Publicado en línea el Martes 16 de julio de 2019, por agustin

elsalto

ALAIN DAMASIO

TRADUCCIÓN: EDUARDO PÉREZ

Si han seguido un poco este proceso, o alguno de los 36 episodios de este Juego de Excesos [Game of Trop, juego de palabras con la serie televisiva Game of Thrones], ya saben más o menos todo. Si no, les resumo esta serie HBO. Playback. Entre 2006 y 2008, 22.000 trabajadores fueron despedidos de France Telecom con una brutalidad repugnante. “Por la puerta o por la ventana”, como dirá elegantemente el presidente y director general. 10.000 más fueron puestos en movilidad, es decir, privados de referente, de toda capacidad de ejercer dignamente su trabajo. En ocho años, de 2001 a 2008, suprimieron 45.000 empleos… de los cuales un 94% eran funcionarios.

Miles de existencias fueron destruidas en la caja negra del liberalismo más bárbaro. Como en otros lugares. Como más tarde. Como siempre hoy, por todos los sitios donde se privatiza y “optimiza”. Las depresiones, la vergüenza, la humillación, las familias rotas, las somatizaciones, la pérdida de líbido, de sueño, los sufrimientos, la autodestrucción íntima siguen siendo incalculables. Han sido invisibilizadas deliberadamente. No entran en el cash flow operacional ni en “el excedente bruto de explotación” (tan bien denominado). Permanecen los suicidios, silenciosos o espectaculares, parte visible de un iceberg que no se derrite. Estos, aunque sea un asunto delicado, estamos obligados a contarlos. En total, 60 trabajadores se suicidaron: bajo el tren que lleva a su trabajo, de una puñalada en plena reunión, saltando por la ventana, inmolándose…

De forma menos espectacular, miles de trabajadores, orgullosos de su trabajo, profundamente apegados al servicio público que da sentido a su misión y a veces a su misma vida (siempre son los empleados más implicados quienes sufren más, son los más destruidos), miles para quienes facilitar la comunicación entre las personas es un objetivo noble —no una forma de estafarles— se encuentran ejerciendo y sufriendo, acorralados, un acoso empresarial sin empatía alguna, sin piedad, sin vergüenza. ¿Por qué? ¡Por favor! Lo saben. Para “satisfacer al mercado”.

En líneas generales, pretendían liberar miles de millones de cash flow en tres años, doblar los dividendos de los accionistas y, ríamonos, “salvar la empresa” —una empresa que, recordemos, poseía el monopolio de la red telefónica francesa y llegaba en posición de fuerza absoluta frente a la naciente competencia—. En diciembre de 2006 (todavía se encuentran estas cifras en la red), Orange [nuevo nombre de France Telecom] poseía por ejemplo el 50% de las cuotas de mercado de los proveedores de acceso a internet. Realmente no era una empresa amenazada o en alguna crisis… No había realmente urgencia tampoco. Excepto esta urgencia de ser la puta de los mercados.

En todo lo alto de la pirámide, bien descansados en su comodidad, aquellos a los que nunca se les ha desestabilizado la vida, aquellos que nunca han sufrido la precariedad, aquellos que nunca han sido amenazados ni por un centímetro, aquellos hacen descender y circular ad nauseam la lengua muerta de la gestión que mata: malestar deseable, desestabilización positiva, movilidad interna, comité de fluidez… Activan estos programas y estas prácticas con nombres mágicos, de los que por placer os ofrezco la traducción: Next (Nuevas Explotaciones Trash), Act (Anticipar la Ruptura de los Trabajadores), TTM (time to move= es tiempo de despedir), crash-programme (despedir a la gente), win ratio (tasa de despido), seppuku management (culpabilizar al manager para empujarle a que se vaya solo)… O incluso: impulsar la fluidez interna (echar a más gente), acompañar la transformación (echar a más gente), reestructurar los servicios (echar a más gente), practicar el activismo organizacional (echar a más gente).

Ya que el Estado se niega a prolongar las prejubilaciones, “la única bomba de bajas espontáneas, que se acaba de desconectar”, entonces hay que forzar dichas bajas. Por todos los medios. A todos los niveles, de forma fractal, permaneciendo, como dirá Lombard [de nombre Didier, ex presidente y director general], “muy conscientes de no decepcionar a los accionistas”. Hoy, este 5 de julio, es un gran día para las víctimas y las partes civiles. Es el día de las reclamaciones. Las harán dos fiscales. Circula el rumor de que para una es el caso de su vida. La primera reconstruye durante dos horas la sistematización, si no industrialización, de un método de acoso empresarial que logró triturar tantas vidas trabajadoras. La centralización y la verticalidad del método resaltan, impresionantes, indiscutibles. Hacen del acoso, como ella dirá en conclusión, “una profesión”.

La segunda arranca con fuerza recordando por qué los acusados escaparon de dos cargos que parecían rodear su cuello: puesta en peligro de la vida de otros y homicidio involuntario. Es que los suicidios, tal es la “suerte” de los desgraciados que los provocaron, son siempre un acto de múltiples factores, incluso cuando el suicida deja una carta acusando a la política de France Telecom sin ningún equívoco. Después la fiscal se sumerge y nos sumerge en la multitud de objeciones que hay que desbaratar porque fueron tan elaboradas como minas antipersona, durante 36 días, por los 21 abogados de los acusados. Una armada obscena y compacta, que actuará la semana próxima por medio de los tres abogados de cada acusado. Parece un sueño.

Pero todo va bien. El tribunal donde se desarrolla el proceso fue concebido por Renzo Piano, en Porte de Clichy. Todo es espacio, luz, blancura y madera clara. El atrio tiene 26 metros de alto, la escalera mecánica nos eleva hasta el segundo piso sin esfuerzo. Todo va bien, las cámaras de France TV dan vueltas, Lombard se apoltrona en su silla, su mujer le apoya, los dos hacen garabatos. Todo va bien.

Afortunadamente Éric Beynel [portavoz del sindicato Solidaires] está allí, cansado pero tonificado, excitado, emocionado. Tiene, como muchos sindicalistas y partes civiles aquí, esa cualidad de empatía que es el exacto contrario del crudo cinismo de los acusados. Cuando entramos, la balanza de la justicia, blanca y muy grácil, está situada a la derecha sobre la pared del fondo. La presidenta entra finalmente, yo ya estoy de pie, copiando a Éric, que detesta levantarse por la Justicia, finalmente nuestra, la que se inclina a la derecha sobre el contrachapado mal rejuntado y un poco barato de la sala. Raro para un edificio de 2.000 millones de euros construido en “colaboración público-privada” con Bouygues [grupo industrial francés]. Comprendan: que pertenece a Bouygues, el cual lo va a alquilar al Estado por 86 millones de euros al año hasta 2044 —es decir, hacérnoslo pagar a nosotros, durante 24 años, quedando al final… como propietario para siempre—. Una forma que tiene el capitalismo de hacernos pagar sus propios edificios y de guardarle indefinidamente la propiedad…

En la sala, me señalan al trío: Lombard, Barberot, Wenes —y a los capos: Dumont, Chérouvrier, Boulanger y Moulin—. No se parecen a nada. Tienen chaquetas arrugadas, demasiado ligeras, sin distinción. Se acomodan, duermen. La frente de Wenes [Louis-Pierre, número dos de France Telecom] es tan cuadrada que creeríamos ver el hacha del capitalismo cortándola una y otra vez. Pero no es sobre ellos sobre quien cae. Ellos tenían el control. Las fiscales piden la pena máxima: un año de prisión. De la que de todas formas nunca verán el color de las paredes, si el cargo se mantiene. Y… 15.000 euros de multa. ¿El coste de una jornada de abogado? Una gota en el océano de dinero que ganaron por echar a 22.000 personas y matar a 60 —ah claro, de forma indirecta, “involuntaria” y “con múltiples factores”—. Eso hace barata la vida humana, ¿no?

Pero dejemos el cinismo fácil. Este proceso es y quedará como histórico. Deja y dejará huella. Qué importa que la ley sea aún tan clemente frente a los salvajes con traje. Que boxear con las manos desnudas contra un hombre blindado de los pies a la cabeza sin herirle ni un solo segundo “cueste” tanto como llevar a 60 personas a matarse. Lo que cuenta es que mañana ya no se podrá acosar con una sistematización empresarial así y una violencia así sin arriesgarse a ir a la cárcel.

Lo que cuenta es que los dirigentes empresariales sabrán desde ahora que ya no tendrán las manos libres para masacrar vidas trabajadoras. No tan libres en todo caso. Lo que cuenta es que France Telecom creará jurisprudencia. Será un ladrillo, el primero en este ámbito, de un muro que será muy largo de construir y cimentar. Pero que con el tiempo podrá proteger a las trabajadoras y trabajadores de la barbarie sin límite de los sociópatas. De aquellos que ven cifras allí donde hay carne. Y que juegan con las vidas como un guionista de Juego de Excesos.


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