Publicado en línea el Miércoles 28 de agosto de 2019, por Admin2

Hora tras hora, días tras día, año tras año, siglo tras siglo, las mujeres han sido ofendidas, humilladas, golpeadas, mutiladas, vejadas, manoseadas, intimidadas, acosadas, amenazadas, maltratadas, violadas, excluidas, encerradas, discriminadas, descuartizadas, asesinadas, desaparecidas, compradas, vendidas, quemadas en la hoguera, obligadas a prostituirse, explotadas laboralmente recibiendo salarios más bajos que los de los hombres, tratadas como inferiores, como menores de edad, como retrasadas mentales. Todo con la anuencia y complicidad de las diversas iglesias, gobiernos, sociedades, familias, teóricos, teólogos, ideólogos, filósofos, científicos y un sinfín de etcéteras.

Pero, basta con un día de furia, la marcha feminista del viernes 16 de agosto, conocida ya como ‘la brillantada’, para que sean tachadas de ‘provocadoras’, ‘violentas’, ‘malditas’, ‘pinches viejas’, ‘feminazis’, ‘locas’, ‘vándalas’, ‘terroristas’, ‘marimachos’, ‘lesbianas’ y que incluso se llegue al extremo de pedir que las quemen (¿otra vez?), como lo hiciera Fausto Enrique Loria Ortiz, exempleado de la Fiscalía General del Estado (FGE) de Yucatán, quien en su cuenta de Facebook escribió: “Porque no pasa una pipa llena de gasolina y les prenden fuego”. Afortunadamente, este individuo ya fue despedido por orden del gobernador de la entidad, Mauricio Vila.

Hubo también amenazas directas de muerte como las que sufrió la diputada federal independiente, Ana Lucía Riojas Martínez, quien denunció haber recibido amenazas a través de sus redes sociales, por su participación en la protesta feminista del 16 de agosto, según publicó el sitio infobae.com.

Se les critica, repudia, amenaza, se pretendió incluso engañarlas llamando a una marcha ‘falsa’ para cazarlas y cobrarles su atrevimiento. De qué otra manera se les podría castigar por abandonar su rol de género, ese que les dicta ser ‘modositas’, ‘calladitas’, ‘bonitas’, ‘pasivas’, ‘tiernas’, en una palabra ‘femeninas’. Las otras, las que gritan, reclaman, se quejan, patean, golpean, se defienden, agreden… ¡no son mujeres!, no son reconocibles, no son aceptadas. La misma escritora Elena Poniatowska publicó en su cuenta de Twitter: “La brutalidad y el destrozo jamás pueden estar ligados a la acción de la mujer”.

No importan las razones de la indignación, del enojo, de la rabia, de la furia, una mujer que se precie de serlo no abandona su rol y cuando levanta la voz, se enoja, se enfurece es porque está ‘histérica’, seguro ‘está en sus días’ y eso la lleva a perder el control. Un hombre, por el contrario, cuando grita, golpea, se defiende es valiente, arrojado y su razón tendrá. Porque hay que saber que un hombre jamás podrá ponerse histérico, la histeria es propia de mujeres. Etimológicamente, la palabra histeria viene del griego hystera, que significa ‘útero’ y remite desde la Antigüedad hasta principios del siglo XX a una supuesta serie de trastornos sufridos por las mujeres, nunca por los hombres, que al final derivaban en una tendencia a causar problemas sin explicación o razón aparente.

Y entonces resulta que las mujeres que ‘vandalizaron’ El Ángel (que por cierto no es un él sino una ella, es la Victoria Alada), la estación del Metrobús Insurgentes y espacios aledaños, son una punta de histéricas que causaron problemas sin explicación o razón aparente. Faltaba más, las verdaderas mujeres se quedan en su casa y no salen a la calle a vandalizar monumentos nacionales y menos aún el más importante y representativo del país.

Las preguntas que flotaron en el ambiente durante toda la semana posterior a la marcha feminista fueron: ¿Qué les pasa? ¿Están locas? ¿Por qué tanta violencia? Las certezas que acompañaron estos cuestionamientos fueron: por las buenas se puede todo, calladitas se ven más bonitas; no parecen mujeres; sus causas no ameritan violencia.

En los medios apareció de manera recurrente la descalificación, la crítica y pocos, muy pocos, se ocuparon de relacionar el supuesto vandalismo con los reclamos de las mujeres, con los datos que indican que la violencia en contra de ellas ha aumentado de manera alarmante en los últimos años. Contra los hombres también, se dice, y ellos no están en las calles destruyendo o pintarrajeando monumentos, ni lanzando brillantina rosada a ineptos funcionarios públicos y entonces resulta que como los hombres no se quejan, las mujeres tampoco deberían hacerlo.

El silencio en todo caso parece ser la solución más cómoda para una sociedad incapaz de salir de su zona de confort y defender a sus mujeres, a sus niñas, a sus niños, a sus hombres, a sus jóvenes. ¿Para qué? Si calladitas y calladitos se ven más bonitas y bonitos.

Pero la realidad es contundente y las cifras, dicen los científicos, no mienten, así que vayan aquí algunas de ellas.

De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), del gobierno federal, en los primeros cuatro meses de 2015 se registraron 610 crímenes contra mujeres; en 2016 fueron 847; en 2017 ascendieron a 967; en 2018, a mil 142; y en el primer semestre de 2019, a 470.

En los últimos 32 años se han registrado en el país 52 mil 210 muertes de mujeres en las que se presumió homicidio, de las cuales 15 mil 535 ocurrieron en los últimos seis años, es decir, 29.8%, según reporte del SESNSP.

De acuerdo con datos publicados por Publimetro y de acuerdo con cifras del mismo SESNSP, en los primeros siete meses de 2019 los feminicidios aumentaron 20%, al pasar de 71 a 85; 34 mil 463 mujeres fueron víctimas de lesiones dolosas, es decir, cinco mil 744 en promedio al mes; se registraron 206 secuestros, un promedio de 34 por mes, presentándose un pico en mayo pasado con 48 casos; mientras que 56 mil 285 mujeres fueron violentadas en diferentes delitos.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU): nueve mujeres son asesinadas cada día en México (en algunos estudios se habla de 10); Veracruz es el estado más peligroso para las mujeres en la actualidad, al registrar 104 víctimas de feminicidio de enero a junio de este año. Le sigue el Estado de México con 42 casos en el mismo periodo.

De enero a agosto de este año, 292 mujeres han sido víctimas de abuso sexual en la Ciudad de México, cuatro denuncias fueron por violación tumultuaria, según el portal de Datos Abiertos del Gobierno Capitalino.

Lo anterior explica porque el 78.7% de la población mayor de 18 años que se siente insegura en el país corresponde al sexo femenino. Esto es, según la más reciente Encuesta de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública del INEGI (ENVIPE) 2018, 23.1 millones de mujeres se sienten amenazadas de una u otra forma.

En la misma encuesta se señala que las mujeres se sienten más inseguras que los hombres tanto en lugares públicos como en privados: cajero automático en vía pública (87.4%), transporte público (74.2%), calle (72.9%), carretera (69.5%), mercado (65.5%), parques (62.1%), automóvil (48.9%), escuela (39.2%), trabajo (36.2%) y casa (26.7%). Asimismo, se sostiene que la incidencia de delitos sexuales contra este sector es de 2 mil 733 abusos por cada 100 mil mujeres, cifra significativamente mayor a los mil 764 casos que se cometieron en 2016.

Las mujeres son las principales víctimas de delitos sexuales: en 2017, la tasa de este delito fue de 2 mil 733 por cada 100 mil mujeres, cifra mayor a la tasa de mil 764 registrada en 2016 por el INEGI.

El Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) informó que 18 de las 32 entidades federativas, es decir, el 56% del territorio nacional, se encuentra formalmente declarado en Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres (AVG). Lo cual no quiere decir que sólo en esos estados ha surgido la necesidad de declararla, pues existen resistencias gubernamentales para hacerlo en otras entidades, como la Ciudad de México.

En lo que corresponde a los asesinatos de niñas y adolescentes, en 2015 se cometieron 50, mientras el año pasado la cifra se elevó a 86.

En función de las cifras expuestas, la Agencia de Comunicación e Información de la Mujer (CIMAC), informó que de 2007 a 2017 se realizaron 124 movilizaciones feministas. De éstas, 30 tuvieron como eje los derechos humanos y el caso Ayotzinapa, 26 los derechos sexuales y reproductivos femeninos y 68 el cese a la violencia en contra de las mujeres. Diez años de protestas, peticiones, denuncias, propuestas, quejas, reuniones con el gobierno, mesas de debate, foros, publicaciones, investigaciones, que no han dado los resultados esperados, pues cada año se presenta un incremento de la violencia, en todas sus manifestaciones, en contra de las mujeres, como se mostró arriba.

La gran mayoría de estas marchas se caracterizaron por ser pacíficas, lúdicas, coloridas, festivas y más allá de la nota del día siguiente no pasó nada. Las mujeres siguieron siendo violentadas, acosadas, secuestradas, violadas, asesinadas. Lo que si ha cambiado es el ánimo de las mujeres que se atreven a salir a las calles a exigir resultados.

En entrevista con la periodista Carmen Aristegui, en su espacio matutino de noticias en Radio Centro 97.7 FM, el lunes 19 de agosto, la antropóloga y activista feminista Marta Lamas afirmó: “A las chicas les está yendo muy mal (…) Hay una denuncia muy legítima de las chicas jóvenes (que están en los veintitantos), ya que están muy heridas, muy lastimadas y muy ofendidas.

Son esas mujeres jóvenes, heridas, lastimadas y ofendidas las principales protagonistas de los hechos del viernes 16 de agosto. Son las nuevas feministas, las de la llamada ‘cuarta ola del feminismo’”.

La primera ola del feminismo inició en la segunda mitad del siglo XIX y se extendió hasta los inicios del siglo XX. Estuvo marcada por la lucha de las mujeres por lograr el reconocimiento de sus derechos políticos, siendo la reivindicación del voto el eje del Movimiento Sufragista, inglés y estadunidense. En México, entre 1884 y 1887, en la revista Violetas del Anáhuac, se demandó el derecho al sufragio femenino; en 1910, el frente femenil antirreeleccionista ‘Las Hijas de Cuauhtémoc’, vinculado a Francisco I. Madero, solicitó fuera reconocida la participación política de las mujeres; y en mayo de 1911, varios cientos de mujeres dirigieron una carta al presidente interino Francisco León de la Barra para reclamar el voto para las mujeres, señalando que la Constitución de 1857 no las excluía de dicho derecho.

La segunda ola se asocia con el movimiento de liberación que se desarrolló a lo largo de los años 70 y 80 del siglo XX y que tuvo como centro demandas en torno a los derechos reproductivos y sexuales. La quema de sostenes es una de las imágenes más representativas asociadas a esta ola, misma que tuvo lugar en 1968 cuando mujeres estadunidenses protestaron en contra del concurso de belleza Miss América, que tuvo lugar en Nueva Jersey, quemando en un bote, al que llamaron ‘Basurero de la libertad’, enseres domésticos, zapatos de tacón y, por supuesto, brasieres. La idea era deshacerse simbólicamente de lo que ellas consideraban como ‘objetos de opresión’. Igualmente, se asocia esta etapa con la aparición y uso de las píldoras anticonceptivas.

El inicio de la tercera ola se atribuye a la escritora y activista feminista estadunidense Rebecca Walker, quien en 1992 publicó en la revista Ms su artículo Becoming the Third Wave, vinculando la diversidad que implica el ‘ser mujer’ con términos de clase y étnicos.

En términos teóricos, la ‘primera ola’ correspondió al periodo de ‘victimización’, en el que muchas mujeres se consideraron a sí mismas víctimas de los hombres y decidieron romper toda relación con ellos al ser estos el origen de su opresión. Llegaron incluso a pensar en la formación de bancos de semen, para reducir su interacción al mínimo con el sexo opuesto.

La ‘segunda ola’, se caracterizó por la realización de múltiples estudios teóricos y empíricos en torno a la relación mujeres-hombres, al entendimiento de esa relación en términos sociales, económicos, políticos y culturales y a la formación de un esquema teórico propio, el enfoque de género, que permitió explicar la subordinación de las mujeres y la asimetría de poder entre ambos sexos. Los estudios y el enfoque de género llevaron al fin de la victimización y dieron paso a la comprensión de una cultura que impone roles diferenciados a ambos sexos.

Durante la ‘tercera ola’, se buscó sensibilizar a gobierno y sociedad en la comprensión de las razones que llevaron a considerar y tratar a las mujeres como seres de segunda y a la restricción de sus derechos. Se buscó introducir en las políticas públicas la perspectiva de género, logrando la transversalidad de tal visión y el inicio de la atención de ambas categorías sociales, mujeres y hombres, de manera específica en función de sus particularidades. En esta etapa se buscó incorporar a los hombres a la lucha de las mujeres en la construcción de un mundo más igualitario y equitativo.

Pero, ni el reconocimiento de los derechos políticos, económicos, sociales y culturales de las mujeres, ni las campañas de sensibilización, ni las políticas públicas transversales, ni las medidas puntuales como la formación de Agencias del Ministerio Público Especializadas en Delitos Sexuales, ni la asesoría ni los cursos especializados ni los grupos de autoayuda ni los refugios de mujeres ni los apoyos psicológicos y legales a mujeres maltratadas ni los grupos formados por hombres que se reconocían como maltratadores de mujeres y que se esforzaban por dejar de serlo ni todo el movimiento pacífico de las feministas, teóricas y activistas, por mejorar la condición de subordinación de las mujeres en México, ha sido suficiente para modificar el sustrato cultural que permite concebir a las mujeres como seres inferiores.

De tal manera, que un contexto histórico en el que se da una impunidad mayor al 95%, un importante incremento de la violencia, la inseguridad, la delincuencia y del número de delitos cometidos en contra de la población, la destrucción del tejido social y con él de la solidaridad, el cuidado y el respeto al otro, se vuelve el caldo de cultivo propicio para el resurgimiento brutal del odio hacia las mujeres.

Es en este escenario, en el que aparece la ‘cuarta ola’ del feminismo en México, caracterizada por el desencanto, el hartazgo, el cansancio, por la ratificación de que nada de lo hecho ha sido bastante para evitar las agresiones de todo tipo en contra de mujeres y niñas. A nivel mundial, dicha etapa, reconocible a partir de la segunda década del siglo XXI, es visible a partir de manifestaciones multitudinarias en diversos países, mismas que denuncian la violencia en contra de las mujeres y reclaman el avance en la agenda inconclusa de la paridad y la defensa de los derechos de las mujeres como parte de una agenda urgente.

Como se ha mostrado aquí, los tiempos han cambiado, las feministas han cambiado. Las feministas de la ‘primera ola’ odiaron a los hombres, las de la ‘segunda’ buscaron romper las ataduras sexuales que las ligaban a ellos, las de la ‘tercera ola’ los incluyeron y buscaron cambiar a la sociedad y al Estado para que hicieran su parte en favor de las mujeres. Hoy, las nuevas feministas, las de la ‘cuarta ola’, ya no esperan: exigen, gritan, pintan, patean, pelean. El tiempo se agotó.

La rabia, la impotencia, el enojo, la ira, la furia, el encabronamiento han hecho su aparición y con ellos una nueva manera de exigir. Acciones que, ante el pasmo del Estado y la sociedad, puede convertirse en una estrategia más acabada de lucha y que bien podría resumirse en la frase “mejor vándala que víctima” o como se leyó en una de las pintas de la marcha feminista del 16 de agosto: “Prefiero morir a perder la vida”. De tal suerte que cabe preguntarse: ¿tiempos extremos requieren medidas extremas?

*La Dra. Ivonne Acuña Murillo es académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la IBERO

Este material se comparte con autorización de la IBERO

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