Publicado en línea el Viernes 12 de julio de 2019, por Admin2

Hay leyes injustas. ¿Nos contentaremos obedeciéndolas o trataremos de corregirlas y seguiremos obedeciendo hasta que lo consigamos o, más bien, las trasgrediremos en seguida? Bajo un gobierno como el presente, los hombres piensan por lo general que es mejor aguardar hasta haber persuadido a la mayoría de la necesidad de alterarlas. Piensan que, de resistirse, el remedio sería peor que la enfermedad. Pero es culpa del gobierno mismo que el remedio sea peor que la enfermedad. Aquél la empeora. ¿Por qué no prevé y procura, en cambio, las reformas necesarias? ¿Por qué no atiende a su prudente minoría? ¿Por qué grita y se agita antes de ser herido? ¿Por qué no anima a sus ciudadanos a que se mantengan alerta para que le señalen sus faltas y a conducirse mejor de lo que, de otro modo, esperaría de ellos? ¿Por qué crucifica siempre a Cristo y excomulga a Copérnico, y a Lutero, al tiempo que declara rebeldes a Washington y a Franklin?

Uno pensaría que una negación práctica y deliberada de la autoridad de aquél es la única ofensa jamás contemplada como tal por el Gobierno; pues, de no ser así ¿por qué no la ha tipificado como tal? ¿Por qué no le ha asignado una pena definida, adecuada y en proporción? Si un hombre carente de bienes rehúsa tan sólo una vez ganar nueve chelines para el Estado, da en la cárcel por un período de tiempo no limitado por ninguna de las leyes que conozco y determinado tan sólo por el arbitrio de quienes le metieron allí; pero si robare 90 veces 9 chelines del Estado, pronto se le permite campar nuevamente a su aire.

Si la injusticia forma parte de la necesaria fricción de toda máquina de gobierno, que siga, que siga. Quizá llegue a suavizarse con el desgaste; la máquina, ciertamente, lo hará. Si la injusticia tiene una polea, un muelle o una palanca exclusivos, puede que quizá podáis considerar si el remedio no será peor que la enfermedad; pero si es de naturaleza tal que requiere de vosotros como agentes de injusticia para otros, entonces os digo: Romped la ley. Que vuestra vida sea una contrafricción que detenga la máquina. Lo que hay que hacer, en todo caso, es no prestarse a servir al mismo mal que se condena.

En cuanto a adoptar los modos aportados por el Estado para remedio del mal, no los reconozco como tales. Requieren demasiado tiempo y la vida del hombre es breve. Tengo otros asuntos que atender. Vine a este mundo no para hacer de él principalmente un buen lugar dónde vivir, sino para vivir en él fuera bueno o malo. Al hombre no le cabe el hacerlo todo, sino algo; y porque no puede hacer todas las cosas, no es necesario que haga algo mal. No es asunto mío el andar con peticiones al Gobernador o a la legislatura, como tampoco de ellos el de mandarme a mí; y si prestaren oídos sordos a mis reclamaciones ¿qué debería hacer yo entonces? Pero ante tal contingencia, el Estado no ha proporcionado consecuencia; es su propia Constitución la que está en falta. Puede que lo que diga parezca duro, intransigente y poco conciliador, pero el espíritu que pueda apreciarlo o merecerlo debe ser tratado con el máximo de amabilidad y consideración. Así, todo cambio es para mejorar, como que el nacimiento y la muerte convulsionan el cuerpo.

No vacilo en decir que quienes se proclaman abolicionistas debieran retirar inmediata y efectivamente todo su apoyo, tanto personal como material, al gobierno de Massachusetts sin esperar a constituir una mayoría de uno antes de que les afecte el derecho de prevalecer por vía de colectivo. Estimo que es suficiente si tienen a Dios de su parte, y que no hace falta aguardar a sumar ese uno adicional. Además, cualquier hombre que sea más justo que sus vecinos, constituye ya una mayoría de uno.

Y yo confronto a este gobierno americano o a su representante, el gobierno del Estado, directamente, cara a cara, una vez al año nada más, en la persona de su recaudador de impuestos; del único modo que le cabe hacerlo a un hombre de mi situación; entonces, me dice taxativamente: Reconóceme; y la manera más sencilla y efectiva —y en el estado actual de las cosas, indispensable— de tratarlo con base en esta presentación, expresando tu poca satisfacción y amor para con él es negándolo. Mi convecino civil, el recaudador de impuestos, es la persona con que he de vérmelas —pues es con hombres, al fin y al cabo, y no con papeles, con lo que yo peleo—, persona que libremente ha elegido ser un agente del Gobierno ¿Cómo podrá nunca saber bien qué es y hace como funcionario de la Administración, o como simple hombre, mientras no se vea obligado a considerar si debe tratarme, a su vecino, por el que siente respeto, como tal y como persona de buena disposición, o como a un maníaco alterador de la paz y el orden, y a ver si puede superar este obstáculo a su convecindad sin necesidad de tener que recurrir a un procedimiento más rudo y más impetuoso en correspondencia con su acción?

Sé bien que si un millar, un centenar, una docena tan sólo de hombres que podría nombrar —si sólo diez hombres honestos…— ¡Ay si un hombre honesto en este Estado, en Massachusetts, dejando de guardar esclavos se retirare efectivamente de esta sociedad nacional de la que es consocio, y fuera por ello encerrado en la cárcel del condado, la esclavitud daría fin en América. Pues no importa cuán pequeño pueda parecer el comienzo: lo que se hace bien, bien hecho queda para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: esa, decimos, es nuestra misión. La Reforma cuenta con innumerables periódicos a su favor, pero no tiene un solo hombre. Si mi estimado vecino, el embajador del Estado, que dedicará sus días a solucionar la cuestión de los Derechos Humanos en la Cámara del Consejo, en lugar de ser amenazado con las prisiones de Carolina fuera a convertirse en preso de Massachusetts —este Estado que se revela tan ansioso por infligirle con engaños el pecado de la esclavitud humana al otro, aunque por el momento sólo pueda descubrir un acto de inhospitalidad como razón de su querella con él— la Legislatura no desestimaría el asunto de manera tan olímpica el invierno que viene.

Bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el lugar apropiado para el justo es también la prisión. Y hoy, el sitio adecuado, el único que Massachusetts ha proporcionado para sus espíritus más libres y menos desalentables está en sus prisiones, donde han de ser separados y enajenados del Estado, por acción de este, dado que ellos ya lo han hecho por sus principios. Allí es donde debieran dar con ellos el esclavo fugitivo y el prisionero mejicano en libertad condicional, y el indio venido a denunciar las injusticias hechas a su raza; en este terreno de exclusión, pero más libre y honorable, donde el Estado pone a aquellos que no están con él sino contra él, único hábitat donde, en un Estado esclavizador, el hombre puede vivir con honor. Si alguien cree que su influencia se perdería en ese lugar, que sus voces, pues, han dejado de infligirse a los oídos del Estado, y que ya no es enemigo de cuenta tras de los muros, si alguien piensa así, digo, es que no sabe que la verdad es mucho más fuerte que el error, ni con cuánta mayor eficacia y elocuencia puede combatir la injusticia aquél que la ha experimentado, aunque sólo sea en medida escasa, en su propia persona.

Dad vuestro voto completo, no una simple tira de papel; comprometed toda vuestra influencia. Una minoría es impotente sólo cuando se aviene a los dictados de la mayoría; no es, entonces, siquiera minoría. Pero es irresistible cuando detiene el curso de los eventos oponiéndoles su peso. Si la alternativa es: mantener a los justos en prisión o renunciar a la guerra y a la esclavitud, el Estado no dudará al elegir. Si un millar de personas rehusaran satisfacer sus impuestos este año, la medida no sería ni sangrienta ni violenta, como sí, en cambio, el proceder contrario, que le permitiría al Estado el continuar perpetrando acciones violentas con derramamiento de sangre inocente. Y esa es, de hecho, la definición de la revolución pacífica, si tal es posible.

Si el recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario me pregunta, como así ha ocurrido ya, “pero ¿qué he de hacer yo?”, mi respuesta es: “Si en verdad deseas colaborar, renuncia al cargo”. Cuando el súbdito niegue su lealtad y el funcionario sus oficios, la revolución se habrá conseguido. Suponed, no obstante, que corra la sangre. ¿Acaso no se vierte ésta cuando es herida la conciencia? La auténtica virilidad e inmortalidad del hombre se pierden por esa herida, y aquél se desangra hasta la muerte eterna. Y yo veo correr ahora esos ríos de sangre.

He considerado el encarcelamiento del transgresor más que la requisa de sus bienes —aunque ambos procedimientos satisfacían igual propósito— porque quienes afirman el derecho más puro y son, por consiguiente, los más peligrosos para un Estado corrompido, no han tenido por lo común mucho tiempo para acumular riquezas. El Estado rinde a tales un servicio comparativamente escaso, y las tasas más leves suelen parecer exorbitantes, en particular si se ven obligados a ganarlas mediante labor especial de las manos. Si hubiere alguien que viviere totalmente ajeno al uso del dinero, el propio Estado dudaría en reclamárselo. Pero el rico —para no llegar a ninguna comparación envidiosa— se vende siempre a la institución que lo enriquece.

En términos absolutos: cuanto más dinero menos virtud; pues aquél se interpone entre el hombre y sus objetivos, que alcanza por él, de modo que no hubo mucho de virtud en su logro. Allana muchos interrogantes que de otro modo se vería obligado a resolver, mientras que la única cuestión nueva que presenta es la de cómo gastarlo, la cual es tan difícil como superflua. El soporte moral desaparece debajo de sus pies. Las oportunidades de vivir disminuyen en proporción directa al aumento de los llamados “medios”. Lo mejor que un hombre puede hacer por su cultura cuando es rico consiste en tratar de desarrollar y sacar adelante los planes que abrigara de pobre.

Concord, Massachusetts, 1848. Fragmento del texto de Henry David Thoreau Del deber de la desobediencia civil

Publicado originalmente en El Viejo Topo

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