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Bosques y complejidad: Cuando la ciencia se fusiona con la poesía

Miércoles 28 de noviembre de 2018, por Admin2

Hoy el verbo duerme soñando acaso aquellas tardes tropicales en las que se recreaban nuevos sentidos de vitalidad y de eternidad. Verbo que espera la lluvia como cuando los niños esperan sus regalos de diciembre, lluvia buena para florecer y recrear las sinfonías de un silencio cómplice. Verbo que nos recuerda que la gramática de las orquídeas solo puede ser entendida por aquellos que tuvieron el privilegio de conocer la inocencia de los pétalos de tus jardines. Aunque nunca llueva siempre habrá un verbo esperando por hacerse oración y a fuerza de desesperación se convertirá en la más bella melodía.

Hablar de los bosques desde la perspectiva del pensamiento complejo es salirse de la mirada reductiva de los profesionales forestales o biólogos para incorporar todo el concierto de posibles miradas sintéticas (interdisciplinarias, transdisciplinarias e indisciplinarias) de profesionales vinculados a las ciencias de la tierra, las ciencias de la vida, las ciencias sociales y las humanidades puesto que hablar de bosques es en el fondo hablar de socioecosistemas. Pero no nos quedamos solamente en la mirada de profesionales sino que existe la necesidad de un pensamiento ecologizado o un diálogo de saberes en el que también tienen lugar los conocimientos populares y los saberes ancestrales, las experiencias cotidianas de los hombres y mujeres que viven en los bosques y de los bosques, las emociones y otras sensorialidades.

Podría mirar los bosques como lo mira un biólogo, un ecólogo, un físico, un químico o un físico pero resulta que ninguna de esas miradas de manera unidimensional logra dar cuenta de lo que realmente significa un bosque. De repente me atrevo a mirarlo como lo mira un antropólogo, un filósofo, un poeta, un pintor y seguramente que la imagen se va completando pero tampoco se logra la totalidad si es que se insiste en perspectivas fragmentarias. Porque mirar al bosque de manera integral significa ver la materia/masa, energía, información y sentido y eso quiere decir que hay que ver los tangibles como los intangibles, lo material y lo espiritual. Entonces que el bosque no es algo ajeno a las personas sino que el bosque forma parte constitutiva de las personas por el oxígeno, por el agua, por la historia, por la inspiración, por la energía que compartimos en el hermoso entretejido de la vida y el cosmos. Aunque pensamos que hace tiempo que dejamos el bosque, él nunca se ha ido y está en cada detalle de nuestra vida. Porque en los bosques hay flora, fauna, agua, versos, espíritus, amores, significados, sentires y decires que nos recuerdan que somos una unidad y no dos entes separados. Por ello, es importante reconocer que la gestión del bosque no es gestión de árboles, es la gestión de la cultura y de la energía. Es fundamental reencontrarnos con nosotros mismos y recordar que cada árbol que cae sin principios de sostenibilidad algo o mucho de nosotros también está cayendo.

Hablar de los bosques desde la perspectiva del pensamiento complejo no puede constreñirse por consideraciones de carácter administrativo, legal o incluso desde la perspectiva de la ciencia normal o de la lógica formal. Limitarse a esas perspectivas precisamente significa reconocer que la realidad se organiza sectorial y fragmentariamente y bien sabemos que la realidad no es así. Es más, podríamos reconocer que existen múltiples realidades e incluso múltiples verdades que las formas estandarizadas, normalizadas, institucionalizadas o protocolizada de pensamiento y actuación no son capaces de percibir. Si bien es cierto estas formas de pensamiento y actuación son útiles son totalmente insuficientes frente a la compleja realidad de los bosques y más aún si es que asumimos los bosques como socioecosistemas.

El bosque tropical es un sistema complejo por excelencia. Cada forma, tamaño, textura, color, brillo; cada recta, curva, ángulo; cada disposición o arreglo de estructuras es producto de las interacciones y las interdependencias de la materia y la energía. Sea que demos una mirada vertical arriba del suelo y abajo del suelo, sea que demos una mirada horizontal encontraremos la manera perfecta de administrar el espacio producto de relaciones colaborativas y relaciones de competencia. Cada elemento influye sobre el otro y se definen mutuamente. Es la gran lección de la naturaleza en el que todas las piezas encajan admirablemente y la belleza de la explosión de vida es una propiedad emergente de la dinámica de las interacciones. Es la economía circular en toda su expresión en la que no hay energía vana. Bosque que forma parte del ciclo hidrológico, agua que forma parte del sistema atmosférico, agua del bosque que también corre por nuestras venas. Sólo es cuestión de querer mirar a profundidad, dejar que fluya la comunicación respetuosa y reverente y reconocer que el valor de los bosques no se mide por la econometría sino por la plenitud de la vida que sustenta del cual formamos parte indesligable.

Las formas de pensamiento y actuación, positivizadas en el marco institucional y legal provocan que muchos factores, actores y procesos queden invisibilizados: simplemente para los operadores de estas formas de pensamiento y actuación simplemente estos factores, actores y procesos no existen. Si no se les ve tampoco se piensan, ni se sienten y menos se traducen en manifestaciones tangibles.

Quiere decir que los operadores del pensamiento y actuación forestal convencional han generado su propio sistema de referencia que está fuertemente influenciado por sus propios marcos epistemológicos, teóricos, metodológicos e instrumentales. Este sistema artificial de pensamiento y acción se encuentra en una cultura y contexto determinado, obedece a ciertos paradigmas y modelos de desarrollo que se sustentan esencialmente en la separación del ser humano de la naturaleza y ponen la dimensión económica el fundamento de su actuación. Pueden hablar incluso de desarrollo forestal sostenible pero siempre y cuando se generen los recursos económicos necesarios para tratar de alguna forma las dimensiones sociales y ambientales. De esta manera existe una sobrevaloración de la dimensión económica que subordina a las dimensiones ambientales y sociales. Desde esta perspectiva no hay otra forma de entender el desarrollo forestal.

A lo largo de la tierra nos hemos inventado la idea que los humanos estamos por un lado y la Tierra por el otro. Hábil estratagema para cosificarla, dominarla, degradarla o incluso extinguir sus manifestaciones sin que tengamos ningún remordimiento. Para el lado de la humanidad, aparentemente, corresponden las emociones, la ternura, los afectos. Pensamos entonces que para el lado de la Tierra nada de eso aplica porque nos sirve y es hermosa en tanto no es útil y rentable. Entonces convocamos las chamánicas palabras de productividad, competitividad, rentabilidad para valorar la naturaleza. Si reconocemos que nosotros somos parte de la Tierra, somos la tierra misma entonces simplemente nos estamos autolastimando, autoconsumiendo. Paradójicamente asociamos nuestra felicidad y éxito al grado de dominio a la Tierra. Si reconocemos que la humanidad y la Tierra somos una unidad perfectamente interconectada entonces recuperaríamos la filosofía del cuidado, como cuando los árboles se cuidan unos a otros, como cuando los árboles cuidan nuestra biósfera del cual formamos parte, como cuando nosotros cuidamos nuestra conciencia compartida con la naturaleza y el cosmos.

Pero un genuino desarrollo forestal no significa únicamente el aprovechamiento sostenible de los bienes y servicios de los bosques, también implica su conservación, también significa incorporar activamente dimensiones psicológicas, emocionales, intuitivas, espirituales, poéticas, musicales, históricas o lo que podríamos llamar razones trascendentales. Esto se explica porque en el desarrollo civilizatorio dominante hemos separado, como ya se señaló anteriormente, el ser humano de la naturaleza, pero también hemos separado la ciencia de la filosofía, la ciencia de la ética, la ciencia de la estética, la ciencia de los saberes populares y conocimientos ancestrales, la ciencia de las humanidades. Las ciencias forestales convencionales, fuertemente influenciados por el positivismo, no se escapan de estas fracturas y abruptas separaciones que consideren ridículo, risible o insensato mezclar los bosques con la imaginación, con la fantasía, con la poesía, con la magia. La ciencia a la que se apela es aquella que es objetiva, racional, cuantitativa, predictiva y determinista.

Pensar el bosque no puede reducirse a palabras como recurso, explotación, valor agregado, belleza o cualquier simplificación sólo desde un punto de vista económico o estético. Pensar el bosque no es disociar el ser humano de la naturaleza porque el propio ser humano es naturaleza y cuando se piensa sobre el bosque es el proprio bosque que está pensando a partir de una maravillosa interacción objetiva-subjetiva bosque-humano. No sólo digo bosque, es el propio bosque hablando a través mío. En esta tradición de pensamiento exclusivamente racionalista nos olvidamos sentir al bosque, porque no cabe duda que pensamiento, sentimiento, lenguaje y acción están estrechamente interconectados. Esto lo saben muchos pueblos originarios del mundo y por ello la comunicación con el bosque, el respeto por el bosque. No se trata de no tocar el bosque sino tocarlo con permiso, con cuidado, con sensatez para que las interrelaciones de materia y energía en el mundo permitan que los bosques sigan floreciendo. Pensar y sentir el bosque es preguntarse cuáles son los impactos de nuestras diversas formas de interacción y qué podríamos hacer para que el socioecosistema pueda mantener un equilibrio dinámico. Pensar y sentir el bosque es develar qué universo de significados, símbolos, discursos y sentidos nos hemos construido sobre el bosque y si están contribuyendo o no a la convivencia armónica, más allá del utilitarismo antropocéntrico.

Precisamente la mirada de las ciencias de la complejidad nos ayuda a entender los sistemas como entramados de interacciones de elementos heterogéneos, tangibles e intangibles, que son altamente interdependientes e interdefinibles. Nos hablan de sistemas con dinámicas no lineales alejadas del equilibrio, con capacidad de diálogo con el entorno, donde la historia importa, el contexto importa. Sistemas que tienen capacidad de aprendizaje por lo tanto capacidad adaptativa y evolutiva. Bajo esta perspectiva no sólo multidimensional, sino incluso interdimensional, multiescalar y multitemporal cobra inusitado valor lo local, lo particular, lo singular, lo raro, lo extraño pero también una serie de fenómenos propios de la realidad como las irrupciones, las catástrofes, los quiebres, fracturas, azares, aleatoriedades, las brumas, las borrosidades. Así mismo se da pie a las crisis a las que están ocurriendo, a las que podrían venir o incluso a las que nunca ocurrirán como señala Maldonado (2015) un reconocido experto Latinoamericano de las ciencias de la complejidad.

El pensamiento complejo, nutrido desde los aportes de las ciencias de la complejidad, tiene un carácter totalizador (reconociendo el principio de incompletud) y reconoce las interacciones y las emergencias. El pensamiento complejo es por tanto articulador, religante, estratégico y transformador. Asimismo, reconoce la multidimensionalidad, multiescalaridad y la multitemporalidad. Esta apertura permite un comportamiento ecologizado en el que reconoce las dinámicas internas alejadas del equilibrio y el fructífero diálogo con el entorno. Es un pensamiento que se piensa a sí mismo, es reflexiva, crítica y autocrítica porque no cae en la trampa de los pensamientos acabados o de las verdades únicas. Reconoce y valora los multiversos por lo tanto la diversidad que los reúne dialógica y recursivamente. Es desde esta perspectiva que el bosque (como socioecosistema) es concebido como las interacciones entre masa/energía, información y sentido. Donde lo humano y lo natural, lo natural y lo cultural se funden en una realidad integral, integrada e integradora.

Cierto es que nadie puede resistir al encanto de las flores pero la hermosura de la naturaleza va más allá de las imágenes de postal. También es preciso sorprenderse y celebrar arquitectura de las plantas, los poéticos colores de los suelos, la majestuosidad de las montañas, la sensualidad de los desiertos, la ingeniería de las telas de arañas, el apasionado amor de los ficus, la vitalidad de las especies no visibles, la humildad de los roqueríos, la imperturbable paciencia de las olas, las caricias del viento y la lluvia buena. Pero la tierra también es sociodiversidad, es la voz cantarina de la gente, es el mito, la leyenda, la narrativa, las canciones. Nosotros mismos somos naturaleza, nosotros mismos somos la tierra. En tal sentido todos somos hijos de la tierra solo que no queremos reconocerlo. El nosotros por reconstituir no es solo con los seres humanos sino también con la tierra.

Si me lo permites, hoy quiero pedirte perdón por las especies que hemos extinguido, por los ciclos que hemos alterado, por los sistemas que hemos tranformado irreverentemente, por las inequidades y por las injusticias que hemos cometido (y seguimos cometiendo en nombre de un desarrollo que privilegia el crecimiento económico sobre todas las cosas). Danos la paz de los amaneceres y bendice nuestros atardeceres. Que tu luz nos acompañe siempre. Siempre.

Referencias bibliográficas:

– Maldonado, Carlos Eduardo. (2015). Pensar la complejidad, pensar como síntesis. Cinta de moebio, (54), 313-324. https://dx.doi.org/10.4067/S0717-554X2015000300008. Disponible en: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-554X2015000300008


*Rodrigo Arce Rojas doctor en Pensamiento Complejo por la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin de México. Correo: rarcerojas@yahoo.es 

 

Publicado originalmente en Servindi

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