Publicado en línea el Sábado 1ro de diciembre de 2018, por Colaborador

Epigmenio IbarraA las 8:00 de la mañana del 19 de septiembre de 2107, cruzamos la plancha del Zócalo mi compañera Verónica Velasco y yo –que llevaba mi cámara al hombro- siguiendo los pasos de Andrés Manuel López Obrador. Al llegar frente a Palacio Nacional, volteó a vernos y dijo, mirando directamente al lente: “Esta vez será a La Chingada en Palenque, Chiapas, o a Palacio”. Acto seguido tomo aire, sonrió y luego de una de sus proverbiales pausas recapituló: “pero yo estoy seguro de que será a Palacio, porque así lo quiere la gente y ahí estaré –dijo señalando el edificio- a partir del 1 de diciembre, para servir al pueblo de México”. No se equivocó. Ahí estará a partir del mediodía de este sábado y yo, por primera vez en mis 67 años de vida, podré decir: ya tengo Presidente.

Y tengo un Presidente perseverante, terco, infatigable; que se ganó a pulso el respeto, el amor y el respaldo de la gente; que supo convertir las derrotas en victorias, estructurar un discurso de izquierda heterodoxo e incluyente, y así hizo sentir a las y los mexicanos que aquí basta con ser decente para ser revolucionario y que quien se alza contra la corrupción tiene un papel protagónico en la construcción de una nueva patria. Supo López Obrador romper lanzas, tender puentes, construir un partido, celebrar alianzas, negociar (incluso con sus adversarios) sin claudicar jamás, y pavimentó así el camino de la victoria. De una victoria que es tan suya como nuestra, de todas y todos los mexicanos y no sólo de aquellos que votamos por él.

Jamás en la historia, un político mexicano –lo decía Carlos Monsiváis- había sido objeto de ataques tan feroces, masivos y continuos como lo ha sido desde hace casi dos décadas López Obrador. Cualquier otro se habría amilanado ante la andanada de insultos, mentiras y descalificaciones. Cualquier otro se habría rendido. El no. De todas las campañas en su contra salió fortalecido. Sus fracasos no lo desviaron ni un ápice de su camino, sólo le hicieron ajustar la ruta. Hoy está ya en Palacio. Le esperan tiempos difíciles, lo acecha un régimen que no se resigna a morir y que hará todo para destruirlo. Antes de tomar posesión, asestó duros golpes a los poderes fácticos y es previsible que estos reaccionen con virulencia. Lo que sus enemigos aún no comprenden es que se crece ante la adversidad y que no está solo. Que millones comparten, compartimos, sus ideales y queremos liberar a este país de criminales y corruptos.

He tenido el privilegio de registrar lo que sucede a su alrededor, cuando, como peje en el agua, se pierde –literalmente- entre las multitudes o de acercarme a la intimidad de su hogar, cuyas puertas abrió generosamente para que Verónica, el equipo de filmación y yo irrumpiéramos en él. He escrutado, a través del lente, su rostro en las horas más oscuras y en las más luminosas de su historia reciente, que son, también, las más oscuras y las más luminosas de la historia reciente de este país herido. He retratado los rostros de quienes lo escuchan. He visto en sus miradas la emoción que provoca su llamado a transformar este país, a construir la paz, a conquistar la verdad y la justicia que nos han negado. He visto cómo se le acercan, lo abrazan, lo apapachan, lo apachurran, lo cuidan. Jamás, en mis años con la cámara al hombro había visto a un dirigente político moverse así entre la gente, con tal desenfado, con tal confianza, sin el escudo de un aparato de seguridad.

He tenido también la oportunidad de compartir sus momentos de reflexión sobre lo vivido en esas plazas abarrotadas de gente, de sondear su pensamiento y encontrar ciertas claves del mismo. Soy apenas dos años mayor que él y en cierta medida abrevamos de las mismas fuentes, nos marcaron las mismas derrotas, resonaron en nosotros tanto las palabras de Monseñor Óscar Arnulfo Romero como las tesis sobre Feuerbach de Marx, sin convertirlas en dogma sino en herramienta de análisis y transformación; y del Che tomamos lo más científico: su ejemplo.

Esta última campaña lo seguí por 19 estados. Ni en las zonas más conflictivas del país lo vi utilizar vehículos blindados. Sólo una camioneta sin escolta, recorriendo 600 kilómetros al día, comiendo al paso o en el mismo vehículo; un mitin tras otro y luego otro y otro; un discurso unívoco. Esos fueron sus días. Para verlo y escucharlo, la gente reconquistaba el espacio público que el crimen organizado le había arrebatado, se reconocía en los otros que se atrevían a salir y al ver a López Obrador entre ellos, sin seguridad, todas y todos se reconocían en él. Un sentido hasta ahora inexistente de comunidad, una recomposición del tejido social, se fue generando. Ese es el origen de su fuerza, la razón de su victoria: es uno más entre nosotros, se la juega como nos la jugamos los ciudadanos de a pie. No ve el país desde la ventanilla de un avión o un helicóptero, no lo recorre rodeado por una guardia pretoriana. El gran reto de su gestión será conservar, a pesar del peso y las implicaciones del poder, esta cercanía.

Para mí, que vengo de la guerra y se de la facilidad con la que esta se desata y de sus terribles consecuencias, del dolor que provoca a los pueblos, lo que más me sorprende de Andrés Manuel, lo que más admiro en él, lo que más le agradezco, es la forma en que asimila los golpes sin responder jamás de la misma manera y su voluntad indeclinable de buscar el cambio por la vía pacífica. Cualquier otro hubiera incendiado al país luego del fraude electoral que abrió a Felipe Calderón la puerta de Los Pinos y convirtió a México en una enorme fosa clandestina. Cualquier otro, ante esa multitud indignada y expectante que llenaba el Zócalo en esos días oscuros de 2006, hubiera caído en la tentación de llamar a la gente a la insurrección. López Obrador, en cambio, la llamo a plantarse en el Paseo de la Reforma. Contuvo así la inminente posibilidad de un estallido social y asumió el enorme costo político de esa acción. La derecha lo crucificó por subversivo, la izquierda lo tacho de tibio.

Hoy sucede lo mismo. Le exigen, le exigimos muchos, por ejemplo, castigo a los corruptos. Él repite una y otra vez que no desatará una cacería de brujas, que no habrá de perderse en el pasado; que habrá de concentrarse en construir un futuro distinto, que mirará hacia adelante. No le falta razón. Sería rentable políticamente lanzarse a una cruzada pero el régimen está vivo, conserva un enorme poder y él no necesita ganar legitimidad con golpes mediáticos. Tiene que andarse con cautela y mucha serenidad. El compromiso adquirido con quienes con su voto le dieron su confianza no es el de que, uno o dos corruptos, den con sus huesos en la cárcel. De lo que se trata es de construir la paz con justicia, de generar bienestar de forma equitativa, de dar a los jóvenes futuro y a los mayores una vejez digna. De lo que se trata es de erradicar la corrupción y la impunidad, los dos componentes genéticos de ese régimen al que hemos decidido sepultar.

Yo -permítaseme decirlo- estoy emocionado, contento, orgulloso, esperanzado. También estoy decidido, en compañía de la mujer que amo, por nuestras hijas e hijos, por nuestros nietos, a participar en la transformación del país como un ciudadano más; así de simple, así de honroso: como uno más. No aspiro a tener cargo alguno, ni quiero hacer negocios a la sombra del poder o recibir, así fuera por medio lícitos, ni un solo peso del erario. Mi independencia, mi libertad me sirven una vez más para tomar partido. No soy neutral, pero soy objetivo: este país no aguanta más, o lo transformamos o se nos deshace entre las manos. Yo celebro que aquella mañana en el Zócalo Andrés Manuel López Obrador haya tenido razón, haya luchado por tenerla y que no fuera su finca La Chingada, en Palenque, su destino sino Palacio Nacional, hoy por fin -y como lo fuera en 1936- sede de un poder digno y soberano que sólo ante la voluntad del pueblo se somete.

TW: @epigmenioibarra

Por Epigmenio Ibarra

Periodista y productor de Cine y TV en ARGOS. Ex corresponsal de Guerra en El Salvador, Nicaragua, Colombia, Guatemala, Haití, El Golfo Pérsico, Los Balcanes. Ha registrado, con la cámara al hombro, más de 40 años de movimientos sociales en México y otros países.

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