaria, se nos dice, para conseguir a lo sumo módicas mejoras de las clases populares- está devastando el planeta. Este es un problema acuciante en la actualidad: el crecimiento económico se parece demasiado al crecimiento de un cáncer.

Ningún gobierno del llamado “ciclo progresista” introdujo cambios socioeconómicos equiparables ni analogables a los que en su momento introdujeron las revoluciones rusa, china o cubana. Y su atractivo disminuyó o se eclipsó en apenas una década. La Venezuela de Maduro se halla envuelta en una crítica situación económica y social, además de política, que no puede ser explicada por las agresiones externas. El gobierno de los “movimientos sociales” del MAS en Bolivia fue derrocado sin ofrecer resistencia por un golpe de Estado con apoyo masivo de sectores medios urbanos, sin que los movimientos sociales que supuestamente gobernaba salieran a defenderlo. Más que el gobierno de los movimientos sociales, parece haber sido el gobierno de la cooptación y desmovilización de tales movimientos. La perfomance de Syriza en Grecia ha sido seguramente el mayor fiasco de la historia de un gobierno de “izquierdas” en el poder y la deriva de Podemos en España, menos trágica y vertiginosa que la de Syriza, no ha sido menos decepcionante: pasaron de condenar a la socialdemocracia como un proyecto agotado y a “la casta” como la raíz de todos los males, a convertirse en socialdemócratas y en parte de “la casta” poco después, como aliados minoritarios y subordinados en el Gobierno de Pedro Sánchez, del PSOE.

Por otra parte -y no es este un dato menor- ninguna fuerza de izquierda revolucionaria ha podido hacer pie entre las masas ni acercarse al poder. La marginalidad política ha sido la marca de los tiempos de las fuerzas políticas verdaderamente radicales, entre ellas las varias “cuarta internacional”. Allí donde ha habido movimientos de masas significativos, las demandas han sido parciales, antes que globales, orientadas a “ampliar derechos”, antes que a subvertir el orden social. Aunque en estos terrenos acotados y específicos se han librado grandes luchas y conquistado no pocas posiciones, las mismas han tenido lugar dentro de los marcos de lo políticamente tolerable por el sistema, y en términos que más que socavar su base de sustentación, más bien parecen haberla ampliado. Como señalara recientemente Susan Watkins luego de reseñar los importantes avances del feminismo en las últimas décadas a escala mundial: “los avances en la igualdad de género han ido de la mano con el aumento de la desigualdad socioeconómica en la mayor parte del planeta”. La historia reciente del feminismo es, de hecho, un ejemplo claro de esta situación: las corrientes más anticapitalistas del feminismo han sido hasta el momento domeñadas. El campo lo dominan perspectivas abiertamente liberales (como las que buscan romper el “techo de cristal”) u otras más belicosas en sus discursos y a veces en sus prácticas, pero limitadas a demandas puntuales (como el derecho al aborto) perfectamente integrables al orden capitalista. Los feminismos populares, cuya importancia no puede ignorarse, se hallan de momento a la saga.

Aunque en los últimos años han estallado aquí y allá movimientos huelguísticos (en Francia, por ejemplo) el nivel de activismo obrero, en alza en algunos países, se halla todavía muy por debajo de otros momentos históricos, y en general bastante desligado de todo imaginario socialista. El panorama en los múltiples movimientos ecologistas no es mucho mejor. Los viejos partidos “verdes” europeos de los años setenta/ochenta, fueron ya hace tiempo domesticados e integrados. Los nuevos movimientos surgidos más recientemente (como “extinción rebelión”) de momento no son mucho más que una promesa, y se hallan orientados más bien a sensibilizar a la opinión pública y formular demandas a las autoridades, antes que a derrocar un régimen social. Aunque el nacionalismo no ha desaparecido, ni tampoco la religión, comparados con los movimientos nacionalistas y religiosos de otros tiempos muchos de los contemporáneos parecen cuasi paródicos. Y los movimientos nacionalistas y religiosos, que en el pasado supieron tener en no pocos casos inclinaciones progresistas e incluso revolucionarias, en la actualidad se hallan predominantemente orientados en sentidos conservadores. Es difícil ver en ellos algo más que una reacción mayormente ciega a ciertas tendencias de la globalización, con muy escasa capacidad de proponer y promover reordenaciones sociales generales. Su horizonte no va más allá del capitalismo.

En todos estos campos sobreviven corrientes que procuran vincular estas demandas con alguna perspectiva socialista revolucionaria, así como articularlas entre sí. Pero son, de momento, minoritarias. Aunque ni el imaginario ni el lenguaje del socialismo han desaparecido del mapa, su situación sigue siendo crítica.

¿Qué sucede en el campo intelectual?

El pensamiento crítico, antisistema, no se ha detenido, en modo alguno. Más bien al contrario, en los últimos años han proliferado todo tipo de teorías críticas. Disponemos de una cartografía no exhaustiva pero sí muy apropiada de este campo en la obra de Razmig Keucheyan, Hemisferio izquierda. Entre las conclusiones más importantes que deja traslucir Keucheyan cabe destacar un cierto desplazamiento de la intelectualidad crítica a las instituciones superiores de USA (en sintonía con la hegemonía cultural de la superpotencia); la consolidación del ámbito universitario como sitio de producción del pensamiento crítico -academización a marcha forzada por decirlo de algún modo-; una fuerte tendencia a la dispersión (contexto en el cual el pensamiento inspirado en la obra de Marx ha perdido sin ninguna duda la centralidad que supo tener en al campo de las teorías críticas en el siglo XX); el marxismo específicamente, como parte de una totalidad más amplia de teorías críticas, ha tendido a fragmentarse en un archipiélago de mil y un marxismos; el género y la etnia han desplazado a la clase en la preocupación general, el lenguaje ha corrido a la economía, la filosofía ha desplazado a la historia y la crítica abstracta ha prácticamente sepultado al pensamiento estratégico. Con las debidas excepciones, este es el panorama general.

Keucheyan prevé, sin embargo, que en el futuro inmediato el pensamiento crítico de tradición marxista recobre nuevos bríos. Hay algo del orden del deseo en esa previsión, sin duda. Pero hay también sereno análisis de la situación. La crisis económica del 2008 colocó a la economía en primer plano, luego de décadas donde todo parecían ser juegos de lenguaje. Y la crítica situación ecológica del planeta vuelva a poner sobre la mesa la abolición radical de las relaciones capitalistas de producción: es obvio que un capitalismo sin crecimiento económico es virtualmente un absurdo, y no es menos evidente que ese crecimiento nos conduce a un desastre colosal. Las propias características y magnitud de la crisis ecológica y del presente cambio climático llevan a pensar casi ineludiblemente (para quien no sea un apologista cínico -e incluso pago- del capitalismo) en algún tipo de solución colectivista. Las dimensiones y alcances del problema, por lo demás, obligan a miradas globales, totalizadoras; antes que a focalizaciones parciales. Y en el campo de las teorías abarcantes, dialécticas (en el sentido de pensamiento inseguro que busca integrar diferentes dimensiones) la tradición marxista tiene pocos rivales.

Por otra parte, una auténtica pax-capitalista es inviable (aún cuando las fuerzas anticapitalistas sean sumamente débiles). Y no se trata únicamente de la naturaleza intrínsecamente destructiva del capitalismo como sistema (basado en lo que se suele llamar “destrucción creativa”), la recurrencia ineliminable de las crisis periódicas o las tradicionales pujas entre potencias emergentes y declinantes (China/USA hoy en día). En la actualidad se ha sumado un componente muchísimo más grave: la crisis ecológica provocada por un tipo de desarrollo basado en el agotamiento de los recursos no renovables, la “compra de tiempo” a costa de la hipoteca del futuro y la depredación de las dos fuentes de la riqueza: los trabajadores y la naturaleza. El futuro ha llegado tras tres o cuatro siglos de desarrollo capitalista: el sistema más “exitoso” y expansivo de todas las creaciones humanas se halla al borde de una catástrofe sin precedentes: ha cortado las ramas sobre las que estaba parado, ha destruido su entorno vital.

La gran paradoja del mundo contemporáneo es que mientras el sistema capitalista se empeña en generar caos a escala planetaria y se dirige raudamente hacia lo que bien podríamos llamar un colapso, las fuerzas políticas dispuestas a enfrentarlo son absolutamente exiguas. En el imaginario popular, una invasión extraterrestre parece más probable que una revolución social.

Y sin embargo, se mueve. Con escasa claridad política en cuanto al mundo que se quiere, en diferentes lugares han reaparecido revueltas de masas que indican, al menos, lo que ya no se quiere. El rechazo a una forma de vida que se torna insoportable, incluso allí donde se consideraba que todo era “modélico”: Chile, Francia, Hong Kong. Sobran las razones del malestar. Descontento y protestas, podemos darlo por seguro, no faltarán en el futuro. Pero ello no significa que puedan ser orientadas en un sentido anticapitalista. De hecho, es tan grande la asimetría de poder material y simbólico en el mundo contemporáneo que todos los grandes movimientos de los últimos años han sido o empantanados o esterilizados: las primaveras árabes, los indignados españoles, el 2001 argentino, y la lista podría seguir.

Pero hay otra no menos evidente y ya atronadora paradoja en el mundo contemporáneo. Distintas corrientes de pensamiento, cuestionando el supuestamente rudo determinismo o reduccionismo clasista del marxismo, insistieron en que a la explotación de clase había que sumar, en pie de igualdad, la opresión de género y étnica. Con el tiempo esto tendió a decantar, más que en una cierta paridad, en una ostensible preferencia por las dimensiones étnico-raciales o género-sexistas de la opresión y la explotación. Hablar de clases pasó prácticamente a ser sinónimo de estrechez mental, dogmatismo e incluso insensibilidad. Paradójicamente, mientras el ascenso económico de Asia oriental (China sobre todo, pero no exclusivamente) reducía las desigualdades entre países y estados, y mientras los avances del feminismo -sobre todo en el llamado “mundo occidental”- achicaba la brecha de género, las desigualdades de clase se dispararon hasta las nubes en las últimas décadas. Curiosamente, la forma de desigualdad, opresión y explotación de la que menos se habla es la que más ha crecido en los últimos tiempos. Y es, además, la única que no puede desaparecer sin que desaparezca el capitalismo. Por difícil que sea de alcanzar en la práctica, no es teóricamente imposible un capitalismo sin desigualdad de género o étnica. Pero un capitalismo sin clases es no sólo empírica sino lógicamente imposible.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX diferentes teóricos y escuelas marxistas debatieron sobre la supuesta teoría del derrumbe del capitalismo. Hubo interpretaciones de todo tipo y para todos los gustos: a favor y en contra del derrumbe; derrumbistas reformistas y derrumbistas revolucionarios; negadores del derrumbe desde perspectivas revolucionarias y desde perspectivas reformistas. El derrumbe en cuestión era, con todo, un proceso económico: la posibilidad, o no, de que el capitalismo pudiera seguir su marcha económica basada en la acumulación ampliada de capitales. Estas viejas discusiones hace rato que han salido de la agenda. Y sin embargo, la civilización burguesa se aproxima raudamente a lo que parece un colapso o un derrumbe. El talón de Aquiles del sistema se sitúa -para decirlo con los términos de James O’Connor- no tanto en la “primera contradicción del capitalismo” -la contradicción capital/trabajo- sino más bien en la “segunda”: la contradicción capital/naturaleza. El descalabro ecológico planetario provocado por el desarrollo incesante del capital ha colocado a la humanidad a las puertas de una situación catastrófica.

Ahora bien, desde la perspectiva de la primer contradicción -y con relativa independencia de si se creyera o no en un derrumbe automático del sistema del capital como consecuencia de su propio desarrollo económico- es razonable pensar que el propio desarrollo del capitalismo generará una masa creciente y crecientemente organizada de proletarios: la materia prima de una revolución anticapitalista, los sepultureros del capital, como dijo Marx. El curso histórico real no correspondió plenamente a ese modelo. Aunque la masa de trabajadores asalariados ha crecido indudablemente a escala planetaria, su organización y su predisposición a la lucha ha fluctuado, aunque la tendencia a largo plazo (hasta ahora) ha sido una general integración consumista al sistema (no sin tensiones ni estallidos) antes que la impugnación revolucionaria en el ámbito de la producción. Mayormente, lo que se constata en las últimas décadas es un proceso de relativa desorganización de los proletariados tradicionales de los países centrales, no compensada por un proceso paralelo de organización y beligerancia de los nuevos proletariados en Asia y América Latina. El ideario socialista, por lo demás, sigue en baja.

Aunque el crecimiento económico (resultado necesario del capitalismo y condición clave del funcionamiento “normal” capitalista a largo plazo) se ha ralentizado en los viejos países industriales, la emergencia económica de Asia oriental y sus “tasas chinas” de crecimiento han compensado de momento la ecuación. Y, fundamentalmente, las reformas neoliberales y el proceso de globalización han permitido una enorme concentración de la riqueza: la riqueza privada capitalista ha crecido en promedio muy por encima del crecimiento económico. Superada la coyuntura excepcional de las guerras mundiales, dislocada la amenaza anticapitalista que en algún momento parecieron suponer los estados surgidos de la Revolución rusa, esterilizadas las organizaciones sindicales por una burocracia crecientemente privilegiada y parasitaria, desorganizados las viejos movimientos obreros por los procesos de deslocalización empresarial, a la clase trabajadora no les quedó mucho más que el consuelo de un consumismo acrecentado por medio de una densa red de crédito al consumo de los hogares, dependiente de un crecimiento económico no menor del 3 % anual y crecientemente vulnerable a las fluctuaciones y crisis económicas, cuya frecuencia y magnitud la propia globalización financiera profundiza.

Visto desde el ángulo de la “primera contradicción”, el capital parecería tener la vaca atada, como dice el dicho campero. Aunque las recurrentes crisis elevan olas de protesta popular, las crisis económicas son parte del funcionamiento “natural” del sistema capitalista. En tanto esas protestas carezcan de voluntad de poder, de un proyecto alternativo de sociedad, y de organizaciones dispuestas no sólo a demandar sino decididas a transformar de raíz el sistema social, los personeros del capital no tienen demasiadas razones para la preocupación. La vaca zapatea, pero sigue atada y se la ordeña a diario.

Sin embargo, la situación del sistema es tremendamente critica y sumamente frágil. El crecimiento económico inherente al desarrollo capitalista ha destrozado el suelo sobre el que se levanta todo el edificio social. La devastación incesante y sistemática de la naturaleza coloca a la civilización del capital a las puertas de un colapso, debido a la incapacidad de integrarse establemente en el medio ambiente. El proceso que un tanto reductivamente se llama “cambio climático” es ya una realidad palpable incluso a simple vista. Y de consecuencias dramáticas en lo que tienen de previsibles; e imprevisibles si el aumento de la temperatura promedio no se detiene en 1,5 grados. Aquí están las claves de lo que bien se puede llamar “crisis civilizatoria”.

La contradicción capital/naturaleza ha saltado, pues, al primer plano, amenazando con catástrofes inauditas. De hecho ya estamos experimentando anticipos del mundo dislocado que se avecina. La pandemia del covid-19 es un botón de muestra. En primer lugar porque la proliferación de nuevos virus, lejos de ser un proceso puramente natural, es algo propiciado por el tipo de producción industrial de animales de granja en base a antibióticos y por el avance indiscriminado sobre las selvas y bosques que quedan en el mundo. Esa es la razón de que en los últimos diez años haya habido diez pandemias. Y habrá más en el cercano futuro.

En realidad, en la pandemia del covid-19 no hay nada especialmente significativo como pandemia en sí: ni su grado de letalidad ni su tasa de expansión son significativas en comparación con otras pandemias históricas. Más bien al contrario. Lo que la ha convertido en un acontecimiento histórico sin precedentes es el que ha afectado a países y clases que normalmente resultan invulnerables a las principales causas de mortalidad a nivel mundial, desatando un pánico de masas entre las clases altas y medias del mundo del capital. Es la primera vez que experimentan en carne propia las consecuencias nefastas del desarrollo capitalista. Hay un contraste absolutamente obsceno entre la alarma, la movilización de recursos y la paralización social masiva que ha provocado el covid-19, y la pasividad y naturalidad con que se miran los más de seis millones de niños que mueren en el mundo año tras año por hambre, o por circunstancias vinculadas con el hambre. O el millón de vidas que se cobra anualmente la malaria, pese a que hace ya mucho tiempo que se dispone de la vacuna.

Regresemos ahora a los cuatro escenarios posibles para el futuro del socialismo contemplados por Perry Anderson. Si la rápida panorámica aquí brindada es válida, entonces parecería que de los cuatro futuros posibles para el socialismo, la opción jacobina sería la que mejor encaja si confiamos en que la crisis en curso de nuevos bríos al socialismo revolucionario: la subsunción del viejo ideario dentro de un movimiento renovado, ecologista, feminista, plurinacional y socialista. Sin embargo quizá lo más adecuado sea verlo como una situación intermedia o híbrida entre la posibilidad “jacobina” y la “liberal”. Pienso esto por varias razones. La primera es que desde sus orígenes el socialismo tuvo un componente internacionalista y feminista. No siempre, evidentemente, su práctica real estuvo en consonancia con sus planteos internacionalistas y feministas teóricos. Pero no es menos obvio que ninguna de estas dimensiones le ha sido ajena a la tradición socialista. La cuestión ecológica es de otro calado. No tuvo ninguna centralidad en la tradición, y en este terreno hay que introducir modificaciones mucho mayores. Pero, sin embargo, su misma universalidad hace que la cuestión ecológica, aunque en principio podría involucrar a todos y todas, carezca de un referente social claramente determinado (como las mujeres para el feminismo, cierta nación para el nacionalismo, o los trabajadores para el socialismo); y esos referentes más acotados y precisados son indispensables para una movilización y organización sostenidas en el tiempo. Como problemática “vaporosa”, que nos concierne a todos y todas, la cuestión ecológica es fácilmente domesticable por el capital: con políticas empresariales “verdes”, propuestas para un Green New Deal o insulsas campañas escolares de recolección de basura. La problemática ecológica -socialmente explosiva- sólo tendrá fuerza y potencialidad revolucionaria cuando sea adoptada por sectores específicos (particularmente por la clase trabajadora) y encuentre responsables fundamentales bien determinados (la clase capitalista y su afán de lucro). Aunque ningún socialismo posible en el futuro podría no ser ecologista, y aunque ningún socialismo deseable podría no ser feminista y antirracista, el enemigo esencial a abatir es el capitalismo. La fuente fundamental de los desmanes en el mundo contemporáneo, lo que nos coloca como humanidad al borde del precipicio, es el capitalismo, no el patriarcado o el racismo (por condenables que sean, y por cierto lo son). En consecuencia, aunque un movimiento revolucionario en el siglo XXI deba ser necesariamente plural y multifacético, su centro de anudamiento es el combate contra el capital. Esto no significa necesariamente dar ninguna apriorística prioridad a las clases trabajadoras, por ejemplo, por encima de las mujeres o ciertos grupos étnicos. Significa, más bien, que todos los planteos vinculados a demandas clasistas, etnicistas o feministas deberán ser evaluados en primer lugar por cómo se posicionan en relación al capitalismo como sistema. Por consiguiente, habrá que apoyar a los feminismos anticapitalistas, pero denunciar a los procapitalistas. Habrá que intentar orientar las demandas de los trabajadores en un sentido anticapitalista, antes que favorecer acríticamente reivindicaciones puramente absorbibles por el sistema. Por último, si el capitalismo es un sistema basado en el desarrollo de las fuerzas productivas en un sentido crecientemente destructivo e incluso autodestructivo, la participación decisiva de los trabajadores en el combate contra el mismo es fundamental. Y es precisamente el movimiento de los trabajadores el que menos ha avanzado en los últimos años: más bien ha retrocedido. Revertir esto es imperioso.

Aunque la tradición marxista estuvo fuertemente influida por concepciones escatológicas, perspectivas ingenuamente optimistas respecto al progreso histórico, confianza excesiva en el desarrollo de las fuerzas productivas, etc., no es menos evidente que, al interior de la propia tradición ha habido importantes contrapesos. Prácticamente desconocido, antes que injustamente olvidado, el caso de Manuel Sacristán es de referencia obligada. Como dijera Jorge Riechmann, “Manuel Sacristán pensó el ecosocialismo antes de que el termino ni siquiera existiera”.

En su “Comunicación a las Jornadas de Ecología y Política” de 1979 -un texto prácticamente desconocido- en seis apretados puntos, esbozó un verdadero manifiesto de marxismo ecológico que hoy haríamos bien en reivindicar. En el punto número uno ponía las cartas sobre la mesa y obligaba a un ejercicio autocrítico:

La principal conversión que los condicionamientos ecológico proponen al pensamiento revolucionario consiste en abandonar la espera del Juicio Final, el utopismo, la escatología, deshacerse del milenarismo. Milenarismo es creer que la Revolución Social es la plenitud de los tiempos, un evento a partir del cual quedarán resueltas todas las tensiones entre las personas y entre éstas y la naturaleza, porque podrán obrar entonces sin obstáculo las leyes objetivas del ser, buenas en sí mismas, pero hasta ahora deformadas por la pecaminosidad de la sociedad injusta. La actitud escatológica se encuentra en todas las corrientes de la izquierda revolucionaria. Sin embargo, como esta reflexión es inevitablemente autocrítica (si no personalmente, si en lo colectivo), conviene que cada cual se refiera a su propia tradición e intente continuarla y mejorarla con sus propios instrumentos.

En el marxismo, la utopía escatológica se basa en la comprensión de la dialéctica real como proceso en el que se terminan todas las tensiones o contradicciones. Lo que hemos aprendido sobre el planeta Tierra confirma la necesidad (que siempre existió) de evitar esa visión quiliástica de un futuro paraíso armonioso. Habrá siempre contradicciones entre las potencialidades de la especie humana y su condicionamiento natural. La dialéctica es abierta. En el cultivo de los clásicos del marxismo conviene atender a los lugares en los que ellos mismos ven la dialéctica como proceso no consumable.

En consonancia con esto, Sacristán podía afirmar sin subterfugios que “hemos de ver que somos biológicamente la especie de la hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada”. Pero la biología es meramente condición de posibilidad de ciertos desarrollos. La clave de las mismos no reside en las biológicas posibilidades, sino en las estructuras económico-sociales que empujar en cierta dirección. En tal sentido, no es la humana biología la causa de los presentes descomunales desequilibrios ambientales. Su causa fundamental es el capitalismo. El desarrollo capitalista entraña, necesariamente, desmesura. Y una desmesura potencialmente autodestructiva de la propia especie humana. Ante ello, Sacristán reivindicará el valor de la mesura. Apelará al desarrollo de “una ética revolucionaria de la mesura y la cordura”. Esto es, mesura en el consumo, mesura en la relación con la naturaleza, mesura en la producción de bienes, mesura en la investigación y producción científico-técnica: no todo lo que puede ser producido debe serlo. Pero -y esto conviene subrayarlo- la mesura no se contraponía al radicalismo. Al contrario, Sacristán asumía que en términos ecológicos había que ser muy radical. Los problemas son tales, y de tal magnitud, que no hay ni tiempo para el gradualismo ni es sensato el reformismo. La crisis ecológica en la que se estaba sumergiendo la humanidad era una crisis que exigiría soluciones radicales, revolucionarias. Y no es que esperara Sacristán grandes e inminentes éxitos del movimiento obrero revolucionario. Mas bien al contrario, en 1981 declaró sin atenuantes que se vivían tiempos de derrota, y que nadie de su generación viviría cambios sociales progresivos. Ello no obstante, y a pesar del sólido posicionamiento del capitalismo y del naciente neoliberalismo, la dialéctica perversa del desarrollo capitalista continuaría operando: el capitalismo llevaría ineludiblemente a una situación de crisis ecológica colosal. Podía dudar Sacristán de si se hallarían soluciones a tiempo. De lo que no dudaba es de que las soluciones, si las hubiera, tendrían que ser revolucionarias. Vale decir, con cambio radical de las estructuras económicas y con modificación sustantiva de las finalidades sociales. Tampoco dudó respecto a que el movimiento obrero debería ser un actor clave. En tal sentido escribió:

Las clases trabajadoras (…) se tienen que seguir viendo como sujeto revolucionario no porque en ellas se consume la negación absoluta de la humanidad, negación a través de la cual vaya a irrumpir la Utopía de lo Último, sino porque ellas son la parte de la humanidad del todo imprescindible para la supervivencia.

La clase trabajadora debía ser vista, y tendría que verse a si misma, “como sustentadora de la especie, conservadora de la vida”. En esta línea de pensamiento, Sacristán exploró las opciones políticas, proponiendo simultanear prácticas indispensables a dos niveles: el del ejercicio del poder estatal y el de la vida cotidiana. Ambos necesarios, ambos insuficientes sin la complementariedad del otro. Pero también aclaró:

Las dos prácticas complementarias han de ser revolucionarias, no reformistas, y se refieren específicamente al poder político estatal y a la vida cotidiana. Es una convicción común a todos los intentos marxistas de asimilar la problemática ecológico-social que el movimiento debe intentar vivir una nueva cotidianeidad, sin remitir la revolución de la vida cotidiana a “después de la Revolución”, y que no debe perder su tradicional visión realista del problema del poder político, en particular estatal.

Problemas colosales, soluciones radicales. Pero se trata de un radicalismo no alocado, un radicalismo científicamente informado y mesurado. Su perspectiva política ahondaba todavía analizando problemas conexos, que siguen siendo hoy nuestros problemas. Por ejemplo sostuvo que “la crisis ecológica aumenta la validez y la importancia del principio de planificación global y del internacionalismo”.

Manuel Sacristán -que no en vano fue temprano lector de Georgescu Roegen y su tesis sobre la entropía en el proceso económico- ya lo sabía: el crecimiento económico ilimitado es una ilusión criminal. Lo que nuestra especie y el resto de las especies que comparten con nosotros este planeta necesitan es un reparto igualitario de las riquezas (que no son pocas) y de los esfuerzos, reducir las actividades industriales y el consumo superfluo, planificar la economía y equilibrar el metabolismo socio-natural. Nada de esto es posible sin abolir el capitalismo como modo de producción.

Escribo estas líneas en medio de la cuarentena obligatoria por la pandemia del covid-19. Cuando salgamos de la cuarentena la crisis económica nos estallará en la cara. La crisis ecológica se profundizará en los años próximos y las consecuencias del cambio climático, que ya se están haciendo sentir, serán desoladoras. Es imperioso, en tales circunstancias, romper toda atadura subjetiva con el sistema del capital. Abandonar las ensoñaciones reformistas: ese posibilismo castrado de las últimas décadas que llevó a ver con buenos ojos cualquier proyecto que fuera un poco menos que el neoliberalismo puro y duro. Habrá que hacer a un lado al neoliberalismo y criticar de lleno a la verdadera fuente de los males: el capitalismo. Habrá que volver a hablar de socialismo. Habrá que hacer del ecosocialismo un proyecto de masas. Y habrá que volver a pensar en la revolución.

La alternativa es aceptar la hecatombe y que se salve quien pueda.


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