Publicado en línea el Miércoles 13 de febrero de 2019, por Admin2

Hay muchas posibles respuestas para la pregunta titular de este manifiesto. Aquí vamos a ofrecer y razonar las siguientes tres:

  1. Porque
    las comunidades y los habitantes de las regiones afectadas han
    manifestado, en términos generales, su negativa a que éstos se
    lleven a cabo.
  2. Porque
    su proyección y realización están inscritos en el marco del
    desarrollo capitalista que impone su mirada y desaparece todo lo que
    en ella no cabe.
  3. Porque
    mirados desde otro modo de mirar, están inscritos en un contexto en
    el que es imposible detener la guerra.

Las
denuncias y los no
es
de las comunidades

Las
denuncias emitidas por el Congreso Nacional Indígena y el Concejo
Indígena de Gobierno han sido sistemáticas. En ellas se hacen
explícitas distintas cosas: por un lado, las afectaciones que los
grandes “proyectos de desarrollo” tienen para las tierras y los
territorios de las comunidades originales de nuestro país; por otro,
el daño que ellas implican para el tejido social y comunitario; y
finalmente, la falta de consulta por parte de los gobiernos y las
trasnacionales (cuando éstas se llevan a cabo lo hacen meramente
como encuestas amañadas).1

Las
manifestaciones de rechazo a estos proyectos por parte de un gran
número de comunidades campesinas e indígenas no han cesado. El
nuevo Gobierno, sin embargo, actúa como si esas voces no existieran
y en silencio avanza (ya sea por acción u omisión) devastando en su
camino lo que le estorba. Desde nuestra perspectiva es en este
contexto de sordera y avasallamiento que se comprenden mejor las
declaraciones recientes de las mujeres zapatistas y de sus Juntas de
Buen Gobierno.

Más
de 20 indígenas asesinados, decenas de heridos y miles de
desplazados zapatistas y “partidistas”, además de casas y
cultivos incendiados, tiroteos diarios, tala de árboles y robo de
utensilios de labranza, ha dejado el conflicto territorial por 60
hectáreas pertenecientes al municipio de Aldama, disputadas por la
comunidad de Santa Martha, del municipio de Chenalhó, Chiapas. En
los últimos meses, ya bajo la presidencia de Andrés Manuel López
Obrador y del gobernador Rutilio Escandón, advierten las autoridades
autónomas, han continuado las agresiones de grupos identificados
como paramilitares. “Los habitantes partidistas y nuestras bases de
apoyo zapatistas viven aterrorizados sin poder salir a trabajar para
buscar sus alimentos”, por lo que señalan, “si continúa la
situación así, la salud y la vida están en peligro cada vez más”.

Las
compañeras zapatistas en su carta recién aparecida nos dicen
“mientras te
escribimos esta carta, ya empezaron los ataques de sus
paramilitares. Son los mismos que antes eran del PRI, luego del
PAN, luego del PRD, luego del PVEM y ahora son de MORENA”, nos
hacen saber que el suyo -un lugar seguro incluso para las mujeres que
estamos muriendo, que estamos siendo secuestradas a diario por todo
el país- ahora no es un sitio en el que puedan recibir a otras
mujeres porque está en peligro, porque están siendo atacadas sus
comunidades, porque se quiere acabar con los modos de vida
comunitarios.

Estas
denuncias no denotan un problema agrario de o entre comunidades. Lo
que exhiben es que la implementación de los megaproyectos es también
la de la destrucción de otras formas de vida.

Los
megaproyectos y el capitalismo

Los
megaproyectos se montan sobre una imposición, sobre una manera de
mirar el mundo desde la cual todo lo que no sea como ella mira no
cabe. Ese modo de mirar establece que es mejor ser ciudadana que
campesina, que es mejor la civilización asalariada que el contacto
cotidiano con la tierra; que es mejor la ciudad que el campo. Como
bien dicen las compañeras zapatistas en su carta a las mujeres que
luchan, esta mirada es la que piensa que ellas en su propia tierra
pueden convertirse “en
esclavas que reciben unas limosnas por dejar que destruyan la
comunidad.”

La
evidencia histórica muestra que los megaproyectos suelen
implementarse en zonas del mundo donde hay riquezas naturales; que al
hacerlo llevan a cabo un proceso de despoblamiento y despojo para
después repoblar y reacomodar de acuerdo con los intereses de los
grandes capitalistas.2
Esta evidencia nos da muy buenas razones para sostener que los
megaproyectos están encaminados al control, extracción, explotación
y mercantilización de bienes comunes naturales y para ello requieren
del desarrollo de proyectos de infraestructura carretera y portuaria
y enclaves turísticos. Esto implica la implantación de un nuevo
sistema agroalimentario bajo el control de grandes trasnacionales a
costa de la exclusión masiva de los pequeños productores rurales y
en general del debilitamiento o eliminación de las formas
comunitarias campesino-indígenas, que históricamente han sido
claves en la estructuración de nuestro país.

La
guerra (que vivimos)

Aunque
hay quienes creen que la violencia que hoy vivimos se debe
exclusivamente a enfrentamientos entre “malos” o contra ellos, la
realidad nos arroja cada día más evidencia para hablar de una
guerra. Esto es, de un conflicto en el que se disputa el dominio
territorial que provea a los grandes capitalistas del poder sobre
RECURSOS y PERSONAS. Se trata de ejercer control sobre estos desde la
globalización y el mercado.

Esta
guerra no ocurre al mismo tiempo en todos lados, sino que se aparece
en lugares diferentes en momentos distintos y siempre tiene rostros
nuevos que pueden atribuirse a problemas locales y localizados. Estas
guerras desperdigadas están al servicio del proyecto histórico del
capital, globalizan los mercados a costa de desarraigar, rasgar y
deshilachar los tejidos comunitarios donde todavía existen y se
ensañan con sus jirones resistentes.

Esta
nueva conflictividad informal y las guerras no-convencionales que la
acompañan configuran una escena que tiene muchos rostros. El crimen
organizado, las guerras represivas paraestatales con sus fuerzas
paramilitares o sus fuerzas de seguridad oficiales actuando
paramilitarmente, el accionar represivo y truculento de las fuerzas
de seguridad privadas que custodian las grandes obras, las compañías
contratadas en la tercerización de la guerra, las así llamadas
“guerras internas” de los países o “el conflicto armado”,
etc.

Ella
no comporta rituales y ceremoniales que marcan la “declaración de
guerra” o armisticios y capitulaciones de derrota, y aun cuando hay
ceses del fuego y treguas sobreentendidas, estas últimas son siempre
confusas, provisorias e inestables, y nunca atacadas por todos los
subgrupos de miembros de las corporaciones.

En
México esta guerra ha ido tras los territorios de los pueblos
originales que habitan el país. Así ésta ha sido y sigue siendo
una guerra de despojo y expropiación de lo común.

En
esta guerra los agredidos son cuerpos frágiles. Estos cuerpos
vulnerables sirven para ejercitar una pedagogía de la crueldad en
torno a la cual gravita todo el ejercicio del poder. Esta pedagogía
consiste en enseñar a las fuerzas (para)militarizadas la mirada
exterior con relación a la naturaleza y a los cuerpos; producirse
como seres externos a la vida, para desde esa exterioridad dominar,
colonizar, expoliar, rapiñar.

NO
a los megaproyectos

Todas
las razones anteriores de sobra sirven para pronunciarse con firmeza
en contra de los megaproyectos. Todas estas razones son suficientes
para exigir alto a la simulación. Todo lo aquí dicho nos urge a
sostener ALTO a los desplazamientos, ALTO a la paramilitarización.

Nosotras,
nosotros, del colectivo ¿qué
hacer aquí con esto?

decimos NO: no a la guerra, no a los megaproyectos, no al despojo, no
al capitalismo.

1-
Más
sobre este tema en nuestro Manifiesto de rechazo a las falsas
consultas

2-
Véase,
por ejemplo, Oswaldo Zavala, Los
cárteles no existen
.

La entrada ¿Por qué decimos no a los megaproyectos? aparece primero en Desinformémonos.


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