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Berlín: antes, durante y después del Muro

Lunes 5 de noviembre de 2018, por Admin2

Eran las dos de la madrugada cuando la artillería pesada comenzó a destruir las orillas de la ciudad. Con el amanecer, se distinguía la salida del Sol y desde la misma dirección la aproximación del ejército invasor. Las órdenes fueron defender la ciudad a como diera lugar y no evacuarla, pues la capital del Tercer Reich no sucumbiría.

De día y de noche toda la metrópoli fue bombardeada. Más de nueve mil misiones, tanto de americanos como de británicos, hicieron que las estructuras lucieran los cimientos y que solamente los edificios emblemáticos de la urbe permanecieran de pie, pero con cicatrices por figurar hasta la actualidad.

Por las avenidas comenzaron a entrar los tanques, mientras a pie los soldados del Ejército Rojo peleaban cuadra por cuadra, pues la defensa era feroz. Desde el búnker, el Führer ordenaba las estrategias de los batallones, divisiones y ejércitos que sólo vivían en su imaginación.

Era inimaginable que nueve años atrás, la ciudad albergó los Juegos Olímpicos de 1936, que la Postdamer Platz era el centro de consumo, arquitectura, cultura y diversión de toda la nación… pero esos sólo eran recuerdos. La resistencia, hambrienta, sin dormir y sin reemplazos, comenzó a ceder, los soldados soviéticos asombrados descubrieron que niñas, niños, mujeres y ancianos sin ninguna educación militar eran quienes defendían su ciudad.

En tan sólo 15 días, la capital fue tomada y la bandera soviética ondeaba en el Reichstag. Al poco tiempo, la capitulación. Y la ciudad, como botín de guerra, se repartió. Las cuatro potencias vencedoras se quedaron cada una con un sector, el de la Unión Soviética era el mayor, aunque con deseos de adquirir todo lo demás bloqueó la ciudad pensando en subyugar los sectores de los demás.

Un puente aéreo con 900 vuelos diarios llevó todo lo necesario para vivir; incluso esperanza y felicidad. Los aviones aliados volvían a bombardear, pero con chocolates, chicles, paletas, caramelos y más, a los niños y niñas que se congregaban a las 11 de la mañana por toda la ruta del avión de Gail Alvorsen.

Nacieron dos Estados de un mismo pueblo, la Republica Federal (RFA) y la República Democrática (RDA). Al ser dos nuevos países, la división de la ciudad se volvió frontera. Policías y soldados de ambos lados salieron a patrullar la imaginaria línea que comenzó a tener algunos bloqueos en calles y avenidas, la frontera estaba abierta, las personas vivían y trabajaban en ambos extremos sin ningún problema, pero al tiempo los ciudadanos que vivían en el lado oriental emprendieron la migración: no sólo alemanes, también polacos, húngaros y más, una fuga paulatina del bloque socialista.

Mercancías occidentales eran introducidas de contrabando, ideologías contrarias o diferentes podían ser aprendidas al estar bajo la influencia momentánea de los capitalistas en una visita familiar al otro lado de la ciudad; el Este se sintió amenazado.

Los reportes de inteligencia occidentales señalaban cantidades de concreto, ladrillos, bloques y demás materiales de construcción entrando a la ciudad de manera masiva y sospechosa; no se tomaron en cuenta. Tal vez sería una nueva unidad habitacional o un edificio burocrático, cualquier cosa sin importancia. Desde la madrugada del 13 de agosto de 1961 se comenzó a construir un muro de cuatro metros de alto y 45 Kilómetros de largo, que dividió definitivamente a la ciudad y al mundo en dos bloques antagónicos e irreconciliables.

En el paso fronterizo de Check Point Charlie, tanques americanos y soviéticos se apostaron uno frente al otro, en plena línea divisoria y listos para atacarse uno al otro. Los soldados se vean a los ojos. En la acera de enfrente, cruzando la calle, estaba el enemigo de Estado o el enemigo de clase social, así es como se decían unos a otros, respectivamente. Ambos bloques temieron entrar en combate, llegar a la guerra, a la confrontación nuclear, y decidieron no hacer nada más, y que la división quedara como elstatu quo de la llamada Guerra Fría.

Las personas se acercaban al muro atónitos, no lo podían creer, con lágrimas se despedían de los amigos, hijos, abuelos, padres, madres, sobrinos, nietos, en fin… Las familias quedaron mutiladas.

Se cerraba poco a poco la Cortina de Hierro que encapsulaba la parte occidental en la RDA, no había permisos de visita, ni visados, nadie que fuera alemán podía pasar por esta ciudad de cualquier lado al otro, el muro era inexpugnable legalmente hablando, pero por túneles hubo fugas, escondidos en autos o maletas, bajo el agua o sobre las nubes, la creatividad hizo su aparición para que occidente se pudiera alcanzar.

Queda en la foto oportuna, como un soldado de la RDA, al descuidarse sus compañeros, brinca el alambre de púas y arroja su arma para cruzar la frontera. Las cámaras filmaron cómo un grupo de jóvenes brincó el muro y logró cruzar. De los edificios que hacían frontera las personas saltaban y sus vidas cambiaban.

Lamentablemente en lo más profundo de nuestro ser, como humanidad, quedan las tristes imágenes del intento de fuga del joven Peter Fechter, quien corriendo pretendía alcanzar el muro y brincarlo, pero fue herido a tiros, quedó entre las vallas y los alambres. Desde occidente se filmó y fotografío el suceso, horrorizados fuimos testigos de cómo ni la policía fronteriza oriental ni el ejército de la RDA entraron a auxiliarlo o aprehenderlo, se le dejó morir desangrado entre los ladridos de los perros de ataque y los gritos desde el otro lado del muro que advertían los hechos.

En los años 80 del siglo XX, vi por televisión que los alemanes salían para los países vecinos, y de ahí cruzar por las fronteras que ya estaban abiertas. Desde Praga, en los llamados ‘trenes de la libertad’, trasportaron a miles de alemanes orientales hasta occidente. El 9 de noviembre en la RDA, las altas autoridades se encontraban en la elaboración de un cambio, en la restructuración de las leyes migratorias. Lo inimaginable, vi en vivo y en directo por televisión, cómo las personas cruzaban a occidente y se subían al muro; todos los noticieros arengaban que el mundo cambiaba.

Miles de alemanes hicieron historia, posteriormente polacos, húngaros, rumanos y más cambiaban el bloque oriental. La onda expansiva de la Perestroika y la Glasnost hicieron que los ciudadanos de a pie tomaran picos, martillos y hasta con las manos derribaran el muro que dividió a la ciudad y al mundo.

Chocaron entre si el mundo Occidental y Oriental, precisamente ahí tan directa y violentamente como en ningún otro lugar. Después de la reunificación viene la reconstrucción, pues aún no terminan. Todos parecen vestir chalecos naranjas y cascos. Para cualquier fotografía se pasa gran amargura, pues siempre presente esta más de una grúa. Sólo suena el taladro y la aplanadora, el olor es a plástico, concreto y pintura fresca, todo es nuevo y de última tecnología, la ciudad está en evolución porque está en construcción no sólo una capital nacional, sino continental.

En aquel 1989 tuvimos sueños y esperanzas de un mundo mejor, de una paz creciente y duradera. Francis Fukuyama publicó El fin de la historia y el último hombre, proclamando el triunfo definitivo del liberalismo político y económico como sistema. Hoy sabemos que no fue así. Los enemigos dejaron de ser los mismos, pero emergieron nuevos conflictos, menos lineales y mucho más complejos. La dialéctica histórica se comenzó a formar nuevamente.

Aún no nos recuperábamos de las resacas, producidas por el alcohol, en las fiestas del desarme entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, por las pláticas cada vez mayores entre las dos potencias en la ya finalizada Guerra Fría y por las libertades ganadas en Europa del Este.

Las alegrías de los alemanes del Este se fueron perdiendo. Conocieron y sintieron el mundo occidental; ya había libertad de expresión, circulación, creencia, pensamiento, asociación y muchas más, pero también en carne propia viven desde entonces la tasa de interés, la hipoteca, el desempleo, la liquidación. Los estudios lo indican, más de la cuarta parte de la población del Este añora a la RDA. Otra parte de la sociedad cambió a Lenin y Marx por Jesús y sus santos, otra parte se ha adaptado a la nueva economía de mercado y siguieron al marco y ahora al euro.

*Dr. Erasmo Zarazúa Juárez, académico de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México

 

Este material se comparte con autorización de la IBERO

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