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Caravana migrante: acuerparse y reinventarse para sobrevivir

Martes 13 de noviembre de 2018, por Admin2

Miles de migrantes caminan hacia Estados Unidos y, pese al dolor por dejar atrás sus tierras, construyen nuevos vínculos y formas que desafían la opresión estatal.

Para México, no es novedad la migración del pueblo centroamericano hacia Estados Unidos. En lo que va del año, más de 40.000 personas cruzaron la frontera de Guatemala, emprendiendo el duro camino hacia el Norte, donde muchos de esos cuerpos quedan a mitad de camino por diversos motivos: deportaciones, desapariciones y muertes.

Sin embargo, por estas semanas, hay algo novedoso que exige otros puntos de análisis, ya que la migración se está dando masivamente a través de la denominada “caravana migrante”. El 13 de octubre, salió el primer grupo migrante desde la localidad de San Pedro Sula, Honduras (una de las ciudades más peligrosas del mundo). En estos días, ya son cinco las caravanas que transitan por distintos puntos de México desde la frontera sur, en Chiapas, hacia Oaxaca, Veracruz y Ciudad de México. Se estima que más de 10.000 personas, principalmente de Honduras y en menor medida de Guatemala y El Salvador, se encuentran desplazadas, por lo que ya se habla de un fenómeno migratorio que tiene las condiciones de un éxodo. El sacerdote hondureño “Melo” dijo, hace unos días en Radio Progreso, que “este país es una olla a presión, el éxodo va a seguir aconteciendo, esto recién comienza”.

Quienes integran la marcha saben que el camino que les espera para llegar a Estados Unidos es difícil y peligroso, con riesgos como ser asaltadxs, desaparecer, morir, ser violadas; aun así, deciden arriesgar sus vidas porque ya no pueden sobrevivir en sus países. Es morir en el camino intentándolo o morir allá, donde ya no tienen nada que perder, porque sus vidas son desechables. No existe mucha claridad ni planificación a largo plazo de cómo llegar, pero la marcha se gesta cada día en asambleas, buscando estrategias para sobrevivir. El eje amalgamador es llegar juntxs de cara a un territorio de crueldad. Subversionando a Atahualpa Yupanqui, esta caravana busca los modos de ser tierra que anda en esta humanidad de fronteras, control y opresiones territoriales.

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(Imagen: Pía RioBlanco / Colectivo TragameLuz)

¿Por qué huir de nuestros territorios?

En un país como Honduras, con nueve millones de habitantes, más del 68,8 por ciento de la población vive en situación de pobreza, del cual el 44,2 por ciento está en situación de pobreza extrema, según datos del Fondo Social de la Deuda Social y Externa del país. Esta violencia económica estructural fuerza los desplazamientos, sumado a la existencia de un sistema capitalista, patriarcal y colonial que expulsa. Por esa razón, migrar es el efecto de un neoliberalismo brutal que se expresa desde las violencias del Estado, el mercado y el patriarcado sobre los cuerpos.

La feminista comunitaria Lorena Cabnal plantea que “los cuerpos inmigrados son producto de un devenir y un continuumhistórico de violencias, de modo que la inmigración es un efecto de las formas de violencias contra los cuerpos”.


Estas migraciones también son la consecuencia de las intervenciones militares en países como Honduras, de la política colonial e imperial de Estados Unidos, que muta sus formas, pero que no descansa. Según Insight Crime, una organización para la investigación y el análisis de los crímenes organizados, el norte de Centroamérica es uno de los lugares más mortales del planeta. Si la tasa mundial ronda los cinco homicidios por 100.000 habitantes, en Guatemala es de 26,1 y en Honduras y El Salvador se encuentra arriba de 40.


Migrar de estos países es escapar de las persecuciones y amenazas a defensores ambientales en contextos de impunidad absoluta (recordemos el asesinato de Berta Cáceres, entre otros). Estos desplazamientos son producto de los proyectos extractivos de multinacionales, en complicidad con el Estado. Como canta León Gieco, “si me pedís que vuelva otra vez donde nací, yo pido que tu empresa se vaya de mi país y así será de igual a igual”.

Otro fenómeno relevante para pensar las migraciones, es la conformación y proliferación de las maras, que reconfiguraron el territorio y las disputas de poder sobre el mismo, de modo que la mayoría de quienes tienen algún negocio se ven extorsionados económicamente por estos grupos. Al mismo tiempo, las mujeres son víctimas de la explotación sexual, entre otras violencias que sufren.

En una conferencia reciente, la feminista estadounidense Angela Davis dijo sobre la caravana migrante: “Los que se desplazan al norte no lo hacen únicamente por una decisión individual, sino que late en ellos el recuerdo del esclavismo”.

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(Imagen: Pía RioBlanco / Colectivo TragameLuz)

¿Por qué hablar de éxodo migrante y no de caravana?

Quienes estudian, acompañan y monitorean los procesos migratorios, coinciden en afirmar que, a partir de la década de 1990, se da un giro en el modo de pensar la migración, convirtiéndola en una amenaza a la seguridad nacional, por lo cual se la criminaliza. Esto no solo se da desde Estados Unidos, sino también en Europa, e implica estrategias y políticas concretas, como el fenómeno de “externalización de las fronteras”, que es lo sucede en México desde 2001 con el desarrollo del Plan Sur de “seguridad nacional” en relación al paso de personas, armas y drogas. Plan que sólo busca maquillar el control migratorio orquestado por Estados Unidos y que, desde 2017, se profundiza con el Programa Frontera Sur, que sostiene la misma intencionalidad: que sea el propio Estado mexicano quien tapone y frene la llegada de lxs migrantes al Norte. Esto implica que, escudados en un discurso humanitario y de respeto a los derechos humanos, haya aumentado la militarización de la frontera Sur. A su vez, se gestó una policía migratoria represiva, con dispositivos y mecanismos burocráticos complejos, que intenta desalentar a quien migra, o también protocolos para detener y deportar a quienes no cumplen con esos dispositivos jurídicos burocráticos.

Además, hay que mencionar las condiciones de los centros para migrantes, que más que lugares de refugios, son pensados como espacios de detención. Parte de dicho programa es la disuasión del uso de La Bestia (tren de carga utilizado por migrantes para llegar al Norte), lo que obligó a buscar nuevas rutas y no hizo más que exponer a las personas a toda una infraestructura de mayor dolor y muerte para sortear las rutas migratorias tradicionales abarrotadas de controles. El resultado es que estas rutas que buscan son administradas por sicarios y paramilitares, en un país como México, donde las violencias, las desapariciones, las fosas comunes, la trata de personas, las extorsiones y los crímenes están normalizados.


En una entrevista reciente, la socióloga Rosana Reguillo dijo al respecto que “en México, la necropolítica, ese poder de gestionar la muerte, de hacer morir, se ha convertido en la economía que rige la administración de los territorios y las dinámicas cotidianas de gran parte del país”.


Como expresó uno de los migrantes de la caravana en un discurso brindado en la plaza de Pijijiapan, de Chiapas: “Así es, compañeros, ésta es nuestra tierra y tenemos derecho de buscar donde puedan vivir nuestros hijos, y tenemos derecho en los Estados Unidos, porque nosotros estábamos antes que ese gringo racista en este continente, le guste o no. Y los mexicanos son nuestros hermanos y nos los han demostrado. Luchemos con dignidad (…) No es bueno perseguir, Donald Trump piensa que nosotros somos animales, todos los de color, pero la migración de México nos trata como animales para servirle a ese señor racista, entonces, compañeros: ¿se puede o no se puede? ¿Vamos a llegar o no vamos a llegar? ¡Vamos a llegar!”.

Organizarse y acuerparse para migrar

Según organizaciones de derechos humanos que trabajan con migración y se encuentran actualmente en el territorio de la frontera sur de México acompañando el paso migratorio, los grupos migrantes de años anteriores respondían a una agenda y a lugares definidos. En cambio, los nuevos grupos los van definiendo mientras caminan, en asambleas, a partir de las situaciones que surgen en el andar. Esto podría ser una fortaleza, pero también una debilidad, para quienes intentan vulnerar y evitar que lleguen a destino.

Corresponsales de prensa que acompañan a los migrantes relatan que, a su paso, recogen solidaridad no sólo en forma de alimentos y medicamentos, sino con información sobre rutas seguras, puestos migratorios y lugares donde ser cobijados.La solidaridad de los pueblos y comunidades mexicanas desafía cacicazgos y sicariatos locales, entregándoles los alimentos que producen, las medicinas que pueden aportar, alojamiento, ropas y, en algunos casos, hasta bandas musicales para recibirlxs a su paso. De esta forma, se inauguran o se reestablecen formas de hospitalidad que conforman una contrapartida a los silencios y complicidades de los gobiernos y de otros actores políticos, ante una realidad que implica propuestas contradictorias, mentiras, promesas incumplidas, que los exponen a peligros en los trayectos.

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(imagen: Isaac Guzman / Colectivo TragameLuz)

¿Qué rostros e historias portan estxs migrantes?

La mayoría de quienes migran tienen entre 18 y 30 años; son parejas, familias enteras, madres con algunx de sus hijxs, personas en situación de discapacidad, hombres solos, amigxs, personas LGBT+. Irse no es sólo intentar alcanzar el sueño americano: es abandonar la pobreza, es la búsqueda de un empleo y otras posibilidades; es huir del miedo que les genera la realidad de sus países, el cotidiano de una vida llena de amenazas, y el terror a que lxs maten. Por eso, marchan en búsqueda de sus afectos que ya migraron a Estados Unidos o quedaron en el camino. Ya se habla de la tercera y cuarta generación de hondureñxs que migran.


Claudia Hernández, una hondureña que participa de la caravana migrante, lo expresa de la siguiente manera: “Nosotras, como mujeres, queremos trabajar para sacar adelante a nuestros hijos. No queremos nada de otros países. Lo único que queremos es un trabajo para vivir mejor en nuestro país. Porque nadie quiere dejar su tierra, su familia, su patria, nadie quiere dejar lo que tiene en su país. Lo único que queremos es trabajar libremente. Así como otras madres que tienen dinero cuidan a sus hijos, nosotras, que somos pobres, también queremos cuidar a nuestros hijos; queremos que ellos tengan una vida mejor”.


Estos cuerpos migrantes fueron construidos en una historia de violencias estructurales, cotidianas y permanentes; violencias políticas, sexuales, económicas que atraviesan y sostienen a estos cuerpos. Muchas de las mujeres que migran, escapan de la violencia de género en sus países de origen en Centroamérica, donde existen las más altas tasas de femicidio de la región, con un alto riesgo de sufrir violencia sexual debido a los grupos de crimen organizado que las violentan o explotan sexualmente.

Caravana migrante Honduras la-tinta

Hay desigualdades históricas sobre los cuerpos de las mujeres, lo que hace que el camino para las que migran sea de mayor riesgo, incluso viajando en grupos. Existen altísimos índices de violencia sexual, asaltos y secuestros para la trata de personas, además de que las mujeres se encargan del cuidado de sus hijxs, en el caso que viajen con ellxs o de otrxs familiares. Si el viaje lo realizan embarazadas, también se arriesgan a sufrir violencia obstétrica, a no acceder a los servicios de salud o ser denunciadas a oficiales de migración mientras se encuentran recibiendo atención en salud.

Ser mujer migrante es acuerparse para recorrer un corredor migratorio de sangre o de violencias para ellas. Esta nueva forma de viajar en grandes grupos es la forma más segura que han encontrado, hasta el momento, para escapar de los coyotes, sicarios y otros peligros que puedan encontrar. Según documentan organizaciones que trabajan con migrantes, muchas mujeres, antes de realizar la travesía en grupos pequeños, toman anticonceptivos o reciben del coyote preservativos y son aconsejadas de dejarse violentar sexualmente para no ser asesinadas.

Para Claudia Hernández, “se corre mucho riesgo aquí porque así como hay gente buena, hay gente mala, bien malos. Y una corre el peligro de repente de estar durmiendo y tiene miedo que nos vayan a forzar a hacer cualquier cosa, pero entre mujeres nos cuidamos. Cuando vamos a dormir, una se pone al cuidado de la otra, para que no nos vaya a pasar nada. Eso es lo único que tenemos y si tenemos niños, los cuidamos entre todas; una le mira el niño a la otra y así”.

Publicacdo originalmente en La tinta

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