Publicado en línea el Martes 18 de agosto de 2020, por Admin2

Actualmente, en menor o mayor medida todos vivimos un escenario de incertidumbre frente a la “nueva normalidad” y lo que nos depara el futuro. Los sentimientos de incertidumbre en muchos casos pueden generar ansiedad y angustia, lo cual se intensifica en quienes aún se mantienen en aislamiento. Además, hay que reconocer que nuestra vida social fue quebrantada, y que ha incidido de diferentes formas en cada ser humano.

Recordemos que somos seres sociales, que requerimos de la interacción social y las experiencias compartidas, que está en nuestra necesidad existencial dar significado a los oficios, a las profesiones, a las ocupaciones laborales, a las educativas y de convivencia, que todo ello se teje de forma relacional, que es una necesidad que da significado a la vida.

La ruptura de la vida cotidiana puede tener consecuencias en el ámbito psicosocial en dos vías: por un lado, con impactos socioemocionales y por otro por la dificultad de sostener redes sociales que comúnmente antes de la pandemia se configuraban como apoyo de diversa índole.

Personas de toda edad han sido trastocadas por esta pandemia, los impactos comienzan a visualizarse, hemos empleado diversas estrategias para no dar paso a espacios de demencia. En un principio, la población que más preocupó fue aquella que no tuvo posibilidades para quedarse en casa, quienes dependían de una economía construida día con día para su sobrevivencia, en consecuencia, su exposición al contagio fue una alerta constante.

Sin embargo, falta profundizar en las implicaciones de esta pandemia y las estrategias desarrolladas por la población en pobreza extrema, falta hablar más y no evitar el tema de la violencia en casa, falta insistir en divulgar la situación de las personas adultas mayores. En México nos hace falta una cultura del envejecimiento, falta conocer y escuchar la palabra de la infancia, falta dar espacio a las percepciones de los jóvenes.

De igual forma, poco se han abordado los temas como la soledad, las personas con VIH y las personas que llevan más de una década sufriendo las implicaciones de una absurda violencia extrema, por ejemplo, las más de 73 mil 201 familias que sufren la desaparición de sus seres queridos. No cabe duda, que ante la pandemia todos hemos sido vulnerables, pero como dijo recientemente Judith Butler: “La desigualdad social y económica se asegurará de que el virus discrimine”. En este sentido, no podemos seguir bajo lógicas de desigualdad e individualismo.

Como sociedad es preciso entender que la COVID-19 nos posicionó ante una vulnerabilidad radical al exponer nuestra sobrevivencia como humanidad, pero no debemos de evitar el análisis de la vulnerabilidad social que colocó a grandes sectores de la población en una situación de desventaja. Y es que ante un miedo generalizado y una percepción justificada de vulnerabilidad corremos el riesgo de perder el sentido comunitario. Por ello, insisto en que se debe reflexionar sobre tres vertientes:

– Aceptar la incertidumbre, reconocer la vulnerabilidad y dejar fluir el miedo para saber caminar con ellos.

– Discutir los factores que incrementan una vulnerabilidad innecesaria: la psicosocial.

– Comprender que un proceso resiliente individual, familiar y comunitario nos permitirá sobrellevar esta adversidad y reconstruir nuestros proyectos de vida.

De esta forma, podemos hacer un análisis preciso de nuestra “nueva” realidad, reconocer las desventajas de aumentar nuestra vulnerabilidad psíquica, reconocer que la actitud con la que encaremos el problema permitirá o no un nuevo desarrollo, un desarrollo que tenga una característica central: la resiliencia.

Es importante no perder brújula del sentido de la vida, que las formas de relacionarnos y coexistir no sean bajo imposiciones estructurales y hegemónicas, que siempre contemos con dosis de cuestionamientos, análisis y reflexión en los bolsillos para no aceptar de forma impositiva las nuevas normalidades y más bien ser parte de una construcción social que nos permita vivir una pos pandemia, y no correr el riesgo de vivir una pandemia intermitente, como bien lo señaló hace unas semanas Boaventura De Souza Santos.

Mi intención principal a través del presente es invitarlos a que en esta “nueva normalidad” no se pierda el sentido comunitario que es procurar el bien común, que la distancia física (mal llamada distancia social) no se convierta en un detonante más para el individualismo. Hay que tener presente que los escenarios actuales que ha generado la pandemia están sujetos a una constante transformación, y los individuos, grupos, familias, comunidades y sociedades tienen diversas formas de reaccionar ante éstos.

Por ello, la promoción de recursos comunitarios, y el hecho de que las personas y las familias se dispongan a utilizarlos es una oportunidad para incidir de forma favorable en los procesos de resiliencia que hoy en día se hacen indispensables.

Hace unos años, Bauman reflexionó sobre los temores sociales y hoy sus palabras sobresalen por su vigencia:

«La inseguridad del presente y la incertidumbre sobre el futuro fomentan los temores más imponentes en la sociedad; estos sentimientos nacen de una sensación de impotencia» (Bauman, 2009:42).

Sin embargo, podemos cambiar con prácticas resilientes toda condena a los pronósticos en cuanto a la adversidad y la incertidumbre actual. Entre las características del proceso resiliente, podemos ubicar el analizar la realidad con claridad, esto nos permitirá identificar de que tenemos el control y de que no tenemos el control. Indudablemente, con este análisis podemos realizar diversas acciones para restar o aceptar la incertidumbre.

No obstante, frente a lo que no tenemos control podemos sentir miedo, pero insisto: el miedo no debe ser un hecho nocivo, el miedo facilita tener un balance sobre “nuestra situación” y por tanto puede detonar acciones preventivas. Si el miedo se vuelve pánico nos puede inmovilizar; incluso, puede llevarnos a la posibilidad de quebrantar el sentido comunitario. Por ello es importante reflexionar sobre las dinámicas que permiten extender el miedo hasta su desborde. Es necesario identificar las dinámicas que facilitan que la población desarrolle sentimientos de agobio bajo situaciones que aún no suceden y, de esta manera, promover acciones que minimicen la desesperanza colectiva.

En cuanto a la vulnerabilidad, recordemos que la génesis de su concepto radica en el reconocernos como seres finitos, la palabra vulnerabilidad se deriva del latín “vulnus”, que de forma literal puede traducirse como herida; es decir, la vulnerabilidad deposita su significado en la capacidad humana para enfrentar el dolor y estar abierto a las heridas que se provocan por la condición humana de “exposición al mundo” (Turner, 2010).

Por su parte, Moser (1996) considera que la vulnerabilidad es un concepto dinámico, por ser parte del proceso de cambio en la capacidad de los individuos, grupos domésticos y comunidades para responder a estímulos externos, así como a su capacidad de recuperación.

La definición de vulnerabilidad, entonces, corresponde a la predisposición o susceptibilidad que se tiene a ser afectado o a sufrir una pérdida; el grado de vulnerabilidad determina la severidad del impacto de los efectos de un evento externo (Cardona, 2002). Y esto último es muy importante, porque permite hacer un reconocimiento real de cómo nos afecta la problemática. Además, es imprescindible analizar cómo la vulnerabilidad relacionada con la emergencia sanitaria se incrementa con la vulnerabilidad provocada por la desigualdad, de esta forma, pueden ejercerse políticas públicas más efectivas para atender la emergencia y a los grupos más vulnerables, así como acciones solidarias entre la población.

Un aspecto crucial es reconocer cómo dentro de estos escenarios adversos, ocurre la vulnerabilidad psicosocial, entendiendo la vulnerabilidad psicosocial como el grado de susceptibilidad que tiene una persona hacia los problemas, como una condición que modula la probabilidad del sufrimiento ante las adversidades, pero el enfoque radica más en la percepción que en su impacto directo, lo cual, aunque entre en un plano subjetivo, puede incidir de manera grave en condiciones de bienestar (García del Castillo, 2015).

Pues bien, debemos mirar cómo se suscita la vulnerabilidad psicosocial, y como ésta puede provocar una mayor exposición al riesgo en general. Y es como diría Martha Nussbaum (2011), hay que preguntarse “cómo es posible que la sociedad enfrente la vulnerabilidad humana, cómo es posible hacer desaparecer algunas formas de vulnerabilidad, dar más seguridad, haciendo disponible para las personas las formas buenas de vulnerabilidad a través del amor, la amistad y otras emociones”. Este es el momento para construir una nueva normativa de interacciones sociales, desde una visión ética, resiliente y con un amplio sentido comunitario.

Bajo los diferentes escenarios adversos, debemos de tener cuidado de no sumar más problemas al problema, y desde diferentes ámbitos trabajar para no generar vulnerabilidad psicosocial. Por ejemplo, el exceso de señalamientos sociales sobre los grupos más vulnerables ante la COVID-19 contribuye a una desesperanza que afecta el sistema inmunológico, las personas en desventaja económica, con desventajas en la salud, adultos mayores, etc. Podrían realizar evaluaciones desesperanzadas y alejadas de una evaluación realista de la vulnerabilidad. Por ello, es importante reflexionar sobre las narrativas que están construyendo que inciden sobre acciones de discriminación.

En estos momentos, nuestra opción es aceptar que la vulnerabilidad caminó al lado de nosotros, y que frente a este hecho podemos desarrollar mecanismos de afrontamiento y análisis de riesgos. Pero para ello, todos tenemos que trabajar en favor de una comunidad, una comunidad resiliente, donde pese a la complejidad y escenarios de adversidad, seamos capaces de reorganizarnos y desechar lo que nos estorba para un nuevo desarrollo y nuevos proyectos de vida fundamentados en la recuperación y la prevención. El autocuidado, el cuidado hacia los otros, la flexibilidad, la creatividad, el respeto de los espacios y dar continuidad a las medidas sanitarias nos permitirá caminar a través de la adversidad, reconociendo nuestra vulnerabilidad y nuestra capacidad para generar comunidad.

No obstante, hacer comunidad en tiempos de la COVID-19 no es un proceso libre de complejidades, por el contrario, requiere de esfuerzos en conjunto que nos permitan analizar la diversidad de retos y problemas con claridad y sin dar paso al agobio. Dar paso a procesos resilientes como un valor arraigado en la cultura permitirá construir nuevas formas de sociabilidad sólidas, basadas en las fortalezas más que en el señalamiento de las debilidades. Desde el ámbito académico, debemos responder a la imperante necesidad de promover una ciencia de incidencia social que permita hacer frente a las implicaciones que la SARS-CoV2 está provocando. En estos tiempos de incertidumbre y constante adversidad, se requiere desarrollar con rigor una mirada crítica sobre cómo estamos actuando dentro de nuestros entornos más próximos, de esta forma, se contribuye a la construcción de cimientos para generar nuevas formas de habitabilidad en un mundo que, erróneamente, pensamos que sólo debía servir al interés económico más que al sentido humano. En este sentido UNÁMonos, desde diferentes ámbitos y hagamos comunidad, una comunidad resiliente.

Bibliografía

Bauman, Z. (2009). Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid: Siglo XXI

Cardona, O.D. (2002). La necesidad de repensar de manera holística los conceptos de vulnerabilidad y miedo. Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina, La Red. http://www.desenredando.org/public/ articulos/2003/rmhcvr/ (consultado en agosto, 7, 2020).

García del Castillo, J. (2015). Concepto de vulnerabilidad psicosocial en el ámbito de la salud y las adicciones. Salud y drogas, 15 (1),5-13.

Moser, C. (1996). Confronting Crisis: A Comparative Study of Household Responses to Poverty and Vulnerability in Four Poor Urban Communities. Environmentally Sustainable Development Studies and Monographs Series 8. Washington, D.C.: World Bank.

Nussbaum, M. (2011). Libertad de conciencia: el ataque a la igualdad de respeto. Buenos Aires: Katz

Turner, B.L. (2010). Vulnerability and resilience: Coalescing or paralleling approaches for sustainability science? Global Environmental Change, 20 (4), 570–576.

Este material se comparte con autorización de UNAM Global

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