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Los grabados de Joel Rendón

Sábado 8 de diciembre de 2018, por Admin2

Es dueño de una frondosa cabellera que va mutando porque a veces la recorta, la deja crecer un poco o hasta la exuberancia, aunque en ocasiones la aplaca con un pañuelo que le ciñe la cabeza. El grabador mexicano Joel Rendón empieza a peinar canas, finas líneas blancas en esa negrura le dan un aire de nube cargada de lluvia. Pero el maestro Rendón tiene los pies bien puestos sobre la tierra. El blanco y el negro son lo suyo, están en su cabeza, en sus ojos, son su medio de expresión. La gubia es la extensión de su pensamiento y, casi, parte de su mano.

Todos recordamos la cápsula de Joel Rendón en el Canal Once: “Estampa al minuto”. En el 2002, Joel llegó a la televisora con su carpeta de grabados y una idea muy clara de lo que quería hacer: revalorar el grabado mexicano; convencernos que todos podemos hacer grabado, que basta un minuto para hacer uno, que no se necesita más que la invitación o el empujón para animarnos, que los materiales los tenemos en casa y que las ideas sobran, que sólo hay que poner manos a la obra.

Vimos a Joel Rendón, rodeado de sus grabados, explicarnos: “Después de una fiesta lo que sobra son platos desechables. Los podemos reciclar en placas de grabado. Vamos a necesitar una pluma, tijeras, un rodillo con tinta, un tortillero con un pedazo de fieltro, papel para imprimir nuestras estampas y nuestros platos ya lavados”.

Enseguida Rendón recorta la silueta de una mariposa. Recargando la pluma adorna las alas y el cuerpo y le hace rizadas antenas. Luego, con el rodillo la entinta, la coloca en el tortillero con la superficie entintada hacia arriba y la cubre delicadamente con un papel delgadito, quizás papel de China. Como si cobijara a su hijo Santiago, le pone el fieltro encima. Cierra el tortillero. Aprieta y, con mucho cuidado, retira el papel con la imagen de la mariposa grabada, impresa. Lista para alzar el vuelo. “Eso es todo y recuerda que reciclando podemos hacer una buena estampa”.

Todo le sirve a Joel Rendón para enseñarnos a hacer grabados: “molotitos” de plastilina, papas, cartones, “sopa de letras”, linóleo, jabón de pasta, cabos de velas, pedazos de madera, de metal, de vidrio, de acrílico. Haber pasado por el Conservatorio Nacional de Música, por la carrera de Etnología, por Diseño en el EDINBA y Cine en Casa de Lago antes de llegar a la Esmeralda y a la Nacional de Artes Plásticas de la Unam, han hecho de él un Maestro en todo el sentido de la palabra. Ejerce gustosamente la docencia.

Ha expuesto en México, Cuba, España, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Puerto Rico, India y en el continente africano. Ganó el Concurso Nacional de Grabado José Guadalupe Posada en 1995. En dos ocasiones recibió la beca de jóvenes creadores del FONCA. Ha sido ilustrador en Fondo de Cultura Económica, en la revista Artes de México, Letras Libres, en periódicos como La Jornada y Reforma. Recientemente ilustró Erótica Nahuatl de Miguel León Portilla, como antes hizo lo propio con Pedro Páramo de Juan Rulfo. Nacido en Izúcar de Matamoros, Puebla, habitante de la última frontera de la Ciudad de México, viaja a Coyoacán con frecuencia. Las más de las veces sonríe.

Pero a su voz no la callan. Impedido por la burocracia cultural de participar en una carpeta de gráfica conmemorativa sobre los 50 años del Movimiento Estudiantil de 1968, Rendón, desde su Facebook lanzó a los cuatro vientos, a los cuatro puntos cardinales, varios grabados. Uno de ellos muestra a un Caballero Huitzil -sabemos que los delicados colibríes representan el alma de los guerreros- manejando un tanque de guerra. El disparo del cañón forma una nube con los aros olímpicos, la cadena recuerda que “2 de octubre no se olvida”, en tanto las ruedas están hechas con cráneos.

-En el 2003, pasé La estampa al minuto a una segunda fase. Fueron como 24 cápsulas en las que experimenté con varias cosas. Una de ellas fue la Estampa en la piel. La puse en práctica la primera vez en 1991, al hacer una pieza muy grande en el restaurant Los Danzantes de Coyoacán. La entinté para darle su acabado, por accidente me habré recargado en ella y la imagen se me “pegó”. ¡Se estampó sobre mi piel! Me dije: pues sí: aquí también hay otro camino de la gráfica -la voz grave de Joel Rendón tiene muchos matices, su voz sabe que del blanco al negro hay muchos tonos y transita por ellos.

Después pregunté si alguien del personal quería ser “estampado” al desnudo y se prestaron dos mujeres y un hombre e hice un corto metraje que se llama De tinta negra y de tinta blanca. He decorado bailarinas, modelos tanto femeninos como masculinos. Ya se hablaba entonces del Body Paint, pero esto que te digo es Body Print. Impresiones en el cuerpo. Es una alternativa al tatuaje, a no lastimar la piel y portar una imagen efímera.”

Hoy por hoy, Joel Rendón promueve la estampa en la tortilla. Usa la tortilla de maíz -maíz orgánico, aclara él- como un medio para comunicar y, al mismo tiempo, para comer arte. Es su manera de proteger el maíz orgánico desde la trinchera del arte. Se basa en ceremoniales otomíes y ñañus. Allá por Guanajuato hay una tradición de tortilla ceremonial: Los artesanos hacen un grabado en madera de mezquite y lo tiñen con té de muitle o de betabel. Usan una mazorca como si fuera rodillo, la entintan con ese líquido y estampan el grabado sobre las tortillas y las ponen de ofrenda en la fiesta patronal.

-Seguramente es una costumbre prehispánica. Mi propuesta es actualizar esa tradición, manejar otros elementos. Qué mejor que celebrar el maíz orgánico poniéndole arte y comer arte en un evento tan especial como es alimentar nuestro cuerpo. Alimentas al cuerpo y al espíritu. La tortilla es un soporte efímero, pero si quieren una obra firmada, con gusto se las hago.

-Ya estás muy cerca de cumplir 30 años como grabador.

-Necesitaba tener conciencia de cuánto he hecho. La otra vez conté mis placas de grabado y son más de 1,600. Las ordené porque eran un caos. He escuchado que José Guadalupe Posada hizo más de 15,000. Y yo digo ¡chin! Todavía no es hora de irme, no me quiero ir con tan poquitas. Tengo la necesidad de seguir haciendo, de seguir produciendo. El éxito del artista es ése y no vender más caro en Nueva York, no lavar dinero de los ingleses: hacer una obra que favorezca a los mexicanos con un estímulo visual, de encuentro, de identidad.

-En estos 30 años has visto los estragos del neoliberalismo, la pérdida de identidad en aras de la globalización.

-Mira, yo fui sensibilizado por el sismo del 85 y me di cuenta de que lo que necesitábamos era participación social en el arte. Llegué a la ENAP (Escuela Nacional de Artes Plásticas) y ya se había acabado eso. Alguien metió mano negra para que no se viera nada de eso en los planes de estudio. Había maestros muy ladinos que no reconocían a sus maestros y ni hablaban de ellos, hablaban de ellos mismos y halagaban su propia obra. Nunca oí hablar de Alfredo Zalce hasta que salí e investigué por mi cuenta. Encontré una Academia en decadencia. Una anarquía tremenda, nadie enseñaba a pintar. Decían que la experimentación era el rumbo y entre más abstracto, más esencial y más espiritual fueras, mejor. Yo buscaba el arte social y me decían que eso ya se acabó, que cómo se me ocurría, que eso no es arte. Al salir de la Academia me di cuenta de la necesidad social que había y el tipo de arte que yo iba a hacer para cubrir esa necesidad. Me di a la tarea del rescate arqueológico de cosas como la estética prehispánica: totonaca, mexica, maya, para poderla integrar a mi pensamiento actual. De ellos aprendí lo experimental, pero no para tirar la pintura sobre un lienzo.

En el 2013 se hizo un gran homenaje al grabador José Guadalupe Posada por el centenario de su aniversario luctuoso. Hubo banda, himno nacional y escolta, pero nadie sabe dónde están sus restos. Eso impresionó de sobre manera a Joel quien de inmediato se puso a trabajar no sólo en un Altar de Muertos dedicado a los grabadores egregios y anónimos, recientemente expuesto en el Museo Nacional de Culturas Populares, sino también en una iniciativa para que se haga un panteón de artistas: “Algunos podrían diseñar sus propias tumbas -asegura Joel Rendón, con una risa muy seria: Para allá vamos todos y vamos a pasar más tiempo muertos que vivos”.

Joel se dio vuelo: no sólo por los rodillos, pinceles, lápices, gubias y hasta una estopa manchada de tinta, no sólo porque lo dedicó a los grabadores mexicanos anónimos, no sólo porque él diseñó el papel picado y fue espléndido en la ofrenda de fruta y de tortillas bellamente estampadas, sino porque también hizo una “Fosa de grabadores”. Blancos los cráneos, negros los contornos y los nombres que nos recuerdan a tantos hombres y mujeres que han dejado su impronta bien grabada en nuestra cultura: Claudio Linati, Erasto Cortés, Diego Rivera conviven con Alfredo Zalce, Ignacio Aguirre, Ángel Bracho o Isabel Villaseñor, pero no podían faltar Mariana Yampolsky, Alberto Beltrán, Leopoldo Méndez y Celia Calderón, entro otros muchos.

Convencido que la tradición del grabado está en nuestras manos, Joel Rendón incansablemente imparte cursos y da talleres como Cal y Maíz: tortillas hechas a mano a realizarse a lo largo de este mes en Málaga 94, Col. Insurgentes Mixcoac, en la Ciudad de México. ** ** **

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