RESPUBLICAE.ORG

Portada del sitio > MÉXICO > Noticias de un Emperador de las Letras

Noticias de un Emperador de las Letras

Sábado 17 de noviembre de 2018, por Rosario Herrera

El trabajo, la ciencia y las artes,
son más dulces que el destello de una corona.

Fernando del Paso

Fernando del Paso Morante (México, 1 de abril, 1935), ha partido este pasado frío y enlutado 14 de noviembre de 2018; pero nos deja varias lámparas en el camino, para que podamos seguir iluminando nuestra existencia, terruño y mundo. Sí, Fernando del Paso, el escritor, dibujante y pintor, autor de José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987), entre sus más monumentales y entrañables novelas, espléndidos ensayos como Viaje alrededor del Quijote (2004) y Bajo la sombra de la historia, Ensayos sobre el Islam y el Judaísmo (2001) y poemas y poemarios ejemplares como Poemar, incluyendo teatro y cuentos. Quien recibiera diversos galardones como el Premio Xavier Villaurrutia (1966), el Rómulo Gallegos (1982), Casa de las Américas (1985), Mazatlán de Literatura (1988), Nacional de Lingüística y Literatura (1991), Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2007), Alfonso Reyes (2013) y el Premio Cervantes (2015), el máximo laurel que se otorga a las letras españolas. Un yermo horizonte ante su despedida real, pero su permanencia simbólica, por sus espléndidas obras, que ameritan rendir un modesto In Memoriam, al maestro de la novela, a la que califiqué, en otro espacio como “una poética de la historia”.
Les recuerdo que José Trigo (Siglo XXI, 1966), tras publicar “Sonetos de lo diario” (Cuadernos del Unicornio, 1958), es la primera y gran novela de Fernando del Paso, ganadora del magno Premio Xavier Villaurrutia (1966), y que crea durante siete años, además de ser con la que inicia la serie “la creación literaria” de Siglo XXI Editores, y en la que a partir de la deconstrucción más radical del lenguaje, trasgrede las dimensiones temporales y espaciales, para contar la vida de José Trigo, el ferrocarrilero y los trenes que salen y llegan a la estación de Nonoalco-Tlatelolco, a través de una recreación histórico poética de un tiempo de México. Tiempo y poesía, para ahondar en las raíces del mito sobre el que se yergue México en el bosque del mundo. Como narra poéticamente la historia: “José Trigo no había visto a Luciano la tarde en que Luciano salió de la Calzada de los misterios… ¿Los misterios? ¿Cuáles misterios? Bueno, misterios hay muchos, entre ellos los de la Calzada que así se llama, y que parte del Noreste de Nonoalco-Tlatelolco, a obra de unas trescientas varas del templo del Señor Santiago para desembocar en la Villa de Guadalupe…” (José Trigo, Siglo XXI, 1966:61). Un gran mito para narrar la dinastía de un hombre, el ferrocarrilero disidente José Trigo, que recorre 19 capítulos, 9 de la primera parte que llama “Del Oeste” y 9 de la segunda parte “Del Este”, cual textos espejos, además de un capítulo que es “El Puente”, que incluye elementos de la primera parte y de la segunda, como una epopeya poética que se puede leer en el orden que escoja el lector, pues habla como un poema de lo que siempre está sucediendo, por lo que puede empezar por El Puente o Del Oeste… sin perder el sentido de la historia, pues el orden no es cronológico sino tiempo circular, espiral, mítico, poético. Como la Rayuela de Julio Cortázar, que se le adelanta tres años. Un canto que narra toda la historia en un instante y en un párrafo: “José Trigo era un hombre de cabello encarrujado y entrecano […] treinta y cinco, cincuenta y cuatro trenes salen todos los días de la vieja estación de Buenavista y yo los cuento como cuento sus años […] todo aquello que vio a José Trigo llegar en un tren de carga a estos llanos olvidados que son los de Nonoalco-Tlatelolco, en la Ciudad de México, que un día de mayo de hace muchos años lo vio caminar por los campamentos con una caja blanca al hombro, que una tarde de difuntos lo vio correr bajo el Puente y perder un zapato, que una noche de un mes de diciembre de un año bisiesto lo vio de rodillas en Santiago Tlatelolco […] Lo vieron Todos los Santos […] Lo vio la Virgen de Guadalupe. Y lo vi yo” (José Trigo, Siglo XXI, 1966:5). Una sublime historia, que evoca el barrio de mi cuna e infancia, las calles de la colonia Santa María la Rivera, frente a la Estación de Buenavista, el Puente de Nonoalco, los trenes que traían a las reses que pasaban en estampida, sólo Dios sabe por qué, por toda la calle de Sor Juana Inés de la Cruz, mi calle, rumbo al matadero. José Trigo, como declara José Agustín es una tragicomedia, con diversas técnicas narrativas, entre los talleres y las vías de Buenavista, teniendo como escenario histórico la Guerra Cristera (1926-1929) y el Movimiento Ferrocarrilero.de 1959. Por su complejidad, a pesar del Premio Xavier Villaurrutia (1966) y la aceptación de Juan Rulfo y Juan José Arreola, las críticas fueron lapidarias, como la de Emmanuel Carballo, contra los diversos estilos narrativos, las referencias históricas y las múltiples menciones a la mitología azteca. Pero, como para Esther Seligson, José Trigo sigue siendo una memoria que se inventa [Texto crítico, Jalapa, (5) (1976):162-169]. La importancia de José Trigo, no sólo está en que es su opera prima, el origen de su narrativa, sino en que permite aproximarse al proceso narrativo del autor, para comprender, interpretar y disfrutar de su poética de la historia en Palinuro de México, a través de ciertas claves: el interés por el mito y la historia, su pasión por el lenguaje, su gusto por el ambiente popular, por el humor, además de la complejidad de la estructura narrativa y la creación de imágenes escatológicas: “Turbulento lentamente se fue acaronchando el cielo. Y también las cosas: casi un mes hacía que había estallado la huelga general en todo el sistema. Y de nítidas noches tachonadas de estrellas que coruscan, séricas, virgíneas: felices tiempos aquellos en que chirriaban las zapatas cuando los trenes subían las cuestas. Y de urente sol que, aun cuando ponentisco, melíferos rayos fluía sobre el campamento, a nocturnales tonantes truenos y una que otra gota: chispeaba. Y el laudo fue contrario: comenzaba la represión…” (José Trigo, Siglo XXI, 1966:389).
Palinuro de México (Fernando del Paso, México, Diana, 1987), como advierte el propio autor en el epígrafe con el que abre su novela, es una obra de ficción, motivo por el que algunos personajes parecen de la vida real y los actores de la vida real protagonistas de la novela; donde nadie está incluido ni excluido. Palinuro, la segunda novela de Fernando del Paso, mantiene una relación poética con la historia reciente de México. Ciertamente, como lo destacan los críticos, una novela política, pero poéticamente desbordada por el espíritu revolucionario de los movimientos estudiantiles de los años 60s, cuando la juventud espera que la “Imaginación tome el poder”. Una novela en la que destacan las metáforas corporales de la imaginación médica, en el escenario de la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Una narrativa poética de la medicina que responde a un referente histórico, pues desde 1965, ya se habían dejado ver como enemigos del régimen fascista del sátrapa asesino Gustavo Díaz Ordaz, precisamente los estudiantes de medicina y los médicos. Palinuro, el joven estudiante de medicina, protagonista de la novela, es símbolo y estandarte de la juventud que impugnó al arcaico y caciquil estado mexicano, reclamando participación democrática y exigiendo soluciones a los grandes problemas de México. Una rebelión política que coincide con una vanguardia artística que refuta a la sociedad de consumo. Por ello los grandes personajes de la medicina son mencionados como autores y las enfermedades como objetos de arte: “AUNQUE LOS MÁS GRANDES DE NUESTROS ARTISTAS enfrentados a nuestras limitaciones humanas y a la fatalidad de nuestro destino, y sabedores de la impotencia para cambiar el curso de la historia, son aquellos que han fundado LA ISLA DE LOS ESTETICISTAS, donde la principal labor de nuestros expertos no ha sido tan sólo la de embellecer nuestras necesidades fisiológicas, sino la de dignificar las catástrofes naturales y artificiales que atribulan al mundo […] los tumores cerebrales tienen la apariencia de orquídeas y amapolas […] Hay incendios escarlata y los hay azul ultramarino […] La idea nos fue inspirada por las visiones de Alberto Durero y los hongos de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. Nosotros no intentamos estimular esta clase de experimentos, ya que eso depende de los políticos y los militares” (Palinuro de México, Diana, 1987:243). Una metáfora médica que infecta el corpus de la novela hasta la representación trágica de la muerte de Palinuro. Palinuro es una gran metáfora de Fernando del Paso. Pues en su origen mítico es el piloto de la nave de Eneas, desde su salida de Troya, hasta la destrucción de la ciudad. Dice Virgilio en la Eneida que conforme a un pacto, Neptuno le promete a Venus que los troyanos tendrán navegación segura y arribarán al Lacio sin contratiempos, pero sólo a cambio de una ofrenda humana. Así es que durante la nocturna travesía, Hipnos (Somnus, dios del sueño para los romanos), duerme a Palinuro, quien termina cayéndose al mar y al llegar a la playa es asesinado por unos bandidos. Con lo que se cumple la ofrenda de Neptuno. Cuando Eneas desciende al inframundo, se encuentra con Palinuro, que no puede descansar porque su cuerpo está insepulto, y le pide al troyano que le ayude a pasar a la otra orilla. Pero la Sibila de Cumas, que acompaña al héroe, se opone, pues va contra el designio de los hados. Aunque le promete que sus verdugos, perseguidos por acontecimientos prodigiosos, le erigirán un cenotafio (una tumba vacía), para hacerle ofrendas, y que un cabo llevará su nombre. Una novela que reviste la escena trágica, la representación de la masacre de Tlatelolco, la agonía y la muerte de Palinuro. La realidad de Palinuro es que comienza a arrastrarse en la cueva de Caronte y no se levanta más. La realidad es Palinuro macaneado en la sucia escalera, metáfora del burócrata, la portera, el médico, el cartero…el comediante, Arlequín, Scaramouche, Pierrot… al que le duele la realidad y se burla de ella. Una tragicomedia que ocurre en el instante, en el tiempo de la poética, para decir lo que no ha sido dicho, como un poema, lo que siempre está sucediendo. Palinuro, estudiante de medicina que fue asesinado el 2 de octubre de 1968 es el Arlequín, la metáfora que enmascara al joven masacrado: “’Pero volveremos a organizarnos para acabar con el hambre, la ignorancia y la miseria, y volverán a escucharse los cantos de los estudiantes que alegraban las palmeras de las glorietas y a los Volkswagen y los cocodrilos verdes que se arrastraban por la calle del Río Amazonas y por la calle del Río Éufrates y por el Danubio y por el Sena, los cantos que subían hasta los faroles y hasta las oficinas de información de la embajada norteamericana y los quintos pisos de los hoteles donde los turistas contemplaban ese acontecer insólito para recuperar después los mezzanines y los bares de los roof-gardens y comentar, entre las agruras heladas de un Martini, los instantes vivos […] los vendedores de banderitas de ciento y pico de países que confirmaban la cosmopolitud de nuestra patria —las mismas que ondeaban en las instalaciones Olímpicas […] todos, incluyendo a los policías y a los granaderos y a muchos, muchísimos estudiantes, sucumbieron al picnic. Pero éstos son los estudiantes que tendrán que esconderse de ahora en adelante. Que tendrán que meterse en los aparadores de las tiendas internacionales y comprometerse a ser maniquís por el resto de sus vidas, o que tendrán que esconderse en los frontispicios Anónimos de universidades extranjeras, en los escombros de la gramática y en los puestos de gobierno’. ‘Palinuro —le dije—, no entendí una sola palabra’. ‘Ese es el problema: que nadie entiende —me contestó—, pero ven a verme después de la manifestación y te contaré’. Y es que Palinuro era así, siempre fue así: todo lo que decía en serio parecía en broma, y todo lo que decía en broma parecía en serio” (Palinuro de México, Diana, 1987:543-544). Las artes barrocas del siglo XVII fueron consideradas grotescas, abigarradas, extravagantes y monstruosas. Pero la poética del siglo XX las reivindica y les concede un lugar trascendente en la historia de las concepciones estéticas de la humanidad. En las últimas décadas del siglo XX, los artistas conciben un estilo que dentro de las nuevas corrientes se le denomina neobarroco, cuyas cualidades son análogas a las de los seguidores de Góngora, pero más allá, tanto en lo estético como en lo ideológico. Un ejemplo puede ser Palinuro de México. Una obra que se presta a inagotables estudios e interpretaciones, como la influencia del fondo barroco de lo moderno, la mezcla entre lo culto y lo popular, —como advierte Walter Benjamin— a propósito de su categoría Trauerspield (fiesta luctuosa), que en sus iluminaciones le permite, cual vidente, mostrar la depresión de los paseantes por los pasillos comerciales, desbordados de luces y mercancías, cargando una bruna existencia complacida y plena, pero vacía de preguntas existenciales y vacua de dolor y muerte: expulsados del discurso de la racionalidad tecnocientífica moderna. Una poética de la historia, donde la tragedia del Movimiento del 68 se mezcla con la fantasía y todos los estilos estéticos: lo bello, lo cómico, lo sublime y lo siniestro. Un encuentro entre las vanguardias y el barroco ante el que Octavio Paz es muy sensible (Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Barcelona, Seix-Barral, 1982). Palinuro de México se posiciona como una de las obras más destacadas del neobarroco latinoamericano, por su dimensión, sus descripciones hiperbólicas, las enredadas anécdotas, el mágico universo y la poética de la historia, donde como decía el pensador y psicoanalista francés Jacques Lacan: “la verdad tiene estructura de ficción “. Pues por los 24 capítulos y más de 700 páginas, donde el delirio del discurso refleja los entornos, las frases y hasta al autor, repitiendo las significaciones reveladas en la historia. Una historia de máscaras que culmina en una mascarada. En Palinuro de México late el fondo barroco de lo moderno, el horror vaqui (el horror al vacío existencial), producto de una crisis total, por el descentramiento, la metaforización, lo apariencial, lo carnavalesco, la sensualidad, la exuberancia, que disfrazan lo terrible, la Trauerspiel, la fiesta luctuosa. Lo susurra Palinuro: “Mañana, de todos modos, el sol saldrá para alumbrar otras miserias. Los niños se levantarán temprano y no sabrán lo que pasó esta noche, no lo sabrán nunca … (a mí). Ven, dame una mano… nada más una, me siento mal…” (Palinuro de México, p. 583).
Fernando del Paso, con Noticias del Imperio (México, Diana, 1987), lega para la memoria histórica mexicana una novela que es un paradigma de una poética de la historia, pues entre la historia y la ficción, trae el pasado ante nosotros para advertirnos su presencia y el peligro de la repetición. A manera de epígrafe, que resume su erudita y poética novela, nos recuerda el hecho histórico que lo llevó a realizar su espléndida empresa: “En 1861, el Presidente Benito Juárez suspendió los pagos de la deuda externa mexicana. Esta suspensión sirvió de pretexto al entonces emperador de los franceses, Napoleón III, para enviar a México un ejército de ocupación, con el fin de crear en ese país una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo. El elegido fue el Archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, quien a mediados de1864 llegó a México en compañía de su mujer, la Princesa Carlota de Bélgica. Este libro se basa en este hecho histórico y en el destino trágico de los efímeros Emperadores de México”. Fernando del Paso, al centrarse en la trágica historia de un fugaz imperio, crea una poética de la historia, cuya principal protagonista es la alienada voz de la emperatriz Carlota, quien en plena vejez teje recuerdos en torno a su esposo fusilado, desde su fastuosa cuna hasta el crepúsculo de los sueños imperiales, que junto con otras voces históricas y fantásticas, como la de su esposo Maximiliano, cual notas de un pentagrama, acompañan a la primera voz, tratando de desentrañar el absurdo deseo de poder, paralelamente a la intensa búsqueda de la identidad mexicana y a la locura del amor. Así, México, entre América y Europa, se convierte en un país de aventuras, gracias a la poética pasión de Fernando del Paso: escribir una novela total, a partir del encuentro entre la historia y la poética, la realidad y la fantasía, la filosofía y el mito, el amor y el erotismo, la política y la religión, la experiencia colectiva y la aventura personal. Una aventura imperialista que, a pesar de las promesas de los conservadores que ofrecieron a los franceses un México sumiso y deseoso de un príncipe, tuvo con frecuencia que ametrallar casa por casa, arrojar granadas por las ventanas, balcones, claraboyas y derribar barricadas inimaginables, hechas de roperos, cubetas, planchas, loza, barriles, huacales y cazuelas, que no permitían avanzar al enemigo, al punto de que los franceses pensaran como salvación en los cañones navales de Veracruz. Y cuando Fernando del Paso sigue en sus meditaciones y dictados al Emperador Maximiliano, le colma de preguntas para que responda a sus ilusiones y a sus vergüenzas: “¿No le había aconsejado su suegro Leopoldo rodearse de nacionales para no herir la susceptibilidad de los mexicanos? ¿Pues no era acaso un mexicano ese joven de veintidós años, inteligente y honrado que estaba a su lado, su Secretario José Luis Blasio? ¿No había logrado que un liberal mexicano, Don Fernando Ramírez, aceptara un puesto en su gabinete? Y el limosnero de la corte, Obispo de Tamaulipas, no sólo era mexicano, sino indio puro. ¿Y no se habían sentado a su mesa dos antiguos y destacados generales republicanos, Uranga y Vidaurri, además de varios amigos del propio Benito Juárez, que habían dicho que si no eran imperialistas sí, en cambio, eran ‘maximilianistas’? ¿Y no habían demostrado Carlota y él su amor y compasión hacia los indios, hasta el punto que, un poco en serio, un poco de broma, se hablaba ya de la ‘indiomanía’ de los Emperadores? ¿No había nombrado Carlota dama de palacio a una descendiente del Emperador Moctezuma?” (Noticias del Imperio, Diana, 1987:294). Tal vez sería mejor distanciarse de los franceses y crear un ejército mexicano. Había que aprovechar el creciente desprestigio de Juárez, que en su gobierno itinerante interminable, ahora lo había manchado un acuerdo entre su representante en Washington, Matías Romero, con el general Schofield, que para evitar que México se inundara de aventureros americanos, pactaba formar un ejército al frente del cual estaría el general Ulises Grant, un héroe de la Guerra de Secesión (un ejército a las órdenes de Juárez), y que premiaría a sus oficiales y soldados con tierras y dinero, además concederles la nacionalidad mexicana. Fernando del Paso muestra a los dos emperadores colmados de consejos para que puedan conservar y fortalecer el Imperio. Desde que a las naciones latinas había que gobernarlas con mano de hierro envuelta en guante de terciopelo, hasta que debían mantener todo el tiempo el poder absoluto. Pero, entonces, ¿cómo sostener el proyecto inicial: crear una monarquía liberal y constitucional asumiéndose como un dictador? ¿Habría que aceptar la consigna de que “sólo la dictadura puede decir: habrá luz y orden”? Cualquier analogía con la ya añeja militarización de todo México no es pura casualidad. Ya en plena debacle de la aventura imperialista, los recuerdos atormentaban a Maximiliano. En una caminata con el General Del Castillo, le preguntó cómo había muerto el Padre de la Independencia de México, el cura don Miguel Hidalgo, y le respondió que fusilado por los españoles, y que por mala puntería de los soldados la primera descarga le rompió el brazo, la segunda un hombro y el vientre, la tercera rozó el aire y hasta el cuarto intento ráfagas a quemarropa terminaron con la vida del prócer, además de que le cortaron la cabeza y la expusieron con otras tres de sus capitanes, colgadas en unas jaulas de hierro, en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato. Un relato ante el que Maximiliano sabía que Juárez no haría tal cosa con él, ni con Márquez, Miramón o Mejía, porque le escribiría a Escobedo o a Juárez y les exigiría que lo fusilaran excelentes tiradores, para que le apuntaran en el corazón, pues se separaría su rubia barba para señalárselos en el momento fatal. Noticias del Imperio, narra poéticamente la historia de Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América, colmada de flores de cempoalxóchitl, acompañada por el perro nahual que custodió a Quetzalcóatl en su viaje por el Mictlán, obsequiada con una vajilla de barro negro de Oaxaca, el penacho y el escudo del Emperador Moctezuma: “María Carlota Amelia Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México” (Noticias del Imperio, Diana, 1987:668). Una monumental obra, que siempre nos dará las más gratas Noticias de un Emperador de las Letras.

La entrada Noticias de un Emperador de las Letras se publicó primero en Michoacán.


Ver en línea : http://michoacantrespuntocero.com/n...

¿Un mensaje, un comentario?

Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?